sábado, 24 de octubre de 2020

CÁCERES Y TRUJILLO.MAGNICIDIOS EN R.D.

 

MAGNICIDIOS EN R.D. (II)

CÁCERES Y TRUJILLO

 

POR TEÓFILO LAPPOT ROBLES

 

El general Ramón Arturo Cáceres Vásquez participó en el magnicidio del dictador Ulises Heureaux (Lilís), ocurrido el 26 de julio de 1899 en la ciudad de Moca.

Doce años después, el 19 de noviembre de 1911, en pleno ejercicio de la Presidencia de la República, contra su persona se cometió asesinato en el área costera de Güibia, en la capital dominicana.

Cuando el sátrapa Rafael Leonidas Trujillo Molina fue “ajusticiado” (comillas por tecnicismo legal) no era nominalmente presidente de la República, pero tenía pleno control de todos los resortes del poder del país.

El único recurso que tenía el pueblo dominicano el 30 de mayo de 1961 para librarse de la tiranía que lo aplastaba desde hacía más de 30 años era suprimiendo la existencia terrenal del hombre que la encarnaba.

En el tercer párrafo del preámbulo de la Declaración Universal de los Derechos Humanos, proclamada y aprobada en el 1948 por las Naciones Unidas, se faculta a los pueblos a ejercer el “supremo recurso de la rebelión contra la tiranía y la opresión.”

Eso hicieron los héroes del 30 de mayo de 1961, con el ingrediente de la realidad  que entonces prevalecía en la República Dominicana.

 

Magnicidio de Cáceres

 

El presidente de la República Ramón A. Cáceres Vásquez, popularmente conocido como Mon, fue asesinado la tarde grisácea del  domingo 19 de noviembre de 1911, cuando tenía 44 años de edad.

El ataque mortífero lo hicieron más de 10 hombres armados, provenientes de diversos grupos políticos, ninguno de los cuales tenía como centro de su accionar un sentimiento patriótico, sino ambiciones particulares unos y resentimientos personales otros.

Luego alegaron  que su objetivo inicial era secuestrar al primer mandatario del país para obligarlo a renunciar de su elevado cargo. Nunca presentaron pruebas de ese decir utilizado como un simple alegato de defensa.

El magnicidio se produjo cerca de la playa de Güibia, al sur de la capital dominicana, mientras la víctima disfrutaba un paseo en su coche tirado por un caballo y con la sola compañía de su valiente cochero José Mangual, apodado Cachero y del jefe de su escolta, el  cobarde y desleal coronel Ramón Pérez, quien al primer disparo de los conjurados puso pies en polvorosa.

El principal magnicida de Cáceres Vásquez fue Luis Tejera Bonetti, un general que no llegaba a los 30 años de edad, hijo del fecundo historiador e ilustre ciudadano  de “relieve apostólico” Emiliano Tejera, quien era amigo del presidente  y lamentó la tragedia.

Los alegatos del impetuoso Tejera para  cometer el crimen se resumieron en rumiar resentimientos por la influencia que ante el mandatario asesinado tenía su rival en los cuarteles, el también joven general Alfredo María Victoria.

Sobre ese magnicidio, y el trágico final del asesino, narra Joaquín Balaguer en su obra Los Carpinteros lo siguiente: “…el ilustre historiador don Emiliano Tejera, fiel amigo del Presidente Cáceres, es fama que desahogó su dolor en estas palabras que envolvían una desaprobación a la conducta de su hijo y otra a la sevicia conque su cuerpo fue descuartizado: “Bien muerto, pero mal matado.”1

La muerte alevosa de Cáceres causó hondo pesar. Hubo un gran repudio por tratarse de un gobernante que dio demostraciones de que lo animaba el buen deseo de producir avances sociales, económicos y políticos para los dominicanos. Dicho eso al margen de algunas decisiones gubernamentales inclinadas a favorecer a cárteles económicos estadounidenses.

 

El hombre y el gobernante

 

Para poner en perspectiva detalles básicos sobre el general Ramón Arturo Cáceres Vásquez es preciso señalar que fue uno de los más prominentes caudillos militares y políticos de la primera década del siglo pasado dominicano.

Llegó al estrellato de la vida pública nacional cuando tenía 32 años de edad, por ser el autor directo del magnicidio del dictador Lilís, ocurrido en la ciudad de Moca el 26 de julio de 1899.

Esa intrépida acción llevó al filósofo, jurista y escritor Pedro Troncoso Sánchez a escribir que “Ramón Cáceres entró de golpe en la historia.”2

En su condición de vicepresidente de la República le correspondió asumir la primera magistratura de la nación cuando el 12 de enero de 1906 renunció el titular Carlos Morales Languasco, luego de una rocambolesca retirada a Haina, víctima en gran medida de los horacistas y de los acreedores internacionales del país.

Hay una corriente historiográfica que califica a Cáceres de dictador, especialmente por las acciones de la Guardia Republicana que comenzó a desarrollarse durante su gestión gubernamental y cuyos actos con relieves criminales en la Línea Noroeste han sido objeto de mucha controversia. Era la llamada Guardia de Mon.

También se le critica por el hecho de que fue el más entusiasta partidario de la creación de la Ley de Concesiones Agrícolas, para favorecer a emporios empresariales estadounidenses que se dedicaban aquí a diferentes actividades agropecuarias y comerciales.

Otros, en cambio, tienen una visión positiva sobre los casi 6 años que gobernó Cáceres. Resaltan que convirtió el Congreso Nacional en bicameral, al crear la Cámara de Diputados; que fue el impulsor de la Suprema Corte de Justicia; que estableció niveles de disciplina en la administración pública, dejando atrás el desorden imperante hasta su arribo al poder y, además, porque actuó con honradez personal en el manejo de los caudales públicos.

