sábado, 6 de marzo de 2021

LA FRANCIA IMPERIAL EN TERRITORIO DOMINICANO (y V)

 

LA FRANCIA IMPERIAL EN TERRITORIO DOMINICANO (y V)

POR TEÓFILO LAPPOT ROBLES

La llamada Era de Francia en Santo Domingo comenzó teóricamente el 18 de octubre de 1795, en medio de tensiones y curiosidades, en un acto escenificado con “redobles de tambores y estridentes llamadas de clarines” en la esquina de las Cuatro Calles, en la Ciudad Primada de América, donde un pregonero leyó la cesión que hizo España en favor de Francia del territorio dominicano.

En medio de esa ceremonia, que dejó perplejos a no pocos en quienes ya latía un sentimiento de apego a la patria que todavía se mantenía bajo el yugo español, se produjo la inesperada muerte de una mujer cuyo corazón quedó infartado al escuchar al divulgador. Ha sido considerada como la primera víctima del Tratado de Basilea.

Fray Cipriano de Utrera, con su típico galimatías, en el largo proemio (56 páginas) del libro Diario de la Reconquista, describe así lo ocurrido allí ese día:

“…el día de la publicación cayó muerta en medio de la calle una mujer, exclamando: Isla mía, Patria mía”. “El nombre de aquella mujer era Tomasa de la Cruz, que por sí solo es símbolo de quien no cree sino cuando siente en sí todo el peso de la adversidad…”1

Gobernador  Kerverseau

 

En el general francés Francois Marie de Kerverseau recayó la encomienda del general Leclerc de ponerle término al gobierno de Louverture en la parte oriental de la isla de Santo Domingo. Eso fue el 30 de enero de 1802.

A partir de entonces, y por  unos cuantos meses (entre el 1802 y 1803), Kerverseau fue el gobernador francés en lo que luego sería la República Dominicana.

Muchos meses antes de la derrota que en la ciudad portuaria de Cabo Haitiano  sufrió, el 28 de noviembre de 1804, el general francés Rochambeau, por parte del líder independentista haitiano Jean-Jacques Dessalines y sus huestes, ya imperaba el caos y la indisciplina entre los oficiales y tropas francesas esparcidas en toda la geografía de la isla.

Esa situación fue aprovechada por el general Jean- Louis Ferrand para dirigirse desde Montecristi a la ciudad de Santo Domingo y darle un golpe de Estado (dicho eso en el concepto definido en la Francia del siglo XVII) a Kerverseau.

A partir de ese hecho de fuerza, y en abierta violación del artículo 12 del decreto que emitió Napoleón Bonaparte el 4 de noviembre de 1801, el general Ferrand se  convirtió en el hombre fuerte de la colonia francesa en el lado oriental de la isla de Santo Domingo, hasta su muerte en el 1808.

En los papeles de Kerverseau hay una nota informativa firmada por él en Puerto Rico, el 25 de febrero de 1804, en la cual acusa de traición al general Ferrand, quien fuera su subalterno, y señala que su salida de Santo Domingo “ha sido un lance de intriga, del que su autor tendrá motivo de arrepentirse. Púsome en la necesidad de derramar sangre o de ceder, y preferí este último partido.”2

 

Gobernador Ferrand

 

El general Jean-Louis Ferrand fue el gobernador colonial francés en territorio dominicano que más tiempo se mantuvo en el poder. Desde 1803 hasta 1808, cuando designó de manera interina al general Dubarquier para dirigirse al este del país a combatir a Juan Sánchez Ramírez y sus guerreros que finalmente lo derrotaron.

Su gobernación de la colonia fue un desastre económico, político y social. Los negros esclavos fueron sometidos a los mayores maltratos y la población en general fue sumida en un espantoso estado de miseria que sirvió como caldo de cultivo para ponerle término a la presencia del imperio francés en tierra dominicana.

La opinión más socorrida sobre la muerte del general Ferrand es que sintiéndose  derrotado en la Batalla de Palo Hincado él mismo se quitó la vida dándose un balazo en la cabeza, en una quebrada, cerca del Río Guaiquía. 

Dicen que horas después de expirar Ferrand el señor Pedro Santana (el papá de los célebres hermanos Santana Familias) le desprendió la cabeza y la empaló para exhibirla por las calles onduladas de la ciudad de El Seibo.

 

Juan Sánchez Ramírez

 

Juan Sánchez Ramírez y Ciriaco Ramírez fueron al principio las principales figuras opositoras a la presencia de los franceses en la gobernación colonial. El primero nació en el año 1762 en la villa de Cotuí, en el oriente cibaeño.

La biografía de Juan Sánchez Ramírez se ha difundido bastante, sabiéndose que capitalizó el gran descontento que había por las estrecheces económicas derivadas de un sistema de plantación sustentado en la esclavitud y por otras muchas motivaciones.

En medio de una etapa histórica donde ocurrían muchas cosas negativas él surgió, por sus condiciones económicas, políticas, sociales y militares, como el individuo más idóneo para aglutinar a todas las fuerzas internas y externas que adversaban a los franceses aquí y allende las fronteras, marina y terrestre, del país.

Pero está comprobado, y el mismo Sánchez Ramírez lo pregonaba, que su objetivo central no era la Independencia, sino volver al pasado colonial español, y así actuó en todos los actos de su vida como adulto.

 

Ciriaco Ramírez

 

Ciriaco Ramírez nació en el 1772 en Cádiz, en el sur de España, pero en tiempos de la Reconquista tenía más de dos décadas domiciliado en Azua, tierra ardiente y llena de historia.

Ese personaje tratado con ciertos niveles de marginación por la historiografía tradicional dominicana fue un gran productor agrícola y se le conocían múltiples habilidades como comerciante.

Parte de la abundante documentación correspondiente a los primeros años del siglo XIX demuestra que en realidad Ciriaco Ramírez fue el primer jefe de la revuelta anti francesa, la cual comenzó en el sur del país.

Fue, en consecuencia, una figura central en la lucha contra los franceses. Uno de sus puestos de mando lo estableció en el lugar conocido como Sabana Mula, hoy parte del  municipio de Bánica, en el territorio de la provincia Elías Piña.

Aunque en Sabana Mula no le fue bien en términos militares, es válido decir que el coraje y las habilidades de Ciriaco Ramírez fueron claves para derrotar en otros lugares bajo su incumbencia a las tropas dirigidas por el coronel Aussenac, un hombre ducho en combates en medio del boscaje y brillante estratega militar quien dirigía de manera simultánea las compañías de dragones franceses de San Juan y de Baní, a quienes hizo huir en desbandada. Aunque algunos lo niegan los hechos están ahí como testigos elocuentes.

Ciriaco Ramírez fue un aliado de Juan Sánchez Ramírez, pero terminó siendo víctima de una feroz campaña desatada en su contra por el triunfador de Palo Hincado, que no cesó con su apresamiento el 7 de junio de 1809, en uno de sus cafetales situado en la parte montañosa de Azua.

