domingo, 12 de mayo de 2019

MANZANILLO,BAHÍA,PUERTO, PUEBLO DEL NOROESTE DOMINICANO


MANZANILLO:BAHÍA, PUERTO Y PUEBLO DEL NOROESTE DOMINICANO
POR TEÓFILO LAPPOT ROBLES
Manzanillo
Manzanillo es la bahía situada más al noroeste de la República Dominicana. Es una de las cunas del litoral marino nacional, exactamente en el punto donde el río Dajabón vierte con estruendo su agua.
 El puerto de Manzanillo es uno de los de más profundo calado en todo el arco del Caribe insular y su historia es tan amplia como el horizonte marino que se observa desde su pequeño malecón.
Dicha bahía ha sido descrita como hermosa, con aguas tranquilas y profundas, siendo la primera de las costas septentrionales dominicanas. En ella desemboca el río Yaque del Norte, con su caudal de agua y la de sus varios tributarios.
Uno de los primeros geógrafos criollos verificó en sus primarias averiguaciones que a parte de las aguas de la desembocadura del río Dajabón “éntranle también por el Este los ríos Maguaca y Chagüey y los arroyos Macabón y La Gozuela, que desembocan todos por un caño llamado El Estero…Cerca de la boca del Tapión, una de las antiguas bocas del Yaque del Norte, hay un islote llamado Barriga de Vaca….”1
La comunidad formada en ese hermoso entorno, en un recodo colindante con Haití, y en el lado oriental del río Dajabón, también conocido como Masacre, dentro de la provincia Monte Cristi, no sólo es llamada Manzanillo, sino también Puerto Libertador y Pepillo Salcedo, que es su nombre oficial.
Al norte colinda con El Océano Atlántico y el municipio de Monte Cristi. Al Sur se encuentra con su vecina la provincia de Dajabón. Al Oeste roza la aldea haitiana de Ferrier y al Este con el municipio capital de la provincia de la cual forma parte.
Su emplazamiento y su realidad geográfica lo convierten en un pueblo costero y su trilogía de nombres la equiparan, en ese sentido, con la gigantesca y activa ciudad de Estambul, en el euroasiático estrecho de Bósforo, que también ha sido conocida con el paso de los siglos como Bizancio y Constantinopla.
Aunque la historia de Manzanillo se hunde en los meandros de la convulsionada era colonial, el asentamiento formal comenzó a gestarse en los primeros años del siglo diecinueve, tal y como se recoge en numerosos informes estadísticos e históricos que forman parte de nuestro pasado.
Hasta el 1942 era una sección que formaba parte del rosario de áreas rurales del Municipio Montecristi, pero con la llegada a la zona de una empresa agropecuaria extranjera comenzó un acelerado proceso de urbanización que influiría para que Manzanillo fuera elevado de categoría.
En efecto, el 25 de agosto de 1949, previa aprobación del Congreso Nacional, esa población fue llevada a municipio con el nombre de Pepillo Salcedo, en atención a una secuencia de condiciones que hacían válido otorgarle esa condición en la distribución geográfica del país.2
Los pequeños poblados de Santa María, Copey y Carbonera también forman parte de Pepillo Salcedo. Su producción es esencialmente agrícola, con un importante componente pecuario, sobre todo de ganadería caprina. Así como también un elemento económico proveniente de pescados y mariscos.