Pienso que el presidente Cáceres Vásquez fue, en realidad, un gobernante con luces y sombras, y en el balance de los hechos todavía no hay, en su caso, una marcada inclinación de la balanza de la historia para un lado o para otro.

Juan Bosch, en su obra Composición Social Dominicana, en la cual no escatima críticas, reconoce algunos méritos en la administración de Cáceres y explica las razones por las que no logró dotar al país de una burguesía que contribuyera al desarrollo nacional, impedido por: “…dos fuerzas combinadas: la caótica y destructiva actividad política de la pequeña burguesía dominicana y el implacable y disolvente imperialismo norteamericano.”3 

En la obra La Viña de Naboth, que trata cuestiones dominicanas desde 1844 hasta 1924, Summer Welles al abordar la personalidad de Cáceres y evaluar desde su óptica de diplomático estadounidense su presidencia, expresa que a su juicio fue la primera vez que en el país “hubo un gobierno no sólo consciente de las necesidades del pueblo, sino también capaz de satisfacerlas.”4

Una de tantas demostraciones de la vibrante personalidad del general Ramón Cáceres Vásquez quedó estampada en unas declaraciones que emitió frente a los rumores sobre su inminente renuncia de la Presidencia de la República, cuando recién empezaba su ejercicio.

Desafiando a sus enemigos cubiertos y encubiertos se dirigió al país el 20 de febrero de 1906, cuando aún no se había afianzado en el manejo de los resortes del poder, señalando que no renunciaría a la Presidencia de la República “por los peligros para la estabilidad de las instituciones…Mi lema es todo por la paz i la libertad de la República….como soldado de la Patria mi único anhelo ha sido cumplir siempre plenamente mis deberes.”5

 

 

Magnicidio de Trujillo

 

El magnicidio contra la persona del sátrapa Rafael Leónidas Trujillo Molina se produjo bajo la capa de la noche del 30 de mayo del 1961, después de que ese despótico gobernante mantuviera en su poder por más de 30 año las riendas del mando.

En ese trascendental acontecimiento participaron de manera directa o indirecta muchos valientes dominicanos. Ora en la planificación, ora en el teatro de los hechos, ora en la estrategia política.

Entre ellos estaban Antonio de la Maza, Antonio Imbert Barreras, Pedro Livio Cedeño, Amado García Guerrero, Salvador Estrella Sadhalá, Luis Amiama Tió, Roberto Pastoriza, Huáscar Tejeda, Luis Manuel Cáceres Michel, Miguel Angel Báez, Modesto Díaz Quezada y otros.

Ese momento culmen, de gran importancia en la historia nacional, fue relatado por el historiador Juan Daniel Balcácer, en una cronología sobre el último día de dicho gobernante, insertada en su obra Trujillo el tiranicidio de 1961: “10:00 p.m. Los conjurados alcanzan el carro de Trujillo y acto seguido comienza el ataque. Antonio de la Maza hace el primer disparo, que impacta en el cuerpo del dictador; luego le sigue Amado García Guerrero. En breve, los tiranicidas se enfrascan en un combate a tiros con Zacarías de la Cruz, que dura unos diez minutos.”6 

Más impactantes resultan unas notas escritas el 2 de junio de 1961 por Antonio Imbert Barrera, desde su escondite luego de haber participado de manera directa en el magnicidio de Trujillo,  en las cuales revela los que fueron los últimos momentos de ese criminal que llenó de espanto y miseria al pueblo dominicano por  un poco más de 30 años:

“…vi una figura que salía por la parte de adelante del carro del tirano y que estaba herido. Y me di cuenta por los gritos y el metal de voz que era el tirano y que estaba herido. Avanzó un poco más y cayó al suelo…quedando en medio del pavimento de la autopista boca arriba, con la cabeza hacia Haina. No se movió más.”7

El cadáver de Trujillo, empapado con su sangre, su maldad y sus vicios criminosos, fue tirado en el baúl de un carro, y así comenzó a configurarse una nueva era histórica en la República Dominicana.

Es pertinente decir, en honra de muchos dominicanos comprometidos con la libertad, que desde el alzamiento que se produjo en El Mogote de Moca, en el 1930(hasta la acción patriótica del 30 de mayo de 1961, en el entonces extrarradio de la capital dominicana) siempre hubo intentos y acciones internas y externas para liquidar el régimen tiránico de Trujillo; un hombre cuyo ego intrínsecamente crecido hasta el desborde lo hacía creerse que era Dios en la tierra.

 

Trujillo y su régimen de fuerza

 

Trujillo, una auténtica desgracia para el pueblo dominicano, fue producto de muchas circunstancias, internas y externas. Una amplia y abigarrada gama de complicidades y zalemas de todo tipo lo llevaron a creer que era insustituible e incluso algunos pretendieron dotarlo de una ideología política que nunca tuvo, y de equipararlo en atributos con personajes cuyas acciones tenían impacto allende las fronteras de los territorios donde ejercían sus dominios.

Su accionar totalitario en el mando de la nación dominicana durante 30 largos y pesados años permite afirmar que en su persona se resumían las frases atribuidas a los monarcas franceses Luis XIV: El Estado soy Yo (L’État, c’est moi) y Luis XV: Después de mí el diluvio (Aprés moi le déluge).   

Este terrible gobernante sólo saltó del poder cuando estuvo en un charco de su propia sangre cargando entre sus vísceras “dos onzas de plomo.”

El poder supremo de Trujillo, alias Chapita, arrancó en  realidad el 23 de febrero de 1930, cuando cesó el gobierno de Horacio Vásquez, aunque entonces sólo figuraba como jefe del Ejército Nacional.

A partir de ese momento creció de manera exponencial en el país el terror en todas sus vertientes: encarcelamiento, secuestros, torturas, asesinatos, exilio, extorsión económica, etc. Ese estado de cosas muchas veces incluso traspasó las fronteras del país, con sonados secuestros y crímenes en los EE.UU. y otros lugares de América.