En septiembre de 1810 se le abrió un expediente acusatorio por, entre otros motivos, una supuesta “negligencia e inacción”, causa por la cual según sus acusadores “lograron los franceses que salieron de Azua entrar sin tropiezo en la Capital de Santo Domingo, y que de esto resultó la prolongación del sitio.”3

 

Junta de Bondillo

 

La Batalla de Palo Hincado (que comentaré más abajo) eclipsó los actos de guerra de Ciriaco Ramírez. La Junta de Bondillo, celebrada el 12 de diciembre de 1808, en ese lugar en las cercanías de los poblados de Bayona y Manoguayabo, terminó otorgándole poderes elevados a Sánchez Ramírez.

El historiador José Gabriel García, en su obra Compendio de la Historia de Santo Domingo, describe que entre las resoluciones más importantes tomadas por la Junta de Bondillo estuvieron las siguientes:

“Reconocer como tenían reconocido, a don Fernando VII por legítimo rey y señor natural….nombrar por gobernador político y militar e intendente a don Juan Sánchez Ramírez, comandante general del ejército…en atención al mérito que había adquirido siendo el caudillo y autor de la gloriosa empresa de librar al pueblo dominicano del yugo de Napoleón, emperador de los franceses.”4

 

Dubarquier luego de la derrota en Palo Hincado

 

El general Joseph-David Dubarquier fue designado por Ferrand como gobernador interino de la colonia mientras él marchaba a combatir a los insurrectos que desde la zona oriental del país amenazaban con aniquilar su gobierno, y así poner fin a la Era de Francia en Santo Domingo.

El general Jean-Louis Ferrand creía que pronto retornaría a la Ciudad Primada de América con los caireles del triunfo en su atuendo militar, pero la realidad fue otra muy distinta.

Al enterarse el gobernador provisional de la derrota de Ferrand en Palo Hincado tomó las medidas militares de rigor en situaciones como esa.

Al mismo tiempo que desde el 10 de noviembre del 1808 la gobernación francesa se apertrechaba de armas y alimentos, en la zona intramuros de la ciudad de Santo Domingo; los combatientes de La Reconquista, con la fanfarria de los victoriosos, marcharon (con el apoyo de tropas inglesas y españolas) desde Palo Hincado hacia la capital colonial.

La principal ciudad del país fue cercada por los seguidores de Sánchez Ramírez  durante 9 meses, provocando una catástrofe alimentaria en su población, lo cual  finalmente obligó al mencionado gobernador interino a rendirse. Así terminó la llamada Era de Francia en Santo Domingo.

 

Batalla de Palo Hincado

 

Desde la lectura del arriba referido bando, el 18 de octubre de 1795, hasta la rendición bajo acoso del gobernador colonial interino Joseph-David Dubarquier, ocurrieron aquí muchos hechos relacionados con el Tratado de Basilea, tal y como he descrito en esta corta serie de comentarios.

Antes de que el hatero cotuisano Juan Sánchez Ramírez llevara a cabo su exitosa campaña de la Reconquista, que culminó con la expulsión de los franceses del territorio nacional, hubo varios intentos fallidos para ponerle fin al gobierno colonial surgido del Tratado de Basilea.

Al margen de los objetivos finales  que marcaban el pensamiento pro hispánico del principal caudillo de la Reconquista, lo cierto es que la lucha del pueblo dominicano para zafarse del yugo de los franceses estaba abroquelada de una especie de fondo histórico cargado de antecedentes de luchas por su autodeterminación.

Desde que los primeros grupos de criollos comenzaron a sentir lo que con el tiempo se ha ido definiendo como la dominicanidad ha existido el deseo de ser libre. Otra cosa pensaban Sánchez Ramírez y otros que formaban parte de su camarilla o que tenían intereses parecidos a los suyos.

Desde la ciudad de Higüey, después de oír una misa, en la primera hora de la mañana del 4 de noviembre de 1808, Juan Sánchez Ramírez salió, acompañado por decenas de higüeyanos, hacia El Seibo.

En aquel pueblo vecino de Higüey obtuvo una resonante victoria militar frente a las tropas francesas encabezadas por el general Ferrand. Fue la famosa Batalla de Palo Hincado.

En Diario de la Reconquista Juan Sánchez Ramírez describe con parquedad los pormenores de dicho encuentro armado; sin embargo es más abundante en los detalles de lo que ocurrió previamente.

El siguiente párrafo de dichas notas sirve para sintetizar los aprestos bélicos que culminaron con la debacle de los franceses. Así escribió el caudillo cotuisano:

“…marché a las tres de la madrugada del día tres con el resto del armamento y municiones a estar a la cabeza de mi gente: por la tarde llegué a Higüey, empleando allí toda la noche en reunir paisanos, formar compañías y dar las disposiciones convenientes; supliqué al Padre Cura de aquel famoso Santuario que celebrase bien temprano el santo Sacrificio de la Misa, a que asistí con la tropa…”5

La Batalla de  Palo Hincado se desarrolló el 10 de noviembre de 1808, en un cerro  así llamado, situado a unos pocos kilómetros al oeste de la ciudad de El Seibo.

Fue en esa batalla de los anales dominicanos donde Juan Sánchez Ramírez, después de decir con voz estentórea un “¡Viva el rey Fernando VII!, pronunció ante oficiales y tropas una frase que ha quedado fija como lección de guerra:

“Pena de la vida al que volviese la cara atrás; pena de la vida al tambor que tocare retirada, y pena de la vida al oficial que lo mandare, aunque sea yo mismo.”

El triunfador de Palo Hincado contaba en el plano interno con el apoyo abierto y directo de hateros, sacerdotes, comerciantes y medianos propietarios urbanos y rurales, quienes habían sido afectados en sus intereses económicos, políticos y sociales por Ferrand y su planilla de funcionarios.

El general Ferrand, que era el gobernador de la colonia desde el 1803, fue el jefe derrotado. Había partido desde la ciudad de Santo Domingo 7 días antes.

Los registros históricos demuestran de manera elocuente que antes y después de la derrota de los franceses Juan Sánchez Ramírez y sus asesores lograron también, por diferentes razones, el apoyo de los ingleses, así como del presidente de la parte sur de Haití, Alexandre Sabés Pétion, y del gobernador de la entonces colonia española de Puerto Rico, Toribio Montes.

