sábado, 15 de octubre de 2022

OVANDO EN LA HISTORIA DEL CARIBE (3 DE 3)

 

OVANDO EN LA HISTORIA DEL CARIBE (3 DE 3)

 

POR TEÓFILO LAPPOT ROBLES

 

Ahora que se han cumplido 530 años de la llegada de los españoles al llamado Nuevo Mundo, es oportuno decir que Nicolás de Ovando ejecutó en La Española una inicua política de esclavitud de negros e indígenas.

A los indígenas casi los exterminó. Cuando lo destituyeron del gobierno colonial, el 10 de julio de 1509, apenas quedaban aquí 60 mil taínos, la mayoría en condiciones maltrechas y a pie de sepultura.

Al cesar como señor de horca y cuchillo del Virreinato de las Indias, que ejerció con poderes casi ilimitados en los ámbitos políticos, administrativos y militares, se retiró a disfrutar parte de la inmensa fortuna que acumuló con malas artes.

El acelerado proceso de su enriquecimiento contó con el apoyo que indistintamente tuvo de los monarcas Isabel I de Castilla, Fernando II de Aragón y V de Castilla y nominalmente de Juana I de Castilla, alias la Loca.

El señor comendador Ovando se hizo acompañar en ese viaje de retorno a su país de quien fuera el alcalde mayor de la ciudad de Santo Domingo durante su gestión como mandamás colonial, el salmantino Alonso de Maldonado, así como de otros de sus amigos y subalternos.

El aragonés Miguel de Pasamonte, entonces recién nombrado tesorero de La Española, se apoderó de la mayor parte de los bienes inmobiliarios y semovientes que tenía aquí Ovando.

Pasamonte pudo adueñarse de esas propiedades de Ovando porque gozó del apoyo de personeros del citado rey Fernando II, entre ellos el influyente obispo zamorano Juan Rodríguez de Fonseca, considerado el primer impulsador de las prácticas colonizadoras de España en esta parte del mundo.

Ese mismo monarca le envió al nuevo gobernador colonial, Diego Colón, una carta de presentación a favor de Pasamonte, en la cual le decía que lo tenía “por muy buena persona y de buena consideración, y por muy cierto y leal servidor.”

Pero en estas breves notas es importante señalar que las obras materiales de Ovando no pueden ocultar sus crímenes ni su memoria puede justificarse detrás de sofismas como el romance del poeta español Manuel José Quintana Lorenzo, quien sin ninguna consideración ética escribió: “Que no se es cruel si se nace en tiempo que importa serlo.”

Nicolás de Ovando se inclinaba hacia la perversidad. Muchos de sus hechos avalan ese criterio. No se trata de una leyenda negra en su contra, como han pretendido hacer creer algunos falsificadores de la verdad histórica.

Está demostrado que Ovando gestionó que se hiciera institucional el reparto de indios en favor de los españoles (la encomienda), para lo cual fue complacido por la reina Isabel la Católica mediante una Real provisión firmada el 20 de diciembre de 1503.

El historiador mexicano Fernando Benítez, al referirse a esa labor del gobernador colonial, puntualizó lo siguiente: “Ovando aterrorizaba a los indios. Los repartía entre los españoles y al que más oro o comida obtenía le daba más esclavos; a los que rendían poco, les quitaba la encomienda.”(1992: ¿Qué celebramos, qué lamentamos? P.54)

También logró de Isabel la Católica la autorización para que trajeran aquí a miles de esclavos negros, con unas especificaciones que luego fueron reveladas por el bellaco funcionario colonial (juez de residencia, etc.) Alonso de Zuazo, en una carta fechada en enero de 1518.

Valga la digresión para decir que la reina referida está en proceso de beatificación desde 1958. En el 1974 fue declarada “sierva de Dios.”

Ovando forma parte destacada de la galería de los personajes más siniestros de la era colonial española en América. Les hace compañía, entre muchos otros, a Francisco de Galay y Juan de Esquivel (Jamaica); Alvar Núñez Cabeza de Vaca (Paraguay), Diego Velázquez (Cuba), Juan Ponce de León (Puerto Rico), Francisco Pizarro (Perú), Hernán Cortés (México), Alonso de Ojeda (Venezuela), Pedrarias Dávila (istmo de Panamá); todos responsables de masacres de personas por lo común vulnerables.

Abundan las crónicas del pasado sobre las acciones de Ovando, las cuales permiten ubicarlo con prominencia en dicha nómina de infames.

Bartolomé de las Casas, uno de sus acompañantes en el viaje de 1502, (estuvo durante un tiempo a su servicio) y quien vivió durante 8 años en la isla que ocupan la República Dominicana y Haití, escribió al referirse a la matanza de Jaragua, que:

“…el ejército de Ovando, con lanzas, espadas y mosquetes, se lanzó sobre la multitud indefensa, al mismo tiempo que le ponían fuego a la cabaña.”

Sobre el horror de los crímenes perpetrados en el cacicazgo de Higüey, incluyendo el ahorcamiento de la cacica Higuanamá, el referido cronista colonial consignó con la sintaxis de la época lo siguiente: “…yo vide quemar vivas y despedazar o atormentar por diversas y nuevas maneras de muerte o tormentos y hacer esclavos todos los que a vida tomaron.” (Brevísima relación de la destrucción de las Indias. Bartolomé de las Casas.)