Las fechorías de Trujillo se iniciaron desde que él era un adolescente, cuando en las calles polvorientas de su nativa San Cristóbal cometía actos ilícitos, formando parte de la llamada pandilla de Pepito, como apodaban a su progenitor.

Dando un salto en su itinerario de vida, para comenzar cuando era militar al servicio de las fuerzas estadounidenses que invadieron en el 1916 el país, uno se topa con la verdadera baja calaña moral de Trujillo, quien siendo oficial subalterno de la Guardia Nacional escribió en marzo de 1919, desde la ciudad de El Seybo, a un compinche suyo de nombre Mariano Rocafort,  morador de San Pedro de Macorís, para que maniobrara en un oscuro negocio inmobiliario con el fin de que  ambos sacaran ventajas económicas mediante una típica acción de chantaje y extorsión.

La gran zancada para perpetuarse en el poder la dio Trujillo el 3 de septiembre de 1930 cuando la capital dominicana fue parcialmente destruida por el ciclón de san Zenón. Millares de muertos, heridos, casas destruidas y el pequeño aparato productivo colapsado fue paradójicamente la catapulta que afincó con fiereza las garras del tirano sobre el pueblo dominicano.

Con motivo de ese desastre de la naturaleza todos los recursos provenientes de donaciones del exterior fueron manejados por él. Entre otras cosas Trujillo se auto nombró presidente de la Cruz Roja Dominicana, ordenó a su Congreso adocenado que le otorgara poderes excepcionales y sin límites, declarando una ley marcial, con la cual dispuso a su antojo la manera de aplicar las normas legales. Así  comenzó el modus operandi de su régimen de tres décadas.

Cuando sólo tenía 15 días instalado formalmente en la presidencia de la República ordenó el asesinato en San José de las Matas del prominente político Virgilio Martínez Reina y su esposa Altagracia Almánzar,  quien estaba en avanzado estado de gestación.

Pero Trujillo Molina no actuó solo. Muchos fueron sus cómplices durante los largos años de su reinado de terror.

El historiador vegano J. Agustín Concepción, en su obra titulada Culpables del Trujillato, explica minuciosamente la abyección de muchos llamados prestantes ciudadanos que en diferentes lugares del país, siempre en clave de alabarderos, fueron impulsores de una falsa aura de grandeza que le atribuían a la figura del tétrico gendarme que se encaramó en el poder cuando comenzaba la tercera década del siglo pasado.8

Un ejemplo de lo descrito por Concepción fue el reconocido turiferario trujillista Abelardo R. Nanita, resumen del lambonismo en su más alta expresión.

Nanita escribió un libraco titulado Trujillo, en el cual presenta a ese entorchado malandrín como un prócer que “en su juventud escribió versos.” Tal vez por esa “producción literaria” el tirano fue integrante de la Academia Dominicana de la Lengua e incluso posteriormente fue incluido como miembro correspondiente de la española, figurando como tal en la edición  del año 1956 de su Diccionario.

 El inefable Nanita, un ofidio con ropaje de burócrata, remata su largo rosario de ditirambos y cháchara semántica en favor de Trujillo diciendo que era un “destinado por la Providencia para realizar, en su Patria, una misión extraordinaria, trascendental y sobrehumana: la regeneración completa-reconstrucción material y rehabilitación moral-de su pueblo.”9

Pero es importante resaltar que  muchos ciudadanos mantuvieron su dignidad, a costa de lo que fuera. Fue el caso, por ejemplo, de Américo Lugo, jurista, historiador y ensayista; hombre dotado de sólida y densa formación académica y de gran reciedumbre moral.

Cuando Osvaldo Bazil, poeta y reconocido correveidile, fue a su casa en el 1934 para proponerle a nombre de Trujillo que escribiera un texto de historia del país que abarcara el período que entonces llevaba en ejercicio el régimen, lo rechazó rotundamente.

El prócer civilista que era Américo Lugo se negó a complacer los deseos del señor de horca y cuchillo apodado El Jefe, a pesar del jugoso ofrecimiento monetario que se le hizo y a su precaria situación económica.

El eminente y honorable Lugo le escribió una carta al gobernante en cuestión, fechada  4 de abril de 1934, en la cual le exponía, entre otras cosas, lo siguiente: “Creo un error la resolución de escribir la historia de la última década. Lo acontecido durante ella está todavía demasiado palpitante…Recibir dinero por escribirla en mis presentes condiciones, tendría el aire de vender mi pluma, y ésta no tiene precio.”10

 

 

La fortuna de Trujillo

 

En su obra titulada Trujillo de cerca el abogado y político Mario Read Vittini narra un vaticinio que se convirtió en amarga realidad, atribuido a un ciudadano asombrado del ascenso del hombre que llenó de cadáveres y miseria a la República Dominicana: “¿Chapita Presidente? Nos fuñimos…¡El país finca y San Cristóbal batey…!”11 

Ciertamente el país fue convertido en una finca de Trujillo y no exclusivamente   porque tuviera tierra en San Cristóbal que cubría desde la ribera marítima de San Gregorio de Nigua hasta la comunidad Los Arroyones de Villa Altagracia, ni porque en Cotuí tuviera 124,405 tareas y  en La Vega 55,363 tareas, para sólo citar tres ejemplos.

En resumen, Juan Bosch, en su obra La fortuna de Trujillo, menciona que el tirano tenía en Constanza “55 mil 364 tareas por un lado y por otro 255 mil 698; en San Juan de la Maguana 1 millón 110 mil 251; en San José de Las Matas 12 mil 476; en Palo Alto 49 mil 650…de manera que en terrenos medidos tenía 1 millón 773 mil tareas, y en terrenos sin medir nadie sabe cuánto.”12

 

Un hecho que rompió el silencio

 

Los desmanes que se cometían contra el pueblo dominicano no tenían eco a nivel internacional porque no había en el país libertad de expresión y menos de difusión del pensamiento, así como por la labor de tapadera que realizaban en el exterior grupos bien pagados de propagandistas, publicistas y cabilderos.

