domingo, 10 de julio de 2022

LILÍS Y MOYA, ELECCIONES, ANÉCDOTAS

 

                               LILÍS Y MOYA, ELECCIONES, ANÉCDOTAS

                                      POR TEÓFILO LAPPOT ROBLES

En los tres últimos lustros del siglo 19 la ciudad de Santo Domingo era como un enorme cangilón que recibía envueltos en la neblina de la política criolla hechos extraños e insólitos, con características anecdóticas.

Los días 26, 27 y 28 de junio del 1886 fueron fijadas las elecciones para escoger al próximo presidente de la República. Los principales contendientes eran Ulises Heureaux y Casimiro  N. de Moya.

Uno de esos días, en medio de “alboroto, bandereos, música y cohetes” un fortachón operador político, seguramente vestido con su “ropa mágica de milicia”, acompañado de un perro de cacería y unos cuantos seguidores, se presentó al lugar de votación situado en la calle La Atarazana y allí provocó un mayúsculo incidente paralizando el proceso electoral en la principal ciudad del país.

Las boletas que representaban a Moya tenían impresa la imagen de la Virgen de la Altagracia y las de Heureaux a la Virgen de las Mercedes. Tal vez un caso anecdótico único en el mundo. Una escena surrealista nacida en el corazón de las Antillas.

Fue un uso político malicioso de esas imágenes religiosas. Dicho lo anterior porque esos candidatos no eran cardenales papables aferrados a la virgen de su devoción en un cónclave para elegir a uno de ellos en la triple condición de obispo de Roma, Papa y jefe del Estado Ciudad del Vaticano.

El proceso electoral del año 1886 fue calificado de fraudulento por Moya y sus seguidores, quienes enarbolaban como escudo a la Virgen de  la Altagracia. Esa decisión tuvo implicaciones políticas y militares.

Casimiro N. de Moya y sus partidarios dieron inicio a una guerra civil que produjo cientos de muertos, especialmente en la parte norte del país.

El fracaso de dicha insurrección tuvo múltiples motivos, pero especialmente por lo que consignó en sus reflexiones el acucioso historiador Julio Genaro Campillo Pérez: “el soborno hizo más estragos que las balas…” (Elecciones Dominicanas, edición 1978.)

No era la primera vez que surgían anécdotas políticas en recintos electorales dominicanos. Tampoco sería la última ocasión.

Hay que anotar que para  esa época la capital dominicana parecía adormecida con su abundancia de “almendros de elegantes amplias copas”,  con  guayabos silvestres y frondosos uveros que se desplazaban “hasta las ríspidas malezas de la Punta Torrecilla”, como así la describía desde su celda de preso político, empinado en una “silla de sabina y majagua”, en la cárcel Torre del Homenaje, Antonio Portocarrero, el personaje principal de la novela La Sangre, de Tulio M. Cestero.

REY LUIS XIV (Anécdotas)

                                                                  REY LUIS XIV

                                                     (Anécdotas)

                                POR TEÓFILO LAPPOT ROBLES 

Luis XIV, también conocido como el rey Sol, nació en París el 5 de septiembre de 1638. Fue un Borbón sobresaliente, perteneciente a la dinastía de los Capetos.

De manera nominal fue titular hereditario de la Corona francesa desde el 14 de mayo de 1643. Tenía 5 años de edad.

Para entonces los que en realidad ejercían el mando en Francia eran su madre Ana de Austria y el cardenal Jules Mazarino, un audaz político y alto clérigo nacido en Los Abruzos, en el centro-sur de Italia, quien no era sacerdote pero recibió aquella dignidad eclesiástica por parte del papa Urbano VIII para complacer al rey francés Luis XIII.

A pesar de que Mazarino al morir el 9 de marzo de 1661 dejó su enorme fortuna a Luis XIV (luego transferida por este a los herederos de aquel), lo cierto es que  cuando un palaciego le informó que dicho cardenal acababa de “entregar su alma a Dios”, el rey Sol soltó esta perla:

“-¿Estay seguro de que Dios la ha aceptado?” 

El nombre de pila del heredero del mencionado rey Luis XIII era Luis Diosdado de Borbón. La ceremonia formal de su coronación fue en el 1654.