Prueba de lo anterior lo dejó escrito para la posteridad el mismo Juan Sánchez Ramírez, al señalar que el 31 de octubre de 1808 recibió en el puerto de Yuma, en la jurisdicción de Higüey, provenientes de Puerto Rico, por órdenes del mencionado Toribio Montes: “quatrocientos fusiles con cierto número de cartuchos…”

Más aún, de ese gobernador Toribio Montes se conserva un oficio de fecha 5 de febrero de 1809  enviado a Juan Sánchez Ramírez, en el cual le informa, entre otras cosas, lo siguiente:

“Envío a usted el bote Altagracia…don Francisco Espino sale hoy con tres lanchas cañoneras, escoltando una saetía que conduce dos morteros y dos cañones de bronce de a 32, con todas las municiones y demás necesario para su servicio.”6

Los partes militares de la batalla de Palo Hincado contienen una rica y variada información sobre lo que ocurrió en aquel histórico altozano seibano, desde el tipo de armas, hasta la cantidad de combatientes y las bajas que tuvieron los dos bandos enfrentados.

El teniente dominicano Francisco Díaz dirigió más de 200 fusileros que pecho en tierra esperaban el paso de los franceses que cayeron en una emboscada preparada con gran sigilo y no poca pericia por el oficial Pedro Vega, un brillante estratega nativo de la ciudad de La Vega.

También hubo combatientes con lanzas y sables que formaron un escuadrón de caballería bajo el mando del capitán seibano Vicente Mercedes.

Otros combatientes con armas blancas de diferentes tipos y fusiles, comandados por el llanero Antonio Sosa, causaron grandes estragos a los franceses. 

José de la Rosa, que formaba parte del contingente de refuerzos enviados por el gobernador de la colonia de Puerto Rico, fue puesto a la cabeza de una nutrida infantería que desde una posición de retaguardia provocó muchas bajas a los franceses.

La versión francesa sobre la Batalla de Palo Hincado salió a la luz pública varias décadas después, por vía de Jean-Baptiste Lemonier-Delafosse, un alto oficial de infantería ligera quien acompañó durante 7 días de viaje al general Ferrand desde la ciudad Santo Domingo hasta la tierra del este dominicano donde murió por suicidio.

En su obra titulada Segunda Campaña de Santo Domingo del primero de diciembre  de 1803 al 15 de julio de 1809 Lemonier-Delafosse dedica muchas páginas a los hechos que a su decir ocurrieron en aquella colina seibana.

Relata la participación de un español de nombre Tomás Ramírez Carvajal, quien acompañado por cientos de luchadores fingió, en la ribera oeste del río Ozama, apoyar a los franceses.

La dicha oferta de colaboración fue aceptada por Ferrand, y ese extraño personaje de huesos cántabros se incorporó con sus tropas a las unidades de combate que marchaban con el gobernador colonial hacia el este dominicano, en el que sería su periplo final.

Aquello resultó ser lo que en la mitología griega se conoció, muchos siglos atrás, como el caballo de Troya usado por los aqueos.

Ese Ramírez Carvajal, sin un claro itinerario en las páginas de la historia dominicana, fue para los franceses en Palo Hincado lo que más de un siglo después el general español Emilio Mola incorporó al lenguaje militar bajo el concepto de  un quinta columna.

Por los alrededores de Palo Hincado el habilidoso español utilizó artimañas para desempotrarse de los franceses y asestarles de inmediato grandes daños. Eso afectó incluso anímicamente al general Ferrand.

Sobre la compañía dirigida por el susodicho Ramírez Carvajal en el lado oeste de la ciudad de El Seibo Lemonier-Delafosse relata que: “los 200 españoles que tenían el ramo verde se pusieron en movimiento para sostenernos….Ramírez dejó a Ferrand, se dirigió a su gente y un grito repercutió en los aires…”

Más adelante señala dicho autor que: “Tan pronto como aquellos doscientos ginetes se reunieron con los suyos empezó un combate obstinado, una refriega espantosa, y nuestros seiscientos hombres no pudieron hacer otra cosa que vender caras sus vidas!”7

Con la Batalla de Palo Hincado comenzó el principio del fin de la Era de Francia en Santo Domingo. Luego de ese encuentro bélico todo lo demás fueron flequillos derivados de ese significativo hecho de armas en la historia dominicana.

Bibliografía:

1-Proemio de Fray Cipriano de Utrera al Diario de La Reconquista, de Juan Sánchez Ramírez. Editora Montalvo,1957.Pp 8 y 9.

2-Comunicación de Kerverseau. Puerto Rico, 25 de febrero de 1804.

3-Proceso a Ciriaco Ramírez. Conspiración de los italianos. Septiembre de 1810.

4-Obras Completas. Volumen I, tomos I y II. P279. José Gabriel García.

5-Diario de La Reconquista. Juan Sánchez Ramírez. Editora Montalvo, 1957. Pp45 y 46.

6-Oficio del gobernador Toribio Montes al general Juan Sánchez Ramírez. Puerto Rico. 5 de febrero de 1809.

7-Segunda campaña de Santo Domingo del primero de diciembre  de 1803 al 15 de julio de 1809.Editorial El Diario, Santiago, 1946.Pp158 y siguientes. Jean-Baptiste Lemonier-Delafosse.

LA FRANCIA IMPERIAL EN TERRITORIO DOMINICANO (IV)

 

LA FRANCIA IMPERIAL EN TERRITORIO DOMINICANO (IV)

 

POR TEÓFILO LAPPOT ROBLES

 

Los infolios amarillos de la historia recogen que las cesiones territoriales mutuas que se hicieron Francia y España, mediante el Tratado de Basilea, tuvieron sus explicaciones entre funcionarios de cada uno de esos países.

Los primeros que dejaron para la posteridad sus opiniones particulares, al margen del contenido del referido documento bilateral, fueron los representantes que estamparon en él sus firmas. Así consta en los papeles personales del español Domingo Iriarte y del francés Francois Barthélemy.

Un ejemplo específico de lo anterior fue lo expresado por el célebre extremeño Manuel de Godoy y Álvarez de Faria, quien durante varios años fue la eminencia gris de la corona española y el valido del rey Carlos IV.

Dicho cortesano de alto perfil justificó, sin ningún rodeo, la decisión española de cederle a Francia su colonia en la parte oriental de la isla de Santo Domingo, calificando la tierra que varias décadas después sería la República Dominicana como “un cáncer.”

Maceró tan cruda expresión con algunos términos equivalentes a que no tenía  posibilidad de sobrevivir como consecuencia de la efervescencia que ya se sentía entre los esclavos que reclamaban su libertad.

A parte de la excusa para tranquilizar a súbditos españoles del citado monarca  y, además,  por el hecho de la recuperación de Navarra, está claro que para un hombre de las luces de él la esclavitud comenzaba a verse como una antigualla; por imperativos que extravasaban la voluntad imperial de la Casa de Borbón.

El análisis de los hechos vinculados con el Tratado de Basilea lleva a pensar que  Manuel de Godoy, una especie de zahorí en materia política, hizo cálculos cartesianos en sus negociaciones con los emisarios del gobierno francés.

Un ejemplo de lo anterior se conecta con un ensayo de largo título sobre el tema de referencia publicado en La Habana, Cuba, el 13 de enero de 1832, pero por su contenido se desprende que fue confeccionado muchos años antes.