Pero el fatídico día 2 de octubre del 1937 (se cumplieron en este mes 83 años) Trujillo ordenó una matanza contra miles de infelices haitianos que vivían en el territorio dominicano.

Esa ignominia, de la exclusiva responsabilidad del régimen de fuerza que tenía acogotado al pueblo dominicano, provocó una gran repulsión. El escándalo estalló como una bomba de alto poder en la prensa mundial el 14 de octubre del referido año.

Esa hecatombe ha generado, desde entonces hasta hoy, la publicación de cientos de ensayos, crónicas, informes misceláneos y hasta obras de ficción. Muchos de esos textos, escritos por los intelectuales ancilares del trujillismo (Balaguer, Logroño, Peña Batlle, Nanita, Vidal, etc.), eran monumentos a la tergiversación de los hechos sangrientos referidos.

La mayoría de los que han tratado el tema, especialmente a partir de la desaparición de la tiranía, han retratado la crudeza del baño de sangre de octubre de 1937.

Para recordar los hechos espantosos referidos me valgo de la versión de un haitiano y de un dominicano, luchadores contra dictadores de sus respectivos países.

 En la novela Mi compadre el General Sol el renombrado escritor haitiano Jacques Stephen Alexis escribió: “Un camaleón escondido entre el follaje de algún árbol vecino empezó a lanzar su grito. Ruido monótono y sordo como la percusión sobre un tambor tenso…era demasiado tarde cuando los hombres se dieron cuenta de que estaban rodeados…El oficial, acompañado de algunos soldados, les hablaba. Los hacía desfilar y les ordenaba pronunciar una sola palabra: -Perejil…La mayoría de los haitianos no la lograban pronunciar correctamente…”13 

Uno de los sitios empapados hace ahora 83 años con sangre de seres humanos indefensos fue el hermoso poblado del Santo Cerro, enclavado en medio del Valle de La Vega Real.

En su impactante obra De Lilís a Trujillo el dominicano Luis F. Mejía escribió lo que allí ocurrió: “En el Santo Cerro, Provincia de La Vega, en un zanjón, enterraron seiscientos haitianos. Casi todos fueron ejecutados con machetes, puñales y bayonetas…haciáseles levantar el brazo izquierdo y los verdugos les hundían las bayonetas en el corazón…Se les obligaba, antes de sacrificarlos, a cavar sus propias fosas.”14

Frente a la crispación que después de 4 años se mantenía en muchos países por la matanza, que incluyó hombres, mujeres y niños, Trujillo seguía sobornando a muchos dirigentes del más alto nivel de Haití, lo cual quedó demostrado con pruebas documentales.

Por eso no es ocioso recordar, para poner un ejemplo, la comunicación que en fecha 10 de septiembre de 1941 le dirigió Manuel de Jesús Troncoso de la Concha, entonces presidente nominal dominicano, a Elie Lescot, presidente de Haití  (por lo que evidentemente era una complicidad del gobernante del vecino país) el cual fue bien pagado para esa desvergüenza.

En dicha comunicación sobresale la gratitud del gobierno dominicano en vista de que el sobornado Lescot motivó un comunicado del gobierno haitiano enfocando los hechos sangrientos “de modo tan eficiente y honorable…con un espíritu de sincera comprensión…iniciándose así una nueva era de imperturbable cordialidad y fructífera cooperación en todos los órdenes.”15

Bibliografía:

1-Los Carpinteros. Editora Corripio,1984.P421. Joaquín Balaguer. 

2-Biografía de Ramón Cáceres. Editorial Stela, 1975.P91. Pedro Troncoso Sánchez.

3-Composición social dominicana. Impresora Soto,2013.P322. Juan Bosch.

4- La viña de Naboth: República Dominicana (1844-1924).Tomo II.BR-SDB. Reedición 2006.Summer Welles.

5- Proclama al país. Imprenta Flor del Ozama.20 de febrero de 1906. Ramón Cáceres.

6-Trujillo el tiranicidio de 1961.Sello editorial Taurus-Santillana, 2007.P34.Juan Daniel Balcácer.

7-Relato de Antonio Imbert Barrera, contenido en las páginas 197 y siguientes del libro 30 de mayo.Trujillo ajusticiado.Editora Susaeta, 1999. Eduardo García Michel.

8-Culpables del trujillato. Editora Cultural Dominicana, 1974. J. Agustín Concepción.

9-Trujillo, publicado en enero de 1945. Abelardo R. Nanita.

10- Carta a Trujillo.4-abril-1934. Américo Lugo.

11-Trujillo de cerca. Editora San Rafael,2007.P126.Mario Read Vittini.

12- La fortuna de Trujillo. Editora Alfa y Omega, 2005.P108.Juan Bosch.

13-Mi compadre el general Sol. Editora Taller, cuarta edición, 1974.P 261.Jacques Sthepen Alexis.

14-De Lilís a Trujillo.Editora Talleres M.Pareja, Barcelona, España,1976.P 316.Luis F. Mejía.

15-Comunicación del presidente dominicano Troncoso de la Concha al presidente haitiano Elie Lescot.10-septiembre-1941.

 

Publicado el 17-octubre-2020.Diario Dominicano.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

MAGNICIDIOS EN R.D. (III)

MARÍA TRINIDAD SÁNCHEZ,  JOSÉ JOAQUÍN PUELLO Y  FRANCISCO CAAMAÑO

 

POR TEÓFILO LAPPOT ROBLES

 

María Trinidad Sánchez

 

El primer magnicidio que registra la historia de la República Dominicana se produjo el 27 de febrero de 1845, en siniestra coincidencia con el primer aniversario de la Independencia Nacional.