Luis XIV llevó consigo el máximo de los símbolos reales hasta su muerte, ocurrida el primero de septiembre de 1715, momento en el cual un cortesano suyo produjo una anécdota cuyo mensaje no dejaba duda de su poder absoluto: “Si se ha muerto el Rey Sol ya se puede creer en todo.”

Gran parte de los 72 años, 3 meses y 18 días en que Luis XIV fue rey desempeñó el mando como un monarca absoluto. Era un hombre de acción. En Europa  fue parte protagónica de 3 guerras.

Pocos en la historia patentizaron como él eso que el eminente profesor francés Marc Abélés definió en uno de sus ensayos de antropología política como “las gramáticas del poder…las prácticas que conforman la esfera de lo público.”

En eso de imponer su voluntad sin miramientos el rey Luis XIV ha tenido una legión de imitadores en todo el mundo.

Su manera de gobernar lo llevó a pronunciar una frase de trascendencia política y de alto relieve anecdótico, que se ha quedado desde hace casi 3 siglos flotando en los salones de mando de los palacios de gobiernos que en el mundo hay.

Es oportuno señalar aquí que en el siglo 17 una de las principales misiones del parlamento francés era analizar, con facultad de modificar y anular, las decisiones ordenadas por el monarca de turno.

Un día el rey Luis XIV abandonó provisionalmente la práctica de la cinegética, que realizaba en uno de sus cotos en la zona de Vincennes, y con su indumentaria de cacería se presentó en París para enfrentar con tono airado a los parlamentarios que acababan de rechazar una de sus decisiones de Estado.

En la sede del congreso proclamó con voz firme que desde ese momento quedaba eliminada la facultad de los legisladores para cuestionar sus disposiciones. Esa orden creó un cataclismo político en Francia.

Con tacto, prudencia y valentía el presidente del parlamento le dijo al llamado rey Sol que el papel principal de ese órgano elaborador, reformador y aprobador de leyes era trabajar por el bien del Estado.

La contundente y anecdótica respuesta del rey Luis XIV fue la siguiente: “-El Estado soy yo.”

Algunos historiadores han cuestionado la autoría de esa frase. Se la atribuyen a enemigos de ese soberano, pero si se analiza el talante de dicho personaje se puede afirmar que ella pudo haber salido de su boca.

Esa expresión quedó en el anecdotario político mundial como la máxima demostración del absolutismo. Cientos de gobernantes han actuado bajo la cubierta de la misma, eliminando en sus respectivos pueblos el derecho a disentir.

Tal vez esa jaculatoria monárquica sirvió de algún modo como inspiración al filósofo y ensayista francés Charles-Louis de Secondat, barón de Montesquieu,  para escribir sobre la importancia de la separación de poderes y la monarquía constitucional, que es en sí la esencia de su clásica obra El espíritu de las leyes, publicada en el 1748; vale decir 33 años después de la muerte de aquel gobernante absolutista que ordenó construir el fastuoso y célebre Palacio de Versalles.

FÉLIX MARÍA DEL MONTE (Anécdotas)


 

FÉLIX MARÍA DEL MONTE

(Anécdotas)

 POR TEÓFILO LAPPOT ROBLES


Uno de los trinitarios más prominentes fue el poeta, dramaturgo, periodista y jurista Félix María del Monte.

Se le considera la principal figura literaria de la entidad secreta que sirvió de cuna a la independencia dominicana. En su paso por la vida pública nacional dejó un amplio anecdotario.

Fue el autor del primer himno nacional, el cual se mantuvo como tal hasta el 17 de agosto de 1883, fecha en que se interpretó por primera vez el que compusieron Emilio Prud’Homme y José Reyes.

Algunos de sus poemas dramáticos, como el titulado Las Vírgenes de Galindo, han servido de inspiración para obras clásicas de la literatura criolla.

Fue el primer abogado titulado que tuvo el país, por resolución dictada por la Suprema Corte de Justicia el 11 de agosto de 1845.

En esa condición sobresalió por su gran capacidad jurídica, demostrada en defensas tan conocidas como las que hizo en favor del prócer Antonio Duvergé y el general Santiago Pérez, entre muchas otras.

Fue ministro de Relaciones Exteriores, de Interior y Policía, de Hacienda y Comercio, de Guerra y Marina, etc. Siempre se ha resaltado su honradez en los elevados cargos públicos que desempeñó.