Donde arranca la frontera con Haití
En ese municipio es donde arranca la línea divisoria que separa a la República Dominicana de Haití, tal y como quedó establecido en el Tratado fronterizo del año 1929. Ese sólo hecho le da una extraordinaria importancia en la geopolítica binacional.3
Pero mucho más atrás en el tiempo, luego de la convención del 25 de agosto de 1773, el acuerdo del 29 de febrero de 1776, firmado en la comunidad de la Atalaya, y el instrumento del 28 de agosto de 1776, las más altas autoridades francesas y españolas decidieron establecer los límites de las dos colonias en que se dividía la isla de Santo Domingo.
En efecto, mediante tratado firmado el 3 de junio de 1777, se dispuso lo siguiente: Artículo 1-Que los límites entre las dos naciones quedarán perpetuas e invariablemente fijados en la desembocadura del río Dajabón o Massacre del lado Norte de la dicha isla y en la desembocadura del río Pedernales o de Anses-a-Pitres del lado Sur…”4
Los mangles de Manzanillo
Aunque gran parte del manglar que antes existía en la zona de Manzanillo ha sido devastada por la impiadosa mano del hombre, todavía quedan pequeñas áreas allí de esos árboles resistentes a las sales y que encuentran su hábitat preferido en zonas donde desembocan ríos.
Formando parte del entorno urbano de esa comunidad se observan manchones de mangle botón y otros, que contribuyen a conservar el medio ambiente tan maltratado por inconscientes de sus efectos favorables.
En la zona hay ejemplares de mangles costeros y  estuarinos, estos últimos más inclinados hacia los humedales de agua dulce.
Los estudios realizados por especialistas en la materia arrojan como resultado que el Municipio Pepillo Salcedo tiene todavía una clasificación importante entre las 55 áreas del país donde se ha detectado la existencia de mangles.5
Manzanillo y el Guardia del Arsenal
Uno de los merengues clásicos del cancionero dominicano es el guardia del Arsenal. Sus letras contagiosas, su mensaje directo y el acoplamiento de tambora, güira y acordeón lo convirtieron en un himno popular que se mantuvo por décadas como preferido en el gusto musical de miles de dominicanos.
Su autor, el inolvidable Luis Díaz, quiso que el protagonista de su fantástica creación literaria naciera en la Bahía de Manzanillo.
Parte de dicha canción dice así: “Yo nací en la Bahía de Manzanillo/(oh, oh, oh). Caribe tengo la voz/Si no fuera porque viviera tan lejos/(oh, oh, oh) te enseñara como soy.”6
Por qué el nombre  de Pepillo Salcedo
Pepillo Salcedo, cuyo nombre real era José Antonio Salcedo Ramírez, es un fascinante héroe y mártir dominicano.
Luchó tenazmente por la consolidación de la Independencia Nacional, participando activamente en varios enfrentamientos contra los invasores haitianos.
Una prueba de las condiciones de Pepillo Salcedo la trasladó a sus escritos el historiador José Gabriel García al describir la batalla de Beller, librada contra los invasores haitianos en el 1855, en la cual el bizarro combatiente fue elevado de capitán  a comandante, en consideración a sus actos épicos.7
Nuestro patricio mayor, Juan Pablo Duarte, se refirió al hombre cuyo nombre lleva ese municipio del Noroeste del país en términos de gran admiración por su reciedumbre moral y su valía como luchador por la libertad del pueblo dominicano: “…Me será lo más grato el hallarme a su lado…Mientras, pues, se me presente la ocasión de presentar a usted mis respetos personalmente y ponerme a sus órdenes…”8
El héroe Benito Monción, por su parte, hizo un relato pormenorizado de su participación en varias de las batallas desarrolladas contra los intrusos vecinos del oeste de la isla y dejó asentado su admiración hacia Pepillo Salcedo, indicando que la patrulla de la que formaba parte, dirigida por éste, fue transformada por órdenes del general Luis Franco Bidó en columna “de quinientos hombres que puso bajo el mando del entonces comandante José Antonio Salcedo, y me agregó a él.”9
Terminadas las tormentosas luchas contra los haitianos el tenaz combatiente que era Pepillo Salcedo se retiró al lugar conocido como Estero Balsa, en la parte Este de Manzanillo, donde por un tiempo ejerció el comercio al tiempo que se mantenía vigilante sobre los destinos del país.
Por los relatos orales que se fueron acumulando en la mente de memoriosos de la zona se conoce que Pepillo Salcedo disfrutaba del ambiente bucólico del lugar, con vista a esa maravilla de la naturaleza que es la aguja vegetal llamada Punta Presidente, la cual recibe los vientos alisios que llegan desde el Oriente atravesando la costa atlántica dominicana.
Hizo de la bahía de Manzanillo su domicilio por un tiempo no precisado por la historia, dejando allí gratos recuerdos que impulsaron muchos años después a que sus moradores influyeran para que a esa comunidad se le denominara con su nombre.
El reposo del guerrero, allí donde estuviere, terminó cuando se produjo la Anexión a España.
Amante de la libertad de su pueblo, no vaciló en ponerse de nuevo los aperos de guerra, brillando en los múltiples escenarios bélicos en que participó en la terrible y sangrienta Guerra Restauradora.
Pepillo Salcedo fue víctima de la inquina de sus enemigos personales que no soportaban la brillantez de sus actuaciones, su extraordinario don de mando y las cualidades que le permitieron ser el primer Presidente de la República ya liberada del yugo anexionista de los españoles.
Al arrancar la Segunda República, luego del grito de Capotillo, Pepillo Salcedo ocupó  por designación el más elevado cargo de la Nación  el 14 de septiembre de 1863, hasta el 10 de octubre de 1864, fatídica fecha en que los mezquinos que nunca faltan lo depusieron utilizando una sarta de mentiras que el tiempo se ha encargado de poner en evidencia. Cinco días después, con 48 años de edad, fue fusilado en el litoral de la bahía de Maimón.
Más que merecido es, en consecuencia, el topónimo de Pepillo Salcedo para el poblado que originalmente se denominaba Manzanillo, conjuntamente con su bahía que mantiene este último nombre.