El  autor del aludido trabajo fue el escritor cubano con raíces dominicanas Domingo Delmonte, quien afirmó que: “…la cesión de la parte Española de esta isla a la Francia está bien lejos de ofrecer los brillantes resultados que de ella se prometían. No será bastante haber demostrado que es una posesión inútil para la Francia…y que  esto le sería muy oneroso, si tomara definitivamente posesión de ella.”1

Es importante señalar que durante el período que abarcó la firma del Tratado de Basilea, y la ocupación por parte de Toussaint Louverture de lo que  hoy es la República Dominicana, ocurrieron muchos hechos que han pasado casi de soslayo en el largo recuento histórico de nuestra nación.

Tal vez el primer conflicto post Basilea se produjo por el tema de los esclavos que por decenas de miles tenían los jefes, comerciantes y hateros españoles en la parte oriental de la isla de Santo Domingo.

El caso de la venta de esclavos a desalmados negreros que se movían en diferentes puertos caribeños provocó un tensa relación entre los gobernadores de ambos lados de la isla. De este lado estaba el español Joaquín García y de aquel lado el francés Estevan Laveaux.

Otro elemento conflictivo a destacar de aquella época fue el constante patrullaje, en movimientos de cabotaje, así como en mar adentro que hacían por aguas dominicanas buques de guerra ingleses.

La misión de esos navíos era atacar y robar a cualquier bajel o lancha que avistaran llegando o saliendo del país, ora en el litoral atlántico por el norte ora en el  mar Caribe por la parte sur.

Vale referir, además, la presencia de miles de tropas de esa misma nacionalidad que penetraron en diversos pueblos dominicanos, entre ellos Montecristi, Puerto Plata, Santiago, Neiba, San Juan, etc.

Los jerarcas españoles, ante lo que consideraban el pronto cese de sus lucrativas funciones, entraron en una frenética actividad de venta a particulares del patrimonio inmobiliario y de los semovientes que estaban inventariados como propiedad de la institución de gobierno colonial.

Como esos ocurrieron mucho otros hechos de rondón, en esa etapa de zozobra en la cual los criollos en quienes ya germinaba la dominicanidad no pudieron hacer muchos movimientos, si se toma en cuenta que también tenían ataduras religiosas  y el clero  de aquí atravesaba en esa ocasión por una profunda división.

 Dicho lo anterior, y al margen de las controversias que a través del tiempo han surgido sobre cuándo en realidad comenzó la llamada Era de Francia en Santo Domingo, lo cierto es que con la invocación del Tratado de Basilea, durante  el período 1801-1809, cuatro hombres se sucedieron en la gobernación del pueblo dominicano en ciernes.

Los aludidos fueron Toussaint Louverture (1801-1802); Antoine Nicolás Kerveseau (1802-1803); Jean Louis Ferrand (1803-1808) y L. Dubarquier (1808-1809). En esta ocasión hablaré sobre la accidentada y funesta administración de Louverture.

 

Gobernador Toussaint Louverture

 

Es pertinente señalar que después de  casi cinco años de la firma del Tratado de Basilea, firmado el 22 de julio de 1795, esta porción isleña seguía bajo el control  de los españoles por expresa petición de Francia.

Por el estado de cosas en aquel país de Europa Occidental sus autoridades necesitaban tiempo para organizar un poderoso cuerpo armado que pudiera cristalizar lo convenido en Suiza y, además, tratar de revertir la gran agitación que azotaba  sus intereses coloniales en el lado occidental de la isla.

La situación ante indicada, y otros aspectos de no menor relevancia, a la luz de lo que se estaba viviendo desde el año 1791 en la segunda isla en tamaño de las Antillas Mayores, provocaron grandes inquietudes en muchos de los dirigentes de las revueltas de los esclavos del Santo Domingo francés que habían desarrollado una exitosa guerra de guerrillas contra las autoridades coloniales.

Toussaint Louverture fue el más sobresaliente de ellos. Había sido esclavo, integrante de cuadrillas de sublevados y organizador de combatientes contra la esclavitud.

Dicho dirigente decidió expandir su poder hacia la parte oriental de la isla, para lo cual ejercicio diferentes maniobras, incluyendo aplicar terror a funcionarios franceses que seguían aferrados a un poder colonialista que se les escapaba.

El control que desde el 26 de enero de 1801 hasta marzo de 1802 tuvo Louverture sobre la tierra y el pueblo que hoy constituyen la República Dominicana lo hizo sobre la falsa base de que era en cumplimiento de una misión que supuestamente le habían encomendado desde París en el marco del Tratado de Basilea.

La verdad era que el supuesto mandato imperial de que alardeaba dicho personaje para controlar el lado oriental de la isla de Santo Domingo se lo arrancó con violencia en Haití a un funcionario que no tenía categoría institucional para otorgarlo.

El antecedente de lo anterior se ubica en abril de 1800. Toussaint Louverture apresó al burócrata civil de más alto rango en Saint Domingue, que lo era el señor Phillip Roume de Saint Laurent, a quien obligó a que expidiera un decreto autorizando que se tomara posesión del Santo Domingo español.

En la convulsión que se vivía en Haití, Louverture ejercía allí de gobernador y jefe del ejército colonial francés. Por eso impuso que la dicha ocupación estuviera encabezada por el general Agé, uno de sus hombres de mayor confianza.

Ese primer intento terminó en fracaso, con lo cual quedó sin efecto el susodicho decreto. Eso no impidió que Louverture siguiera en sus planes de controlar por completo la isla de Santo Domingo.

Ante el desastre de la incursión del general Agé, una suerte de íncubo suyo, Louverture decidió encabezar personalmente la ocupación del territorio dominicano.

En su obra Historia del Caribe el historiador Frank Moya Pons describe que: “Después de diversos incidentes relacionados con el decreto de Roume, Toussaint marchó con sus tropas hacia Santo Domingo, adonde llegó el 26 de enero de 1801, luego de enfrentar la resistencia que quiso oponerle un grupo de plantadores franceses exiliados que habían buscado refugio en aquella ciudad.”2

El historiador César A. Herrera Cabral fue uno de los investigadores que más profundizó, con abundantes documentos como aval, sobre la presencia en los mandos gubernamentales del país del personaje a quien también llamaban “el primero entre los negros.”

En su ensayo titulado Toussaint Louverture en Santo Domingo Herrera Cabral expresa textualmente que: “Sabía Toussaint que los dominicanos, porque así debemos llamarles, no tenían posibilidad de ofrecerle la menor resistencia, cosa que tal vez hubiera deseado…Su gran instinto político lo llevaba a ejecutar un plan de absorción en forma progresiva, pero inexorable; plan maestro que se frustró en sus manos y en su mente, cuando Napoleón Bonaparte decidió imponer la autoridad de Francia sobre la colonia…”3  

El primero de febrero de 1801, ya teniendo el control del territorio dominicano, Louverture lanzó una proclama “a sus conciudadanos de la parte Francesa de Santo Domingo”  en la cual arranca con el siguiente mensaje subliminal:

“Os anuncio con la mayor satisfacción haber tomado posesión de la parte Española de Santo Domingo a nombre de la República Francesa…”4

Sin que siquiera se lo imaginara esa proclama de Louverture se convertiría en menos de 15 meses en su canto de cisne: apresamiento, vejaciones y muerte.

