sábado, 1 de mayo de 2021

SAMANÁ: PENÍNSULA Y BAHÍA DOMINICANA

 

SAMANÁ: PENÍNSULA Y BAHÍA DOMINICANA

POR TEÓFILO LAPPOT ROBLES

                          Encantos naturales de Samaná

Samaná es la más grande y hermosa península dominicana, siendo al mismo tiempo tierra de bahías, pues está integrada por al menos tres grandes: Escocesa, Rincón y Samaná, que le dan a esa provincia una característica única en la geografía del país.

La capital provincial, Santa Bárbara de Samaná, sufrió un pavoroso incendio el 14 de octubre de 1946. Solo la iglesia metodista conocida como La Chorcha, y unas cuantas viviendas de estilo victoriano, se libraron de las lenguas del fuego.

Bahía y península son términos geográficos opuestos, sin embargo Samaná tiene la singularidad de ser las dos cosas, pues el mar penetra extensamente a sus costas y una amplia franja de su territorio se interna en aguas marinas.

Esa característica geográfica, y algunos atributos intrínsecos a sus habitantes, han convertido a Samaná en fuente de estudios para historiadores, antropólogos, geólogos, biólogos marinos, minerólogos y ensayistas, pero también en lugar de ambientación para obras de ficción como novelas, cuentos, relatos y poemarios, así como lugar de gran atracción para cineastas, fotógrafos y documentalistas.

Cito un solo ejemplo literario: Fue en las tibias aguas de Samaná que a la embarcación imaginaria de Trigarthon, el solitario del mar, "los ciclones la hicieron pedazos con la furia de sus vientos endemoniados".1

Los ríos de Samaná son pocos y de limitado recorrido, pero en cambio tiene mucha arena en gran parte de sus costas marinas, lo que ha permitido que en el transcurso de los años se hayan formado muchas playas, algunas de ellas de difícil acceso, pero todas hermosas y con sus características particulares para deleitar a moradores y visitantes.

Samaná era una isla, tal vez desde el Cretáceo, hace ya millones de años, y luego se transformó en península, cuando el canal marino que la separaba del resto del país fue tapizado por las terrazas aluvionales del río Yuna. Eso se comprueba al observar los mapas cartográficos y leer los relatos de viajeros de la época colonial.

El Océano Atlántico corteja esa península por el Norte, el Este y parte del Sur. El Parque Nacional de los Haitises cubre una porción de sus lados Sur y Oeste y las provincias María Trinidad Sánchez y Duarte colindan con gran parte de su flanco occidental.

Tiene seis áreas protegidas, incluyendo el Refugio de Vida Silvestre del Gran Estero y un Santuario de Mamíferos para las ballenas jorobadas que de enero a marzo vienen unas a aparearse y otras a parir en esa zona dominicana.

Bahías, playas, ríos, orografía, península, cayos, gastronomía, música, religiosidad, multiplicidad étnica y otras cosas hacen de Samaná un muestrario perfecto de la dominicanidad.

Sobre los bosques, minas y en fin todo lo que como conjunto es Samaná, se ha escrito mucho, y con razón.

Un ejemplo de descripciones referentes a esa provincia peninsular: "...El cambio de rumbo se inicia en Punta Balandra, promontorio de picachos y rocas que desciende en una playita. Un poco más hacia el oeste está el observatorio terrestre de ballenas jorobadas..." Sobre los cayos de Samaná el autor a que aludo dice: "El más conocido es Cayo Levantado, de 3 kilómetros cuadrados, montado sobre el gran arrecife de la bahía de Samaná. Es un lugar paradisíaco, con 600 metros de playa de arena blanca y fina, cocoteros... Otros de los islotes más vistos son: Cayo Los Pájaros, Los Chivos, La Falda, Chingüela, Vigía y La Garza."2

La riqueza y diversidad del litoral marino de Samaná están insertadas en el libro Ecos de la Costa, cuyo "santo y seña" figura en la bibliografía de esta entrega.

Generalmente sólo se mencionan de manera innominadas como playas de Samaná a Las Terreras, Rincón y Las Galeras. Sin embargo desde La Majagua hay un largo rosario de lugares llenos de arena y de agua de poca profundidad, dando origen a playas como:

Punta Arena, Balatá, Cosón, Punta Bonita, Las Ballenas, Los Pescadores, Punta Poppy, Balcones del Atlántico, Portillo, El Ancón, El Estillero, Limón, Morón, Lanza del Norte, Las Canas, El Ermitaño, Puerto Malo, Puerto Brun, Rincón, Breman, Frillet, Ñiñingo, La Colorá, El Caletón de Julito, Playita del Amor, La Playita, Las Galeras, El Rincón de los Naranjos, El Aserradero, Madame.

Además hay que mencionar que son de allí las playas El Frontón, Francés, Balandra, Playa Cayo Levantado, Los Cacaos, Petrona, Las Flechas, Chinguela, Yagrumo, Simi Báez, Carenero, Bushi, Villa Clara, Anadel, Playa de Los Puentes, La Pascuala, Playitas Majagual, Las Garitas, San Pedro, Punta Gorda, Chombito, Palo de Cebo, Caimán y la Gureña.

Pero también el agua dulce de la provincia de Samaná atrae a miles de turistas durante todo el año. Caño Frío, en Rincón, y el salto de El Limón son los más concurridos, así como algunos espacios de escorrentía en bolsones de llanura.

" El río Limón, en realidad tiene dos grandes caídas de agua, realmente impresionantes, el salto del Indio y el Limón, propiamente, el primero escondido en la espesura del bosque de galería y el segundo aflorando como el velo de un ángel en la vertiente norte del sistema montañoso de la península de Samaná".3

Probado está que antes de que los inmensos cocotales ejercieran el dominio casi monótono que tienen sobre las estribaciones y sierras de la península de Samaná la misma estaba tupida de árboles diversos que daban a la zona una más rica configuración visual.

Los testimonios escritos de viajeros de antaño consignan que abundaban allí poblaciones de caoba, mamón, caimito, mara, mamey, ceiba, cedro y otros árboles de la floresta dominicana. Ninguno de los relatores del pasado dijo haber visto los cientos de miles de cocoteros que suplantaron ese otrora paraíso arbóreo.

De la pasada arboleda de la península se escribieron cosas como esta: "La inmensa cantidad de árboles que cubren a Samaná dota de una gran pompa al reino animal."4

Mármol de Samaná

En ese ángulo del nordeste es donde se encuentran las mayores canteras de mármol del país, especialmente en territorio del distrito municipal de Las Galeras, aunque también hay en Arroyo Barril, Rancho Español, Barrancolí y otros puntos de esa provincia.

Viajeros curiosos, especialistas en minería, científicos y cronistas de la naturaleza dominicana han dejado por escrito sus impresiones sobre la riqueza marmórea de Samaná.

"...La península de Samaná resultó de la acumulación escalonada de materiales geológicos...Después de Samaná, pero sobre todo más allá de Anadel y de Clará, está el esplendor más crudo del mármol, donde asoma en blancas desgarradoras."5

Samaná en la historia dominicana

Samaná siempre ha sido uno de los lugares del país que más ambiciones ha abierto a poderes externos, así como entre muchos gobernantes dominicanos y sus adláteres, quienes han querido utilizarla para afianzar su poder y para sacar pingües beneficios particulares en negociaciones antipatrióticas.

"... La Península y Bahía de Samaná desempeñaron un papel protagónico a todo lo largo del proceso histórico dominicano...Desde su constitución en un nitaíno del cacicazgo de Maguá, bajo el mando de Guarionex..." Hasta cuando "Luperón tuvo la oportunidad de protagonizar una de sus más hermosas gestas patrióticas, justamente en Samaná, con sus legendarias hazañas en el vapor Telégrafo, bautizado Restauración..."6

Mucha razón coronan los juicios anteriores del eximio historiador dominicano Emilio Cordero Michel al analizar con el bisturí de la verdad los hechos bélicos ocurridos en Samaná.

Son abundantes las pruebas documentales que avalan que allí se ha puesto en juego varias veces tanto la hegemonía de potencias externas como la existencia de la propia identidad nacional.