 Puerto Libertador
Generalmente los nombres de los pueblos tienen una razón de ser. En este caso al municipio Pepillo Salcedo, además de Manzanillo, también se le conoce como Puerto Libertador.
Se le identifica popularmente así tal vez por los acontecimientos de nuestro ayer originados en las facilidades costeras que siempre ha tenido y que han permitido que combatientes dominicanos hayan realizado allí jornadas gloriosas en defensa de la soberanía nacional.
El 26 de octubre de 1845 varios navíos dominicanos formaron un mural defensivo para enfrentar las hostilidades de los entonces enemigos que tenían su centro de operaciones en la ciudad haitiana de Fort Liberté.
Al mando de esa escuadra naval de la incipiente Armada Dominicana estaba Juan Bautista Cambiaso. Este avezado marino formó la trilogía de “Juanes” que organizó la primera flota del país. Los otros dos fueron Juan Bautista Maggiolo y Juan Alejandro Acosta.
Pero también en las costas del hoy municipio Pepillo Salcedo tropas españolas fueron diezmadas, en el 1863, por el fuego liberador de los patriotas dominicanos.
Un clásico narrador de las luchas restauradoras, al referirse a lo que ocurría en la zona comprendida entre Montecristi y Dajabón, con grandes dificultades para los anexionistas que estaban bajo el asedio permanente de los restauradores, anotó lo siguiente:
“Se instalaron máquinas norteamericanas de desalar el agua de mar para evitar la penosa salida diaria de un vapor a la bahía de Manzanillo a hacer agua, lo cual era hostilizado por los patriotas…”10
Ese  puerto no ha estado exento del tráfico de mercancías contrabandeadas. Al parecer el estraperlo (como dicen los españoles) ha sido una constante en su existencia. En una comunicación fechada el 20 de enero de 1868 el Comandante de Armas de Montecristi, General Ezequiel García, le informaba al presidente Buenaventura Báez, entre otras cosas, este detalle:
“Atendiendo a los abusos que se cometen por Estero Balsa (de Manzanillo) respecto de las introducciones de mercancías y exportaciones de los productos del país y como quiera que este es el puerto habilitado y que sólo por este puerto es que se debe efectuar el embarque y desembarque…para evitar las contravenciones que se están cometiendo y se puedan cometer en aquel puerto, ocasionando esto perjuicio al fisco….”, etc.11
La Isla de La Tortuga y la Bahía de Manzanillo
Es pertinente anotar que los acontecimientos que ocurrían en la isla La Tortuga se conectaban con la Bahía de Manzanillo y viceversa. Ese vínculo se producía por encontrarse en coordenadas cercanas; por sus aguas estar infestadas en el siglo diecisiete de bucaneros, filibusteros, corsarios y otras alimañas marinas y por ser ambas parte de la lucha de intereses de las  potencias europeas (Holanda, Francia, España, Inglaterra) que entonces se disputaban la hegemonía  en el vasto Mar Caribe.
Al estudiar la angustiante historia de la isla de La Tortuga, descrita con maestría por Manuel Arturo Peña Batlle, se extrae en varias partes de la misma que, sin mencionar de manera expresa a la bahía de Manzanillo, algunos de los hechos referidos por él se sucedieron en su entorno, incluyendo los resultados derivados de las actuaciones positivas del aragonés Juan Francisco de Montemayor Córdoba, en el gobierno colonial en el 1653, las intrigas del irlandés Juan de Morfa Geraldino; para no hablar de las infamias del bribón Rodrigo Pimentel y las manipulaciones del arzobispo Pío Guadalupe, sin excluir la importancia del luego bautizado como Puerto Libertador cuando el 26 de junio de 1655 se ordenó el abandono de La Tortuga.12
Opinión de un turista extranjero en el 1914
Es importante contrastar el presente con el pasado, para tener un juicio más completo sobre las cosas. Por eso es oportuno acudir a las fuentes que vivieron realidades ya inexistentes.
Acudo, pues, a alguien que pasó hace ahora 105 años por Manzanillo y dejó escritas sus impresiones del lugar. Refiriéndose a río Yaque del Norte el explorador y zoólogo estadounidense Alpheus Hyatt Verrill dijo lo siguiente:
“…desemboca en la Bahía de Manzanillo más allá del muelle. Desafortunadamente, el muelle está infestado de los más nocivos y sanguinarios mosquitos, los que convierten hasta una corta visita a tierra en algo casi insoportable para los extranjeros…”13