Al analizar parte del nonato proyecto constitucional de 1801, cuyo mentor fue Louverture, se aprecia que su principal objetivo era romper amarras de manera definitiva con Francia. Vale decir, que sus ideas colidían con los del imperio que decía representar en la parte oriental de la isla de Santo Domingo.

Mientras en la Ciudad Primada de América el líder antiesclavista haitiano decía, en el mencionado 1801, que actuaba a nombre de Francia, su compatriota, el historiador Jean Price-Mars, sostenía mucho tiempo después, en el tomo I de su obra La República de Haití y la República Dominicana, que Napoleón Bonaparte: “consideró a Toussaint como un rebelde a quien era preciso someter.” Sintetiza dicho autor que Napoleón, impulsado “por el incesante clamor de los antiguos colonos de Santo Domingo…preparó la más formidable expedición que jamás hubiera cruzado el Atlántico, a fin de someter a Toussaint y a los negros rebeldes de Santo Domingo.”5 

 

Durante su gestión en el territorio dominicano tomó decisiones modificando parcialmente el aparato productivo, dando más énfasis a la parte agraria que a la pecuaria, que era la que predominaba con los españoles. Algo impactante fue que abolió la esclavitud de los negros.

Pero su gobierno, con un falso escudo de apoyo imperial, terminó al salto de la pulga (sin “el efecto palanca” de dicho insecto) cuando el 29 de enero de 1802 arribaron por  la bahía de Samaná miles de tropas francesas y una cantidad similar  se posesionaron  5 días después en la ciudad de Cabo Haitiano, en cumplimiento de órdenes de Napoleón Bonaparte.

 

Bibliografía:

1-La Era de Francia en Santo Domingo. Contribución a su estudio. Editora del Caribe,1955.P39.Recopilador: Emilio Rodríguez Demorizi.

2-Historia del Caribe. Editora Búho,2008.Pp229-230.Frank Moya Pons.

3-Divulgaciones Históricas. Editora Taller,1989.P67. César A. Herrera Cabral.

4-Proclama desde la ciudad de Santo Domingo. Primero de febrero de 1801. Toussaint Louverture.

5-La República de Haití y la República Dominicana. tomo I. Cuarta edición facsimilar. Editora Taller, 2000.P32. Jean Price-Mars.

LA FRANCIA IMPERIAL EN TERRITORIO DOMINICANO (III)

 

LA FRANCIA IMPERIAL EN TERRITORIO DOMINICANO (III)

 

POR TEÓFILO LAPPOT ROBLES

 

El Tratado de Basilea, según crónicas de antaño, fue visto entre los criollos de Santo Domingo “con dolor de los naturales y llanto de los poetas.” De esos mismos dolientes brotaría después el pueblo dominicano.

Está claro que en el siglo XVIII todavía existía entre muchos de los habitantes del Santo Domingo Español una sensación abigarrada de pertenencia a la tierra donde nacieron o vivían conjuntamente con difusos rasgos de apego y morriña por España.

Así se enteró el pueblo del Tratado

 

El  día 20 de octubre del 1795 el entonces Arzobispo de Santo Domingo, Fray Fernando Portillo y Torres, informó a la población, a través de las diferentes instancias, organizaciones e individuos eclesiales bajo su control, que había recibido el día 8 de septiembre de dicho año una Real Orden en la cual el rey de España lo puso en conocimiento de que el territorio que luego sería la República Dominicana había pasado a ser parte de Francia, por el tratado firmado en Basilea, Suiza.

En dicho aviso colectivo el referido prelado trazó las pautas a seguir, desde la evacuación de los soldados españoles con entrega pacífica de los recintos militares a los franceses hasta el traslado a Cuba, en el plazo de un año, de “las familias españolas con sus efectos y pertenencias.”1

En gran medida se le dio cumplimiento a las disposiciones emanadas de la dicha  información arzobispal. A modo de prueba  de lo anterior es válido referir que el párroco Antonio Pozo Ramírez dejó en sus notas personales lo siguiente:

“Es conforme al original de su contenido con el que corregí y a el que me remito, y para que conste mandé poner el presente en la Villa de San Dionisio de Higüey. Noviembre diez y seis de mil setecientos noventa y cinco.”

Lo cierto fue que el proceso de ocupación de Francia sobre el territorio dominicano no fue fácil ni tan rápido como pensaron muchos de los que movían los hilos del poder desde los palacios monacales de París.

En eso hubo muchos inconvenientes. En la entrega anterior me referí a algunos de ellos. Las convulsiones que entonces había en Haití y la intempestiva presencia en tierra dominicana de Toussaint Loverture fueron parte de esos obstáculos, tal y como quedó registrado para la posteridad.

Los generales franceses Antonio Charlate, Comisario del Gobierno Francés en la parte española de la isla de Santo Domingo, y Francisco María Perichi Kerversó escribieron un manifiesto en Caracas, Venezuela, el 31 de enero de 1801, en el cual dijeron, entre muchas otras cosas, lo siguiente:

“Habiendo el Rey de España cedido por el Tratado de Bale a la Francia la parte Española de Sto. Domingo, estaba en el orden natural que la posesión siguiera a la cesión y así fue la intención del Gobierno Francés, que no pensó en diferirla, pero muy pronto lo detuvo el trastorno, la devastación y la anarquía que reinaba en la parte Francesa de la misma Isla.”2  

 

Napoleón, Louverture y el Tratado de Basilea

 

El 20 de mayo de 1801 Napoleón Bonaparte emitió un decreto mediante el cual se establecía que la isla de Santo Domingo completa iba a ser manejada como se hacía en la parte oeste de la misma, antes de 1779. Eso equivalía a fijar una alta escala de terror basada en la esclavitud.

Toussain Louverture, antes y después de ocupar de manera sangrienta el territorio dominicano, aunque actuaba bajo la consigna de que estaba amparado en el Tratado de Basilea, intuyó que la referida decisión de Napoleón era una terrible amenaza para los suyos.

Tal vez ese fue uno de los principales motivos para que él acelerara lo más que pudo sus actos de terror en tierra dominicana, pensando que con ello persuadiría a Napoleón de sus propósitos imperiales en esta parte del mundo.