Fue en territorio de Samaná, específicamente en la bahía Rincón, donde se libró el primer combate en América (1493) entre los conquistadores españoles y los indígenas. A ese hecho de gran trascendencia histórica se le ha denominado la batalla del Golfo de Las Flechas.

No se trató de una escaramuza, como han pretendido pintar el hecho algunos neocolonialistas. Fueron varios días de intensa lucha, en los cuales se demostró la valentía indígena y la crueldad de los españoles.

Finalmente, por la superioridad armada y experiencia guerrera de los conquistadores, se produjo una masacre contra los habitantes primitivos, pero lo cierto fue que los ciguayos armados con sus flechas, dirigidos por el cacique de Samaná Mayobanex (al que los españoles colocaron el apodo de el Cabrón) plantaron cara a quienes llegaron a profanar su tranquilidad, quitarles su libertad y apoderarse de sus bienes.

Lo cierto es que 24 años después del enfrentamiento arriba mencionado, la indomabilidad de los nativos se mantenía. En el legajo 1624 del Archivo General de Indias figura el interrogatorio hecho en el año 1517 a un tal Pedro de Ledesma (publicado parcialmente en el 1953 por el historiador español Manuel Jiménez Fernández) en el cual el referido sujeto declaró que en Samaná había más de dos mil indios con un fuerte espíritu de rebeldía, pues cuando se intentaba atraparlos para ponerlos a trabajar la tierra, en condición de esclavos, se alzaban hacia los montes.7

Sobre la hecatombe de los ciguayos de Samaná Las Casas puntualizó que los conquistadores "fueron tras ellos, mataron muchos y asaetearon muchos con las ballestas, y con las espadas desbarrigaron y cortaron brazos y piernas..."8

El almirante genovés narró sucintamente esa acción así: "11-16 de enero. En Puerto de las Flechas (Bahía de Samaná).Primera lucha con los indios."9

A partir de de la referida batalla entre indígenas y españoles Samaná se convirtió en un territorio de extraordinaria importancia tanto para la geopolítica europea y norteamericana, como para la propia política interna dominicana. Fue en realidad una especie de campo de Agramante caribeño, con mucha discordia de por medio.

Los hechos (que siempre flotan con su sedimento de verdad, por más que algunos quieran dorar la píldora) están registrados y sirven como el mejor testigo para avalar lo anterior.

La codicia de unos y el fervor patriótico de otros convirtió en el pasado a la península de Samaná en un verdadero teatro de guerra.

Una de las creencias que movían a las potencias colonialistas del pasado (España, Inglaterra, Francia y EE.UU) para apoderarse de la bahía de Samaná era que pensaban que la misma era tan grande que podía manejar la entrada y salida de "todas las flotas del mundo", pero sobre todo porque estimaban que estaba preñada de carbón mineral, producto de importancia para la economía, la guerra y el dominio de otros territorios en el siglo XIX.

Se trataba de un mito. En efecto, en el 1851 el entonces cónsul inglés en el país Robert Herman Schomburgk, luego de un viaje por esa península, rindió un informe a su gobierno en el cual indicó que en las minas de carbón cercanas al arroyo Almacén, en Samaná, no existía carbón mineral, "sino que están formadas por el combustible fosilizado denominado lignito o carbón de madera... Las laderas de las montañas son muy fértiles y a principios de este siglo estaban cultivadas de caña de azúcar, café y cacao...Se asegura que 60 ríos y riachuelos vacían sus aguas en la Bahía de Samaná."10

Un eminente patriota dominicano, poseedor de una alta dosis de sabiduría, dio en la diana al examinar la razones de tanta ambición sobre esa tierra "...Samaná, bahía segura, defendida y tan grande, que el geógrafo D´Anville le da el título de Golfo; tan cómoda, que encierra varios puertos en sus flancos apacibles para mayor seguridad del anclaje."11

Otro gran dominicano, nacido en la ciudad bautizada como la novia del Atlántico y principal espada de la Restauración, refiriéndose a las amenazas que acechaban al país, escribió desde París que "el gran peligro es la gran importancia de la Península de Samaná en el centro de las Antillas...Esperanza tenemos de llegar a neutralizar la piratería que prepara el Gobierno americano contra Samaná y si por desgracia no lo consigamos evitar, volaré a mi Patria a hacerme matar en la Península de Samaná."12

Antes que el país del Septentrión pusiera sus ojos de águila imperial sobre esa parte del territorio nacional ya Francia había goloseado tenerla bajo su control.

Basta señalar un caso fortuito para demostrar eso. Bertrand D’Oregon, que desde el 6 de junio del año 1665 era gobernador de la isla La Tortuga, en ruta a un frustrado rescate de franceses apresados en Puerto Rico, naufragó por los frentes de la bahía de San Lorenzo, teniendo por eso que pisar tierra. Allí le creció la ambición típica de los jerifaltes soberbios.

Un pensador dominicano resumió sus investigaciones sobre el caso así: "Las experiencias de D’Oregon por el este de La Española lo enamoraron de Samaná y allí hizo fundar una colonia de franceses en 1673 como avance a su plan de ocupación total."13

El Tratado de Basilea, firmado el 22 de julio de 1795, por conveniencia mutua entre Francia y España, mediante el cual la última cedió a la primera el hoy territorio dominicano a cambio de que ésta le devolviera las ocupadas provincias Vascongadas y la región de Cataluña, convirtió en los años siguientes a Samaná en el foco de la atención de todos. Múltiples fueron las razones de esa fascinación por los 863 kilómetros cuadrados de la península situada al nordeste de la República Dominicana.

En efecto, cuando el 27 de enero de 1801 el general haitiano Francois Toussaint Louverture ocupó la ciudad de Santo Domingo una de sus primeras disposiciones fue enviar el primer regimiento de su ejército invasor a controlar Samaná.

El general Charles Victoire Leclerc, cuñado del emperador Napoleón I, y jefe de las tropas de ocupación de Francia en la isla de Santo Domingo, al ser derrotado en las callejuelas de Puerto Príncipe, en el 1801, estableció en varias ocasiones su puesto de mando en la península de Samaná. Así también lo hizo el general Jean Louis Ferrand, quien encabezó la llamada era de Francia en el país, hasta que se produjo el hecho de Palo Hincado.

Páginas sobre historia dominicana revelan que "...Las tropas europeas enviadas desde Samaná por el general Leclerc, con el objeto de expulsar de la parte española de la isla a sus intrusos invasores y establecer en ella, sobre sólidas bases, la verdadera dominación francesa."14

Décadas después, en diciembre de 1843, los afrancesados dominicanos encabezados por Buenaventura Báez convinieron en solicitar el protectorado de Francia, para lo cual tuvieron varias conversaciones con el cónsul de ese país en Haití Andre-Nicolas Le Vasseur, un archiconocido maniobrador imperial. A cambio de dicha "protección" ofrecieron ceder la península y bahía de Samaná.

Ese nefasto proyecto fracasó gracias a la decidida acción de Duarte, Sánchez, Pedro Alejandrino Pina, Juan Isidro Pérez, el sacerdote José Antonio de Bonilla y otros valientes dominicanos.

Cuando el 9 de febrero de 1822 se produjo la invasión haitiana a nuestro país el presidente Jean Pierre Boyer puso mucho interés en asegurar para sus intereses la bahía de Samaná. Una serie de disposiciones tomadas casi de inmediato así lo demuestran. Comprobado está que "uno de los primeros actos de Boyer fue la construcción en 1822 de un fuerte en Los Cacaos, frente al cayo del Levantado...los haitianos construyeron en la boca del río Limón un pequeño fuerte, con varios cañones..."15

Otros acontecimientos de gran impacto político, económico y militar ocurrieron en Samaná y sus contornos en el período convulso de 1801 hasta el 1822, época en la cual se produjeron tres invasiones de tropas haitianas al territorio dominicano.16

Es oportuno señalar que miles de páginas cubren los diversos intentos de los Estados Unidos por apropiarse de Samaná, así como la actitud obsecuente de algunos dominicanos en ese malsano propósito.