Fue arrestado por un hecho con carácter de anécdota cuando era ministro interino de Guerra y Marina, en el gobierno llamado de los Seis Años, encabezado por Buenaventura Báez.

Esa acción anecdótica se produjo cuando él se presentó al portón frontal de la Fortaleza Ozama, entonces la mayor guarnición militar del país, para tener allí un encuentro con el gobernador de la para ese tiempo provincia de Santo Domingo, que no era la misma de ahora.

El patriota independentista Félix María del Monte llegó de primero a dicho recinto militar. Cuando el centinela y el oficial de servicio le dieron el alto de rigor y él se identificó con su alto cargo gubernamental le pidieron el “santo y seña” para dejarlo ingresar. Su contesta fue que se le había olvidado.

Ese formulismo de reconocimiento es usual en la milicia, por cuestiones de seguridad. Ese olvido, aunque el aludido oficial sabía la personalidad de que se trataba, provocó su arresto de inmediato.

Cuando llegó al lugar convenido el gobernador Damián Báez, y le recordó a del Monte la clave que le habían solicitado, el arresto quedó sin efecto. Ambos pudieron celebrar su reunión nocturna.

Otra anécdota protagonizada por Félix María del Monte se produjo en su propia casa, a la cual un mal día llegó sin previo aviso el general Manuel Ventana, considerado un fanfarrón de aquellos tiempos.

Dicho individuo soltó algunos dichos para que le franquearan la entrada, los cuales llegaron a oídos de del Monte, quien salió a su encuentro con ánimo resuelto.

Cuando ambos se miraron cara a cara el inoportuno visitante le dijo con voz estentórea: -¡Yo soy Manuel Ventana!

Como el general Ventana tenía fama de ser lo que popularmente se conoce como “un perdonavidas” pensó que iba a impresionar con su fama de engreído al poeta del Monte. Lo que recibió, por el contrario, fue una tremenda reprimenda.

En lenguaje dominicano se puede decir que Félix María del Monte repajiló al referido general Ventana con esta anecdótica respuesta: “-¡Pues yo soy la Puerta Otomana!”, en clara referencia a uno de los símbolos del poder del antiguo Imperio otomano.

MACABÓN, GOBERNADOR DE SAMANÁ

 

MACABÓN, GOBERNADOR DE SAMANÁ


POR TEÓFILO LAPPOT ROBLES


El general Moisés Alejandro Anderson, mejor conocido como Macabón, comenzó su vida pública como jefe de una pequeña embarcación comercial que realizaba viajes de cabotaje en el Atlántico y el Caribe dominicanos.

En esa chalupa prestó valiosos servicios de apoyo logístico a los patriotas que ganaron la Guerra de Restauración, llevándoles mensajes, alimentos y armas en el trayecto marítimo que cubre desde la bahía de Manzanillo hasta la península de Samaná.

En esas labores corría un gran riesgo porque la costa norte del país estaba entonces vigilada por barcos y espías españoles que se movían desde Cuba, Puerto Rico y otros territorios insulares cercanos.

Para esa época Macabón era un treintañero en quien latía un sentimiento de amor a la tierra que acogió a sus padres y abuelos llegados de los sureños campos cañeros y algodoneros de Virginia, Georgia, Alabama y Luisiana, en los EE.UU.

Cuando Ulises Heureaux, alias Lilís, llevaba varios años encaramado en el poder decidió nombrar a Macabón como gobernador de Samaná, transformándose este en un eficiente administrador de la represión gubernamental.

En ese alto cargo, que abarcaba gran parte del nordeste dominicano, fue tan despiadado como su jefe. Tuvo un comportamiento muy diferente a sus hermanos Elías, Carlos y Jeremías Anderson, quienes no comulgaban con sus abusos.

Algunas de las anécdotas con filo político ocurridas en la pesada dictadura lilisista salieron de la mente retorcida y el accionar público siniestro de Macabón.

Al poco tiempo de su dicha designación lanzó de manera teatral unos planazos en una rústica mesa que le servía de escritorio, y alzando la voz sentenció con su particular sintaxis ajena a las reglas del idioma castellano, (“un patuá picaresco”) que en Samaná él era “ley, batuta y constitución.”