Si así pensaba Louverture de Napoleón Bonaparte era porque desconocía que por algo nada bueno a este lo apodaban el Ogro de Ajaccio. Su ímpetu y la crudeza de su espíritu quedaron demostrados en muchas ocasiones, como cuando ordenó convertir en un establo de caballos un hermoso y varias veces centenario palacio  del casco antiguo de la ciudad de La Haya, en la costa del mar del Norte.

Es oportuno indicar, como parte de las contradicciones de la vida, que los españoles que colonizaban la parte oriental de la isla de Santo Domingo fueron los que por razones coyunturales, en el 1793, le otorgaron a Louverture el rango de general.

Al analizar la hoja de vida de ese personaje se comprueba que era un hombre de un extraordinario genio político y militar a quien historiadores, poetas y novelistas haitianos han coincidido en identificar con el apelativo de El Centauro de la Sabana, especialmente por sus habilidades como jinete, lo cual era de mucha importancia en la convulsa etapa en que forjó su nombre para la posteridad. Sus enemigos, en cambio, lo apodaban el cochero de Breda, en referencia a la plantación agrícola donde nació en condición de esclavo.

 

La llegada del general Leclerc

 

Cuando la poderosa flota naval dirigida por Charles Victoire Emmanuel Leclerc llegó a Samaná, el 29 de enero de 1802, ese joven general traía instrucciones precisas de Napoleón Bonaparte sobre cómo proceder en la isla de Santo Domingo, y particularmente en el territorio dominicano.

La cartilla de actuación contenía, entre otras precisiones, que los negros de la parte española fueran desarmados, puestos a cultivar la tierra y remitirlos a la esclavitud, “siendo nula y sin efecto la toma de posesión de Toussaint.”

El texto se ampliaba así:

“Habrá en la parte española un comisario general que no dependerá en nada del prefecto colonial. El general en jefe será el capitán general de las dos partes de Santo Domingo…La parte francesa está dividida en departamentos y municipalidades. La española debe permanecer dividida en diócesis o jurisdicciones.”3

Leclerc, que era esposo de Paulina Bonaparte,  hermana de quien pasó a la historia como uno de los guerreros más sobresalientes de la humanidad, no logró llevar a la práctica, de manera exitosa, la encomienda de su poderoso cuñado.

Las tropas bajo su mando sufrieron en la isla de Santo Domingo una impresionante escalada de derrotas. Leclerc enfermó de fiebre amarilla y murió en la isla La Tortuga el 2 de noviembre de 1802.Sólo tenía 30 años de edad.

 

El general Ferrand

 

En el 1803, en  su condición de  jefe del Departamento Cibao, que entonces tenía su sede operativa en la ciudad de Montecristi, el general francés Jean Louis Ferrand resistió el ataque de los ingleses que combatían en esa zona más que por apoyar a los haitianos por debilitar a su rival, la Francia napoleónica.

Ferrand, con un poco más de 500 soldados bajo su mando, comprendió la imposibilidad de vencer en la ciudad del famoso morro que se asemeja a un dromedario dormido, y en pueblos y aldeas de su entorno, a ingleses y haitianos que habían aunado fuerzas para destruir lo que quedaba de la expedición francesa llegada hacía un año y meses.

Frente a esa realidad salió con sus tropas rumbo a la ciudad de Santo Domingo, donde al llegar destituyó de inmediato al gobernador colonial y compatriota suyo el general Antoine Nicolas Kerverseau, quien temeroso de su propio destino estaba en actitud de sucumbir a manos de los ingleses.

Algunos historiadores han opinado, por la trascendencia militar y política del hecho indicado en el párrafo anterior, que con la quita de mando y expulsión hacia Francia de Kerverseau, y la siguiente gobernación de Ferrand, arrancó de lleno la denominada Era de Francia en Santo Domingo.

En su ensayo sobre la presencia del presidente de Haití Jean –Jacques Dessalines en el Santo Domingo Español el historiador Emilio Cordero Michel expresa que el 14 de mayo de 1804, en la ciudad de Santiago, el mayor Derveaux, por mandato de Ferrand, se enfrentó y desalojó de allí a José Campos Tavares, quien con más de 200 soldados haitianos se había hecho fuerte en esa plaza militar, cumpliendo órdenes de Dessalines.

Poco tiempo después un pequeño ejército irregular financiado por comerciantes y dueños de grandes haciendas de Santiago lograron expulsar a los franceses, lo que a juicio de Cordero Michel fue “el primer encuentro armado entre los franceses y los habitantes del Santo Domingo Español.”4 

 

Otra vez los haitianos

 

Tres años después del desembarco de la flota francesa comandada por Leclerc el territorio dominicano era objeto de una nueva y feroz invasión desde Haití, y la excusa volvía a ser el Tratado de Basilea, con los alegatos que quisieron esgrimir los invasores.

Esa vez, en febrero de 1805, Jean-Jacques Dessalines, convertido en el Emperador Jacobo I, penetró por los principales pueblos del sur del país causando inmensos daños humanos y materiales. Al mismo tiempo el general Henri Christophe provocaba una orgía de sangre en los pueblos del norte, tal y lo han descrito los mismos historiadores haitianos.

Mientras eso ocurría, con crímenes espantosos, saqueos e incendios, los franceses se fueron replegando hacia la punta oriental de lo que hoy es la República Dominicana.

El tiempo se ha encargado de demostrar que esos ataques no tenían como elemento principal lo que mucho después, a partir de 1890, se conoció en el proceso de colonización emprendido por Alemania bajo el concepto del “espacio vital”, cuyo mayor y más trágico desarrollo se produjo en la sangrienta etapa del nazismo hitleriano.

Algunos historiadores dominicanos y haitianos han opinado en el sentido de que las invasiones de febrero de 1805 fueron motivadas en parte porque los líderes que capitaneaban en dicha fecha la recién proclamada República de Haití (Jean-Jacques Dessalines, Henri Christophe, Alexandre Sabés Petion y otros) consideraban que la presencia de los restos del ejército francés en un reducto del territorio dominicano era una amenaza para ellos.

Era una excusa con sustancia lógica, pero no se pueden obliterar otros motivos que se venían germinando desde el lado oeste de la isla contra los habitantes que ya tenían todos los perfiles de la idiosincrasia del pueblo dominicano.

Otro elemento que pudo haber influido en los referidos líderes haitianos de entonces fue el decreto del 6 de enero de 1805, contentivo de 13 draconianos artículos, firmado por el gobernador colonial francés en el antiguo Santo Domingo Español, el ya citado Jean-Louis Ferrand, mediante el cual ordenaba a  “comandantes militares y los notables” (art.12) de los departamentos Cibao y Ozama hacer frente y apresar a los sublevados en esos territorios y convertirlos en su propiedad.

Emilio Rodríguez Demorizi, en su obra Invasiones Haitianas de 1801,1805 y 1822, hace una especie de paneo en torno a los aspectos más destacados de los sangrientos hechos del año 1805.