Contra Ovando se abrió aquí un Juicio de Residencia, luego de estar morando en España. Para ello el rey Fernando II emitió una cédula real en la ciudad de Valladolid, fechada el 15 de noviembre de 1509.

En un ensayo titulado El pleito Ovando-Tapia, publicado en el 1978, el historiador Emilio Rodríguez Demorizi hace una amplia descripción de ese sonado caso de la jurisprudencia colonial.

El resumen de ese litigio es que Ovando le confiscó al comerciante español Cristóbal Tapia un amplio terreno con vista a la ría del Ozama, sobre el cual construyó un edificio para la llamada Casa de Contratación. La sentencia, dictada el 23 de enero de 1510, fue a favor de Tapia. En ese edificio colonial está desde hace décadas el Museo de las Casas Reales.

Compendiando se puede afirmar que la historia del gobernador colonial Nicolás de Ovando tiene de manera abultada un saldo negativo. Sus hechos de gobierno así permiten decirlo en esta breve crónica.

 

 

 

 

sábado, 8 de octubre de 2022

OVANDO EN LA HISTORIA DEL CARIBE (2 DE 3)

 

OVANDO EN LA HISTORIA DEL CARIBE (2 DE 3) 

POR TEÓFILO LAPPOT ROBLES 

El gobernador colonial Nicolás de Ovando (que lo era de la isla Española y de todas las Indias) fue el primero en traer a esta parte del mundo negros esclavos. Lo hizo desde España, en el 1502.

Esos cautivos eran llamados ladinos, por su conocimiento del idioma castellano, además de estar “aculturados y cristianizados.”

Ellos fueron la avanzada de los millones que años después serían traídos desde África a este lado del océano Atlántico.

Posteriormente Ovando refunfuñaba enviando comunicaciones a sus superiores en la metrópoli porque los esclavos negros (que ya eran numerosos) huían a los bosques, en claras expresiones de rebeldía. Alegaba que con eso “enseñaban malas costumbres” a los indios.

Esa desobediencia que causaba alarma a Ovando fue el germen de la primera rebelión formal que hicieron los esclavos negros en la isla Española, en una plantación de caña de Diego Colón; de acuerdo al relato del cronista Gonzalo Fernández de Oviedo en su obra Historia General y Natural de las Indias. 

Al examinar los documentos que existen sobre sus 7 años dirigiendo el gobierno en la isla Española se comprueba que Ovando tenía de sobra herramientas mentales para ordenar crímenes espantosos a mansalva, para la codicia, para favorecer a sus colaboradores más cercanos y también para mantener a raya a los que pudieran ser sus adversarios.

Para abultar su fortuna personal apartaba para sí importantes cantidades de dinero de los tributos de los habitantes bajo su gobierno. También se hizo dueño de casas, solares, hatos ganaderos, trapiches, grandes retales de tierra para cultivos diversos, minas de oro, etc.

En la Recopilación de Leyes de los Reinos de Indias que se hizo en el 1680 se estableció sin ningún rodeo que “el derecho de alcabala pertenece al rey y se manda cobrar en las indias”; pero es evidente que en el caso del gobierno de  Ovando (1502-1509) había facilidades para que él se cebara.

Pero su huella como gobernante también quedó fijada fundando pueblos de un extremo a otro de la isla. A su tarea de constructor se debe, por ejemplo, el perfil arquitectónico de la zona más antigua de la ciudad de Santo Domingo.

La capital dominicana fue originalmente fundada por Bartolomé Colón en la ribera oriental del río Ozama, el 5 de agosto de 1498.

Esa entonces pequeña población estaba formada básicamente por unas decenas de chamizos, pero luego de uno de los acostumbrados ciclones que azotan la zona del Caribe quedó tan maltrecha que un día cualquiera del 1503  Nicolás de Ovando ordenó su traslado al margen occidental de dicho río.

A partir de esa decisión comenzó el proceso de construcción de obras como el hospital san Nicolás de Bari, considerado el primero de América. En fin, la ciudad de Santo Domingo cambió el pobre paisaje arquitectónico que tenía hasta que Ovando arribó a ella el 15 de abril de 1502, en la nao Santa María de la Antigua, al frente de una armada de 32 embarcaciones.

Varios de los edificios cuya construcción fue ordenada por Ovando, con paredes y techos de piedra, aplicando las técnicas de cantería, siguen en pie después de más de 500 años.

Por esa faceta de su vida fue calificado como “el verdadero colonizador y uno de los hombres más extraordinarios que ha pasado por América.”(Historia de la Cultura Dominicana.P.113.Mariano Lebrón Saviñón).

Entre los pueblos que ordenó fundar Ovando cabe mencionar San Juan de la Maguana, Azua, Puerta Plata,  Higüey, Cotuí, El Seibo y San Cristóbal, en el hoy territorio dominicano; así como  Bayajá, Yaguana, Jacmel, Cabo Haitiano, Hincha y Les Cayes, en la parte que ahora es la República de Haití. 

Varios de esos pueblos, llamados por algunos como ovandinos, tenían el mayor movimiento portuario del Caribe insular. Santo Domingo y Puerto Plata eran  los más activos en el siglo XVI.