En ese sentido basta con decir que Franklin Pierce, el décimocuarto presidente de los Estados Unidos, envió al país al famoso aventurero texano William Cazneau para "firmar un tratado de reconocimiento de la República Dominicana a cambio del arrendamiento de la Bahía de Samaná y una porción de terrenos en un punto estratégico para una estación carbonera."17

Ante ese acto Juan Abril Cueto, un espía español residente en el país, envió el 20 de septiembre de 1854 una comunicación a sus superiores en Madrid, extensiva a los capitanes generales de las entonces colonias de Cuba y Puerto Rico, en la cual, aludiendo a Samaná, les dice:

"Tenemos la firme convicción de que el señor Cazneau ha hecho un tratado secreto con el gobierno de este país en ceder o arrendar un pedazo de terreno en las costas de esta República para que los americanos puedan establecer arsenales, cuarteles, fortificaciones, poner guarniciones, aguas libres para navegar sus buques de guerra en todo el litoral de la República..."18

Aunque al principio de la Anexión a España una parte de los samanenses la apoyaron, luego se produjo una adhesión masiva a la causa restauradora, provocando que los jefes anexionistas acantonados en la Capitanía General de Santo Domingo tomaran represalia.

Así quedó registrado ese suceso histórico: "Por ejemplo, el cuerpo de policía de Samaná fue suspendido porque la mitad de su personal desertó, pasándose a las filas rebeldes."19

Diversidades samanenses

La provincia de Samaná tiene como capital a la ciudad de Santa Bárbara de Samaná, poseedora de encantos gastronómicos y un idílico paisaje de mar, cayos y montañas; y los municipios de Las Terrenas (cuya singular belleza marina es el deleite de turistas nacionales y extranjeros) y Sánchez, con una alforja repleta de acontecimientos históricos, desde hace décadas transformado en un activo punto de comercio agropecuario y lugar de abasto de pescado y mariscos, especialmente crustáceos.

En el Limón de Samaná, fruto de un francés y una samanense, nació el 20 de septiembre del 1819 Teodoro Chassériu, quien se convertiría en uno de los más famosos pintores franceses del siglo XIX. Su fama es resaltada a nivel mundial. Escuelas y calles del país llevan su nombre.

La provincia de Samaná es uno de los pueblos dominicanos que mayor flujo de inmigrantes ha tenido en el discurrir de los siglos.

Un culto y distinguido samanense, en un enjundioso ensayo sobre las inmigraciones francesas a Samaná, explica con lujo de detalles que "... desde el 1640 hasta las primeras décadas de los 1900, Samaná recibió grandes cantidades de inmigrantes que fueron conformando su población y sociedad...Durante ese lapso-casi 250 años- hubo cinco inmigraciones claramente diferenciadas..."20

La capital provincial, Santa Bárbara de Samaná, sufrió un pavoroso incendio el 14 de octubre de 1946. Solo la iglesia metodista conocida como La Chorcha, y unas cuantas viviendas de estilo victoriano, se libraron de las lenguas del fuego.

Esa famosa iglesia fue pre fabricada en Inglaterra e instalada en Samaná en el año 1901. Es de zinc por fuera y madera preciosa por dentro. A parte de los cultos religiosos ordinarios, en La Chorcha se celebran varias festividades ancestrales, siendo una de ellas la alabanza por las cosechas de productos de la tierra.

En los años 70s del siglo pasado esa ciudad fue reconstruida por el gobierno de Balaguer, quedando sólo en pie el referido templo metodista. En la ocasión hubo graves arbitrariedades gubernamentales contra los samanenses que se oponían a la destrucción del pueblo. Se produjo una voltereta paisajística, pues se destruyeron muchas viviendas que representaban la verdadera historia arquitectónica de Santa Bárbara de Samaná.

La península de Samaná posee su gastronomía particular y sus peculiares conceptos religiosos, ello como resultado de esa especie de crisol de inmigrantes de diversas razas que han ido formando allí una identidad propia.

Desde mediado del siglo XIX se estuvo hablando de un ferrocarril que uniera a las ciudades de Santa Bárbara de Samaná y Santiago de los Caballeros para desarrollar el comercio agropecuario de esa amplia franja de la parte norte del país. La línea férrea fue inaugurada en el 1888, en un tramo que cubría Sánchez-La Vega.

En la provincia Samaná nació el gran historiador y eminente ciudadano dominicano Emilio Rodríguez Demorizi. Llegó al mundo en la comunidad de Sánchez, el 14 de abril de 1906. Escribió o editó más de 120 libros sobre diversos temas y acontecimientos históricos, incluyendo en su bibliografía la deliciosa novela La Tertulia de los Solterones ("hastiado ya de publicar viejos papeles y largas cosas de historia, escribo este libro para divertirme...)."Es raro que la mujer superior pueda encontrar compañero de su categoría que acepte una igualdad y menos una superioridad...Por eso lo triste de muchas solteronas es que los que se les acercan se sientan, frente a ellas, o muy jóvenes o muy viejos o muy indignos de ellas..."21

Esa descollante personalidad ocupó diversas posiciones de gran relevancia: Secretario de Educación, Secretario de Interior y Policía, Rector de la Universidad de Santo Domingo, Presidente de la Academia Dominicana de la Historia y de la Sociedad Dominicana de Geografía, Director del Archivo General de la Nación, Presidente del Concejo de Regidores del Ayuntamiento del Distrito Nacional, embajador acreditado en varios países. Escuelas y bibliotecas se honran con su nombre.

El historiador Dr. Frank Moya Pons lo definió como "el más alto modelo de la abnegación que haya dado el país desde los días de Pedro Henríquez Ureña."

Bibliografía:

1- Anadel (la novela de la Gastrosofía). Editorial Ucamaima 1976. Julio Vega

Batlle.

2- Ecos de la Costa. Editora Amigo del Hogar. Octubre 2016. Páginas 128 y

131. Domingo Marte.

3- Pacto con las Aguas. Impresora Ocean Grafic Printing, China.Abril 2015. Autora Miriam

Calzada. p416 (texto citado Agua y Vida, de Eleuterio Martínez).

4- Noticia Estadística sobre Samaná (1822), por J. Becker.

5- La Naturaleza Dominicana. t3. p93.Editora Corripio, 2006.Félix Servio Ducoudray.

6- Schomburgk y Samaná. Colección Orgullo de mi Tierra. Editora Búho 2009.pp 45-47. Emilio

Cordero Michel.

7- Los Dominicos y Las Encomiendas de Indios de la isla Española. Editora del Caribe, 1971.p.

295. Emilio Rodríguez Demorizi.

8- Oviedo, Las Casas, Crónicas Escogidas. Editora Corripio, 12 diciembre 1988. pp436, 438.

Fray Bartolomé de las Casas.

9- Cristóbal Colón Diario de Navegación.p 355. Editora Corripio, 14 de mayo de 1988.

10- Asuntos Dominicanos en Archivos Ingleses. pp38, 39 y 43.Editora Corripio 1993. Editores:

Bernardo Vega y Emilio Cordero Michel.

11-Papeles de Pedro F. Bonó. Editora del Caribe 1964. Página 97. Publicado originalmente en la

Impresora del Cibao en 1857.

12- Carta de Gregorio Luperón a Pedro F. Bonó, fechada el 15 de abril de 1882.

13- La isla de la Tortuga. p244. Ediciones Cultura Hispánica, 1951. Editada en facsímil en el

1974. Manuel Arturo Peña Batlle.

14- Rasgos biográficos de dominicanos célebres. p116.Editora del Caribe. Septiembre 1971.José

Gabriel García.

15- Breve historia de Samaná. Editora Búho, 2009. Colección Orgullo de mi Tierra. p23.

Bernardo Vega.

16- Invasiones haitianas de 1801,1805 y 1822.Editora del Caribe 1955.pp186 y siguientes.

Emilio Rodríguez Demorizi.

17- Documentos para la historia de las relaciones domínico-americanas (1837-1860). Editora

Corripio 1987.p228.Alfonso Lockward.

18- Paz en Santo Domingo (1854-1865). Página 83.Madrid, 1987. Editor Centro de Estudios

Históricos. Cristóbal Robles Muñoz.

19- El Caribe Hispano en el siglo XIX.p115.Editora Búho, octubre 2012.Luis Alvarez López,

quien tomó la información de la nota del legajo 1034 A del Archivo General de Indias.

20- Las Inmigraciones francesas a Samaná. Colección Orgullo de mi Tierra. Editora Búho

2009. p62. Ing. Efrain Baldrich Beauregard.