Cuando algún enemigo del régimen era llevado a su presencia decía con un deleite macabro: “Pirata y náufrago es la misma cosa”. De inmediato tronaba, con su típica grosería, con esta orden funesta: ¡“fusílenlo!”

Acostumbraba a decir en forma burlona que las elecciones eran libres, y que cada cual votaba por quien quisiera. Sin embargo, al mismo tiempo, tornando los ojos y moviendo la mandíbula, proclamaba en forma amenazante: “Pero ay del que no vote por el general Lilís...”

Ese general Macabón fue el mismo que en una ocasión envió a Santo Domingo a decenas de infelices mozalbetes ganapanes, desdichados hijos del arroyo, capturados en veredas y callejones del territorio peninsular de Samaná, para que sirvieran como soldados del ejército particular del presidente Heureaux.

Confió la custodia de los mismos a su ayudante de campo, portador ante el sátrapa Lilís de este un mensaje anecdótico: “Ahí le envío esos voluntarios, devuélvame la soga.”

Macabón era muy diferente a otro samanés también lilisista llamado Peter Van der Horst, cuya decencia, hombría de bien y alto sentido de la responsabilidad fue motivo para  que se le tronchara su carrera de legislador.

Como anécdota vale decir que relatos de antaño revelan que Peter Van der Horts se trasladaba a pie desde Samaná hasta Santo Domingo para cumplir con su deber como congresista.

Al discutirse en el congreso una propuesta presidencial para subir los impuestos Van der Horts votó en contra. De inmediato Lilís lo encaró advirtiéndole con palabras absurdas que ese era un deseo colectivo (“el reloj público” alegaba)  y que por eso el pueblo de Samaná no lo reelegiría como su representante en las próximas elecciones.

Demás está decir que Lilís usó sus conocidas marrullerías para que el honrado y valiente Peter Van der Horts perdiera su escaño congresual.

 

TIBURÓN, UN PRESIDENTE DE CUBA

 

TIBURÓN, UN PRESIDENTE DE CUBA


POR TEÓFILO LAPPOT ROBLES


José Miguel Gómez y Gómez fue un valiente líder militar. Muy joven llegó al alto grado de mayor general en el Ejército Libertador de Cuba, bajo el mando supremo del general en jefe Máximo Gómez Báez, ilustre dominicano.

El 28 de enero de 1909 tomó posesión como el segundo presidente de la mayor isla antillana. Durante su mandato ocurrieron hechos que mancharon la dignidad patriótica que había alcanzado el nativo de la provincia Sancti Spiritus.

Se envileció personalmente con la corrupción, y también propició que sus más cercanos colaboradores se enriquecieran a costa de los bienes públicos. Además, su gobierno fue represivo.

Al presidente Gómez se le apodó Tiburón, por su codicia expresada en una ambición desmedida de acumular fortuna personal sustrayendo el dinero del Estado cubano.

Sus más cercanos seguidores (la llamada “pandilla de Gómez”) lo defendían con un pragmatismo carente de sentido ético. Decían: “-¡Tiburón se baña pero salpica…!” Algo así como que él robaba, pero dejaba que los suyos también robaran.

Habiendo sido él un mambí sobresaliente olvidó la consigna enarbolada por José Martí, como resumen de la lucha de hombres y mujeres que en la manigua cubana sacrificaron la tranquilidad del hogar, sus medios de sustento y muchos hasta perdieron la vida, enfrentando a poderosos ocupantes: “Una República con todos y para el bien de todos.”

A parte de la mega corrupción, uno de los hechos que marcaron su mandato presidencial fue la masacre contra miles de negros y mestizos integrantes del Partido Independiente de Color, quienes luchaban por sus derechos sociales y políticos.

Dicho lo anterior al margen de que el periodista cubano-colombiano José Pardo Llada lo definiera, en un libro de memorias cubanas, como un guajiro generoso y simpático. (Yo me acuerdo.P.227).

En febrero de 1917 Tiburón dirigió un movimiento armado contra su sucesor, el conservador Mario García Menocal.

Esa acción armada fue llamada “el alzamiento de la chambelona”, pues los combatientes fieles a Tiburón entraban a los pueblos al ritmo de esa conga popular cubana.

Fracasó en su intento de derrocar al presidente García Menocal, quien también fue mayor general, llegando a ser jefe del quinto Cuerpo del Ejército Libertador de Cuba, al final de la tercera guerra de independencia de ese país (1895-1898). Tenía entonces 32 años de edad.