Los guineos en la historia de Manzanillo
En el año 1942 se estableció en Montecristi una compañía de capital estadounidense dedicada a la agricultura a gran escala, especialmente de musáceas.
Cientos de miles de tareas de tierra fueron acondicionadas para producir millones de unidades de guineos para la exportación. A su llegada a la zona la segunda guerra mundial estaba atravesando su ecuador.
Esa corporación de negocios, identificada como United Fruit Company, estuvo allí durante dos décadas. Operó también con el sobrenombre de División Berlanga. Dicen que así la llamaron en reconocimiento a un sacerdote de la orden jesuita que introdujo en el país los guineos y plátanos de las islas Canarias, en los tiempos de la Colonia Española.
Esa empresa fue la que le dio perfil de pequeña ciudad al entonces caserío conocido como Manzanillo. Los ejecutivos de la misma ordenaron la construcción de varias decenas de casas (que todavía se conservan) para sus funcionarios. Los diseños de las mismas  se asemejan al estilo de los pequeños pueblos que se pierden en la inmensidad del interior de los Estados Unidos de Norteamérica.
Dicha empresa también fue la responsable de convertir lo que era un simple apostadero en un puerto de calado profundo, capaz de recibir embarcaciones de quillas planas y verticales, con gran capacidad de almacenaje en sus bodegas. El resultado de la producción bananera llegaba a ese puerto por vía férrea.
Mamita Yunai
Es pertinente señalar, para que nadie se llame a engaño, que esa empresa aquí llamada División Berlanga fue denunciada en Centroamérica, por el trato injusto a que sometía a sus trabajadores, el expolio contra los pueblos donde operaba y sus intromisiones en elementos sensibles de la soberanía de los países mesoamericanos donde tenía sus plantaciones, especialmente en Costa Rica.
Mamita Yunai le apodaban. El escritor costarricense Carlos Luis Fallas publicó una novela de amplia denuncia social con ese nombre. Esa empresa transnacional se inmiscuía hasta en política interna de los pueblos. El personaje de ficción Sibajita, co-protagonista de la referida obra, dice muchas cosas, entre otras esta perla: “Salimos. Noche negra y silenciosa. Arriba, ni una estrella. A lo lejos las deformes siluetas de los montes dormidos…Todo en el miserable caserío era monótono y desagradable…”14
El poeta chileno Pablo Neruda le dedica un poema a Calero, uno de los personajes de la citada novela del costarricense Fallas: “No te conozco. En las páginas de fallas leí tu vida, /gigante oscuro, niño golpeado, harapiento errante./…entre los bananeros, en el barro sombrío, la lluvia y el sudor./Qué vida la de los nuestros, qué alegrías segadas.”15
Bibliografía:
1-Geografía Física, Política e Histórica de la isla de Santo Domingo,1915. Pp248-249.Cayetano Armando Rodríguez.
2- Ley 2089. 25 de agosto de 1949.Bloque de Leyes de 1949.
3-Gaceta Oficial del 5 de marzo de 1929.Bloque de Leyes de 1929.
4-Tratado de los límites de las posesiones francesas y españolas, en Santo Domingo, 3 de junio del año 1777.Vaciado en el libro Proceso Histórico Domínico-Haitiano. Publicaciones América,1980.Pp189-191.Carlos Cornielle.
5-Atlas de Biodiversidad y Recursos Naturales de la República Dominicana, 2011.Editado por el Ministerio de Medio Ambiente y Recursos Naturales de la República Dominicana.
6-El guardia del Arsenal. Luis Díaz.
7-Obras Completas. José Gabriel García.Volumen3,pp100 y siguientes. Editora Amigo del Hogar.2016.
8-Carta a Pepillo Salcedo,26 de abril de 1864.Juan Pablo Duarte.
9-Relato militar, Guerra Restauradora. Benito Monción.
10-Historia de la Restauración. Editora Taller, quinta edición, 1987.P224. Pedro M. Archambault.
11-Documentos Presidenciales.Tomo I.(1868-1870).Buenaventura Báez.P53. Compilador Rafael Darío Herrera.
12-La Isla de La Tortuga.Pp154-155 y 196-202.Editora de Santo Domingo,1974. Manuel Arturo Peña Batlle.
13-Los primeros turistas en Santo Domingo.Editora Amigo del Hogar,2011.P152.A. Hyatt Verrill.
14-Mamita Yunai.Edición Popular Cubana. Carlos Luis Fallas.
15-Canto General.Imprenta Salesianos, S.A., 2005. Pablo Neruda.