La víctima fue la heroína y mártir María Trinidad Sánchez, quien nació en la ciudad de Santo Domingo el 16 de junio de 1794, es decir que a la hora de su trágica muerte tenía 50 años de edad.

Fue fusilada por órdenes del déspota Pedro Santana, en medio de la lucha que libraban conservadores y liberales por controlar el poder en la recién nacida república.

El historiador Carlos Nouel Pierret, de profunda raigambre conservadora, prefirió atribuir tan horrendo crimen a una “responsabilidad colectiva.” Era una manera de no establecer responsabilidad histórica de nadie en particular. Así se han tejido muchas mentiras en la historia dominicana.

La realidad era que sólo el presidente Santana tenía potestad para ordenar ese magnicidio, haciendo uso y abuso del fatídico artículo 210 que obligó a injertar en la Constitución del 6 de noviembre de 1844, como un traje a su medida para convertir sus abusos en material de impunidad.

 El asesinato de María Trinidad Sánchez, disfrazado de mandato judicial, fue el comienzo de muchos crímenes contra todos los que no se prosternaban ante la voluntad cerril del hombre que 16 años después entregó la soberanía nacional a España, en la nefasta Anexión.

En la enciclopédica obra Historia de la Cultura Dominicana su autor, Mariano Lebrón Saviñón, señala que el 27 de febrero de 1845 junto a María Trinidad Sánchez “murieron su sobrino Andrés Sánchez, herrero de oficio; el alférez de artillería Nicolás de Bari y el albañil venezolano José del Carmen Figueroa, quien lidió en la independencia dominicana.”

Y dice más al respecto el ilustre médico, poeta, escritor y lingüista Lebrón Saviñón: “María Trinidad Sánchez murió con entereza. Rechazó el perdón que se le ofrecía al precio de delatar a sus compañeros de conspiración…”1

Diversas crónicas de antaño registran que en la víspera del fusilamiento de María Trinidad Sánchez un poderoso personaje del gobierno, más como añagaza que como sincero quid pro quo, se le acercó a la heroína para ofrecerle el perdón de su vida a cambio de que ella delatara a sus compañeros de conspiración.

Frente a esa indecorosa propuesta su respuesta tajante finalizó así: “Ellos son más útiles que yo a la causa de la República. Prefiero que los ignoren y se cumpla en mí la sentencia.”

Tuvo una destacada participación en las actividades de La Trinitaria, cantera de donde surgió el proceso que culminó con la Independencia Nacional. Ella fue una fervorosa seguidora de los ideales de Juan Pablo Duarte y valedora de su sobrino, el patricio Francisco del Rosario Sánchez, así como de otros patriotas que organizaban al pueblo para alumbrar la República Dominicana.

La primera heroína y mártir dominicana desafió, con sus hechos comprobados, las órdenes emitidas por el presidente del país ocupante del nuestro, el general Charles Riviére-Hérard. Protegió a todos los perseguidos que pudo y realizó tareas organizativas en medio de los enemigos, con graves riesgos de su vida.

María Trinidad Sánchez también participó en la confección del lienzo tricolor que simboliza la dominicanidad, conjuntamente con Concepción Bona, María de Jesús Pina e Isabel Sosa.

El primero que escribió sobre el talante decidido de María Trinidad Sánchez fue el trinitario José María Serra, quien en unos apuntes memoriosos consignó los ingentes esfuerzos desplegados por esa gran dominicana para que los sueños de Duarte y sus partidarios se convirtieran en realidad.

Describe Serra que en sus afanes patrióticos, antes y después del trabucado de Mella en la Puerta de la Misericordia, ella “en sus propias faldas conducía pólvora.”2

 Es importante señalar, para mejor entender el contexto socio-político-religioso y cultural en que ella se desenvolvió, que además de su devoción religiosa María Trinidad Sánchez tenía conocimientos generales que sobrepasaban a los de la mayoría de  los hombres y mujeres de entonces, tal y como coinciden todos sus biógrafos.

En efecto, el reputado historiador Vetilio Alfau Durán en su obra Mujeres de la Independencia al referirse a ella apunta lo siguiente: “Mujer de bastante instrucción para su época, a ella debió su sobrino Francisco del Rosario Sánchez su iniciación en los estudios elementales.”3

Como María Trinidad Sánchez era una católica de acrisolada fe en sus creencias, y se le reconocía haber leído textos filosóficos y religiosos en el convento e Iglesia de Santa Clara, bajo la orientación de las Monjas Clarisas, es permitido pensar que en los momentos supremos de su vida, previo a su fusilamiento, bien pudo ella reflexionar acerca de lo que en la obra titulada Meditaciones se atribuye al filósofo y emperador romano Marco Aurelio Antonino (siglo II) sobre la vida, las actitudes de los seres racionales, los valores humanos, la proyección del alma más allá del espacio terrenal y la muerte misma como un punto que convoca a meditar sobre lo humano y lo divino.

Una provincia situada en el nordeste del país fue bautizada con su nombre. Calles, escuelas, institutos y barrios diseminados por todo el país también se denominan María Trinidad Sánchez. Es un justo reconocimiento a su valía en la lucha patriótica de 1844.

 

José Joaquín Puello

 

El general José Joaquín Puello era un mulato de formidable atractivo para los combatientes bajo su mando por su carisma, bravura y dominio de las armas en tiempos de guerra. Fue el más prominente de  tres hermanos que alcanzaron el generalato en los primeros años de la República. Luego uno de ellos se convirtió en traidor a la Patria, pero esa es harina de otro costal.

A ese bizarro patriota dominicano le correspondió, por mandato de Juan Pablo Duarte, encabezar las fuerzas liberales que el 9 de junio de 1844 se enfrentaron a los conservadores que controlaban la Junta Central Gubernativa.