21- La Tertulia de los Solterones. Editora Taller, mayo 1995.p81. Emilio Rodríguez Demorizi.

Publicado 5-mayo-2018.Diario Dominicano.

AMÉRICO LUGO, EJEMPLO DE INTEGRIDAD (I)

 

AMÉRICO LUGO, EJEMPLO DE INTEGRIDAD (I)

 

                            POR TEÓFILO LAPPOT ROBLES

 

Isidro Américo Lugo Herrera nació y murió en la ciudad de Santo Domingo (4 abril de 1870- 4 agosto-1952).Fue uno de los dominicanos más ilustrados de la primera mitad del siglo XX.

Fue un jurista con categoría de sólido doctrinario, ensayista, historiador y periodista. Además escribió cuentos, obras dramáticas e impulsó a poetas y escritores en su condición de laborioso antologista. Una parte apreciable de su obra creativa ha superado el paso del tiempo, lo cual es loable en un medio como el nuestro.

Periódicos y revistas nacionales y extranjeras recogieron en sus páginas importantes colaboraciones suyas, que abarcaban desde diversas conceptualizaciones en el árido lenguaje jurídico hasta posturas sobre el nacionalismo, en su vertiente de defensa de la soberanía nacional y el derecho a la autodeterminación de los dominicanos.

Con el país ocupado por tropas de los EE.UU. Américo Lugo creó el 17 de abril de 1921 el semanario Patria. En su primera etapa sólo tuvo 15 ediciones, pero fue un instrumento de lucha contra los intrusos del poderoso país del norte.

En las páginas de ese periódico él exigía la inmediata desocupación del país, sin condiciones. Allí aparecía con gran despliegue su consigna conocida como “la pura y simple.”

Con la frase anterior como fundamento Lugo sostenía que no había que negociar con los que mantenían pisoteada la soberanía de la República Dominicana.

La desocupación parcial del país se produjo el 12 de julio de 1924. Fue un hecho agridulce, pues los burócratas extranjeros continuaron controlando la economía nacional, especialmente a través de interventores aduanales.

Las tropas del Tío Sam se fueron, pero la ignominia contra el pueblo dominicano se mantenía. Ejecutivos gringos seguían moviendo resortes del gobierno. El menoscabo de la libertad nacional fue tan grande durante los oprobiosos 8 años de ocupación que el país quedó “sin un solo hueso sano”, como bien dijo Américo Lugo. 

Al margen de controversias por opiniones políticas, sociales, antropológicas, religiosas o históricas hechas por Américo Lugo creo que nadie puede, con base, poner en duda la entereza moral que lo distinguió.

Américo Lugo, como la Ifigenia o el Fausto del poeta alemán Goethe, basaba su personalidad en una miríada de elementos objetivos que encadenaba con firmes principios éticos.

Su integridad, como atributo personal, está fuera de cualquier duda. Hasta sus errores, como su ríspida posición ante la figura procera de Juan Pablo Duarte, fueron el fruto de sus creencias, sin contaminación con intereses de otra índole.

Ese episodio de opiniones erradas y ásperas contra la máxima figura de la historia nacional fue un hiato injustificable y censurable. En ese caso es dable aplicarle a Lugo aquella frase del ex esclavo y comediante de la antigüedad Terencio: “hombre soy, nada humano me es ajeno.”

A parte de lo anterior, cuando se profundiza en el análisis de la personalidad de Américo Lugo necesariamente se concluye que en él la noción de la verdad está vinculada intrínsecamente con los conceptos sustantivos que enmarcan los derechos humanos, siendo la libertad uno de sus ejes fundamentales.

Lugo, a quien el fecundo historiador higüeyano Vetilio Alfau Durán calificó como “príncipe del decoro nacional”, escribió mucho sobre diversos temas. Con el paso del tiempo se comprueba que gran parte de sus opiniones estaban cargadas de verdades, sin entre líneas ni zigzagueos semánticos.

Muchos de los obstáculos que encontró Lugo en la trayectoria de su vida tenían que ver de alguna manera con su postura sobre la libertad, (individual y colectiva) que es sin ningún resquicio de duda la más fértil cantera de donde brota la dignidad humana, con toda la fuerza antropológica que ella es capaz de proyectar hacia todas las vertientes.

En gran parte de los escritos de Lugo, sean estos ensayos jurídicos de gran calado, o simples cartas con aparentes perfiles de asuntos triviales y domésticos, se descubre que en temas en los cuales otros sólo tenían nociones él demostraba poseer conocimientos profundos sobre los mismos.

Su accionar en el orden señalado se comprueba en múltiples casos vinculados, por ejemplo, con los conceptos del ejercicio de la política; con la aplicación correcta de las normas o los instrumentos legales para una justicia responsable; con la puesta en práctica de los fundamentos primordiales para una educación nacional liberadora de las taras de la ignorancia y, en sentido general, con el elevado compromiso que siempre se ha de tener con esa entidad imbatible que es la dominicanidad.

A Lugo le tocó vivir y padecer el sufrimiento del pueblo dominicano en etapas amargas, como la arriba mencionada invasión estadounidense (1916-1924) y la  dictadura trujillista. Ambos hechos fueron abominables y provocaron un largo eclipse de la libertad del pueblo dominicano.

Muchos de sus contemporáneos fueron genuflexos ante el poder (extranjero y nativo) y como recompensa, para satisfacer sus ambiciones materiales, pasaban la gorra entre los poderosos y arrogantes que detentaban el poder.

Américo Lugo, contrario a los que medran bajo la ancha sombra de la autoridad de turno, era ajeno a las tentaciones de la vanidad y del boato.

Siempre prefirió moverse a contracorriente; así como lo hacen los salmones cuando llegan a su madurez reproductiva. Éstos se mueven en cardúmenes. Él muchas veces tuvo que hacerlo solo o con pocos acompañantes.

Hay muchos ejemplos que se pueden resaltar con relación a la actitud de Lugo frente a la ocupación extranjera.

Uno de esos ejemplos está vinculado con el gesto de solidaridad que tuvo el presidente argentino Hipólito Yrigoyen, al ordenar al comandante del crucero de la Armada Argentina “9 de Julio” que al llegar al puerto de Santo Domingo (13 de julio de 1920) izara y saludara con 21 cañonazos “al pabellón dominicano en reconocimiento a su independencia y soberanía.”

Valga la digresión para decir que esa fue la mayor demostración práctica del lema de política exterior de Yrigoyen, basado en que “los hombres son sagrados para los hombres y los pueblos para los pueblos.”

Pocas horas después de ese valiente acto de los argentinos, que sorprendió a los usurpadores estadounidenses, el autor del famoso ensayo titulado A punto Largo pronunció un discurso desafiante en el cual puso de relieve el significado histórico de lo que había ocurrido en la rada donde el río Ozama se une al mar Caribe.

Los extranjeros que mantuvieron militarmente ocupado el país (1916-1924), así como el sátrapa criollo que surgió de ellos, eran una mala mezcla de mineral, vegetal y animal que formaron un tétrico trío de “piedra, maleza y bestia.”

A ellos, en palabras y hechos, se enfrentó Américo Lugo, como le fue posible en cada circunstancia. Lo hizo teniendo como escudo su postura indeclinable que se resumía así: “El ideal es más necesario que el pan.”

Tanto la administración foránea como el régimen trujillista eran imposiciones de la fuerza. Lugo decidió, a su cuenta y riesgo, mantener frente a ellos una postura de inocultable desafección. Se convirtió para esos desgobiernos en lo que los latinos llamaban una “rara avis.” Nunca pudieron doblegarlo con sinecuras u otras facilidades particulares.

Cuando ya la dictadura trujillista había dado sobradas demostraciones de su vesania contra el pueblo dominicano Américo Lugo escribió una carta, el 12 de agosto de 1933, en la cual claramente denunciaba un acogotamiento espiritual:

“La dolencia, siempre menos hostil al cuerpo que al espíritu…País incipiente, el nuestro, y en formación constitucional…” Valiéndose de un concepto del dramaturgo francés Alfred de Musset remataba así: “política, ¡ay! esta es nuestra miseria” (“La politique, hélas!, voilá notre misere.”)1

Su figura, caracterizada por opiniones confrontacionistas y, además, por su carácter en sí, ha provocado que durante muchas décadas surjan opiniones diametralmente opuestas sobre él.

