sábado, 4 de diciembre de 2021

JOSÉ MARTÍ EN R.D. I

 

JOSÉ MARTÍ EN R.D. I

POR TEÓFILO LAPPOT ROBLES

Es necesario señalar algunas cosas antes de penetrar en los detalles vinculados con las tres visitas que hizo el ilustre cubano José Martí a tierra dominicana.

Se trata de uno de los personajes de primera fila en la historia de los pueblos que forman lo que se conoce como el Caribe insular. Su ejemplo de vida transciende, además, hacia toda América, la del norte, la del sur y la del centro.

Martí siempre será un referente, por su trayectoria como pensador, escritor, poeta, filósofo, periodista y activista por la libertad de Cuba, su tierra natal.

Su importancia se proyecta, también, por sus afanes en procura de aglutinar a los pueblos antillanos, para hacerlos más fuertes ante los enemigos comunes.

Fue un fiel partidario de la Confederación Antillana, sumándose a la causa enarbolada por Eugenio María de Hostos, Ramón Emeterio Betances, Gregorio Luperón y otras personalidades caribeñas.

Con la República Dominicana tenía vínculos muy estrechos desde antes de conocerla físicamente. Esa cercanía con nuestra tierra brotó en él desde que era un adolescente cargado de inquietudes patrióticas, sociales, políticas y culturales, tal y como se comprueba en sus escritos de mocedad.

En sus “Apuntes de viaje”, publicados 37 años después de su muerte, hace múltiples descripciones de nuestras bellezas naturales y de la calidez con que fue recibido en el país en cada una de sus tres visitas.

Al nacer en la ciudad de La Habana, Cuba, el 28 de enero de 1853, fue registrado con el nombre de José Julián Martí Pérez. Fue el único varón de una prole de 8 hijos de la tinerfeña Leonor Antonia Pérez Cabrera y el valenciano Mariano Martí Navarro.

El 23 de enero de 1869, antes de cumplir 16 años de edad, Martí publicó una pequeña obra dramática que tituló Abdala, en la cual expresaba su visión sobre el amor a su patria y su opinión sobre los opresores de su pueblo. En ese texto comenzaba a perfilarse su juvenil “sustancia espiritual.”

Muy pronto se hizo sospechoso ante las autoridades de Cuba. Fue encarcelado y obligado a realizar trabajos forzados en canteras.

La persecución en su contra comenzó desde que se divulgó Abdala en las calles habaneras. El contenido de ese drama era en sí un firme cuestionamiento al sistema colonial español, que incluía la esclavitud, la cual él descubrió en el 1862, cuando tenía 9 años de edad y su padre lo llevó a los campos de caña en Matanzas.

Fue expulsado de su país hacia Madrid, España. Allí publicó en el 1871 un ensayo titulado “El presidio político en Cuba.” Es un testimonio crudo sobre los sufrimientos que él vivió en carne propia durante su prisión.                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                            

Extrapoló esa amarga experiencia, haciendo una conexión con la que tuvieron muchos otros jóvenes que como él no fueron sumisos a los colonizadores españoles. Ese ensayo fue otra de sus obras iniciales que lo definirían como el luchador sin tregua que siempre fue.

Esas brevísimas notas introductorias permiten tener una idea del calibre humano del hombre que dejó impactantes impresiones en la República Dominicana.

La primera vez que José Martí pisó tierra dominicana fue en el 1892, la segunda en el 1893 y la última en el 1895, el mismo año de su trágica muerte, ocurrida el 19 de mayo, en la comunidad de Dos Ríos, en el oriente cubano.

Allí fue mortalmente herido de bala por un desconocido soldado colonialista español del Regimiento de Caballería Hernán Cortés, que operaba en la zona como parte de las tropas al mando del coronel José Ximénez Sandoval. Tenía poco tiempo que se había montado en su caballo de nombre Baconao. En su saco negro encontraron la carta inconclusa que comenzó a escribirle el día anterior de la tragedia a su amigo mexicano Manuel Mercado. Murió de “de cara al sol.”

En cada visita que hizo al país el objetivo principal de Martí era persuadir a Gómez para que volviera a luchar por la libertad de Cuba. El poeta sabía que la valentía y la capacidad militar de ese dominicano eran vitales para revertir los resultados negativos de las dos anteriores guerras independentistas cubanas.

Martí tenía razón para esforzarse en persuadir al bizarro dominicano. En efecto, le correspondió de manera principal a Máximo Gómez Báez llevar hacia la victoria al pueblo cubano, en lo que se conoce como la Guerra Necesaria.

Gómez fue el General en Jefe del Ejército Mambí que se batió glorioso en dicho sangriento conflicto; en el cual también se destacaron los generales Antonio y José Maceo Grajales, Ramón Calixto García Íñiguez, Serafín Sánchez Valdivia, Juan Bruno Zayas, José María Rodríguez, el polaco Carlos Roloff Mialofsky y muchos otros combatientes de diferentes rangos.

Martí, con su carga de humanidad, en la cual se conjugaban sentimientos encontrados de angustia y anhelo, fue el propagador por excelencia de la importancia de esa tercera y victoriosa guerra, como muy bien describe Jorge Mañach en su obra titulada “Martí, El Apóstol.”

Probablemente los primeros vínculos de Martí con la República Dominicana surgieron después de que el 10 de octubre de 1868 se lanzó en la finca La Demajagua, en Manzanillo, en el oriente de Cuba, el famoso Grito de Yara, que dio inicio a una prolongada guerra independentista que duró 10 años, teniendo como uno de los más célebres comandantes a Máximo Gómez, bajo las órdenes del patricio cubano Carlos Manuel de Céspedes, primer presidente de la República en Armas.

Esa primera fase de la lucha liberadora de Cuba terminó en fracaso. Una parte de los dirigentes políticos y militares cubanos firmaron el 10 de febrero de 1878 el llamado Pacto del Zanjón.