En el  referido conflicto de política interna entre alias Tiburón y García Menocal este tuvo el apoyo del presidente estadounidense Woodrow Wilson, el mismo personaje que en el 1916 ordenó invadir la República Dominicana.

El poeta cubano Nicolás Guillén revela en sus memorias que siendo niño en Camagüey, su ciudad natal, aprovechó una visita del presidente Gómez para decirle: “¡Viva Tiburón!”, recibiendo como respuesta de dicho gobernante lo siguiente: “Niño, Tiburón me dicen mis enemigos, yo soy el general Gómez.”(Páginas Revueltas).

GENERAL ODRÍA, UN DICTADOR DEL PERÚ

                                 GENERAL ODRÍA, UN DICTADOR DEL PERÚ

                                         POR TEÓFILO LAPPOT ROBLES

El general Manuel A. Odría fue un duro militar de Perú, descendiente de vascos, italianos y franceses. Se subió al poder en el 1948, luego de derrocar al presidente constitucional José Luis Bustamante Rivero, un jurista y escritor arequipeño de gran integridad moral.

El régimen represivo de Odría se mantuvo durante 8 años (“el ochenio”). Fue una calamidad para Perú.

Esparció el terror en el llano, en la costa, en los pueblos de las montañas, collados y cañadas andinas y hasta en caseríos de la amazonía peruana.

La corrupción del general Odría, y su círculo más cercano, así como la capacidad de producir anécdotas con sabor político, parecían no tener límites.

Mientras tenía un estado de terror colectivo el dictador Odría convirtió el palacio de gobierno, también llamado Casa de Pizarro, en una especie de licorería. Allí eran frecuentes las fiestas con gran libación de vinos y licores extranjeros así como el pisco peruano, una bebida famosa hecha a base de diferentes cepas de uvas.

Supo combinar, como elementos contrapuestos, el rigor militar que imprimió a su gobierno de fuerza con el hedonismo que se vivía puertas adentro de la casa presidencial. Sin duda que Odría fue en eso de los placeres un discípulo aventajado del griego Aristipo de Cirene, el viejo.

Se deleitaba con las marchas militares, pero también con merengue, son, guaracha,  danzón y la variada música típica de las montañas andinas del centro del Perú, zona de donde era oriundo.

En el anecdotario peruano hay cientos de páginas sobre el derroche de fiestas (incluido el besamanos) que auspiciaban por cualquier motivo “el general de la alegría” (como  irónicamente apodaban a Odría) y su esposa María Delgado.

Una de las anécdotas más famosas sobre dicho personaje se refiere a su inmensa y extraña suerte para que le “regalaran” inmuebles, mientras ejercía con puño de hierro el mando del Perú.

Varias fueron las casas y haciendas que ingresaron a su patrimonio inmobiliario por presuntas donaciones, entre ellas el célebre Fundo Odría, un inmenso cortijo lleno de frutales.

En la novela Conversación en la Catedral Mario Vargas Llosas hace una radiografía no completa del dictador Odría, describiendo sus hechos violentos y también sus chascarrillos. Presenta, además, un amplio anecdotario del represor Alejandro Esparza Zañurta (Cayo Mierda en esa obra), uno de los hombres fuertes de aquel régimen.

 

 

 

ANÉCDOTAS POLITICAS DE AQUÍ Y DE ALLÁ (4)

 

ANÉCDOTAS POLITICAS DE AQUÍ Y DE ALLÁ (4)

 

POR TEÓFILO LAPPOT ROBLES

 

General Macabón

El general Moisés Alejandro Anderson, mejor conocido como Macabón, comenzó su vida pública como jefe de una pequeña embarcación comercial que realizaba viajes de cabotaje en el Atlántico y el Caribe dominicanos.

En esa chalupa prestó valiosos servicios de apoyo logístico a los patriotas que ganaron la Guerra de Restauración, llevándoles mensajes, alimentos y armas en el trayecto marítimo que cubre desde la bahía de Manzanillo hasta la península de Samaná.

En esas labores corría un gran riesgo porque la costa norte del país estaba entonces vigilada por barcos y espías españoles que se movían desde Cuba, Puerto Rico y otros territorios insulares cercanos.