Tal vez imbuido por esa actitud de hacedor de pueblos que tenía ese férreo gobernante colonial fue que Joaquín Balaguer, en su poema titulado Nicolás de Ovando, lo califica de “titán creador”, “merecedor de una imperial corona”, pero concluye diciendo que toda la gloria que logró al fundar “once ciudades” la mancilló “al llevar a la horca a Anacaona.” En la Isla inocente, otro de sus poemas, dicho autor puntualizó que: “…después Ovando trajo el martirio.”(Obras Selectas. Tomo III.Pp.370 y 641).

Ovando ostentó el título nobiliario de Comendador de Lares de la Orden Militar  de Alcántara. A partir del 20 de agosto de 1502 fue ascendido a Comendador Mayor de la misma.

Cuando murió, con 51 años de edad, fue enterrado como si hubiera sido un santo varón en el convento de San Benito de la ciudad de Alcántara, en su Extremadura natal.

 

OVANDO EN LA HISTORIA DEL CARIBE (1 de 3)

 

OVANDO EN LA HISTORIA DEL CARIBE (1 de 3)

POR TEÓFILO LAPPOT ROBLES

Nicolás de Ovando fue el quinto gobernador general de las Indias. Despachaba los asuntos del gobierno colonial desde la ciudad de Santo Domingo, principal centro poblacional, económico, político, religioso y militar de la isla La Española.

Ese personaje, trascendente en la historia del Caribe insular y más allá, fue designado en dichas funciones mediante un edicto de la Corona española emitido el 3 de septiembre de 1501, en la ciudad de Granada, al sur de España.

Gobernó la segunda isla en extensión del archipiélago caribeño desde el 15 de abril de 1502 hasta el 10 de julio de 1509, cuando fue sustituido por Diego Colón.

Su biografía está llena de detalles interesantes sobre su origen familiar. Nació un día cualquiera del año 1460 en el poblado de Brozas, en una casa con vista al río Salor, uno de los principales afluentes del gran río Tajo, en la provincia de Cáceres, Extremadura.

Muy joven se inclinó por los asuntos militares y religiosos, motivo por el cual ingresó a una de las principales órdenes militares que existían en España, la de Alcántara.

El análisis de los hechos de Ovando como gobernador colonial permite decir que era de mal carácter, despiadado, codicioso y con una visceral inclinación hacia la maldad.

Sus crímenes a mansalva contra miles de indígenas son la más elevada expresión de lo que él fue como autoridad. Actuaba como un déspota.

Dicho lo anterior sabiendo que varias de las biografías edulcoradas sobre él obliteran la sangre de inocentes y resaltan más su faceta de fundador de pueblos y organizador de las estructuras del gobierno colonial, lo cual abordaré en la próxima entrega.

Sustituyó en el referido alto puesto, que colocaría su nombre en la historia de los dos lados del Atlántico, al comendador Francisco de Bobadilla, cuya hermana Beatriz era marquesa de Moya y formaba parte de la corte de la reina Isabel I de Castilla.

Se sabe que Bobadilla, aunque apresó a Cristóbal Colón en el 1500, no tuvo éxito al enfrentar el alzamiento de Francisco Roldán, un rebelde que antes había sido miembro prominente de la corte del rey Fernando, y cuya insurrección tuvo mucho que ver con sus frustradas expectativas de adquirir grandes riquezas.

Roldán, que había sido mayordomo del almirante Colón, incitó a muchos indígenas para que lo acompañaran en el levantamiento que hizo en diferentes puntos de la isla. Eso era inaceptable para la Corona española, por el efecto imitación que provocaría en otros territorios coloniales.

Una de las primeras decisiones de envergadura del gobernador Ovando fue apresar a Roldán y enviarlo de vuelta a España conjuntamente con el ex gobernador Bobadilla. Ambos murieron en días diferentes del mes de julio de 1502, en el canal de La Mona, víctimas de un huracán que azotaba esta zona de América.

 Los cinco cacicazgos en que se dividía la isla llamada por Colón La Española fueron escenarios de espantosos crímenes ordenados por Ovando. Los dos casos más conocidos, por la sevicia, fueron las matanzas de Jaragua e Higüey.

Hizo que en el poblado Jaragua, del cacicazgo de igual nombre, se preparara una fiesta con motivo de su visita. Fue una trampa para asesinar a los indígenas allí congregados.

Al frente de esa siniestra labor designó a su lugarteniente Diego Velásquez. La víctima más conocida de lo que comenzó una tarde de jolgorio fue Anacaona, jefa de aquel cacicazgo, hermana de Bohechío, esposa de Caonabo y tía de Enriquillo, figuras prominentes, como ella, de los taínos.

De la hecatombe de Jaragua pudo escaparse el cacique Guaroa, logrando establecerse en uno de los cerros de la sierra de Bahoruco. Fue acorralado por los españoles. Prefirió suicidarse antes que rendirse, no sin antes cobrar cara su vida, dando de baja a varios de sus perseguidores.

El cacicazgo de Jaragua era el más grande de los cinco en que estaba dividida la isla, a la llegada de los españoles, en el 1492. Su conquista se produjo entre septiembre de 1503 y febrero de 1504. Para lograrlo Ovando empapó de sangre los diversos caseríos distribuidos de un confín a otro del mismo.

El cacicazgo de Higüey, el último bastión de la rebeldía indígena, bajo el mando del cacique Cotubanamá, fue objeto de dos guerras ordenadas por Nicolás de Ovando. Encabezó el grupo de matones el capitán Juan de Esquivel, quien cumplía con gozo criminal las órdenes del principal jefe colonial.