Martí, analizando los hechos de esa lucha que duró diez años, quedó impactado con la excepcionalidad marcial de Gómez. 

En esa ocasión, a poco tiempo de salir de Cuba el ilustre banilejo, el presidente de Honduras Marco Aurelio Soto lo nombró General de División y jefe del Ejército de ese país centroamericano.

En esa circunstancia José Martí decide escribirle a Gómez una primera carta (que por los motivos que fueran no llegó a su destino) en la cual le pedía informaciones personales: “como algún día he de escribir su historia….Aquí vivo muerto de vergüenza porque no peleo…Seré cronista, ya que no puedo ser soldado.”

En una segunda comunicación, fechada en el 1882, Martí le dice a Gómez, entre otras muchas cosas, que: “Porque usted sabe, General, que mover un país, por pequeño que sea, es obra de gigantes…”Al señalar que estima a Gómez y que considera que el dominicano también lo estima a él, remata su carta así: “Creo que lo merezco, y sé que pongo en un hombre no común mi afecto.”1

Dos años después, en octubre del 1884, se produjo la primera entrevista entre ambos. Fue en la ciudad de New York. El encuentro tuvo ciertos niveles de aspereza, como podría ser previsible entre un curtido hombre de guerra y un poeta de fino estro. No siempre sintonizan el numen y las armas.

Allí fue que surgió la famosa frase martiana: “Un pueblo no se funda, General, como se manda un campamento...” y la respuesta de Gómez: “Ese hombre no me conoce…Como se verá, este hombre me insulta de un modo inconsiderado…”

Esa es la verdad de los hechos. Ese es el sustrato filosófico de dos personajes que se reencontraron luego en la República Dominicana para sellar un capítulo importante en el convulso anteayer de América Latina.

Esa es la historia, la cual, para decirlo con palabras del historiador, filósofo y político italiano Benedetto Croce, “aparece como el único juicio portador de la verdad, incluyendo en sí la filosofía, pues la filosofía no puede vivir  fuera de la historia y no se manifiesta más que como historia.”

En el referido año 1884, cuando Martí tenía 31 años, una parte de su obra ya era conocida entre los lectores dominicanos, especialmente sus escritos titulados La vuelta de los héroes de la Jeannette y Maestros Ambulantes.

El José Martí pensador y escritor tuvo como primer publicista en la República Dominicana al poeta José Joaquín Pérez quien, además, en su condición de ministro de Educación en el gobierno de Francisco Gregorio Billini Aristi, puso en práctica el mensaje contenido en la segunda obra arriba mencionada.

Fue el mismo José Joaquín Pérez quien en el 1883 lo calificó como “el eminente escritor cubano José Martí, cuya pluma embellece todo cuanto toca y cuya profundidad de pensamiento es notabilísima…”2

En las próximas entregas de esta breve serie señalaré los principales pormenores de las tres visitas que en la última década del siglo XIX realizó José Martí a la República Dominicana.

Bibliografía:

1-Carta de Martí a Máximo Gómez, 1882.

2-Revista Científica y Literaria.1883.Comentario sobre Martí. José Joaquín Pérez.

 

 

 

MATANZA EN LA HACIENDA MARÍA

 

MATANZA EN LA HACIENDA MARÍA

 

POR TEÓFILO LAPPOT ROBLES

Lo que en la historia dominicana se conoce como la matanza en la Hacienda María fue un acto de venganza particular, cometido en la noche del sábado 18 de noviembre del 1961 por Ramfis Trujillo y su grupo de matones contra seis de los héroes que el 30 de mayo de ese año eliminaron al sátrapa Rafael Trujillo, quien por más de tres décadas había mantenido bajo la más ignominiosa opresión al pueblo.

Demás está decir que la muerte de Trujillo fue un acto de justicia en su más alta significación, por encima de definiciones jurídicas. Fue un individuo que se movió en la geografía nacional durante más de 6 lustros como uno de esos toros embolados que hace más de 2,200 años lanzó el jefe celtíbero Orisson contra los cartagineses en la Valencia del oriente español.

La hecatombe perpetrada desde el casoplón de la referida finca ubicada en San Gregorio de Nigua, San Cristóbal, fue uno de los últimos hechos sangrientos dirigidos por el citado descendiente del mandamás que llenó de luto a la República Dominicana.

El 18 de noviembre de este 2021 se cumplieron 60 años de aquel horrible hecho que quedó impune por múltiples complicidades.

El 4 de febrero de 1965 la Primera Cámara Penal del Distrito Nacional produjo una sentencia condenatoria contra autores y cómplices, pero los responsables del abominable crimen nunca fueron a parar con sus huesos a la cárcel.

Las víctimas de ese escenario infernal fueron Pedro Livio Cedeño, Salvador Estrella Sadhalá, Huáscar Tejeda Pimentel, Roberto Pastoriza Néret, Luis Manuel Cáceres Michel y Modesto Díaz Quezada.

Los asesinos fueron el hijo mayor de alias Chapita, el tirano ajusticiado, Ramfis Trujillo Martínez, un hombre con notorias turbulencias mentales avaladas por informes de siquiatras, así como un grupo de sus secuaces: Luis José  y José Alfonso León Estévez, Gilberto Sánchez Rubirosa, Fernando A. Sánchez hijo, Juan Disla Abreu, Américo Dante Minervino, Pedro Julio Vizcaíno y otros.

Los cadáveres de los héroes nunca aparecieron. Casi seguro fueron lanzados como alimento para los tiburones que llegaron a ese litoral caribeño atraídos por la sangre que emanaba de los cuerpos agujereados.

Los 6 de la Hacienda María no eran los primeros conjurados de la gesta del 30 de Mayo en ser asesinados.

Antonio de la Maza Vásquez  y Juan Tomás Díaz Quezada fueron muertos el 4 de junio de 1961, cerca del parque Independencia. Amado García Guerrero fue abatido dos días antes en la avenida San Martín. Los tres cayeron enfrentando a los esbirros del régimen en fase de desplome.