En efecto, dicho historiador traslada en esa obra el referido decreto del general Ferrand, el cual en su artículo 3 señalaba, sin ninguna anfibología, que: “Los niños varones capturados, que tengan menos de diez años y las negras, mulatas, etc., menores de diez años…Los captores podrán, según su gusto, o dejarlos en sus plantaciones o venderlos…”

El artículo 5 de dicho decreto era un monumento a la infamia, al especializar para ser vendidos como mercancía de exportación “los niños varones de diez a catorce años y las negras, mulatas, etc. de doce a catorce años.”

Otros párrafos del mencionado texto disponían una serie de medidas para tener el control de ese tráfico de seres humanos. En el artículo 9 se consignaba de manera textual que: “Se considerarán como objetos robados y se confiscarán o reclamarán donde quiera que se encuentren en la colonia de Santo Domingo, así como en las colonias vecinas, los negros y gentes de color para los cuales no se hubieren llenado las formalidades indicadas.”5

Bibliografía:

1-La Era de Francia en Santo Domingo. Editora del Caribe, 1955.Pp20-23. Emilio Rodríguez Demorizi.

2-Marco de la época y problemas del Tratado de Basilea de 1795, en la parte española de Santo Domingo. Imprenta Bartolomé  Chiesino, Buenos Aires, Argentina, 1957.P422. J. Marino Incháustegui.

3-Instrucciones al general Leclerc sobre actuaciones en Santo Domingo, 1802.

4-Obras escogidas. Ensayos I. AGN. Editora Corripio, 2015.Pp327 y 328. Emilio Cordero Michel.

5-Invasiones haitianas de 1801,1805 y 1822. Editora del Caribe, edición 1955.pp 101 y siguientes. Recopilador Emilio Rodríguez Demorizi.

LA FRANCIA IMPERIAL EN TERRITORIO DOMINICANO (2)

 

 

LA FRANCIA IMPERIAL EN TERRITORIO DOMINICANO (2)

 

POR TEÓFILO LAPPOT ROBLES

 

La Isla de la Tortuga

 

En la entrega anterior señalé el valor de la isla de la Tortuga como base operativa de donde partían muchos de los ataques de que fue víctima el territorio dominicano, cuando todavía estaba bajo el control de los españoles.

Una prueba contundente de la importancia de esa tierra insular se observa cuando dicho promontorio agreste es objeto de un entusiasmo poético en una obra importante (a pesar de los muchos errores que contiene), titulada Descripción topográfica, física, civil y política e histórica de la parte francesa de la isla de Santo Domingo.

Esa obra fue escrita después de 14 años de investigación sobre el terreno por el jurista, político, escritor, legislador y juez Médéric Moreau de Saint-Méry, nacido en Martinica, esclavista, político y miembro del Consejo Superior del Santo Domingo Francés.

Moreau de Saint-Méry, al referirse a la Isla Tortuga, exclamó: “Isla de la Tortuga ¡Yo te saludo, cuna de la más brillante Colonia que Francia posee en el Nuevo Mundo! ¡Lugar donde se preparó uno de los éxitos más grandes obtenidos por las potencias europeas más allá de los mares! Te saludo, oh Roca, donde los destinos de Santo Domingo fueron agitados durante tanto tiempo…Cuanto más rápidamente ha sido adquirida la gloria, más me recuerda que tú pusiste las primeras bases en ella.”1

Dicho autor olvidó adrede que ese fue el territorio donde pulularon por mucho tiempo rufianes utilizados para atacar a las poblaciones que formaban lo que hoy es la República Dominicana, cuyos habitantes, necesario sea dicho, cada día iban creando su propia identidad nacional, al mismo tiempo que se alejaban de las tradiciones de sus ascendientes españoles, africanos e indígenas, aunque de estos últimos en menor proporción genética por la hecatombe de que fueron víctimas.

 

Otros ataques de los franceses

Otros hechos demostrativos de las irrupciones de franceses en territorio dominicano, ya fueran como provocación o como soberbia imperial, quedaron establecidos en el año 1680, con los movimientos que en el comercio de esclavos africanos tuvo el terrible Juan Bautista Du Casse, teniente general de las Armadas Navales, administrador colonial francés y famoso negrero.

Las agresiones del referido esclavista contra el lado oriental de la isla de Santo Domingo tendrían un incremento exponencial a partir de su nombramiento como gobernador de la parte francesa, en sustitución de Tarin de Cussy.

Desde octubre de 1691 fueron muchos los actos de hostilidad hacia el territorio dominicano que auspició el susodicho Du Casse, desde la sede de su gobernación, establecida en la ciudad portuaria haitiana de Port-de-Paix.

Valga la digresión para decir que fue ese mismo Du Casse quien siendo gobernador de Santo Domingo Francés organizó una expedición a Cartagenas de Indias, al frente de la cual puso al experimentado marinero Jean Bernard de Pointis. De ese encuentro armado (2 de mayo de 1697) salieron las armas francesas victoriosas, provocando una derrota vergonzosa a España. Tal vez fue ese acontecimiento en el mar Caribe el puntillazo final para que, poco después, se firmara el Tratado de Ryswich, en una de cuyas fases estaban involucrados los dos citados reinos.

 

La muerte del gobernador Tarin de Cussy

 

Paradójicamente la condición de figura principal del referido Du Casse le llegó luego de la batalla de la Limonade o Sabana Real. Fue librada en la mañana del 21 de enero de 1691, no muy lejos de la ciudad de Cabo Haitiano. Allí lanceros criollos, primordialmente higüeyanos y seibanos, derrotaron a los franceses.

En ese gran combate, que duró varias horas, murió Pierre-Paul Tarin de Cussy, quien desde el 30 de septiembre de 1683 era el gobernador del Santo Domingo Francés, nombrado por el rey Luis XIV. Un año antes de su muerte en combate había pisado en son de conquista la ciudad de Santiago de los Caballeros.

Es válido recordar que los sangrientos sucesos de Sabana Real o La Limonade fueron una consecuencia directa del incumplimiento de la denominada Paz de Ratisbona, firmada el 29 de julio de 1684 en esa ciudad de la Baviera alemana bañada por el río Danubio, mediante la cual se fijó una tregua de hostilidades durante 20 años entre España y Francia, lo cual vinculaba a sus colonias de ultramar, como era el caso de la dividida isla de Santo Domingo.

 

Dos sacerdotes opinan

 

Siempre que hay ocupaciones de territorio y hostigamientos diversos, como hacían los franceses contra el lado oriental de la isla de Santo Domingo, surgen hipótesis y hasta algunas tesis de por qué se produjeron.

Ha sido recurrente en la historia de la humanidad que mientras unos se encargan del uso de las armas otros se dedican a justificar, antes o después, los hechos concernidos a las acciones bélicas.