jueves, 10 de agosto de 2017



RÍO HAINA

POR TEÓFILO LAPPOT ROBLES

A pocos minutos de salir de la ciudad de Santo Domingo se atraviesa el río Haina, otrora un verdadero tesoro ecológico, tanto por su configuración como  por la importancia de la mismidad de su cuerpo de agua y, además, por la hermosa historia que lo acompaña desde antes de que aquí llegaran los colonizadores españoles.
Muchos acontecimientos de nuestra historia ocurrieron en sus riberas y en su estuario. Siendo breve bastaría citar los enfrentamientos que en el    entorno de este río Haina libraron los indios tainos y los conquistadores españoles. Sin olvidar que estos últimos, con el apoyo de lanceros criollos, en quienes ya germinaba lo que luego sería el concepto de dominicanidad,  frustraron en el 1655, en  la cuenca del este cinturón de agua dulce, los deseos imperiales del terrible gobernante inglés Oliverio Cromwell al derrotar de manera convincente (con ruidos o no de cangrejos) a los miles de combatientes que, bajo el mando bicéfalo del general Robert Venables y del almirante William Penn, pretendieron imponer los dominios de “la Pérfida Albión” en el Caribe insular.
Luego serían los españoles, en condición de tropas de ocupación, como resultado de la Anexión, los que sufrirían varias derrotas en ambas riberas de este río. Una de ellas ocurrió la tarde del 28 de julio del 1864, en el entonces llamado paseo de La Angostura, cuando fueron pulverizados por los restauradores dominicanos, al frente de los cuales estaba el coronel Eusebio Evangelista.
El río Haina fue también el lugar donde el temible y tristemente célebre general de origen mallorquín Valeriano Weyler Nicolau tuvo una de sus más sonadas derrotas, llegando él mismo a  proclamar que en este importante curso de agua sufrió “el más difícil momento de su accidentada carrera militar”. Así lo transmite el historiador Alcides García Lluberes en su ensayo Los apuros de Weyler en Santo Domingo, publicado en la revista Clío, en el año 1954.
Más detalles de esa derrota del referido guerrero, quien luego fue premiado con el marquesado de Tenerife, se constatan en la página 423 del libro Hojas de Servicios del Ejército Dominicano, recopilación publicada en el año 1968 por el historiador Emilio Rodríguez Demorizi, quien se nutrió de los asientos del archivo militar de España. 
Al cruzar por encima del río Haina, sobre el puente presidente Troncoso, al observar la ensenada en forma de bolsa formada allí cuando se produce su encuentro con el Mar Caribe, recordé que Jorge Luis Borges, en su clásica obra Historia Universal de la Infamia, dice del Mississippi que “es río de pecho ancho...Es un río de aguas mulatas...”
La asociación vino porque  en la ría que allí se produce, al confluir el Haina con el bravío Mar Caribe, esta  hinchada corriente natural de agua dulce también exhibe con frecuencia una inconfundible turbidez, como la que en muchos tramos presenta el río Mississippi de Norteamérica.
A unos tres kilómetros antes de formarse la ría, con su espectáculo de penetración del líquido marino en la cuenca del río Haina, creando ondulaciones  de agua  salada y salobre, están las ruinas del complejo arquitectónico del ingenio azucarero Engombe, inicialmente llamado Santa Ana, creado en el siglo XVI. Fue uno de los primeros en América. Forma parte de los principales atractivos culturales y ecológicos de esta zona.
 En los alrededores de ese ingenio azucarero todavía quedan algunos yambos coronados de pomarrosa. Es un área protegida desde el 24 de junio de 1993, en virtud de lo que se indica en el Decreto 183-93. El 20 de marzo del año 2002 pasó a formar parte del Parque Mirador del Oeste.
Unos cientos de metros más adelante del  referido puente están los dos puertos de Haina (el oriental y el occidental), por donde entra una gran cantidad de mercadería extranjera para comercializarse en el país, y  por donde se exporta mucha de nuestra producción industrial,  agropecuaria y de diversos géneros de mercancías artesanales de facturación criolla.
 En el pasado remoto, como expresión de un gran tráfico fluvial, con una estiba portuaria muy activa, funcionó en este lugar un sistema de flotas y galeones regenteado por los colonizadores españoles.
Este cuerpo de agua dulce siempre ha sido importante, incluso para fines literarios. El escritor, investigador y erudito escocés Charles Mackenzie escribió en el lejano 1830 una obra titulada Notas sobre Haití, cuya primera edición en español fue publicada aquí en el 2016, correspondiente al catálogo del Archivo General de la Nación. Dicho autor, al refiriéndose al río Haina, dejó esta sorprendente nota: “...Cruzamos en un bote ferry, que corre sobre un cable extendido a través del río. El río es profundo y rápido, con tiburones de un inmenso tamaño retozando sin ninguna restricción”...” (Ver página 214, edición del 2016).
Desde hace varias décadas este gran río está muy contaminado. Su lecho es un depósito no sólo de lodo y limo, sino también de todas las inmundicias que puedan ser imaginadas. Lo peor es que no se observa ninguna iniciativa gubernamental para su rescate y saneamiento. A pesar de que la Ley 164-00, de Recursos Naturales y Medio Ambiente, es  muy clara sobre lo que debe hacerse ante casos como éste. 
Cerca del lado oeste del río Haina  están la dinámica comunidad homónima y también los pobladitos de Barsequillo, La Pared, El Carril y Hatillo.
(Del libro El Suroeste Dominicano, publicado en el 2017)