En contra de ellos había un proceso judicial por la muerte del dictador, pero siguiendo el hilo de lo que había sido la práctica del régimen de opresión que se instaló en el país desde el 1930 era evidente que no se respetaría ni el debido proceso ni la vida de los encartados. Aclarando que los 3 últimos nunca llegaron a ser apresados por la jauría de matones que los perseguían.

Entre los días 2 y 27 de junio de 1961 los seis héroes asesinados en la Hacienda María, luego de un calvario de torturas, habían sido interrogados por el fiscal del Distrito Nacional, Teodoro Tejeda Díaz, y por el Juez de Instrucción que realizaba la pesquisa del caso, Wilfredo Mejía Alvarado.

Ese formalismo procesal, como se comprobó el 18 de noviembre siguiente, carecía de importancia de cara a la perversidad que desde el principio había maquinado el círculo más cercano de Trujillo.

Los patriotas asesinados en el referido predio de San Gregorio de Nigua, San Cristóbal, estaban presos en la cárcel de La Victoria, sujetos a la sedicente autoridad de la pantomima que era la justicia trujillista.

El día que los aniquilaron fueron sacados de las inmundas celdas donde estaban, para realizar un supuesto descenso al lugar donde concluyó la vida del tirano. No había  ninguna orden oficial para dicho procedimiento judicial. Era una farsa para asesinarlos a mansalva. Incluso hacía 3 meses y 15 días que se había cerrado la fase de instrucción del expediente en su contra.

Cuando fueron llevados al patíbulo, para ser masacrados por los individuos crueles y malvados que todavía resollaban en los residuos podridos de la tiranía, prácticamente estaban convertidos en guiñapos humanos por las continuas torturas físicas y sicológicas de que fueron víctimas durante varios meses.

En la providencia calificativa “del proceso instruido a los acusados del 30 de mayo”, firmada el 3 de agosto de 1961 por el referido juez instructor a cargo del Proceso134B-año 1961, se hizo constar la muerte de los tres valientes que cayeron repeliendo a los calieses. Con el ríspido lenguaje forense señaló:

“Resolvemos: Primero: Declarar, como al efecto Declaramos, extinguida la acción pública contra los nombrados Juan Tomás Díaz Quezada, Antonio de la Maza Vásquez y Amado García Guerrero, por fallecimiento.”1

                                            Jefe policial

En su famosa novela La Fiesta del Chivo el Premio Nobel de Literatura Mario Vargas Llosa expone su versión ficcionada del crimen perpetrado en la Hacienda María.

Dicho novelista pone en boca del entonces jefe de la Policía Nacional, coronel Marcos Antonio Jorge Moreno, versiones cantinflescas de que la camioneta con los prisioneros había desaparecido en su ruta hacia la cárcel de La Victoria; que luego fue encontrada, pero que los prisioneros se fugaron y mataron a los custodios.

El famoso escritor referido cierra el tema cuando al referirse al presidente Balaguer dice: “Antes de dormirse, lo sobrecogió un sentimiento de lástima. No por los prisioneros asesinados esta tarde sin duda por Ramfis en persona, sino por los tres soldaditos a los que el hijo de Trujillo también había hecho matar para dar apariencia de verdad a la farsa de la fuga.”2

Dicho sea de paso vale aclarar que no eran tales custodios, sino 3 infelices presos comunes vestidos de policías que fueron escogidos para ser asesinados como parte de la trama macabra que se había orquestado.

Era complicado el papel del a la sazón jefe policial Jorge Moreno, pero según dos sentencias en escala de instrucción, dictadas respectivamente el 24 de abril y el 11 de mayo de 1964, no se encontraron trazas de responsabilidad en su contra.

Los historiadores José Chez Checo y Juan Daniel Balcácer publicaron en el 2008 un libro en el cual se hacen eco sobre la no participación del referido coronel en los asesinatos consumados en la susodicha Hacienda María.

 

Opacan hazaña del 30 de Mayo

 

Por otro lado, es de rigor decir que hay más de una versión tratando de restar el nivel de calidad histórica que corresponde a la hazaña de ajusticiar a Trujillo. Con ello se ha querido disminuir la proceridad de los valientes que expusieron sus vidas para librar a los dominicanos de la cadena de desgracias que sufrían desde hacía más de 30 años.

Por ejemplo, el siquiatra Lino A. Romero, echando mano de la teoría sobre la autodestrucción del psicoanalista Karl Menninger, sostiene que en el 1961 Trujillo ya no quería vivir, pero tampoco suicidarse. Que eso ocurrió a partir de una visita al país del senador por el Estado de Florida George Smathers y un prominente amigo de Richard Nixon, el banquero y comerciante Charles (Bebe) Rebozo, quienes lo instaron a retirarse de la vida pública.

Según Romero es posible que luego de dicha visita el tirano “ya no encontrara razón para vivir”, y que su muerte fue en consecuencia un “homicidio provocado.” Sostiene que “Trujillo quería que le mataran.”3

La verdad monda y lironda, no sujeta a interpretaciones ni teorías, es que los que decidieron acabar con la satrapía trujillista llenaron una página de gloria en la historia dominicana. Decir lo contrario es una mezquindad.

 

General Pupo Román

Otra víctima del suceso del 30 de Mayo, aunque no murió en la Hacienda María, fue el general José René Román Fernández (Pupo), quien al momento de la muerte del tirano era el Secretario de Estado de Las Fuerzas Armadas.

El general Pupo Román tenía conocimiento de los preparativos para eliminar a Trujillo. Se había comprometido para organizar la toma del poder político, con la condición de que le presentaran el cadáver del hombre fuerte.