En el caso de las incursiones del imperio francés contra el territorio que por el noroeste comienza en Montecristi y por el suroeste en Pedernales (formando el levante de la isla de Santo Domingo), fueron muchos los que escribieron ora para justificar ora para explicar los desmanes cometidos en los pueblos que estaban formados en su gran mayoría por criollos en quienes ya latía la dominicanidad.

Uno de ellos, para poner un ejemplo, fue el sacerdote jesuita Pierre Francois Xavier Charlevoix, quien estuvo durante el mes de septiembre de 1722 en la segunda isla en tamaño de las Antillas Mayores.

Ese viajero y agente de la corona francesa utilizó en gran parte las notas de memoria del misionero también jesuita Jean Baptiste Le Pers para escribir un libro propagandístico titulado Historia de la isla Española o de Santo Domingo, en el cual al resaltar lo que consideraba grandes diferencias entre los criollos dominicanos y los colonos franceses enfatizaba en una sedicente superioridad de estos últimos. 

Resumía así sus peregrinas opiniones: “no queremos buscar las causas de una diferencia tan sensible: porque todo el mundo las ve y las comprende…Deberán los franceses tomar todos los medios que sugiere una política sana y legal, esto es, digna de ellos, para adquirir en su totalidad la isla de Santo Domingo.”2

El sacerdote e historiador Antonio Sánchez Valverde, en su clásica obra Idea del Valor de la isla Española, publicada por primera vez en el 1785, con una visión diferente a Charlevoix, planteaba que uno de los motivos de la ambición francesa para disponer de lo que es el territorio dominicano radicaba en que las elevaciones de Haití reducen la capacidad de producción agrícola en una porción considerable de tierra “por más que la codicia de los amos fija en algunas de ellas gruesos maderos, de que cuelgan cadenas de hierro para que, atados a ellas por la cintura, puedan trabajar de algún modo los esclavos.”

Amplía dicho autor su criterio al respecto explicando que: “Las aguadas no son tan copiosas ni freqüentes como en nuestra pertenencia y sus mayores llanuras, unidas en un cuerpo, no componen tanto como la de Azua, que es de las menores que tenemos.:”3

El Tratado de Basilea

 

Las correrías francesas referidas en las dos entregas de esta corta serie no estaban sujetas a ningún tipo de acuerdo. Simplemente se imponían el músculo armado del más fuerte, la ambición de no pocos, o las coyunturas geopolíticas de los convulsos siglos XVI-XVIII, época en la cual el Caribe era el centro de tensiones entre las potencias europeas.

La verdad histórica nunca es redundante. Cuando España entregó a Francia lo que se llamaba entonces el Santo Domingo Español ya grandes porciones del mismo habían sido usurpadas con acciones predatorias por los franceses que mantenían desde siglos atrás el control en el lado oeste de la isla.

El Tratado de Basilea, firmado en la referida ciudad Suiza el 22 de julio de 1795, fue la base de justificación de la Francia Imperial para tomar posesión de todo el territorio dominicano.

Es necesario indicar que para esa fecha ya existía en el grueso de sus moradores lo que se califica como el ethos de la dominicanidad, vale decir que tenían un sentido colectivo de pertenencia, con creación y reconocimiento de sus propios valores comunitarios.

El mencionado Tratado puso fin a los enfrentamientos armados entre Francia y España, cuyas testas monárquicas se disputaban territorios en diversos lugares de la geografía mundial.

Lo que convinieron los jerarcas de ambos reinos fue un puro quid pro quo. Los habitantes de los pueblos envueltos en esas negociaciones no tuvieron ningún tipo de participación.

Luego de desechar la hojarasca semántica que siempre existe en ese tipo de documento, se pueden señalar sus artículos II, IV y IX como el núcleo duro del mismo.

España recuperó las posesiones ultramarinas que había perdido, pero a cambio, entre otras cosas, cedía a Francia el territorio que ocupaba en la isla de Santo Domingo, es decir, lo que es la República Dominicana.

Un punto clave, por lo que estaba en juego en ese momento, y su proyección hacia el futuro del pueblo dominicano, era el artículo IX del referido Tratado de Basilea, el cual decía que: “…el Rey de España por sí y sus sucesores, cede y abandona en toda propiedad a la República Francesa toda la parte Española de la Isla de Santo Domingo en las Antillas.”4  

Como lo indicó el sacerdote franciscano e historiador Fray Cipriano de Utrera, en el primer tomo de su colección intitulada Dilucidaciones históricas, la ejecución en territorio dominicano del Tratado de Basilea fue de mucha tensión, mucho laborantismo y medidas excepcionales, con no pocos sobresaltos. Esa cascada de circunstancias prolongó en el tiempo el surgimiento de lo que luego sería llamada la Era de Francia en Santo Domingo.5

En ese retraso en la toma de posesión de Francia sobre el Santo Domingo Español tuvieron mucho que ver las mismas autoridades francesas que ya lidiaban con una situación difícil en su antigua colonia del Saint-Domingue, pues los esclavos encabezados por Toussaint Louverture estaban dispuestos, como lo lograron, a poner fin al régimen colonial que por mucho tiempo redujo a su mínima expresión su condición de seres humanos.

Louverture, supuestamente actuando a nombre del gobierno francés, penetró en enero de 1801 a territorio dominicano invocando el Tratado de Basilea. Fue el primero en hacerlo bajo ese paraguas, poniendo así fin a 308 años de control español en lo que luego sería la República Dominicana.

En marzo del año siguiente cesó aquí de manera abrupta la presencia dominante de Louverture, quien terminó apresado por los franceses y enviado a una cárcel enclavada en una región montañosa y fría de Francia, donde murió.

Luego los terribles Jean-Jacques Dessalines y Henri Christophe seguirían alegando la supuesta potestad que les confería el antedicho acuerdo franco-español. En la próxima entrega abordaré ese controversial aspecto de nuestra historia.

La realidad fue que tardaron siete años para que Francia, entonces dirigida por Napoleón Bonaparte, a título de Primer Cónsul, como resultado del golpe de estado del 18 de brumario del año VIII, en el calendario republicano francés (9 de noviembre de 1799), pusiera al frente de una poderosa expedición al general Charles Victoire Emmanuel Leclerc, a fin de disponer la ejecución del Tratado de Basilea. De eso trataré en la próxima crónica.

 

Bibliografía:

1-Descripción topográfica, física, civil y política e histórica de la parte francesa de la isla de Santo Domingo.Tomo I.AGN.Editora Centenario,2017. P645. Médéric Moreau De Saint-Méry.

2- Historia de la isla española o de Santo Domingo. Editora de Santo Domingo,1977. Pierre Francois Xavier Charlevoix.

3-Idea del valor de la isla española. Editora Nacional, 1971.P153. Antonio Sánchez Valverde.

4-Tratado definitivo de paz entre Francia y España, 22 de julio de 1795. Artículo IX.

5-Dilucidaciones históricas.Volumen I.Impresora Dios y Patria, 1927.P162-165. Fray Cipriano de Utrera.