Vale citar dos visiones contrapuestas sobre los señalamientos de  Américo Lugo con relación a una parte considerable del pueblo dominicano, cuya ignorancia por marginalidad y exclusión siempre le ha impedido recibir los beneficios de una vida digna y tener clara conciencia del origen de muchos de sus males.

Al referirse a juicios iniciales de Lugo sobre la masa social dominicana el historiador Rufino Martínez señala, en su obra titulada De las Letras Dominicanas, que fue “no sólo torpe sino injusto”, añadiendo que no conocía al pueblo dominicano.

El también educador Rufino Martínez dice, además, que Américo Lugo negaba méritos al pueblo como “una manera de mantener en alto sus fueros de superioridad intelectual.” Finaliza negándole casi todo a Lugo: “Al final de la jornada no hubo el historiador…y el literato…no desarrolló sus excelentes dotes, de las cuales se esperó ver flores y frutos dignos de ellas.”2

Si se observa en sentido general el accionar público y privado de Américo Lugo, sus vicisitudes personales y las muchas veces que expuso su propia vida defendiendo lo que creía, así como el conjunto de sus escritos, hay que concluir que el concepto que tenía Martínez sobre Américo Lugo no encajaba en una visión serena y justa de ese personaje.

Diferente a las opiniones del historiador Rufino Martínez sobre el indicado tema son los juicios del también historiador Roberto Cassá, (Personajes Dominicanos, tomo II) para quien:

“Lugo hacía su exploración desde una perspectiva elitista, pero estaba animado por un espíritu patriótico genuino. Le interesaba, sin lugar a duda, el avance intelectual y material del país y la felicidad de todo el pueblo. No aspiraba a que se estableciese un sistema de privilegios como precio para el progreso…”3

Bibliografía:

1-Américo Lugo. Correspondencia. AGN. Volumen CCCLXXI. julio 2020.Pp 295 y 296.

2-De las Letras Dominicanas. Editora Taller, 1996.Pp30, 51 y 52. Rufino Martínez.

3-Personajes dominicanos, tomo II. Editora Alfa y Omega,2013. P 273.Roberto Cassá.

 

 

INDEPENDENCIA EFÍMERA (y II)

 

INDEPENDENCIA EFÍMERA (y II)

POR TEÓFILO LAPPOT ROBLES

Aunque está comprobado que fue casi nula la resistencia cuando se decidió aniquilar La España Boba, dando paso a un nuevo Estado en América, también hay que señalar que lo que pudo ser un atisbo de entusiasmo colectivo comenzó a desaparecer desde las primeras horas en que se sustituyó al régimen colonial.

El fracaso de la Independencia proclamada el 1 de diciembre de 1821, desde un casoplón de la zona colonial de la ciudad primada de América, puede atribuirse a múltiples causas. Una de ellas fue la candidez política de José Núñez de Cáceres, su principal auspiciador.

También valen citarse como motivos eficientes para que se frustrara aquel proyecto de libertad (sin ahondar mucho aquí en la polisemia filosófica de esa última palabra) los tropiezos que tuvieron las gestiones hechas ante una parte de la cúpula de la Gran Colombia para que “El Estado Independiente del Haití Español” formara parte de esa confederación.

También hay que decir que contribuyeron a ese naufragio institucional los hábiles movimientos de Boyer, especialmente su decisión de situar en la ciudad de Santo Domingo al astuto coronel Fremont, una suerte de eminencia gris de su gobierno. Estaba operando aquí desde que la llamada España Boba agonizaba en manos del gobernador colonial Pascual Real.

Tal vez el hecho más importante para que ese anuncio independentista se fuera a pique en unas cuantas semanas fue la actitud que tomaron grupos del pueblo llano ante el pitorreo que sintieron al enterarse que las promesas que les hicieron los líderes del “movimiento de liberación” no aparecieron nunca en los documentos oficiales divulgados a partir del primero de diciembre de 1821.

Los hombres y mujeres de a pie pensaron con razón que si en el mazo de papeles del gobierno recién instalado no había ningún reconocimiento para ellos, ni tampoco señales de que su condición mejoraría al quedar defenestrado el régimen colonial, no valía la pena apuntalar a Núñez de Cáceres y su equipo de colaboradores.

En casi 200 años de aquel hecho, que forma parte importante de las efemérides dominicanas, han surgido muchas otras opiniones explicando por qué no cuajó lo que pasó a la historia como la Independencia Efímera.

Juan Bosch, en el capítulo XIV de su obra Composición Social Dominicana, expresa que: “…Núñez de Cáceres actuó con un grupo de amigos en un vacío social. Fue como si hubiera ido a dar una batalla sin soldados contra un enemigo que no existía.”1

 El historiador Franklin J. Franco señala, en clave sociográfica, en su libro Historia del pueblo dominicano, que: “los mulatos y los negros, libertos y esclavos, que componían la mayoría de la población, veían con recelo a los principales dirigentes del movimiento, miembros de la élite que siempre gobernó durante la colonia.”2

 

Posiciones encontradas

Además de las causales indicadas más arriba, ha quedado demostrado que la independencia llamada efímera tuvo esa categoría temporal por las posiciones encontradas entre José Núñez de Cáceres y su equipo con otros grupos que gravitaban en la sociedad dominicana de entonces.

Los que desencadenaron los hechos del 1 de diciembre de 1821 enarbolaban la soberanía nacional, pero bajo el abrigo protector de La Gran Colombia.

Otros abogaban por la independencia pura y simple. Unos cuantos hacendados, hateros, comerciantes y burócratas preferían que se mantuviera el status quo controlado desde España.

Fernando Morel de Santa Cruz, María Salcedo, Juan Núñez Blanco, José Peralta y otros que formaban parte de la Junta Provisional de Santiago no creían en la independencia de 1821.

Dichos señores se inclinaban en favor de Haití, tal vez encandilados por la perspicacia que en el tejemaneje de los hilos del poder demostraba el presidente Jean Pierre Boyer, así como por las melífluas ofertas de favores particulares que les ofrecía ese zahorí del Caribe insular.

El historiador haitiano Abel Nicolás Léger, en el primer tomo de su libro Historia diplomática de Haití, le atribuyó a la referida junta santiaguera poderes para actuar a nombre del pueblo dominicano, lo cual no era cierto, extravasando así la lógica dimanante de la realidad: “solicitaron sin ambajes nuestros socorros i expresaron el deseo de los habitantes del Este, de ponerse bajo la Constitución Haitiana.”3

 

Núñez de Cáceres y Boyer

 

En la etapa de su protagonismo cultural, social y político se escribió mucho sobre la figura de José Núñez de Cáceres, señalándolo como talentoso y dotado de una amplia cultura, pero al mismo tiempo se resaltaba que era proclive a entrar con facilidad en cólera.

El último gobernador colonial en la etapa de La España Boba, Pascual Real, decía que el carácter de Núñez de Cáceres llegaba a convertirlo en ocasiones en un ser “furibundo.” Otras reseñas coinciden en su inclinación temperamental.

A pesar de la gran erudición que acompañaba a Núñez de Cáceres, en la amalgama de sus actitudes personales también estaba presente un rasgo de sorprendente ingenuidad, especialmente en materia política.

En efecto, a él se le dificultaba desmenuzar las coordenadas que vertebran los pesados juegos del ejercicio político. Una prueba de lo anterior quedó demostrada cuando creyó a pie juntillas las fementidas palabras de Boyer, quien lo embobó diciéndole que venía al territorio dominicano en plan de conciliador y jamás como conquistador.

Haciendo abstracción de cualquier aspecto moral, y si se quiere también de lo doctrinal, debo decir que a esa falsedad total de Boyer le dio Núñez de Cáceres la categoría de eso que los griegos llamaban “nihil obstat”, que era la aprobación plena, sin objeción ninguna, a un texto o a una decisión.