Fernando Arturo Amiama Tió, con muchos conocimientos de las interioridades de los hechos ocurridos antes y después del 30 de mayo de 1961, en su condición de hermano mayor y confidente de Luis, uno de los héroes del 30 de Mayo que sobrevivió a la persecución de los trujillistas, reivindica el papel de Pupo Román en aquella proeza. En su libro de memoria titulado Ayer, el 30 de Mayo y Después, señala que:

“A Román le preocupaba mucho la creciente dureza con que se comportaba el régimen, nunca satisfecho de las barbaridades que constantemente sucedían…Román quedó responsable de las gestiones militares para la toma del gobierno…”4

Algunos, tal vez por estar desinformados, han calificado de claroscuro el papel  de Pupo en esa conspiración. Pertinente es decir que su hija Sabrina Román, en su libro titulado Nuestras lágrimas saben a mar, publicado en el 2016, hace un gran esfuerzo para explicar la actitud de su padre en esos complicados momentos. Sus argumentos al respecto no son desdeñables. Hay en ellos una línea de coherencia meritoria.

En su obra titulada “Trujillo. El Tiranicidio de 1961” el ya citado historiador Balcácer señala que a Pupo lo asesinó Ramfis, pero que no se precisa ni cuándo ni dónde. Reproduce varias versiones distintas dadas por terceros sobre las torturas y el destino final de ese trágico personaje.

Entre otras cosas se ha escrito que al general Pupo Román le echaban en el cuerpo fogaré y gratey, plantas cuyas flores tienen pelitos urticantes que causan un fuerte dolor e inflamación en la piel. Que le dieron golpes con bates, que lo sentaron en una silla eléctrica, que lo sumergieron en una pileta con sanguijuelas, que le echaban hormigas gigantes, que le metieron un caballo drogado en la celda, etc.

De su asesinato se ha dicho que en la Hacienda Hainamosa Ramfis le hizo 53 disparos con el revólver del tirano. Que en el lugar del tiranicidio le vació varios cargadores desde los pies hasta el pecho. Que en un interrogatorio descerrajó varios tiros sobre su cuerpo.

El actual vicepresidente de la Academia Dominicana de la Historia (Balcácer) recoge en su mencionada obra la versión que terceros le dieron a la señora Lita Milán, esposa de Ramfis, sobre el asesinato del general Román:

Que un día le fueron disparando “poco a poco, poco a poco, a las manos, a los brazos, al hombro, a los pies, a las piernas, a las rodillas, a los muslos. Así lo fueron acribillando, con la misma impasible crueldad con que lo habían torturado.”5

Bibliografía:

1-Providencia calificativa del Proceso 134-B del año 1961.

2-La fiesta del chivo. Editora Taller, 2000. Primera edición.P497.Mario Vargas Llosa.

3-Trujillo. El hombre y su personalidad. Editora Búho,2006.Pp420 y 421. Lino A. Romero.

4- Ayer, el 30 de mayo y después. Editora Búho, 2005.Pp214 y 222. Fernando Amiama Tió.

5-Trujillo.El tiranicidio de 1961.Taurus, editorial Santillana, 2007.Pp316, 318, 319 y 320. Juan Daniel Balcácer.

domingo, 21 de noviembre de 2021

LA DOCTRINA MONROE Y IV

 

LA DOCTRINA MONROE Y IV

 

POR TEÓFILO LAPPOT ROBLES

 

 

Dedicado al Dr. Jottin Cury, patriótico canciller del gobierno constitucionalista de 1965.

El caso dominicano

Estados Unidos de Norteamérica, el poderoso país donde el bisonte y el águila calva son símbolos nacionales, no se detiene ni un segundo a valorar lo que significa el concepto de soberanía para los pueblos de América Latina.

La Doctrina Monroe ha sido una pieza clave para casi todos los gobernantes estadounidenses. Ella y el Destino Manifiesto les han servido de atajo para atropellar a los pueblos de esta zona del mundo.

El Tío Sam se mueve como un Goliat, atropellando de una y mil maneras a los demás, desde los pantanos de Punta Barrow, en el norte de Alaska; hasta islote Blanco, en Tierra del Fuego, Argentina, así como en el fascinante micromundo caribeño.

La República Dominicana ha sido uno de los lugares donde más de una vez se ha puesto en práctica la vocación imperial de aquella poderosa nación.

En su obra Los americanos en Santo Domingo el economista e historiador estadounidense Melvyn Moses Knight, al abundar sobre el papel de su país en las actividades financieras, bancarias, industriales, mineras, comerciales, políticas, militares, etc. en la República Dominicana, señala lo siguiente:

“La manera cómo el balance del poder en el Caribe ha regularizado la efectividad de la Doctrina Monroe, puede ser ilustrada observando nuestras relaciones con Santo Domingo después de 1850…”1

Ante esa inveterada mala maña de apabullar a los demás era claro que La Casa Blanca iba a quebrantar de nuevo la soberanía dominicana cuando el 24 de abril de 1965 fuerzas constitucionalistas, integradas por militares y civiles, decidieron restablecer la democracia que había sido rota el 25 de septiembre del 1963.

El Dr. Jottin Cury, en sabias y resumidas palabras, describió esa fatalidad septembrina así: “…al grito de acusaciones peregrinas enmarcadas con cañuelas religiosas, fue depuesto el gobierno democrático de Bosch…”2

En la entrega anterior describí someramente detalles de la incursión que hicieron tropas norteamericanas en la ciudad de Santo Domingo en el 1904, así como la larga ocupación que comenzó en el 1916 y se prolongó por 8 largos años. Ahora comentaré algunos aspectos de la invasión de 1965.

Nunca antes en América Latina los gringos habían tenido una resistencia tan aguerrida como ocurrió aquí la última vez que mancharon con sus botas la soberanía nacional.

En los sucesos bélicos de 1965 el sociólogo y teólogo cubano José A. Moreno estuvo presente en las zonas de combate, desde el principio hasta el final. Eso le permitió escribir su libro titulado El pueblo en armas (Revolución en Santo Domingo).