Alcides García Lluberes relata en su densa obra Duarte y otros temas que José Joaquín Puello y otros héroes fueron en la gloriosa madrugada febrerina a la Puerta del Conde “oliendo pólvora….a ocupar sus puestos de vanguardia.”4

El general José Joaquín Puello, arropado por hombres y mujeres de sectores populares de la capital dominicana, bajo la consigna de “abajo los traidores”, desplazó del poder el referido 9 de junio al grupo de afrancesados que no creyendo en la viabilidad de la recién nacida República Dominicana buscaba el protectorado francés, a través del llamado Plan Levasseur, una propuesta imperial lanzada desde Haití el 15 de diciembre de 1843 por Auguste Levasseur, cónsul francés en dicho país, y que estaba flotando en el nuestro desde el primero de enero de 1844, bajo los auspicios de hombres que ignoraban que el pueblo dominicano tenía la voluntad inquebrantable de obtener y mantener su libertad.

Puello, siguiendo con fidelidad las órdenes de Duarte, fue determinante para que en la indicada fecha Francisco del Rosario Sánchez fuera designado de nuevo  (como lo fue por unas horas el 28 de febrero) en la presidencia del primer órgano gubernamental del país.

Vendrían otros hechos a partir del 3 de julio del citado año, cuando los conservadores le bailaban el agua a Pedro Santana. No es pertinente comentarlos ahora. Se abordarán en otra ocasión.

El general José Joaquín Puello fue el máximo héroe en la célebre Batalla de La Estrelleta, librada el 17 de septiembre de 1845, donde los intrusos haitianos mordieron el polvo de la derrota. En esa árida sabana del sur fronterizo dominicano desplegó 12 batallones, contando con la eficaz asistencia de los coroneles Valentín Alcántara y Bernardino Pérez.

Ese día las armas dominicanas obtuvieron un “hermoso y fulmíneo triunfo” contra los invasores haitianos. En otros encuentros armados también fue brillante y decisiva su participación  a la cabeza de gloriosos combatientes dominicanos que se jugaban la vida defendiendo la soberanía nacional.

Por respeto a la verdad histórica hay que decir que el legendario Batallón Sangriento de Higüey dejó en La Estrelleta y zonas aledañas su marca de guerra, que jamás abandonó hasta que con el triunfo de los restauradores cesaron las contiendas bélicas del pueblo dominicano contra invasores extranjeros. 

Pedro Santana, por puras conveniencias personales, dadas las pugnas que en el seno de las fuerzas conservadoras tenía con otros personajes del mismo pensamiento, designó al general José Joaquín Puello como Ministro de Interior. Su propósito en esa ocasión era debilitar a sus contrincantes.

Posteriormente, el 2 de noviembre de 1847, entonces por temor al aumento de las simpatías políticas que desde la referida posición iba adquiriendo cada día el héroe de La Estrelleta, Santana lo transfirió al Ministerio de Hacienda y Comercio. Buscaba con ello restarle presencia política diaria y desconectarlo del aparato militar.

Las condiciones excepcionales y la elevada dosis de moral y patriotismo del General Puello fueron causas eficientes para que sus enemigos dentro del gobierno (una “fauna felina”) incrementaran las intrigas en su contra.

Los ataques contra Puello, de parte de José María Caminero y otros intrigantes y envidiosos, fueron soeces y furibundos. Se inventaron muchas mentiras para sacrificarlo, incluyendo la imaginaria versión de que él preparaba el escenario para establecer en el país una dictadura de negros.

La verdad monda y lironda era que sus enemigos gratuitos, dentro y fuera del gobierno, ni por asomo podían acercarse al prestigio de que él gozaba tanto entre el pueblo llano como entre las filas militares.

El historiador Víctor Garrido, en su libro titulado Los Puello, relata que a pesar de que Tomás Bobadilla y Briones (uno de los cabecillas de los continuos ataques contra el General José Joaquín Puello) estaba en el exilio “el volcán, sin embargo, quedaba en ebullición”. Dicho autor deja entrever que el presidente Santana, meses antes de enviarlo al patíbulo, ya había tomado la decisión de ordenar su fusilamiento, antes de salir “a cumplir deberes religiosos para con Nuestra Señora de la Altagracia en su santuario de Higüey.”5

 Los registros históricos recogen que el fusilamiento del general José Joaquín Puello estuvo precedido por la falsa acusación de que estaba conspirando contra el gobierno del cual formaba parte. Una vez más el apodado Chacal de Guabatico apeló al famoso artículo constitucional 210, que era su patente de corso para cometer toda clase de tropelías.

El luego llamado Marqués de Las Carreras creó un tribunal especial con órdenes expresas, a la usanza de la época, para que produjera una condena de muerte contra el general José Joaquín Puello, la cual fue leída el 22 de diciembre de 1847, en la que se incluía a un hermano y un tío del héroe independentista. El fusilamiento se produjo al día siguiente, con un inusual apuro, como para evitar reacciones populares que estropearan la posibilidad de consumar el magnicidio.

 

Francisco Alberto Caamaño Deñó

 

Francisco Alberto Caamaño Deñó es sin quizás una de las figuras históricas de mayor trascendencia del siglo XX dominicano.

Nació en la ciudad de Santo Domingo, el día 11 de junio del año 1932. Hijo de doña Enerolisa (Nonín) Deñó Chapman, una distinguida dama barahonera de ascendencia curazoleña y del general sanjuanero Fausto Caamaño Medina, quien después de ser Jefe del Ejército Nacional fue el único militar que no formando parte del círculo familiar de Trujillo llegó a ocupar, en la larga tiranía que este encabezó, la poderosa Secretaría de Estado de Guerra, Marina y Aviación.

Como militar primero y policía después, Francisco Alberto Caamaño Denó tuvo un desempeño normal, con pocos sobresaltos  si se exceptúa el sangriento hecho ocurrido el 28 de diciembre de 1962 en el paraje Palma Sola, en las montañas al norte de Las Matas de Farfán, en las profundidades del Sur, donde se les rendía culto al Espíritu Santo y a Olivorio Mateo y se hacían otras muchas cosas.