Las frases almibaradas del ladino Boyer bastaron para que Núñez de Cáceres hiciera una alocución el 9 de enero de 1822, en cuyo eje central pedía al pueblo dominicano lo siguiente: “Enterados ya de la resolución de S.E. el Presidente de Haití, nada me queda que recomendaros por lo tocante a la docilidad y sentimientos pacíficos conque debeís aguardar su llegada; pues según ofrece, viene como padre, amigo y hermano…”

“Independencia Boba”

 

En su ensayo titulado La Independencia Boba de Núñez de Cáceres  el historiador, jurista, filósofo y poeta Carlos Sánchez y Sánchez se muestra muy crítico con el levantamiento iniciado la noche del 30 de noviembre de 1821. Haciendo acopio de las ideas desgranadas por Oskar Georg Firschbach en su densa obra Teoría General del Estado, plantea el ilustrado bisnieto del patricio Francisco del Rosario Sánchez que dicho proyecto de política suprema era inviable.

Después de hacer abundantes reflexiones, utilizando como zapata su gran enjundia jurídica, Sánchez y Sánchez plantea que Núñez de Cáceres estaba “perdido en un mar de pensamientos contradictorios.”

Así de tajante se muestra el referido autor con respecto a los hechos mediante los cuales se le puso punto final a la popularmente llamada  España Boba: “No estando el pueblo dominicano en forma-i sobre esto me parece que estamos todos de acuerdo-¿Podía constituir una Nación? No habiendo Nación, ¿podía haber Estado? La conclusión es de fuerza i sumamente obvia.”4

 

Con el cobijo de La Gran Colombia

 

 Núñez de Cáceres, Antonio María Pineda, Manuel Carvajal, Antonio Martínez, Juan Ruiz y otros estaban convencidos de las dificultades que había para sostener en aquella época el grito de libertad que permitió romper las amarras con España.

Por eso hicieron constar en los artículos 5 y 6 del Acta Constitutiva de la Independencia de 1821 que se enviaría un emisario ante las altas autoridades de la entonces alianza de pueblos y territorios sudamericanos conocida como La Gran Colombia. El objetivo era encajonar en esa entidad al nuevo Estado caribeño. En los hechos eso iba a mediatizar la soberanía nacional anunciada poco antes.

Para situar en mejor contexto lo del párrafo anterior es importante puntualizar que La Gran Colombia se había creado el 15 de febrero de1819, con la unión de Venezuela, Nueva Granada y otros territorios sudamericanos. Su mentor fue el Libertador Simón Bolívar.

Antonio María Pineda, el enviado dominicano para los fines mencionados, llegó a Bogotá pocos días después del final aquí del gobierno colonial.

Fue una travesía por ese mar Caribe donde han ocurrido “algunos de los dramas más hondos de la tristeza universal”, como bien dijera el escritor colombiano Germán Arciniegas.

Pineda no encontró en la elevada ciudad de los andes colombianos al Libertador Simón Bolívar. Éste estaba combatiendo a los colonialistas españoles en otros lugares de Sudamérica, entre montañas, ríos y humedales salvados con “puentes de cabuyas.”

La  solicitud de auxilio que llegó a La Gran Colombia desde Santo Domingo no fue aceptada, por las razones que fueran, por quien ejercía el mando directo de esa confederación, el general neogranadino Francisco de Paula Santander. Años después los santanderistas atentaron contra la vida de Bolívar, salvándose gracias a la astucia de la célebre Manuelita Sáenz, llamada desde entonces “La libertadora del Libertador.”

Los deseos de los independentistas efímeros criollos no podían prosperar en el seno de La Gran Colombia, pues a menos de tres años de su creación ya el germen de la autodestrucción estaba carcomiendo a los principales dirigentes de esa entidad supranacional.

En resumen, la independencia efímera terminó, como se indica arriba, el 9 de enero de 1822. A partir de ese día, y hasta el arribo de Boyer a la ciudad de Santo Domingo, un mes después, el país volvió a entrar en el terreno siempre delicado de lo que en el derecho se conoce como vocatio legis, una especie de vacío por publicidad o por causas prácticas, como fue en ese caso, por interés táctico de los usurpadores de la soberanía dominicana.

 

Bibliografía:

1-Composición social dominicana. Impresora Soto Castillo, 2013.P201.Juan Bosch.

2-Historia del pueblo dominicano. Editora Mediabyte, séptima edición, 2008.P177. Franklin J. Franco.

3-Historia diplomática de Haití. Primer tomo. Editorial Heraux Aug. A. Autor Abel Nicolás Léger.

4- La Independencia Boba de Núñez de Cáceres, ante la historia i el derecho público. Editora Montalvo, 1937. Carlos Sánchez y Sánchez.

 

miércoles, 14 de abril de 2021

 

INDEPENDENCIA EFÍMERA (I)

POR TEÓFILO LAPPOT ROBLES

La primera proclamación de la independencia del pueblo dominicano, con sus matices, comenzó el primero de diciembre del 1821, bajo el liderazgo del ilustrado ciudadano José Núñez de Cáceres. En ocho meses se cumplirán 200 años de aquel hito histórico.

Esa intrépida decisión dio origen formal a la República y al mismo tiempo surgió un Estado, bautizado por su mentor con el largo nombre de “Estado Independiente de Haití Español.”

Con ello se puso punto final a las administraciones coloniales que durante 328 años había padecido la población que hoy está encarnada en lo que es el pueblo dominicano.

El gran líder, mentor y máximo impulsor de ese movimiento de liberación nacional fue José Núñez de Cáceres, quien fue una extraordinaria figura en términos políticos, sociales y culturales, tanto en el país como en el exterior.

Es importante decir, porque forma parte de la historia de los hechos ocurridos a finales del referido año 1821, que Núñez de Cáceres se forjó por su propia tenacidad, a contrapelo de la voluntad de su padre que le negó ayuda para educarse, pues lo quería agricultor.

Ese ilustre dominicano tuvo el mérito de que siendo parte del engranaje colonial (teniente gobernador y asesor general del gobierno en las colonias españolas de Cuba y Santo Domingo, y en esta última también auditor de guerra) se puso por encima de su propia posición de principalía oficial para ponerle fin al nefasto período llamado La España Boba.

El proceso previo al acontecimiento decembrino de 1821 fue una labor de paciencia e inteligencia, para la cual Núñez de Cáceres obtuvo la simpatía y ayuda de casi todos los individuos de mentes cultivadas o dedicados a actividades de incidencia colectiva, los cuales tenían diversos niveles de participación pública o privada en la sociedad dominicana en formación para aquella época.

Un caso que todavía no ha sido desmenuzado en todas sus vertientes es el papel que entonces jugó el Arzobispo Pedro Valera Jiménez, hijo de canarios pero nacido en Santo Domingo, quien a pesar de que era pro español orientaba en sus cátedras a muchos jóvenes sobre la realidad que se vivía, haciendo ejercicios de paralelismo con otras sociedades.

Valera Jiménez fue consagrado como Arzobispo de la Arquidiócesis de Santo Domingo el 15 de febrero de 1818. Fue el primer prelado de esa Arquidiócesis luego de su restablecimiento, pero también el primero en tener el título de Primado de Indias, en virtud de la bula “Divini praeceptis”, emitida el 28 de noviembre de 1816 por el entonces Papa Pío VII.

Desde la poltrona de Primado de las Indias dejaba escurrir ideas que insinuaban a sus oyentes la necesidad de luchar para disfrutar de un porvenir libre del lastre que durante siglos arrastraban los moradores de lo que desde el 1844 es la República Dominicana.

Valera Jiménez (de quien Max Henríquez Ureña escribió que “…la adversidad despierta en su ánimo energías insospechadas…”) sabía que en varios lugares de América y de Europa flotaban otros aires, muy diferentes a la modorra que se padecía en Santo Domingo.

Desde que el doctor José Núñez de Cáceres retornó al país en el 1810, cumpliendo funciones de la burocracia colonial, se perfilaba para ejecutar tareas del más alto nivel en una sociedad fuera del tutelaje extranjero.

Sus esfuerzos fueron poco a poco asimilándose en los diversos sectores que conformaban los pueblos del territorio nacional.

Una prueba elocuente de lo anterior es que una inmensa mayoría de los integrantes del claustro universitario de la reabierta (1815) Universidad Santo Tomás de Aquino lo eligió como Rector de la misma, en reconocimiento a sus esfuerzos para que ese centro de altos estudios volviera a recibir el alegre aleteo de una juventud ávida de conocimientos superiores. Eso formaba parte de sus ideas para ir abriendo la trocha en la espesura del bosque colonial.