Hizo un formidable recuento de aquel hecho histórico, resaltando el patriotismo de los rebeldes. Concluyó diciendo lo que ocurrió, pero dejando pistas claras de que el campo de batalla no fue un paseo como pensaron los invasores:

“Protegiendo el viejo orden y rodeando a las fuerzas rebeldes en un pequeño sector de la ciudad, los Estados Unidos lograron detener el proceso revolucionario.”3

La lucha armada había comenzado entre los dominicanos el 24 de abril  del 1965, por motivos internos. El inicio formal fue el apresamiento del jefe del Ejército, general Marcos Rivera Cuesta, por parte del capitán Mario Peña Taveras, así como  la alocución radial del líder político José Francisco Peña Gómez informando al pueblo que soldados patriotas se habían sublevado para restaurar en el poder a Juan Bosch, quien había sido derrocado el 25 de septiembre de 1963.

Así las cosas surgieron cientos de combatientes civiles y militares que rápidamente se organizaron para convertir en realidad lo que desde hacía meses se estaba gestando entre bambalinas, en pro de devolverle al pueblo sus derechos democráticos.

Está demostrado, con pruebas incontrovertibles, que a 4 días de iniciarse los enfrentamientos armados las fuerzas constitucionalistas tenían la guerra ganada, a pesar de que los contrarios gozaban de un mayor poderío de fuego y tenían la asesoría del Grupo Consultivo de Asistencia Militar que opera permanentemente en la embajada de los EE.UU.

Una prueba contundente de que el pueblo en armas se encaminaba a un sonoro triunfo la señala Piero Gleijeses, catedrático italiano experto en política exterior de los EE.UU., en su ensayo titulado La Revolución de Abril, al describir el ambiente que había en el país el 28 de abril del 1965:

“Los soldados de Wessin estaban cansados y asustados; muchos habían desertado. En Santo Domingo, Caamaño y Montes Arache reorganizaban las fuerzas rebeldes; en San Isidro cundía el pánico.”4

Por esa poderosa verdad el 28 de abril del 1965 los Estados Unidos volvieron a invadir militarmente el país. Para consumar ese hecho nefasto, y tratar de justificar nuevamente la aplicación de la Doctrina Monroe y el llamado Destino Manifiesto, usaron cabriolas semánticas con mentiras en cascada.

El presidente Lindon B. Johnson, en una intervención radial y televisiva, anunció así la invasión de 1965 al país: “Acabo de tener  una reunión con los dirigentes  del Congreso. Les he informado de la grave situación en la República Dominicana…He ordenado al secretario de Defensa que desembarque las tropas de los Estados Unidos necesarias…”

Johnson hablando y al mismo tiempo cayendo sobre tierra dominicana marines estadounidenses que llegaron a sumar decenas de miles.

Sin que el gobernante de origen texano lo mencionara tenía en su poder, para resguardo de la posteridad, dos solicitudes clamando auxilio armado. Una de su embajador aquí William Tapley Bennett y otra  del coronel dominicano Pedro Bartolomé Benoit Vanderhorst, cabeza de una junta militar anti democrática que desde el 27 de abril de 1965 operaba en la Base Aérea de San Isidro, orquestada por los mismos norteamericanos.

A parte de Bennett otros personeros estadounidenses que tuvieron sobre el terreno en la crisis dominicana, como leones rampantes, con las garras en posición de ataque, fueron John Bartlow Martin, Mc George Bundy, Thomas C. Mann, Bruce Palmer, Harry Shlaudemann y el poco mencionado William B. Connett, quien en ausencia del embajador titular movía los hilos en las primeras horas de la guerra de abril de 1965.

El 7 de mayo de 1965 los jefes invasores decidieron crear un autodenominado  Gobierno de Reconstrucción Nacional, al frente del cual colocaron al general Antonio Imbert Barrera.

En materia institucional esa junta cívico-militar era un embeleco que se usó para diferentes fines, como la llamada Operación Limpieza que comenzó 6 días después, masacrando en la parte norte de la ciudad de Santo Domingo a un número grande de personas inermes.

En el plano local unos pocos dominicanos, cuyos nombres están ubicados en un lugar nada deseable en la historia, se prestaron para actuar, en clave antipatriótica, como especie de taloneros en los trágicos hechos desatados por la susodicha ocupación militar de los EE.UU.

Esos aludidos personajes hicieron el desdichado papel de lo que en el lenguaje de La Casa Blanca (valga la metonimia) denominan “quisling”, para referirse a los extranjeros genuflexos a sus dictados.

En el ámbito internacional los EUA, para aparentar que eran sólo parte de una coalición internacional de países e instituciones que trataban de “salvar la democracia dominicana”, involucraron  en los hechos descritos a la desacreditada OEA y a países controlados por gobernantes entreguistas, quienes actuaron como mamparas.

La realidad era que ese poderoso país controlaba desde el principio todo lo referente a la invasión contra el pueblo dominicano.

El famoso periodista  polaco Tad Szulc, corresponsal de guerra del periódico New York Times, no podía revelarlo más claro cuando escribió el siguiente párrafo, en su libro titulado Diario de la Guerra de Abril de 1965:

“El 3 de septiembre de 1965-tres meses después de la partida de Bundy de Santo Domingo- se estableció un gobierno provisional, encabezado por el Presidente García Godoy. Esta solución temporal, llevada a la práctica por la OEA, pero impuesta en realidad por los Estados Unidos, siguió en grado considerable las ideas que Bundy propuso poner en obra…”5  

Lo que en el 1965 se hizo contra la soberanía dominicana ha sido objeto de paralelismo con hechos similares ocurridos en otros lugares del mundo, con la participación de otras potencias que han atacado a países débiles.