viernes, 7 de julio de 2017

GENERAL DE DIVISIÓN PEDRO FLORENTINO

     GENERAL DE DIVISIÓN PEDRO FLORENTINO

         Por TEÓFILO LAPPOT ROBLES

Al analizar las múltiples batallas libradas contra los invasores haitianos, luego de la proclamación de la Independencia Nacional, el 27 de febrero de 1844, y la epopeya restauradora del pueblo en armas que culminó con la salida estrepitosa del territorio dominicano de las tropas españolas, mediante fuga negociada entre el 10 y el 25 de julio de 1865, es necesario realizar un aparte sobre el General de División Pedro Florentino.

Es pertinente poner en perspectiva  ese personaje,  primero por la trascendencia de sus acciones de raigambre histórica y segundo para enfrentar el oprobio que contra su memoria lanzaron inmerecidamente sus enemigos y los paniaguados y agüizotes de éstos. La perfidia en su perjuicio viene desde el principio de su accionar en la vida pública nacional.
 El General de División Pedro Florentino adquirió dicho rango, tal y como consta en la Gaceta del Gobierno del 12 de febrero de 1856: “en recompensa de los méritos contraídos en la campaña de 1855 a 1856”. ( Ver página 54, volumen 3, Obras completas de José Gabriel García, publicadas en febrero 2016, por el Archivo General de la Nación).
Sobre Florentino, y en honor a la verdad histórica, hay que decir que fue un combatiente polivalente que usaba con igual destreza el sable, el machete y las armas de fuego; que sacaba de combate de manera definitiva a invasores haitianos y a los anexionistas españoles y criollos, pero también salvaba muchas vidas, incluyendo las de varios de sus muchos enemigos personales, como aquel sujeto que le asesinó a su hijo de nombre Santo Domingo.
Florentino, a la par de ser poseedor de una convincente actitud para el combate, y que acometía al enemigo sin esperar embrazar escudos de protección personal, también estaba dotado de luces suficientes como para preservar la vida de Máximo Gómez y la de Gregorio Luperón, poniendo en el último caso la suya en peligro pues tomó esa histórica decisión contraviniendo una orden presidencial.
Sin duda se trata de un personaje controversial,  muy vilipendiado por algunos historiadores que apertrechados en una apabullante sarta de mentiras lo convirtieron en víctima de muchas calumnias que han llegado al calibre criminal.
Una de esas mentiras monumentales con la que quisieron pulverizarlo se produjo en octubre de 1846, cuando junto al teniente coronel Lino Peralta fue acusado de “traición y sonsaca”. El consejo de guerra de la provincia de Azua, a la sazón funcionando en Las Matas de Farfán, no tuvo otra opción (ante la monstruosidad de la falsedad acusatoria) que descargar al entonces capitán Florentino.
Desde esa lejana fecha contra él se han cebado algunos que interpretan los hechos relevantes del pasado de manera tangencial y con no pocos amaños.
Uno de sus detractores gratuitos es el médico e historiador cubano Benigno Souza Rodríguez quien, al referirse a la acción de guerra ocurrida en el  Baní infestado de anexionistas, tilda la actuación allí del general Florentino así de distorsionada: “Este episodio salvaje y sangriento, fijó la suerte futura de Baní y sus hijos”.( Ver biografía titulada Máximo Gómez, el Generalísimo,pág.29).
Escribidores así forman parte de aquellos a quienes  Francisco Moscoso Pueblo les dedicó en sus Cartas a Evelina estas reveladoras palabras:“!Oh los historiadores! Que afán de relatar, de deformar, de adulterar, de desnaturalizar las acciones humanas...”
Los que así actúan integran un grupo bien compenetrado de habilidosos sofistas que han logrado “convertir en sólidos y fuertes los argumentos más débiles”, como hubo de admitir refiriéndose a los griegos de ese oficio el filósofo Protágoras, quien también era experto en saetear el núcleo de la verdad con el uso de sorprendentes sofismas.
Las acciones del general Pedro Florentino, como las de otros actores de nuestro pasado bélico, no pueden disociarse de una miríada de circunstancias difíciles, y  en algunos casos de espectro difuso, en que se batían en defensa  de  la Independencia Nacional y de la Restauración de la República.