Frente al deterioro de la vida individual de los moradores de Santo Domingo, y el colapso total de los departamentos en que se dividía el gobierno colonial, Núñez de Cáceres consideró que estaban dadas las condiciones para emancipar a los dominicanos del tutelaje español.

Su condición de asesor general del engranaje burocrático de la colonia no le impidió realizar una amplia labor de convencimiento para que diversos colectivos dijeran basta ya de aguantar tantos males mezclados con la ignominia contra el pueblo auspiciada desde la metrópoli.

La etapa de la España Boba profundizaba cada día la miseria y gran parte de la población malvivía desnutrida y en desamparo.

Relatos de la época dan constancia de que los moradores de ciudades, pueblos y aldeas dominicanas se caracterizaban por tener la piel reseca, los cabellos astrosos y los ojos cargados de melancolía, como resultado directo del hambre y la desesperanza.

Cuando en el país se consideró que estaban dadas las condiciones para ponerle fin al régimen colonial, y anunciar al mundo el nacimiento de una nación libre y soberana, se tenía el precedente del camino que habían emprendido otros países que en América ya habían obtenido su independencia.

 La independencia encabezada por Núñez de Cáceres comenzó con una revuelta en la ciudad de Santo Domingo la noche del 30 de noviembre del 1821. En pocas horas, en plena madrugada del primero de diciembre, se lanzó el grito estentóreo que anunciaba al mundo la libertad del pueblo dominicano.

Una de las primeras decisiones tomadas por los conjurados fue el apresamiento, para fines de deportación, del gobernador colonial español Pascual Real, así como  la ocupación de los recintos militares.

Fue prácticamente nula la oposición a los designios de libertad que tomó el pueblo bajo el biombo protector de las ideas pregonadas por Núñez de Cáceres y otros decididos dominicanos que lo acompañaron en la elaboración de los planes que dieron al traste con el régimen colonial.

Era tan dramática la crisis generalizada que, sin tener que profundizar el escalpelo de la crítica al régimen colonial, todos los sectores convergían en la necesidad de ponerle fin.

El historiador Rufino Martínez, en su Diccionario Biográfico-Histórico Dominicano, describe sin ripios sueltos lo que ocurrió en las pocas cuadras que entonces formaban la ciudad de Santo Domingo:

“Esa compacta unanimidad de un pueblo venía a ser la primera formal repudiación a un largo régimen que ya no tenía razón alguna de existir. Una Junta de Gobierno se organizaba. José Núñez de Cáceres, por acuerdo de todos, sin un parecer en discrepancia, asumía la Presidencia del Estado…”1

En el documento contentivo de la proclamación de independencia nacional de 1821 se explican las razones que tenía el pueblo dominicano para emanciparse de España. Ese texto sustituyó en el país el andamiaje legal de la Constitución española entonces vigente, promulgada en Cádiz el 19 de marzo de 1812, llamada también la Pepa, por coincidir su promulgación con el día de San José, cuyo hipocorístico es Pepe.

Avanzando en la lectura del contenido de la mencionada Proclama, muy probablemente redactada al alimón por el jurista y periodista José Núñez de Cáceres y el médico y periodista Antonio María Pineda Ayala, se observan inquietudes que sobrepasaban simples metas materiales de ese momento.

En ese texto, pieza singular de la doctrina política dominicana, se proyectaban ideas de gran calado que se conectaban con el futuro del pueblo dominicano; aunque para eso sus redactores hicieron acopio de manera taxativa de textos difundidos en otras latitudes de la tierra, en un libre ejercicio de utilización del derecho comparado.

En esa carta política, de carácter sustantivo, que sirvió de marco legal a la independencia encabezada hace casi 200 años por Núñez de Cáceres, quedaron establecidos algunos de los principios fundamentales de los derechos humanos, con gran ascendencia en los conceptos de enciclopedistas de la talla de Diderot, Rousseau, Montesquieu y particularmente de Louis de Jaucourt, el polímata francés que escribió mucho sobre los derechos de los ciudadanos, que abogaba por la libertad de conciencia y que luchó con su polifacético pensamiento para que la esclavitud fuera abolida.

En la referida Proclama, hay que decirlo, no se abolió la esclavitud, como Núñez de Cáceres le había asegurado que ocurriría al comandante Pablo Alí, a la sazón jefe del Batallón de Pardos.

Sin embargo, en sentido general, en lo referente a los derechos políticos, económicos y sociales de los ciudadanos había un empapamiento de conceptos  que forman el ideario del derecho constitucional anglosajón americano, representados al calco en el siguiente párrafo:

“Para gozar de esos derechos se instituyen y forman los gobiernos, derivando sus justos poderes del consentimiento de los asociados; de donde se sigue, que si el gobierno no corresponde a estos esenciales fines, si lejos de mirar por la conservación de la sociedad, se convierte en opresivo, toca a las facultades del pueblo alterar o abolir su forma y adoptar otra nueva que le parezca más conducente a su seguridad y futuro bien…”2

En resumen, el hito histórico del primero de diciembre de 1821 fue un vuelo de poco alcance en las luchas del pueblo dominicano en pro de su libertad. Los  motivos de su fracaso tienen múltiples explicaciones, algunas de las cuales abordaré en la próxima entrega.

Bibliografía:

1-Diccionario biográfico-histórico dominicano (1821-1930).Editora de Colores, segunda edición, 1997. P390. Rufino Martínez.

2-Proclama del primero de diciembre de 1821.José Núñez de Cáceres. Insertada parcialmente en la obra Historia del Derecho Dominicano. Editora Amigo del Hogar, sexta edición.Pp119 y 120. Wenceslao Vega B.

 

SANTIAGO EN MARZO DE 1844 (y III)

 

POR TEÓFILO LAPPOT ROBLES

 

 

Cuando aún no había transcurrido un mes de la Independencia Nacional los haitianos expulsados del territorio dominicano iniciaron una gigantesca ofensiva armada con miles de hombres sobre las armas que penetraron violentamente por diversos puntos fronterizos.

El 13 de marzo de 1844 fueron derrotados en el lugar conocido como la Fuente del Rodeo, cerca de Neiba. Seis días después del mismo mes corrieron suerte parecida en Azua de Compostela.

Santiago de los Caballeros era uno de los objetivos más importantes de esos intrusos, por ser un punto geográfico clave para dominar la zona más fértil y poblada del país.

Once días después de los hechos de Azua los haitianos que venían arrasando pueblos como Dajabón, Montecristi y Guayubín cayeron en enjambres, como una plaga de langostas, sobre el extrarradio oeste de Santiago, sin tener idea de lo que les esperaba allí.

Los habitantes de aquella vibrante ciudad, que entonces era un pueblo de mediano tamaño, con el apoyo de mocanos, veganos, francomacorisanos, cotuisanos, puertoplateños y moradores de otros pueblos, aldeas y caseríos cercanos, algunos enclavados en la franja serrana, tenían días realizando preparativos de guerra y apertrechándose para enfrentar a los invasores.

Se crearon batallones, compañías, pelotones y otras unidades de improvisados combatientes que dejaron estampadas sus huellas heroicas en el fulgor de los combates.

Los andulleros de Sabana Iglesia

 

Una de las compañías de cívicos que estuvo presente en el momento y el lugar oportunos, en la  batalla del 30 de marzo, fue la integrada por andulleros de la serranía que domina el lado sur de la ciudad de Santiago.

Fernando Valerio López bajó desde Sabana Iglesia y campos vecinos, al frente de unos 150 peones agrícolas dedicados especialmente a la siembra y cultivo de tabaco. Esos hombres fueron los que atacaron por sorpresa a los haitianos entre el Fuerte Libertad y el río Yaque el Norte, fondo de agua que les sirvió de sepultura a muchos de los invasores.

El filoso metal de los machetes, bajo el impulso heroico de esos labriegos, brilló como nunca. Su bizarra acción del 30 de Marzo de 1844 es lo que desde entonces se ha denominado la Carga de los Andulleros.