Robert K. Furtak, catedrático de la universidad alemana de Freiburg y gran experto en política internacional, por ejemplo, al analizar las relaciones de desigualdad y dependencia entre los Estados, con potencias mundiales atropellando a naciones pequeñas, se refirió al uso de la doctrina Monroe en el país, en el 1965, haciendo un símil de dos invasiones igual de abominables: “La intervención de Estados Unidos en la República Dominicana (1965) y la intervención soviética en Checoslovaquia (1968).”6

La verdad de los hechos se mantiene firme: Las fuerzas constitucionalistas luchaban por devolver la democracia arrebatada con el golpe de Estado del 25 de septiembre de 1963. La contraparte extranjera y criolla, en cambio, tenía como objetivo impedir la libre determinación de los dominicanos.

Un amplio catálogo de libros, artículos y ensayos permite conocer la parte visible de lo que entonces ocurrió en el país. Esa es la historia.

Pero el conocimiento de aquellos hechos se completa con la intrahistoria, de factura unamuniana, que ayuda a conocer los tejemanejes que en contra de la libertad de la República Dominicana hicieron en el año 1965 fuerzas foráneas coaligadas con sirvientes locales.

Bibliografía:

1-Los americanos en Santo Domingo. Editora de Santo Domingo, 1980. Melvyn M. Knight.

2-Caamaño frente a la OEA. Editora Búho, 2007.Pp14 y 15.

3- El pueblo en armas (Revolución en Santo Domingo).Cuarta edición, 2015. Editora Búho.P340.José A. Moreno.

4-Historia general del pueblo dominicano. Tomo VI. ADH. Editora Búho, 2018.P152.

5-Diario de la guerra de abril de 1965.ADH.Editora Búho, 2015.P360. Tad Szulc.

6-Las funciones y las consecuencias de las doctrinas Monroe y Brezhnev.Foro internacional.Vol.16.No.3, 1976.Pp327-349. Robert K. Furtak.

sábado, 13 de noviembre de 2021

LA DOCTRINA MONROE III

 

               LA DOCTRINA MONROE III

 

                           POR  TEÓFILO LAPPOT ROBLES

 

El caso dominicano

 

Muchos países de América Latina han sido víctimas de la voracidad solapada contenida en la Doctrina Monroe.

En nombre de dicha doctrina y del Destino Manifiesto han sido muchos los abusos perpetrados contra los pueblos de esta zona del mundo.

Una de las tácticas empleadas por los EE.UU., cuando van hacer uso de la Doctrina Monroe, es desatar previamente una propaganda ensañosa contra su víctima de turno. Otra es lograr el favor de  una parte de los líderes locales a través de canonjías y otros beneficios particulares, así como el reparto de migajas para embobar pueblos y hacerlos cautivos de sus intereses.

Ambos mecanismos de signo imperial han estado presentes en América Latina y el Caribe, especialmente con el uso de las botas militares, desde el gran despojo de  casi la mitad del territorio de México en el 1845, hasta la invasión de Panamá en el 1989.

Pero el caso de la República Dominicana, por diversos motivos, adquiere alto relieve en esa cadena ignominiosa de arbitrariedades. Los hechos trágicos de 1904, 1916 y 1965 son manchas indelebles que llevan el sello del coloso del norte.

Un vistazo al pasado permite comprobar que en el 1854, hace ahora 167 años, se intentó aplicar la referida doctrina por primera vez en el Caribe, y específicamente en la República Dominicana.

Los EUA pretendieron entonces apoderarse de la Bahía de Samaná, mediante artificios seudolegales. Querían hacer de esa parte del nordeste dominicano una estación naval y otras muchas cosas. Avancé algo al respecto en la segunda parte de esta breve serie.

Entre los papeles con membrete oficial que trajo al país en el 1853 el general William Cazneau, en calidad de Comisionado Plenipotenciario de los Estados Unidos, había uno firmado por el Secretario de Estado  de dicho país, William Marcy, condicionando con exigencia vejatoria el reconocimiento de la independencia dominicana.

Así de cruda era la dicha nota: “…el más poderoso incentivo…es la adquisición de las ventajas que los Estados Unidos esperan derivar de la posesión y control de una porción del territorio en la Bahía de Samaná…”1

El pago sería una renta anual que “no deberá exceder de dos o tres cientos dólares”, tal y como consta en documentos oficiales generados en ese intento de despojo, afortunadamente abortado.

En eso estuvieron involucrados el presidente dominicano Pedro Santana, el presidente de los EE.UU. Franklin Pierce,  el referido  Secretario de Estado de ese país William Marcy y el citado William Cazneau, un tristemente célebre aventurero que había sido designado el 2 de  noviembre de 1853 para representar en el país al gobierno norteamericano. Su condición de hombre sin escrúpulos figura bien descrita por Sumner Welles en su obra La Viña de Naboth.

Ese hecho, enmarcado en la Doctrina Monroe y en el mentado Destino Manifiesto, estuvo a punto de cuajar, lo cual hubiera sido una desgracia para el pueblo dominicano.

El entusiasmo de Cazneau era tan grande, ante la posibilidad de hacer múltiples negocios  en la República Dominicana que arrojarían pingües beneficios para él, sus socios y su país, que en su informe del 23 de enero de 1854 ponía en aviso al gobierno que representaba con estas palabras:

“Quizás no haya país en el mundo con tantos recursos minerales y agrícolas como éste, entre los cuales se pueden contar el café, el cacao, la caoba, las maderas tintóreas y otros artículos que no se producen en los Estados Unidos.”2

Ante el abejoneo en torno a entregar la Bahía de Samaná a los EUA se desató un gran movimiento de protesta que inicialmente encabezaron los señores Robert H. Schomburgk, cónsul de Inglaterra; P. Darasse y M. Raybaud, cónsules de Francia;  y Juan Abril y Eduardo Saint-Just representantes de España.

Hay que señalar que en aquella etapa crucial del entonces joven Estado Dominicano los imperios de  Francia e Inglaterra utilizaron barcos de guerra, que se desplazaron en zafarrancho de combate por puntos claves del litoral marino dominicano.