 Lo ocurrido en Baní en septiembre de 1863 es un ejemplo claro de lo anterior. Florentino llegó allí en pleno fragor de los sables y las metrallas. Arribó acompañado, entre otros banilejos, por su secretario particular, Marcos Ezequiel Cabral Figueredo, nacido en ese hermoso pueblo el 10 de abril de 1842, y quien luego sería General de División y Presidente de la República por 17 días. Encontraron allí un caladero de anexionistas criollos que junto con la soldadesca española ponían en peligro la proeza que arrancó en firme con la clarinada del cerro de Capotillo.
Para juzgar las actuaciones de los hombres en el péndulo de ese vaivén que es la vida, especialmente en tiempos convulsos como los son una guerra de liberación, hay que analizar con objetividad las decisiones fuertes, tomando en consideración que ningún guerrero en el fragor de los combates puede dejarse llevar de carantoñas.    
En situaciones  de guerra abierta como en las que se movía Florentino el aspecto expeditivo juega su papel. Especialmente si se sabe que del lado contrario había en el terreno de los hechos más de 20,000 soldados enemigos de origen extranjero, quienes estaban fogueados en muchas batallas, amén de estar fuertemente armados y bien avituallados, distribuidos en batallones de infantería y de marina, compañías de artillerías, pelotones con soldados especialistas en manejo de cañones de alto calibre, escuadrones de lanceros, etc.; así como otros miles de oficiales y soldados criollos que componían la Reserva Dominicana, integrada por elementos clasificados como activos y pasivos al servicio de los españoles que mancillaban la dignidad del pueblo dominicano.
Sus actuaciones en el siempre áspero terreno de la guerra estaban claramente enmarcadas en el único y supremo objetivo de primero preservar la Independencia y luego de la nefasta anexión a España recuperar la soberanía nacional, enlodada por el deshonor de Pedro Santana y sus adláteres que lo apoyaron ciegamente en esa trágica decisión.
Además de lo anterior,  es de rigor consignar que el General de División Pedro Florentino estaba provisto de un talante de combatiente nato que no le hacía susceptible de asimilar para sí aquella expresión del poeta y teólogo francés Nicolás Boileau:”Que feliz el hombre que del mundo ignorado, vive contento de sí mismo en un rincón retirado.”
Por más de 150 años el General de División Pedro Florentino ha sido víctima de la bastardía de muchos némesis, particularmente de aquellos relatores arracimados en un promontorio de mentiras que han creado en contra de su memoria una fábrica de falsedades en serie, para lo cual han creado un artificial fondo documental utilizado los adjetivos más degradantes y se han trastocado las piezas del puzle de su actuación como combatiente integérrimo, tanto en las cruentas luchas posteriores a la Independencia Nacional como en la formidable guerra restauradora.
La saña contra el general Florentino se fraguó desde el principio en los socavones de las más bajas pasiones humanas, con el objetivo de ocultar muchas de las verdades de esas contiendas liberadoras y su marco de complejidades, en las cuales abundaron los personajes con inclinaciones propias de algunos de los que aparecen en las tragedias de William Shakespeare.
Sin ningún temor a errar se puede afirmar que las acciones guerreras libradas contra los invasores haitianos, desde el mismo 1844 hasta el 1856, marcaron con la raya gruesa de la verdad dos líneas: En una estaban quienes se jugaron muchas veces la vida y en la otra se ubicaban quienes fueron indiferentes a la suerte del país o directamente actuaron como traidores de la Patria.
En ese largo período de guerra quedó plenamente probado el valor, el patriotismo, la integridad personal y la pericia que como hombre de armas tuvo el general de división Pedro Florentino,  que fue uno de los prominentes héroes en las sangrientas y decisivas batallas de Sabana Larga y Jácuba, la primera en la llanura de Dajabón y la última cerca del cerro de la Plata, ambas en el 1856. Aunque esas actuaciones sobresalientes de él se suelen pasar casi de soslayo en muchos relatos sobre las batallas independentistas.