El jurista e historiador higüeyano Amadeo Julián Cedano, en un enjundioso ensayo titulado La conquista de Higüey, en el cual hace acopio de datos bien fundados, señala que la segunda acción sangrienta contra el cacicazgo de Higüey la ordenó Ovando “el verano de 1504…Su duración ha sido estimada en ocho o diez meses, al cabo de los cuales fue apresado Cotubanamá, y ahorcado en la ciudad de Santo Domingo.” (Clío No.182, año 2011.P.30).

Los nativos del cacicazgo de Higüey que pudieron salvarse de las dos guerras ordenadas por Ovando en su contra fueron sometidos a los peores tratos, por seres carentes del más mínimo sentimiento de bondad.

El demógrafo e historiador italiano Massimo Levi Bacci, para citar una voz autorizada que avala lo anterior, señala que: “…la fortaleza de Santo Domingo se construyó con mano de obra originaria de Higüey tras la pacificación del área.”(Los estragos de la conquista: quebranto y declive de los indios de América. Editorial Crítica, Barcelona, 2005).

LOS MONARCAS MÁS LONGEVOS (2 DE 2)

 

LOS MONARCAS MÁS LONGEVOS (2 DE 2) 

POR TEÓFILO LAPPOT ROBLES

Después de los reinados de Luis XIV, en Francia y de Isabel II, en el Reino Unido de Gran Bretaña e Irlanda del Norte, corresponde la tercera escala en longevidad como monarca a Bhumibol, en el Reino de Tailandia.

Gobernó por más de 70 años en un país situado en la parte este del sur de Asia, con una extensión superficial superior a los 500 mil kilómetros cuadrados y con más de 60 millones de habitantes.

Su mandato estuvo bajo la cubierta de una monarquía constitucional parlamentaria, lo que no le impidió aplicar poderes absolutos.

Bhumibol Adulyadej (Rama IX) era tailandés, pero su nacimiento se produjo el 5 de diciembre de 1927 en la ciudad de Cambridge, Massachusetts, EE.UU. donde residían sus padres.

El 9 de junio de 1946, cuando sólo tenía 18 años de edad, sucedió a su hermano, el rey Ananda Mahidol. Tomó el testigo del principal puesto de la casa real de Tailandia  con motivo de la nunca aclarada muerte violenta, en su propio lecho, de su antecesor.

Vivió en Suiza parte de su niñez y adolescencia, lo que influyó en él para llevar un estilo de vida a semejanza de la aristocracia europea, convirtiéndose en un asiático occidentalizado amante de la culinaria transalpina, así como del jazz y de la música clásica, con una notoria inclinación hacia el pizzicato de violín, guitarra y violonchelo.

Los portales informativos que almacenan crónicas sobre el reinado de Bhumibol coinciden en señalar que él era un maestro en el arte de dividir a señores feudales, cúpulas militares, altos burócratas y personeros budistas.

Muchos de esos aludidos sujetos eran o aparentaban ser amigos zalameros del rey, quien a su vez ponía en práctica de manera frecuente y con asombrosa habilidad aquel consejo que seguro aprendió del filósofo, abogado e historiador francés Voltaire: “Señor, protégeme de mis amigos, que de mis enemigos me protejo yo mismo.”

En todas las decisiones de alta política ocurridas durante su largo ejercicio del poder supremo él quedaba como árbitro al cual los demás veían como su áncora de salvación.

El periodista inglés Jonathan Head escribió, como colofón de un amplio reportaje sobre Tailandia, que Bhumibol era “una figura de influencia y capaz de traer calma.”

Lo cierto es que aquella era una calma chicha, para mejor decirlo con visual atmosférica, pues detrás de la neutralización de los individuos que él suponía que podían derrocarlo había vientos huracanados y olas encrespadas que sólo Bhumibol controlaba. Lo hacía con la tranquilidad de un jinete experto al cruzar un vado.

En varias de las biografías de Bhumibol se resalta como un punto común que en los primeros años de su reinado puso énfasis en difundir la moral contenida en las milenarias normas del budismo tailandés.

Con eso logró que la mayoría de sus súbditos lo calificaran como un gobernante altruista, modesto y de recto proceder. Por ese juego de ajedrez político no perdió el tren y se quedó en el trono hasta morir, ya longevo.

En realidad Bhumibol practicaba para sí y los suyos el epicureísmo, con el placer material como eje central, con un derroche de lujos que se sufragaban con los elevados ingresos obtenidos del vasallaje y también con sus múltiples inversiones en todos los renglones de la entonces pujante economía tailandesa. Los jugosos contratos que se firmaron durante su largo reinado eran generalmente leoninos.

El reinado de Bhumibol abarcó desde el arriba referido 9 de junio de 1946 hasta el día de su muerte, ocurrida el 13 de octubre del 2016. En consecuencia, estuvo en el solio tailandés 70 años, 4 meses y 4 días.

En esa larga etapa ocurrieron en Tailandia varios golpes militares, crímenes en masa, (por ejemplo, el 6 de octubre de 1976 hubo una hecatombe contra jóvenes estudiantes), robo de los bienes públicos y todo tipo de abusos contra una población atemorizada por leyes que hacían intocables al rey y su familia.