El primero en llegar fue el buque inglés llamado La Devastación. Francia envió, entre otras  embarcaciones de guerra, La Penélope, una fragata dotada con 40 cañones.

Hay que resaltar que dichas potencias europeas actuaron así sólo motivadas por sus respectivos intereses. No por otra cosa.

La gestión del citado enviado estadounidense fue un fracaso. Ante los obstáculos encontrados, Cazneau, Santana y otros decidieron modificar un primer documento de negocio, con el cual se habían regodeado.

Por la repulsa que causó excluyeron del mismo el tema de la Bahía de Samaná. De todas maneras el Congreso de la República Dominicana no aceptó  el aludido acuerdo en la forma presentada por los interesados.

Al contrario, lo que se aprobó fue una contundente enmienda que pulverizaba las pretensiones de los EUA, lo cual causó un gran disgusto al referido comisionado plenipotenciario, a sus valedores, así como a Santana.

Pedro Mir, en su obra Raíces dominicanas de la Doctrina Monroe, señala que: “Esta enmienda era la derrota aplastante de Cazneau, quien sabía que una semejante cláusula sería automáticamente rechazada por el Congreso norteamericano…”3

En ese rechazo jugaron un papel clave muchos dominicanos que se opusieron al cercenamiento de una parte del territorio nacional. Por su patriotismo sufrieron pena de muerte, destierro o confinamiento.

Santana, en represalia contra los patriotas que contrariaron los deseos suyos y de sus socios, instaló un tribunal espurio que actuó como se decía antes “a verdad sabida y buena fe guardada.” Es decir, sin formulismo legal, de manera sumaria, sin garantías para los procesados.

Como una continuación de los efectos nefastos de la Doctrina Monroe hay que decir que desde noviembre de 1903 el país vivía una lucha política entre horacistas y jimenistas, que desembocó en enfrentamientos armados, en lo que se conoce en la historia dominicana como la guerra de la Desunión. Los EE.UU., sin ningún derecho, decidieron intervenir para consolidar en el poder “a uno de los suyos.”

 El 11 de febrero de 1904 los cruceros estadounidenses Newark, Columbia y Olimpia bombardearon el país por el lugar entonces llamado Pajarito, hoy Villa Duarte. Cientos de soldados hicieron tierra durante 72 horas e impusieron la continuidad presidencial de Carlos Morales Languasco.

Así también hay que señalar que en el 1916 la República Dominicana fue invadida por miles de soldados norteamericanos. Dicha ocupación duró 8 largos años. El control del aparato productivo, el manejo de los impuestos y las finanzas nacionales se prolongaría por un tiempo mucho mayor.

El presidente estadounidense Thomas Wodroow Wilson fue quien ordenó dicha invasión. El 6 de enero de 1916 ese mandatario pronunció un discurso en el cual decía que la Doctrina Monroe sólo exigía que los gobiernos europeos no extendieran sus sistemas políticos “allende el Atlántico.”

Sin embargo, apenas cuatro meses después (15 de mayo de 1916) ya el contraalmirante William Banks Caperton y el diplomático William  W. Russell tenían bajo control militar a la República Dominicana.

El 29 de noviembre del referido año el jefe supremo de los invasores, el susodicho gobernante Thomas Woodrow Wilson, declaró oficial el ilícito estado de ocupación del país, ordenando de manera simultánea un golpe de estado contra el digno presidente dominicano Francisco Henríquez y Carvajal y la inmediata designación de un entorchado marino de nombre Harry Shepard Knapp como gobernador militar.

Mucho se ha escrito sobre esa ocupación. No abundaré ahora sobre esa afrenta contra el pueblo dominicano, que motivó la repulsa universal. Sólo citaré a un ilustre caribeño cuya bibliografía es poco conocida aquí.

Me refiero al historiador cubano Emilio Roig de Leuchsenring, quien al relatar en el año 1921 el hecho probado de que en el transcurso del tiempo la Doctrina Monroe había servido para justificar intromisiones de los EE.UU. en países latinoamericanos, con “actos de ocupación, de intervención y de conquista”, citó el caso dominicano:

“Santo Domingo ocupado militarmente, desde 1916, so pretexto de posibles e inciertas violaciones de un tratado.”4 

 

Bibliografía:

1-Papeles del Secretario de Estado No.21.USA. William Learned Marcy.1853-1857.

2-Primer informe de Cazneau al Secretario de Estado Marcy. Sto.Dgo. 23 enero 1854.

3-Raíces dominicanas de la Doctrina Monroe. Editora Taller,1974.Pp39-45. Pedro Mir.

4- La Doctrina de Monroe y el pacto de la liga de las naciones. Imprenta el Siglo XX, 2da. edición, 1921. P17.Emilio Roig de Leuchesenring. 

 

 

domingo, 7 de noviembre de 2021

LA DOCTRINA MONROE II

 

LA DOCTRINA MONROE II

 

POR TEÓFILO LAPPOT ROBLES

 

El primer tropiezo diplomático de la Doctrina Monroe ocurrió en la República Dominicana, en el 1854, con motivo de múltiples maniobras estadounidenses para apoderarse de la Bahía de Samaná.

En dicha fecha Francia protestó ante el gobierno de los EE.UU. por  el trapicheo que hacía en el país el conocido muñidor William Cazneau.

Hay que precisar que Cazneau fue una figura siniestra que llegó a ser general en los dramáticos acontecimientos de Texas, donde también se dedicó al comercio y a la política. Llegó aquí como agente especial de su país en el 1853, bajo el padrinazgo de James Buchanan, quien 4 años después se convirtió en el décimo quinto presidente de los Estados Unidos de Norteamérica.

El historiador Dexter Perkins, uno de los mayores escudriñadores de aquel instrumento imperial, escribió en uno de sus ensayos que esa fue “la primera protesta diplomática basada en los postulados de la Doctrina Monroe.”