Para esa época Macabón era un treintañero en quien latía un sentimiento de amor a la tierra que acogió a sus padres y abuelos llegados de los sureños campos cañeros y algodoneros de Virginia, Georgia, Alabama y Luisiana, en los EE.UU.

Cuando Ulises Heureaux, alias Lilís, llevaba varios años encaramado en el poder decidió nombrar a Macabón como gobernador de Samaná, transformándose este en un eficiente administrador de la represión gubernamental.

En ese alto cargo, que abarcaba gran parte del nordeste dominicano, fue tan despiadado como su jefe. Tuvo un comportamiento muy diferente a sus hermanos Elías, Carlos y Jeremías Anderson, quienes no comulgaban con sus abusos.

Algunas de las anécdotas con filo político ocurridas en la pesada dictadura lilisista salieron de la mente retorcida y el accionar público siniestro de Macabón.

Al poco tiempo de su dicha designación lanzó de manera teatral unos planazos en una rústica mesa que le servía de escritorio, y alzando la voz sentenció con su particular sintaxis ajena a las reglas del idioma castellano, (“un patuá picaresco”) que en Samaná él era “ley, batuta y constitución.”

Cuando algún enemigo del régimen era llevado a su presencia decía con un deleite macabro: “Pirata y náufrago es la misma cosa”. De inmediato tronaba, con su típica grosería, con esta orden funesta: ¡“fusílenlo!”

Acostumbraba a decir en forma burlona que las elecciones eran libres, y que cada cual votaba por quien quisiera. Sin embargo, al mismo tiempo, tornando los ojos y moviendo la mandíbula, proclamaba en forma amenazante: “Pero ay del que no vote por el general Lilís...”

Ese general Macabón fue el mismo que en una ocasión envió a Santo Domingo a decenas de infelices mozalbetes ganapanes, desdichados hijos del arroyo, capturados en veredas y callejones del territorio peninsular de Samaná, para que sirvieran como soldados del ejército particular del presidente Heureaux.

Confió la custodia de los mismos a su ayudante de campo, portador ante el sátrapa Lilís de este un mensaje anecdótico: “Ahí le envío esos voluntarios, devuélvame la soga.”

Macabón era muy diferente a otro samanés también lilisista llamado Peter Van der Horst, cuya decencia, hombría de bien y alto sentido de la responsabilidad fue motivo para  que se le tronchara su carrera de legislador.

Como anécdota vale decir que relatos de antaño revelan que Peter Van der Horts se trasladaba a pie desde Samaná hasta Santo Domingo para cumplir con su deber como congresista.

Al discutirse en el congreso una propuesta presidencial para subir los impuestos Van der Horts votó en contra. De inmediato Lilís lo encaró advirtiéndole con palabras absurdas que ese era un deseo colectivo (“el reloj público” alegaba)  y que por eso el pueblo de Samaná no lo reelegiría como su representante en las próximas elecciones.

Demás está decir que Lilís usó sus conocidas marrullerías para que el honrado y valiente Peter Van der Horts perdiera su escaño congresual.

 

Tiburón, Cuba

José Miguel Gómez y Gómez fue un valiente líder militar. Muy joven llegó al alto grado de mayor general en el Ejército Libertador de Cuba, bajo el mando supremo del general en jefe Máximo Gómez Báez, ilustre dominicano.

El 28 de enero de 1909 tomó posesión como el segundo presidente de la mayor isla antillana. Durante su mandato ocurrieron hechos que mancharon la dignidad patriótica que había alcanzado el nativo de la provincia Sancti Spiritus.

Se envileció personalmente con la corrupción, y también propició que sus más cercanos colaboradores se enriquecieran a costa de los bienes públicos. Además, su gobierno fue represivo.

Al presidente Gómez se le apodó Tiburón, por su codicia expresada en una ambición desmedida de acumular fortuna personal sustrayendo el dinero del Estado cubano.

Sus más cercanos seguidores (la llamada “pandilla de Gómez”) lo defendían con un pragmatismo carente de sentido ético. Decían: “-¡Tiburón se baña pero salpica…!” Algo así como que él robaba, pero dejaba que los suyos también robaran.