Con frecuencia se soslaya la importancia militar que tuvo esa unidad de combate compuesta por agricultores que abandonaron la azada para enfrentar al enemigo invasor.

Muchos de ellos luego volvieron al anonimato rural, pero con la luz del triunfo resplandeciente en sus rostros, como quedan representados en imágenes permanentes aquellos nimbados de gloria.

En su informe oficial sobre los acontecimientos bélicos de la referida batalla el general José María Imbert, por olvido momentáneo,  por falta de sintonía personal con Valerio (aunque remaban en la misma dirección patriótica) o por lo que fuere, no mencionó a ese cuerpo armado integrado por hombres corajudos y manos encallecidas que descendieron de la sierra para defender la patria, dejando los surcos donde muchas veces habían hecho brotar una de las más conocidas plantas solanáceas, así como los ranchos donde elaboraban andullos.

Alejandro Llenas, un sabio médico, historiador, botánico, antropólogo, geógrafo, etc., santiaguero educado en Francia y nacido en Gurabo el mismo año que se libró la Batalla del 30 de Marzo de 1844, realizó un aporte extraordinario al divulgar los antecedentes  que  culminarían con los hechos ocurridos aquel glorioso día en su lar nativo. Indica, como otros también, que el primer ataque fue repelido por Fernando Valerio y sus andulleros entre el Fuerte de la Libertad y el río Yaque del Norte.

Para ello entrevistó décadas después de aquella fecha gloriosa a varios sobrevivientes de esa epopeya que sembró para siempre en la historia dominicana el nombre de la ciudad de Santiago de los Caballeros.1 

Arturo Logroño, con su estilo barroco, se refirió a Fernando Valerio en una nota publicada el 1928: “…Enardecido por bélica embriaguez, decidió quizás con su carga, famosa en nuestros fastos militares, al frente de los andulleros de Sabana Iglesia, la brega marcial del 30 de Marzo de 1844.”2

El munícipe y costumbrista santiaguero Arturo Bueno, en el tomo I de su libro Santiago Quien te vio y Quien te ve, hace inquietantes preguntas sobre la referida omisión que de los andulleros y Valerio hizo el general Imbert, y concluye indicando que: “el general Valerio no fue una figura central en todo el curso de los acontecimientos de ese día; pero sí lo fue en el momento decisivo como iniciador de “la carga al machete…”3

Creo pertinente señalar, para poner en justo equilibrio los hechos concernidos a la batalla del 30 de marzo de 1844 en Santiago, que sobre la descarga de los andulleros el historiador Rufino Martínez, puntualizó lo siguiente:

“El hecho tuvo un valor decisivo en una línea de fuego, la correspondiente al Fuerte de Libertad, uno de los tres sobre los cuales se estrelló el enemigo; en las otras líneas, otros fueron los héroes, no inferiores a Valerio.”4

Algunos de los héroes

En la efervescencia bélica del 30 de Marzo de 1844 fueron muchos los que en Santiago se vistieron de gloria. Mencionarlos a todos es difícil, especialmente porque como siempre ocurre, con la intensidad de una constante, la mezquindad humana oculta nombres.

En la historia universal, pero particularmente entre nosotros, los conflictos de egos, los pujos de principalías y las desavenencias inter grupales han provocado muchos hiatos; algunos de esos agujeros se han ido corrigiendo pero otros  han perdurado hasta el presente. Sin embargo, eso no impide que señale aquí los nombres de varios de los héroes de aquel hecho de raigambre patriótica.

El Jefe Superior del Ejército Dominicano en aquella jornada épica, como se indica más arriba, fue el General José María Imbert, el cual tenía como lugarteniente al aguerrido coronel Pedro Pelletier, quien a su vez poseía de ayudante a Achilles Michel. Los tres nacieron en Francia, pero se entregaron con desbordante pasión y gran responsabilidad a la causa dominicana en los albores de su Independencia.

El jefe de la artillería y encargado del Fuerte Dios era el coronel José María López.  Fernando Valerio López dirigió a los andulleros de Sabana Iglesia, una fuerza cívica que hizo proezas. El célebre Batallón La Flor, integrado por valientes jóvenes santiagueros, lo encabezaba el comandante Angel Reyes.

También están en la conocida, pero limitada lista de héroes de aquella jornada gloriosa, con diferentes rangos y desempeños, los hermanos Juan Luis y Ramón Franco Bidó, Lorenzo Mieses, José María Gómez, Toribio Ramírez, Francisco Antonio Salcedo, Marcos Trinidad, José Silva, Manuel María Frómeta y los comandantes identificados como Dr. Bergés, Hungría, Bidó y Tolentino, y muchos más.

Juana Saltitopa

Es de justicia resaltar que antes, durante y después de la batalla santiaguera del 30 de marzo de 1844 sobresalió, por su arrojo incomparable, una humilde mujer campesina nacida en Jamo de La Vega.

Juana Trinidad, mejor conocida como Juana Saltitopa o La Coronela, dejó su nombre enmarcado con letras heroicas en la historia dominicana.

Esa valiente mujer dominicana no sólo realizó tareas de asistencia material a los combatientes, sino que en la fase explosiva de la batalla se convirtió en la principal agitadora para mantener en alto el espíritu de combate de los dominicanos que en esos pagos cibaeños representaban en ese momento la determinación de defender, a cualquier costo y bajo sacrificios supremos, la soberanía nacional.

Tiñaño, el músico héroe

Un personaje prácticamente ignorado, pero que tuvo una importante misión en el fragor de los combates, fue el músico popular conocido sólo por su apodo de Tiñaño.

Relatos recolectados por memoriosos de aquellos tiempos describieron que los redobles de su instrumento de percusión fueron la perdición de soldados haitianos que se acercaron al  mencionado Fuerte Dios, atraídos por el sonido marcial que ejecutaba Tiñaño.

Eso hace recordar la antigua leyenda alemana recogida por los hermanos  Grimm sobre el flautista de Hamelín, aquel que sacó de la ciudad de ese nombre las ratas que tenían en zozobra a sus habitantes hasta que se ahogaron en el río Weser. Y ahí dejo la comparación.

Una reseña desde Haití

 Las anotaciones del intelectual Jean Price-Mars, sobre la Batalla del 30 de Marzo de 1844 fueron hechas a mayor gloria de los héroes dominicanos de ese día.

Así se expresó el  indicado médico e historiador haitiano: “El 30 de marzo, a la una de la tarde, las tropas haitianas se lanzaron al asalto. Duró la lucha más de cuatro horas sin que cayera la ciudad…Las pérdidas totales de su ejército, antes que pudiera atravesar el Massacre y llegar al Cabo Haitiano, son estimadas, entre muertos y heridos, alrededor de setecientos hombres.”

Sobre el general Jean-Louis Pierrot, y su huida del territorio dominicano, Price-Mars se hizo esta interrogante: “¿Era sincero Pierrot en sus negociaciones o quería salir simplemente de un mal paso?”5

En resumen, la Batalla del 30 de marzo de 1844, librada en la ciudad de Santiago de los Caballeros, fue un hecho de gran importancia en la historia dominicana.

Los invasores haitianos fueron vencidos. Masticando el polvo de la derrota se dispersaron en hatajos por diversos trillos y atajos del noroeste, en huida despavorida hacia su país.

Del lado dominicano se amplió la lista de héroes, se fortaleció el espíritu de combate de las unidades armadas, y del pueblo en general, y prosiguió consolidándose la Independencia, aunque hubo que seguir enfrentando durante 12 largos y sangrientos años las embestidas de aquellos que pretendían volver a oprimir al pueblo dominicano.

Bibliografía:

1-Combate del 30 de marzo de 1844. Periódico El Orden, Santiago, 28 de marzo de 1875. Alejandro Llenas.

2- Papeles de Arturo Logroño. SDB. Impresora Amigo del Hogar, 2004.P111.

3- Santiago Quien te vio y Quien te ve. Tomo I.Pp113 y 114.SDB.Editora Búho, 2006.Arturo Bueno.

4-Diccionario biográfico-histórico. Editora de Colores, 1997.Segunda edición.P540. Rufino Martínez.

5-La República de Haití y la República Dominicana. SDB. Editora Taller, edición facsimilar, 2000.Pp335 y 336.Jean Price-Mars.