Caamaño Deñó ingresó como guardiamarina en la Academia Naval de la Marina de Guerra, con 17 años de edad. Durante los 13 siguientes años no tuvo participación en eventos significativos,  hasta que ocurrieron los referidos graves y sangrientos hechos de Palma Sola, donde fue herido de gravedad.

Su gran salto a la historia, el que dividió el libro de su vida en un antes y un después, le llegó de sorpresa en abril del año 1965, al encabezar la lucha de una parte importante del pueblo dominicano que decidió enfrentar a los que un año y meses antes derrocaron al gobierno democrático de Juan Bosch y  se encaramaron en el poder sin pasar por las urnas electorales; y después, como botón de oro,  al defender la soberanía nacional ante los intrusos del “norte revuelto y brutal” que de nuevo invadieron el país, con la sinrazón de su fuerza poderosa sustentada en el músculo militar y la cuantía de su riqueza económica.

Como muy bien escribió el ilustre jurista y hombre de gran bagaje intelectual Jottin Cury, en el prólogo del libro titulado Caamaño frente a la OEA, al referirse a la guerra primero fratricida y luego patriótica de 1965: “Se sentía en el ambiente un cargante y sordo rencor contra los usurpadores…En esa jornada sin precedentes surgieron nombres que son ya patrimonio de la historia, y entre ellos, el de un joven militar que agotó su ciclo vital con suprema dignidad: ¡Francisco Alberto Caamaño Deñó!”6 

Las muchas jornadas bélicas en las que participó como líder militar en el 1965 fueron nimbando de gloria al coronel Caamaño Deñó.

En la tarde del martes 27 de abril de 1965, en el Puente Duarte, sobre el río Ozama, en el lado oriental de la ciudad de Santo Domingo, cientos de bizarros combatientes constitucionalistas dirigidos por Caamaño, Montes Arache, Ilio Capozzi, Marte Hernández, Lora Fernández y Héctor Lachapelle Díaz derrotaron a las tropas que desde San Isidro dirigían, entre muchos otros, el bayaguanero Elías Wessin y Wessin, el samanés Pedro Bartolomé Benoit y el descubiertense Granpolver Medina Mercedes.

Dicho lo anterior a pesar de que desde horas tempranas de la mañana de ese día los aviones que partían de la base aérea de San Isidro mantenían un bombardeo constante, de manera indiscriminada, sobre la ciudad de Santo Domingo. Así también varios barcos de la Marina de Guerra, por órdenes del comodoro Francisco Rivera Caminero, se sumaron a los bombardeos desde la costa caribeña que cubre el flanco sur de la capital dominicana; añadiéndole a eso que una gran cantidad de tropas de infantería con el apoyo de carros de combate amenazaban con penetrar a la zona bajo control de los combatientes constitucionalistas, atravesando el indicado puente.

Ya en ese momento estaban sobre aguas territoriales dominicanas decenas de miles de soldados de infantería de la 82va. División Aerotransportada del Ejército de los Estados Unidos de Norteamérica, apertrechados con artillería ligera y de grueso calibre, así como tanques de guerra, aviones, helicópteros y diversos tipos de barcos de guerra.

Los múltiples triunfos de los patriotas constitucionalistas dominicanos, dirigidos por el coronel Francisco Alberto Caamaño Deñó, contra las tropas criollas al servicio de los golpistas que derrocaron en septiembre de 1963 al presidente Juan Bosch, y que estaban bajo la tutela del aparato militar de los EE.UU., provocaron pánico y gran alarma entre los enemigos del pueblo dominicano.

Prueba al canto sobre lo anterior. En un documento desclasificado de los archivos del Departamento de Estado de los EE.UU. aparece un cable cifrado despachado desde Santo Domingo a las 5:16 de la tarde del miércoles 28 de abril de 1965, dirigido  por el embajador estadounidense William Tapley Bennett al Secretario de Estado Dean Rusk, en el cual en resumen le informaba lo siguiente:

“…Situación deteriorándose rápidamente. Pilotos San Isidro cansados y desalentados…cantidad de oficiales llorando. Benoit solicita formalmente tropas Estados Unidos. El equipo del país unánimemente considera que ha llegado el momento de desembarcar los “marines”.Vidas norteamericanas están en peligro…Yo recomiendo desembarco inmediato.”7

 El día 3 mayo de 1965 el Congreso Nacional, en una sesión histórica y extraordinaria, designó al coronel Francisco Alberto Caamaño Deñó, de 32 años de edad, como presidente Constitucional de la República Dominicana.

 En su libro Diario de la Guerra de Abril de 1965 el famoso periodista y escritor de origen polaco Tad Szulc, corresponsal internacional del periódico New York Times, al referirse a esa trascendental decisión de los legisladores dominicanos expresó lo siguiente:

“Marte 4 de mayo. “El coronel Caamaño, uno de los dos oficiales propuestos por Bosch para sucederle, fue escogido por una mayoría abrumadora “Presidente constitucional” de la República Dominicana hasta la expiración del mandato del expresidente en febrero de 1967.”8

Su condición de Presidente de la República, por mandato constitucional, nunca impidió que Caamaño participara en los combates librados contra las tropas invasoras, que cada día aumentaban en personal y armamentos.

Está claro que él, con su conocida audacia, aparcaba la estrategia del mando superior y les daba prioridad a los detalles de los combates, en el marco de las apremiantes circunstancias que se vivían en aquellos momentos. Es un aspecto discutible en las ciencias militares que el comandante exponga su vida en el fragor de las confrontaciones bélicas.