Habiendo sido él un mambí sobresaliente olvidó la consigna enarbolada por José Martí, como resumen de la lucha de hombres y mujeres que en la manigua cubana sacrificaron la tranquilidad del hogar, sus medios de sustento y muchos hasta perdieron la vida, enfrentando a poderosos ocupantes: “Una República con todos y para el bien de todos.”

A parte de la mega corrupción, uno de los hechos que marcaron su mandato presidencial fue la masacre contra miles de negros y mestizos integrantes del Partido Independiente de Color, quienes luchaban por sus derechos sociales y políticos.

Dicho lo anterior al margen de que el periodista cubano-colombiano José Pardo Llada lo definiera, en un libro de memorias cubanas, como un guajiro generoso y simpático. (Yo me acuerdo.P.227).

En febrero de 1917 Tiburón dirigió un movimiento armado contra su sucesor, el conservador Mario García Menocal.

Esa acción armada fue llamada “el alzamiento de la chambelona”, pues los combatientes fieles a Tiburón entraban a los pueblos al ritmo de esa conga popular cubana.

Fracasó en su intento de derrocar al presidente García Menocal, quien también fue mayor general, llegando a ser jefe del quinto Cuerpo del Ejército Libertador de Cuba, al final de la tercera guerra de independencia de ese país (1895-1898). Tenía entonces 32 años de edad.

En el  referido conflicto de política interna entre alias Tiburón y García Menocal este tuvo el apoyo del presidente estadounidense Woodrow Wilson, el mismo personaje que en el 1916 ordenó invadir la República Dominicana.

El poeta cubano Nicolás Guillén revela en sus memorias que siendo niño en Camagüey, su ciudad natal, aprovechó una visita del presidente Gómez para decirle: “¡Viva Tiburón!”, recibiendo como respuesta de dicho gobernante lo siguiente: “Niño, Tiburón me dicen mis enemigos, yo soy el general Gómez.”(Páginas Revueltas).

El peruano Odría

El general Manuel A. Odría fue un duro militar de Perú, descendiente de vascos, italianos y franceses. Se subió al poder en el 1948, luego de derrocar al presidente constitucional José Luis Bustamante Rivero, un jurista y escritor arequipeño de gran integridad moral.

El régimen represivo de Odría se mantuvo durante 8 años (“el ochenio”). Fue una calamidad para Perú.

Esparció el terror en el llano, en la costa, en los pueblos de las montañas, collados y cañadas andinas y hasta en caseríos de la amazonía peruana.

La corrupción del general Odría, y su círculo más cercano, así como la capacidad de producir anécdotas con sabor político, parecían no tener límites.

Mientras tenía un estado de terror colectivo el dictador Odría convirtió el palacio de gobierno, también llamado Casa de Pizarro, en una especie de licorería. Allí eran frecuentes las fiestas con gran libación de vinos y licores extranjeros así como el pisco peruano, una bebida famosa hecha a base de diferentes cepas de uvas.

Supo combinar, como elementos contrapuestos, el rigor militar que imprimió a su gobierno de fuerza con el hedonismo que se vivía puertas adentro de la casa presidencial. Sin duda que Odría fue en eso de los placeres un discípulo aventajado del griego Aristipo de Cirene, el viejo.

Se deleitaba con las marchas militares, pero también con merengue, son, guaracha,  danzón y la variada música típica de las montañas andinas del centro del Perú, zona de donde era oriundo.

En el anecdotario peruano hay cientos de páginas sobre el derroche de fiestas (incluido el besamanos) que auspiciaban por cualquier motivo “el general de la alegría” (como  irónicamente apodaban a Odría) y su esposa María Delgado.

Una de las anécdotas más famosas sobre dicho personaje se refiere a su inmensa y extraña suerte para que le “regalaran” inmuebles, mientras ejercía con puño de hierro el mando del Perú.

Varias fueron las casas y haciendas que ingresaron a su patrimonio inmobiliario por presuntas donaciones, entre ellas el célebre Fundo Odría, un inmenso cortijo lleno de frutales.

En la novela Conversación en la Catedral Mario Vargas Llosas hace una radiografía no completa del dictador Odría, describiendo sus hechos violentos y también sus chascarrillos. Presenta, además, un amplio anecdotario del represor Alejandro Esparza Zañurta (Cayo Mierda en esa obra), uno de los hombres fuertes de aquel régimen.