Mantuvo también una permanente maquinaria propagandística, tan efectiva que fijó en el pueblo llano la idea de que el rey estaba ajeno al origen de los males que como plaga de langostas siguen acogotando hoy a los tailandeses.

Durante su largo reinado se fomentó en ese país una sociedad cargada de sordidez y miseria. A pesar de que en el curso de décadas Tailandia fue uno de los motores económicos de Asia.

Una elocuente radiografía de lo anterior se comprueba en uno de los capítulos (desarrollado en la capital de Tailandia) de la novela policíaca titulada Los Pájaros de Bangkok, autoría del escritor español Manuel Vásquez Montalbán.

Bhumibol, vale reiterarlo, tuvo una participación tope en las principales actividades económicas, políticas, militares, sociales y religiosas del referido país. Acumuló una fortuna calculada en decenas de miles de millones de dólares, según varios reportajes que forman parte de las colecciones de Forbes y Bloomberg, medios especializados en finanzas mundiales.

sábado, 17 de septiembre de 2022

LOS MONARCAS MÁS LONGEVOS (1 de 2)

 

LOS MONARCAS MÁS LONGEVOS (1 de 2)

POR TEÓFILO LAPPOT ROBLES

Antes de las revoluciones democráticas del siglo 18, envueltas en convulsiones políticas, sociales y económicas, la institución de la monarquía era el régimen político predominante en varios países de Europa, algunos de Asia, pequeños territorios insulares del Pacífico  y en tribus de África. Hubo hasta reyes y emperadores de opereta.

En este siglo 21 las monarquías son rémoras del pasado. Pocos países las mantienen, generalmente atendiendo a supuestos motivos de política interna.

Hoy generalmente las funciones de algunos reyes y emperadores son protocolares y simbólicas, puesto que están enmarcadas en lo que en derecho constitucional se denomina monarquías parlamentarias.

Son poquísimos los monarcas de hoy que tienen un poder real sobre sus súbditos. Sólo quedan unos pocos con mando directo en pequeños territorios insulares y uno que otro país de esos que viven socialmente en una especie de permanente “hibernación”, tomándole prestada aquí esa palabra a la fisiología.

Lo que antes la antropología definía como creencia primitiva atribuía poderes divinos a los soberanos, primero bajo el supuesto de que eran en sí dioses y luego de que eran enviados de Dios.

Se trataba de una codificación elaborada para mantener alienadas a sociedades como las egipcia, japonesa y china, por ejemplo, que durante siglos sostuvieron que sus etnarcas eran “Hijos del Cielo.”

En eso reconozco el esfuerzo de investigación del historiador francés Albert Mathiez, quien al referirse a la religión como pilar de los poderes  imperiales de antaño concluyó que “era la clave de bóveda de la monarquía.” (Los orígenes de los cultos revolucionarios.)

Por la pertinencia del tema, con motivo del fallecimiento el día 8 de los corrientes de la reina Isabel II, me centro en los motivos del título de estas notas para referirme brevemente a los tres monarcas más longevos registrados por la historia:

El francés Luis XIV, la inglesa Isabel II y el tailandés Bhumibol.

Luis XIV

De los tres personajes arriba mencionados el que más tiempo vivió con el título de rey fue el Borbón Luis XIV, un hombre de acción que emprendió tres guerras para expandir sus dominios imperiales al mismo tiempo que daba protección a escritores, comediantes, escultores y arquitectos que elevaron la cultura del pueblo francés.

Fue el titular del trono de Francia desde que tenía 5 años de edad. También ostentó la condición de monarca de la región de Navarra y  copríncipe de Andorra, un pequeño Estado ubicado entre macizos montañosos que separan a Francia y España.

Nominalmente fue rey desde el 14 de mayo de 1643 hasta su muerte, el primero de septiembre de 1715. La aritmética arroja en su favor un período monárquico de 72 años, 3 meses y 18 días, a pesar de que en ese período tuvo que enfrentar muchos enemigos internos, comenzando por una amplia franja de la nobleza que no comulgaba con sus actitudes de estilo absolutista.

Por más de una década los que en realidad gobernaron al entonces poderoso imperio francés fueron su madre, Ana de Austria, y el cardenal y político italiano Jules Mazarino, un protegido del papa Urbano VIII, quien lo elevó a cardenal sin haber rezado nunca el Ave María.

Los actos protocolares para la coronación de Luis XIV se realizaron en el 1654, con todo el boato parisino; pero todavía faltaban unos años para que él se afianzara como lo que fue, un monarca absoluto, apodado rey Sol, cuya obra de infraestructura principal tal vez fue el palacio de Versalles, un lugar importante en la historia de la humanidad.

La personalidad avasallante del rey Luis XIV quedó demostrada en múltiples ocasiones.

El culmen más elocuente de su condición de déspota quedó grabado cuando en momentos dramáticos para el destino de Francia se definió así mismo, frente a oponentes poderosos y desafiantes, con la contundente expresión: “El Estado soy yo.”

Isabel II

El Reino Unido (Inglaterra, Escocia, Gales e Irlanda del Norte) tuvo a Isabel II como reina durante 70 años y 214 días. Al nacer el 21 de abril de 1926 sus padres la registraron con el nombre de Isabel Alexandra Mary Windsor.

Aunque nació en el seno de la Casa real Windsor ella no figuraba con muchas posibilidades ciertas de ocupar el trono.