Antes y después de esos aludidos hechos de Samaná algunos caudillos políticos y militares, así como otros actores de la vida pública de América Latina, creyeron  que la Doctrina Monroe era la salvación para los países de esta parte de la tierra.

Esa errónea e ingenua visión, que revela la falta de conceptos criteriosos de que padecían, quedó registrada en informes oficiales, en crónicas, artículos, comunicaciones privadas, así como en los más diversos comentarios laudatorios a la misma.

Ellos pensaron, por los motivos que fueran, que la indicada doctrina era un instrumento de compenetración y de solidaridad continental entre todos los pueblos de América.

No llegaban a comprender las múltiples interpretaciones que en cada caso permitía su sibilino y ambiguo texto, el cual siempre se ha aplicado en beneficio de los intereses de los EE.UU.

Muchas décadas después de la divulgación de la Doctrina Monroe incluso el laborioso historiador  y político dominicano José Gabriel García presentaba ciertos niveles de confusión. Al parecer el padre de la historiografía nacional no estaba convencido de los alcances perniciosos de la misma.

En un ensayo titulado “Nuevas coincidencias históricas”, publicado en el 1892, al tratar el tema de la ocupación por invasores estadounidenses de la isla Alto Velo,  entonces rica en guano que los dichos usurpadores se llevaron por toneladas hacia el puerto de Boston, García escribió con indulgencia extrema, lo siguiente:

“Empero, como la idea política de la absorción de la América española, a que ha dado origen una mala interpretación de la doctrina de Monroe, vive muriendo y resucitando en los Estados Unidos, según que son más o menos liberales los principios de los hombres que se suceden en el poder…”1

La verdad es que dicha doctrina fue ideada para que los Estados Unidos de Norteamérica sojuzgaran a sus vecinos latinoamericanos y caribeños en términos geográficos, políticos, militares, económicos y culturales. Su objetivo esencial era  justificar, a través de sofismas y mentiras abiertas, las acciones de un imperio entonces en expansión, sin importar conceptos ideológicos, con o sin matices.

La puesta en práctica de la Doctrina Monroe ha sido siempre para imponer la fuerza del poderoso país del norte sobre la soberanía y la dignidad de los pueblos  débiles de América Latina, profanando de ese modo el altar del Derecho Internacional, cuyas bases filosóficas se remontan a los sabios de la antiquísima Mesopotamia, siguiendo con Confucio y Buda, hasta adquirir los perfiles de la Edad Contemporánea con las reflexiones del fraile dominico y escritor español Francisco de Vitoria y del jurista y escritor holandés Hugo Grocio.

Cuando comenzaron los primeros zarpazos contra México y otros países latinoamericanos y caribeños, con la susodicha doctrina como escudo, todavía el guatemalteco nacido en Honduras Augusto Monterroso Bonilla no había escrito su cuento de fama mundial: “Cuando despertó, el dinosaurio todavía estaba allí.”  La verdad es que un imperio siempre crea con sus movimientos la sensación avasallante que se le atribuye a ese saurio de la prehistoria.

Es importante señalar que los ideólogos de la Doctrina Monroe no pudieron de arrancada confundir a todos. Unos cuantos captaron tempranamente la finalidad real que se ocultaba en su texto.  

A mi juicio el que con más fina puntería intelectual comprendió desde Europa los alcances de la misma fue George Canning, a la sazón ministro de asuntos exteriores de Gran Bretaña.

Para tratar de debilitar la aplicación de la susodicha doctrina creada por Monroe, Adams y otros líderes estadounidenses de la época, el mencionado político y abogado inglés planteó que Inglaterra reconociera, a la altura de 1824, la independencia de los países que en América Latina ya se habían quitado de encima el yugo de España, así como acercarse en plan de amistad y negocios al entonces Imperio de Brasil, presidido por Pedro I.

En el 1825 Canning, quien luego fue primer ministro del Reino Unido de Gran Bretaña e Irlanda, recibió como el primer diplomático latinoamericano en Europa al representante de la Gran Colombia. Con eso aseguró el comercio con los nuevos Estados de América Latina, redujo el poder ya menguado de España y lanzaba una advertencia a EE.UU.

El reino de Gran Bretaña estableció una normativa de respeto a la independencia de los países latinoamericanos y de igualdad en sus vínculos económicos y diplomáticos.

Vale decir que no todo fue color de rosa en dichas relaciones. Hubo ocasiones en que las presiones de la llamada Pérfida Albión se hicieron presentes en países de América Latina que estaban en mora con sus pagos o por otras variadas razones. Esa presión fue más notoria a partir de 1830, con la denominada “diplomacia de cañonera.”

A más de 20 años de haber sido lanzada la Doctrina Monroe parecía que había sido olvidada, hasta que llegó a la presidencia estadounidense James K. Polk, quien  en su mensaje al Congreso, el 2 de diciembre de 1845, la mencionó y fue el primero que la aplicó en firme.

El presidente Polk invadió México e impuso el 2 de febrero de 1848 el Tratado de Guadalupe Hidalgo, mediante el cual anexó a su país gran parte del territorio vecino: Texas, Utah, California, Nuevo México, Nevada y una fracción amplia de Kansas, Wyoming y Oklahoma se convirtieron desde entonces en el gigantesco suroeste estodounidense.

Con otro tipo de acciones, pero siempre bajo la divisa de un supuesto designio celestial en favor de los EE.UU.,  el Reino Unido quedó fuera de la parte que tenía en la zona de Oregón, entre el Océano Pacífico y las Montañas Rocosas.

Aquellos despojos territoriales se hicieron invocando la Doctrina Monroe y el llamado Destino Manifiesto. Esos dramáticos hechos pasaron a la historia de los EE.UU. como la era del filibusterismo, en la cual surgieron personajes siniestros que hacen parte de un pasado de crueldad y de bandolerismo.

Bibliografía:

1-Obras completas.Vol.3.Impresora Amigo del Hogar,2016.P354.José Gabriel García.