Frente a la tenacidad del presidente Caamaño y los miles de dominicanos que lo seguían en la defensa de la patria, ocupada por botas extranjeras auxiliadas por unos cuantos vendepatria, los EE.UU. decidieron no escatimar recursos militares porque temían sufrir una nueva derrota en El Caribe. Con el aumento de marines y armas violaron un acuerdo que se había firmado conjuntamente con la tristemente célebre OEA.

El eminente Jottin Cury, canciller del gobierno constitucionalista, en un cable internacional divulgado al mundo el 13 de mayo de 1965 expresó que: “En este momento Santo Domingo es escenario de eventos trágicos y está en inminente peligro de destrucción. Esta mañana las tropas norteamericanas avanzaron sobre la ciudad desde su posición, la llamada “zona de seguridad” fijada según el Acuerdo de Santo Domingo…”9

Una serie de sucesos de alta política motivaron que exactamente 4 meses después de su designación el coronel Caamaño renunciara, el 3 de septiembre del referido 1965, a la presidencia de la República, luego de que se firmara el Acto Institucional y el Acta de Reconciliación Dominicana.

En esa ocasión, teniendo como escenario el Parque Independencia, Caamaño Deñó leyó un discurso de despedida con una entrada digna de figurar en las antologías sobre lecciones de democracia:

“Porque me dio el pueblo el poder, al pueblo vengo a devolver lo que le pertenece.Ningún poder es legítimo si no es otorgado por el pueblo, cuya voluntad soberana es fuente de todo mandato público.” Y concluyó así: “Juramos luchar por la unión de todos los sectores patrióticos para hacer a nuestra nación plenamente libre, plenamente soberana, plenamente democrática.”10

Con esos ideales en su mente partió hacia Londres, en la tarde del sábado 22 de  enero de 1966, con un nombramiento como agregado militar que no era otra cosa que un exilio disfrazado. A partir de esa fecha su vida tomaría otro rumbo, pero siempre teniendo como eje central de su pensamiento la búsqueda de la libertad del pueblo dominicano.

En una embarcación de recreo que zarpó de la isla caribeña de Guadalupe el 26 de enero de 1973 Caamaño y un puñado de otros valientes dominicanos llegaron al país el día 3 de febrero de dicho año. Desembarcaron por la playa Caracoles, en el litoral marino del poblado azuano de Las Charcas, en plena bahía de Ocoa.

 El primer enfrentamiento de la guerrilla de Caamaño con los militares del gobierno de Balaguer se produjo en el sitio conocido como El Tetero de Mejía, un pico de la Cordillera Central, con casi 2500 metros de altitud, situado en la provincia San José de Ocoa.

El objetivo de los expedicionarios de 1973, según lo que se ha divulgado, era tomar el poder en la República Dominicana y realizar las transformaciones económicas, sociales y políticas que se habían frustrado desde el derrocamiento del gobierno democrático de Juan Bosch.

Hay pruebas testimoniales y escritas que confirman, sin ningún resquicio de duda, que el ex presidente de la República Francisco Alberto Caamaño Deñó, en su condición de jefe guerrillero, fue herido, capturado y fusilado el 16 de febrero de 1973 en el pequeño poblado cordillerano de Nizaíto.

Tenía 41 años de edad cuando se produjo su magnicidio. Los responsables directos de su asesinato fueron el entonces presidente Balaguer y algunos de los altos mandos militares que gozaban de mucho protagonismo en su régimen,  entre otros Jiménez Reyes, Pérez y Pérez, Amiama Castillo y Beauchamp Javier, quienes ejercían una labor de vicarios del Grupo Consultivo de Asistencia Militar del Comando Sur de los Estados Unidos, una de cuyas unidades operativas está estacionada en su embajada en el país.

Publicado el 24 octubre 2020.Diario Dominicano.

Bibliografía:

1-Historia de la cultura dominicana. Editora Amigo del Hogar, 2016.P 217.Mariano Lebrón Saviñón.

2-Apuntes para la historia de los trinitarios. Primera publicación 1887.P21.José María Serra.

3-Mujeres de la Independencia. Editora Alfa y Omega,2009.P28. Vetilio Alfau Durán. 

4- Duarte y otros temas.P100.Editora del Caribe, 1971. Alcides García Lluberes.

5-Los Puello. Editora Taller, 1974.P63.Víctor Garrido.

6-Caamaño frente a la OEA. Editora Búho.Pp15 y 17.Prólogo de Jottin Cury.

7-Mensaje desde Santo Domingo al  Departamento de Estado de EE.UU. 5:16 p.m. 28 de abril de 1965. William Tapley Bennett.

8-Diario de la Guerra de abril de 1965.ADH. Editora Búho, 2015.P161. Tad Szulc.

9-Historia del pueblo dominicano.  Séptima edición. Editora Mediabyte, 2008.P657. Franklin Franco Pichardo.

10-Discurso de renuncia a la presidencia de la República.3-septiembre-1965.Francisco Alberto Caamaño Deñó.

-Compendio de la historia de Santo Domingo. Tomo II.AGN. Edición 2016. José Gabriel García.

-Documentos para la historia de la República Dominicana. Volumen II. Colección Emilio Rodríguez Demorizi.

-Diccionario biográfico-histórico dominicano. Editora UASD, 1971.Rufino Martínez.

-Antes y después del 27 de febrero. Editora Búho, 2016.Roberto Cassá.

-Correspondencia del cónsul de Francia en Santo Domingo (1844-1846). Juchereau Saint-Denys. Editor,1945. Emilio Rodríguez Demorizi.

-Espigas históricas .ADH. Impresora Arte y Cine, 1971. Víctor Garrido.

-La República Dominicana. Origen y destino del pueblo cristiano más antiguo de América. Editora del Caribe.1957.Ramón Marrero Aristy.

-Francis Caamaño. Editora Alfa y Omega,1983. Hamlet Herman.

-El guerrillero y el general. Editora Alfa y Omega, 1989 .Hamlet Hermann y Ramiro Matos.