Su destino varió cuando tenía 10 años de edad, con motivo de hechos inesperados que cambiaron el curso de la historia de su familia, de su país y de una parte importante del mundo.

El 11 de diciembre de 1936 Eduardo VIII abdicó del trono, prefiriendo disfrutar los encantos femeninos de la señora Wallis Simpson en Bahamas, EE.UU.,  Francia y con interminables paseos por el mar Mediterráneo.

Por esa decisión fue que su hermano Alberto Federico Arturo Jorge se convirtió en el  rey Jorge VI. A él lo sucedió después su hija Isabel II, la nieta del rey Jorge V, quien gustaba llamarla Lilibeth.

La reina recién fallecida llegó a tener también, con el paso del tiempo y los cambios en la geopolítica mundial, la condición de máxima dirigente de la llamada Mancomunidad de Naciones, (Commonwealth) integrada por más de 50 países que antes fueron colonias del reino de Inglaterra.

La aludida Commonwealth es en términos prácticos un hábil artificio de política internacional para proyectar la sensación de que el imperio que hace décadas no es tal siga esparciendo en el imaginario popular la idea de que es la poderosa potencia que fue siglos atrás.

El reinado de Isabel II puede considerarse en realidad como el más longevo de la historia, por lo que indiqué más arriba sobre la regencia que hubo en Francia cuando Luis XIV.

Ella subió al trono el 6 de febrero de 1952, cuando era una joven de 25 años de edad, y cesó en dichas funciones, hace pocos días, cuando falleció a los 96 años, en su castillo de Balmoral, situado en Escocia.

Isabel II fue parte importante de los principales acontecimientos mundiales de la segunda mitad del siglo pasado y de algunos de las dos décadas que lleva este.

Terminó su parábola vital siendo una respetada lideresa con un gran dominio del tablero de la política, lo cual le permitió capear muchos vendavales de su reino e influir en otros lugares del mundo.

A pesar del discreto protagonismo de Isabel II, el famoso poeta y prosista argentino Jorge Luis Borges llegó a escribir que si Inglaterra se convirtiera en una república “no sé si cambiarían mucho las cosas; posiblemente no cambiarían nada. Porque la gente seguiría siendo la misma.”(Siete conversaciones con J.L.B./Fernando Sorrentino, 1973.)

Alfonso Pessoa, un periodista especializado en temas religiosos, reportó desde la agencia noticiosa católica Gaudium Press que la de Isabel II fue “una muerte suave, elegante, tranquila y discreta como fue su vida.”

 

domingo, 11 de septiembre de 2022

PERICLES (2 DE 2)

 

PERICLES (2 DE 2)

POR TEÓFILO LAPPOT ROBLES

 

Pericles fue una persona tan extraordinaria que se le dio su nombre al siglo en que transcurrió su existencia.

Más de veinte siglos después se mantiene esa valoración, en base a sus realizaciones como gobernante.

En su obra La Atenas de Pericles el inglés Cecil Maurice Bowra, especialista en temas de la antigua Grecia, dice en abono a lo anterior que: “Ninguna edad de oro iguala totalmente a la ateniense en la amplitud de su realización o en la categoría sustentada por las obras que las han sobrevivido…”

Más adelante puntualiza el referido profesor de la Universidad de Oxford que: “El impulso conductor de este proceso fue su sistema democrático y las energías que liberó y puso en marcha.”

Eso fue posible porque Pericles, que era un extraordinario estratega político, supo manejar con brillantez los tiempos, y en consonancia con su ideal de grandeza para su pueblo les dio gran importancia a la literatura, la filosofía, a las artes en sus diversas manifestaciones y a todo lo que él consideraba eran los elementos que realzaban a los atenienses.

Aunque después del desastre de los persas en la batalla de Salamina los atenienses se convirtieron en la fuerza dominante en el Mediterráneo oriental, no cabe duda que la llegada al poder de Pericles, diez años después del referido enfrentamiento naval, fue lo que permitió que Atenas, la ciudad-Estado de Ática, se consolidara durante tres décadas en la zona influenciada por los mares Egeo, Mediterráneo y de Creta.

Para lograr esa hazaña económica, militar y cultural Pericles se nutrió en gran parte de los juicios de Temístocles, quien sostenía la conveniencia de hacer de Atenas una potencia naval. Entre ambos convirtieron el puerto de Tireo en el más grande y poderoso de la zona.

Otro personaje que influyó en el pensamiento de Pericles fue Clístenes, quien como legislador impulsó principios de democracia y sentó las bases para eliminar de la vida pública de Atenas todo atisbo de tiranía.

Cabe señalar también a Efialtes, considerado su mentor, asesinado por los oligarcas atenienses. Su  muerte provocó el ascenso al poder de Pericles, quien se mantuvo fiel a los postulados políticos de ese malogrado líder, reivindicando gran parte de sus ideas. 

Siguiendo el ejemplo de sus referidos inspiradores, Pericles amplió las puertas de las libertades individuales, ensanchando el camino de las realizaciones humanas  de los atenienses más humildes.

Gracias a las ejecutorias que como estadista tuvo Pericles fue que Atenas se convirtió en el principal faro de cultura del mundo hasta entonces conocido.

El impacto artístico y el florecimiento del pensamiento de la Atenas de Pericles puede considerarse superior (visto desde el contexto de cada época) al de los Médicis del Renacimiento florentino, y también a lo que realizó Ludovico Sforza, apodado el Moro, duque de Milán, quien le dio esplendor cultural a esa hermosa ciudad del norte de Italia.

Lo que se produjo en Atenas hace más de dos mil años llevó a un poeta y comediante tan quisquilloso y agresivo en sus juicios como fue el griego Eupolis a resaltar de Pericles que: “Poseía ese poder exclusivo de los oradores/de impulsar los corazones de los hombres/ y llevarlos detrás del aguijón.”

Pericles obraba con discernimiento al momento de poner en práctica las pesadas decisiones de gobierno, lo cual no le impedía conectar hechos concretos con metáforas envueltas en conceptos filosóficos.

Prueba de lo anterior fue cuando se refirió a la muerte en combate de muchos jóvenes atenienses: “La ciudad ha perdido a su juventud; es como si el año hubiese perdido su primavera.”

Propicia es la ocasión para decir que antes y después del gobierno encabezado por Pericles el antiguo imperio griego, con Atenas como centro, fue sacudido por una miríada de crímenes de sangre y económicos.

Las tres provechosas décadas que él estuvo al frente del poder ateniense no estuvieron exentas de esa realidad, pero combatió la impunidad mediante el aparato judicial, al cual cada día le daba más preponderancia.

Hace sentido esa apreciación, puesto que muchos expertos en los hechos trascendentales de aquella lejana era coinciden en calificar a Pericles como el primer abogado profesional.

Prueba de lo anterior se verifica en el hecho de que él modificó la regla fijada por el estadista, poeta y legislador Solón en el año 594 a. C. para el funcionamiento de  la principal asamblea (audiencia). Los griegos la llamaban ecclesia.

Para Solón los acusados llevados ante ese tribunal no podían utilizar los servicios de asesores legales, teniendo que ingeniárselas solos o recibiendo cuchicheos de cercanos. Pericles terminó con eso.

La más conocida pasión de amor de Pericles (y al mismo tiempo su mayor sostén político) fue una hermosa e inteligente mujer procedente de la península Anatolia, quien llegó a Atenas cargada de saberes y con la añoranza del mar Negro que baña el norte de su tierra natal.

Aspasia de Mileto se llamaba la dama que influyó mucho en el mandato gubernamental de Pericles.

Sus detractores, sin aportar pruebas, divulgaron en el siglo V a. C. la noticia de que ella era dueña de un centro de prostitución. Otros dijeron que eso era una mentira con categoría de maniobra de politiquería ramplona de los enemigos del poderoso gobernante que compartía lecho con ella.

Dicho lo anterior al margen de que esa astuta mujer, nativa de la que fue la pujante ciudad de Mileto, tal vez tuviera alguna pasión mercantil.

Aunque Pericles fue condenado en un juicio por supuesta corrupción, como indiqué en la entrega anterior, lo cierto es que se trató de una avilantez de sus enemigos, la mayoría de ellos jinetes de baja altura, que usaron  en su contra el filo de la espada de la malicia empapada del veneno del odio.

Muchos textos de historia antigua lo describen como un hombre a quien no lo seducía el interés por acumular riqueza personal. La codicia no era parte de su vida.

Pericles, antes de caer en lecho de muerte por casi dos años, atacado por la peste de Atenas (fiebre, dolores de cabeza, sangrado en lengua y garganta, etc.) encabezó su última actividad bélica dirigiendo centenares de barcos de guerra que se enfrentaron a las poderosas fuerzas navales de Esparta, en la larga y sangrienta guerra del Peloponeso.

Algunos han opinado, siguiendo a pie juntillas los juicios del historiador romano Plutarco, que Pericles abrió esa guerra como un artificio político-militar ante las tenazas que le estaban tendiendo sus adversarios internos para dar al traste con su largo régimen.

Lo cierto fue que Pericles supo sortear muchos vendavales políticos, siempre evitando en lo posible aplicar los resortes de la maldad que se aposentan en los cuartos de mando de todo gobierno. Dejó un amplio repertorio de motivos y hechos que lo colocaron como uno de los más brillantes gobernantes de la humanidad.

Tal vez pensando en él fue que Nicolás Maquiavelo escribió en su clásica obra El Príncipe esta impactante reflexión: “Un príncipe que quiera conservar su autoridad deberá aprender a no ser bueno y usar ese conocimiento, o prescindir de su uso, según las necesidades que se le presenten.”

Cuando Pericles murió bajó al sepulcro en olor de multitud, porque los atenienses le admiraban y respetaban mucho.

 

 

 

 

viernes, 2 de septiembre de 2022

PERICLES (1 DE 2)

 

PERICLES (1 DE 2)

POR TEÓFILO LAPPOT ROBLES

Pericles fue uno de los más renombrados gobernantes de la antigüedad. Cultivó méritos como dirigente político y militar para que su nombre siga concitando interés después de más de dos mil años de su paso por la tierra.

Sobre la persona de ese ateniense fuera de serie comenzaron a tejerse comentarios desde antes de nacer en la parte norte de Atenas, en el siglo V a.C.

Una anécdota famosa decía que su madre, doña Agaristé, había soñado durante su embarazo que iba a parir un león. Así lo señalan, al parecer en son de guasa, los historiadores griegos Heródoto y Plutarco.

Se le decía El olímpico, por su voz estentórea y su ingeniosidad como orador forense y político que deslumbraba a sus oyentes con su retórica.

Pericles fue un impulsor y ejecutante de la democracia en la antigüedad, con sus matices propios, lo cual convirtió a Atenas en la ciudad-estado más importante de su época.

Ejerció su gobierno en el período comprendido entre las guerras médicas (persas y griegos) y la primera del Peloponeso (atenienses-espartanos).

Las tres décadas del gobierno de Pericles fueron la época dorada de Atenas. El declive comenzó con su muerte, con la guerra en fases del Peloponeso y con la peste que diezmó gran parte de su población.

Pericles convirtió a Atenas en una potencia naval, con barcos que navegaban en viajes largos y cortos por los mares Mediterráneo, Egeo y de Creta. Eso le permitió conquistar diversos pueblos que le dieron a esa antiquísima ciudad el perfil de un imperio.

Su memoria, a más de dos mil años de su protagonismo, está colocada en el primer escalón de la historia universal. Tiene todavía admiradores y detractores, por eso no hay consenso en los juicios hacia Pericles.

Entre sus  críticos hay que mencionar al filósofo griego Platón, quien en sus obras de diálogos tituladas Protágoras y Gorgias destiló un enorme desprecio a Pericles, sobre el cual emitió juicios demoledores.

Lo acusó de sólo buscar la supremacía material de Atenas. La realidad, según recoge la historia, es que Pericles hizo florecer la filosofía, la literatura y las artes en todas sus manifestaciones.

Dejó huellas positivas, que luego fueron utilizadas por otros gobernantes, como fue el caso de Cayo Graco, quien cuando realizaba maniobras para vencer los obstáculos que le impedían hacer reformas en beneficio del pueblo romano invocó el nombre de Pericles, al proclamar que lo que buscaba con sus actos era crear “un imperialismo democrático al estilo Pericles.”

Algunos especialistas en la denominada época clásica griega señalan que él no dejó un campo teórico documental, a pesar de sus dotes de gran orador. Sin embargo, el historiador Tucídides, al recrear la Oración Fúnebre, en su obra titulada Historia sobre la Guerra del Peloponeso, señala que en ella Pericles estableció el marco en que se concentraron los elementos esenciales de su gobierno.

El mismo Tucídides lo calificó como “el primer ciudadano de Atenas.” Así lo escribió tomando en cuenta no sólo el poder que tenía sino también por una miríada de cualidades que elevaban su valía como ser humano.

Dicho lo anterior aunque el que está considerado por muchos como el padre de la historiografía científica reconoció que no hizo una recopilación palabra por palabra de las intervenciones orales de Pericles, sino una aproximación general.

Por el contrario, debo consignar que el filósofo, político, orador y escritor romano Marco Tulio Cicerón ponía en duda la esencia misma del grueso de los pensamientos que Tucídides atribuía a Pericles.

Sin embargo, esa recreación de sus piezas oratorias puede calificarse como “el legado retórico de Pericles”, tal y como bien lo escribió en uno de sus ensayos el brillante filólogo y clasicista estadounidense Hervey Yunis, especialista en temas vinculados con la Antigua Grecia.

No hay dudas que Pericles facilitó la movilidad social y resaltó los talentos individuales de su pueblo, además de que  consolidó con aportes sustantivos un estilo de gobierno denominado democracia.

A pesar de que cuando gobernaba había un ambiente de agitación permanente, con pleitos de diversas tonalidades, algunos de ellos producto de la infamia de  calumniadores de oficio, que eran los llamados sicofantes, una de cuyas características distintivas entonces era convertir los juicios en verdaderos espectáculos.

Aristófanes, el gran dramaturgo ateniense, en varias de sus obras teatrales hizo una magistral descripción del dramatismo que se vivía en la ciudad-estado bajo el control de Pericles.

Como toda gran obra tiene sus controversias hay que decir que los cimientos de la democracia perfilada  por Pericles acunaron un cáncer político llamado populismo, que en la sociedad que él dirigía quedó comprobado esencialmente por el comportamiento de dos sobresalientes demagogos: Alcibíades, del cual Pericles fue tutor, y Cleón, uno de sus principales adversarios.

Ese Cleón fue el mismo que actuó como su principal acusador en un juicio por supuestos sobornos al construirse el Partenón. También fueron acusados esa vez su  hábil e influyente mujer Aspasia de Mileto y su amigo Fidias.

La traza histórica de ese juicio permite concluir que el testigo de cargo, un tal Menon, era una marioneta de los enemigos de Pericles, especialmente de los políticos de Esparta que padecían un creciente reconcomio por el esplendor que  rodeaba al poderoso ateniense. A pesar de la brillante defensa que hizo el filósofo Hipias el gran Pericles fue condenado a pagar una elevada multa.

En su ensayo Democracia y Populismo en la Atenas de Pericles, el académico venezolano Francisco Moro Albacete plantea que: “La Democracia ateniense por su parte es, indudablemente, el precedente inspirador de las democracias modernas…Pericles y la democracia ateniense son indisociables tanto en las luces como en las sombras…”

En sintonía con lo anterior es oportuno decir que muchísimo tiempo después de que Pericles impulsara un estilo de gobierno rompedor para su época Winston Churchill, a medio camino del siglo XX, definió la democracia como un sistema político defectuoso, pero menos que todos los demás conocidos.