Sin embargo en el recuento histórico del Ejército Dominicano quedó consignado que el 3 de enero de 1856 los generales dominicanos Juan Luis  Franco Bidó, Pedro Florentino, José Desiderio Valverde, José Hungría, Lucas de Peña y otros retaron mediante un manifiesto público a los jefes militares haitianos a sostener una batalla con el Ejército Dominicano. El silencio de los últimos fue la respuesta. Luego taimadamente penetraron por El Can, Sabana Larga y Jácuba. El resultado fue el triunfo dominicano.
La actuación del General Florentino en aquellas memorables batallas se condensa, de conformidad con la historia del Ejército Dominicano, así: “El ala derecha dominicana con el General Florentino y De Peña al frente se mueve detrás de Jácuba hasta Cayuco...Florentino y De Peña, descienden a la sabana de Jácuba, atacando las fuerzas haitianas en retirada para encerrarlas y completar unas maniobras de doble envolvimiento”.
En el caso de la Restauración de la República él actuó de manera estelar, con el cúmulo de sabiduría y capacidad de mando que había adquirido en las jornadas épicas anteriores. La Restauración  fue una etapa de nuestra historia cargada de una descomunal intensidad de sus principales actores y también de un fuerte impacto de los hechos en ella producidos. A situaciones así es que se refería el escritor mexicano Carlos Fuentes cuando definía lo que llamó “años constelaciones”.
Hay que tener presente, para explicar algunos aspectos sociológicos e incluso de índole antropológica, en el accionar de  Florentino y de   otros comandantes, que la guerra de la Restauración fue hecha esencialmente por intrépidos dominicanos surgidos de las masas populares marginadas.
 Esos combatientes por la libertad vivían antes, durante y después de esa lucha liberadora en condiciones de gran pobreza  y  se presentaban a los combates hambrientos, vistiendo harapos y calzando frágiles zoletas.
Lo que en esa conflagración ocurrió del lado de los patriotas criollos puede analizarse utilizando como pivotes de reflexión los conceptos expuestos a mediado del siglo XX por el historiador francés George Lefrebvre en “la historia desde abajo”, cuyos aspectos esenciales fueron luego ampliados y potencializados por historiadores británicos del calibre de Eric John Hobsbawn, quien aborda con franqueza las formas populares de resistencia.
Pedro Francisco Bonó, Ministro de Guerra del gobierno provisional restaurador, luego de visitar el 5 de octubre de 1863 el Cantón de Bermejo,  narra con asombro lo que allí vio: soldados-monteros, desnudez de la tropa, escasez de armas y suministros, un pedazo de tocino, 40 ó 50 plátanos y los “cajones de municiones que estaban encima de una barbacoa y acostado a su lado había un soldado fumando tranquilamente su cachimbo”.
En torno a la figura histórica del General de División Florentino, y para poner en contexto el escenario bélico en que le tocó desarrollar su vida, nada mejor que recordar la impactante frase de la periodista norteamericana Ida B. Wells:”La única manera de corregir un error es arrojar sobre él la luz de la verdad.” No es una expresión suelta ni dicha al desgaire, ella contiene una verdad con carácter de axioma. Por eso fue colocada  en un lugar destacado de una de las salas del Museo Nacional de Historia y Cultura Afroamericana, inaugurado hace poco tiempo en la ciudad de Washington, capital de los Estados Unidos de América.
Parte de sus detractores han tomado como pretexto para opacar el brillo histórico de este formidable combatiente dominicano su decisión de fusilar algunos traidores a la Patria en el sitio La Urca de Punta Caña. Esa decisión, empero, no se puede separar de la matanza que acuchilladas y bajo asecho cometieron esos sujetos y sus compinches en el lugar llamado Sabana Cruz contra combatientes dominicanos. Tampoco puede disociarse esa drástica medida de los continuos fusilamientos que en las colindancias había realizado días antes contra muchos restauradores reducidos a prisión el general español Valeriano Weyler, apodado “el enano diabólico” por su estatura y crueldad.

El que con mejor objetividad y con muy buen razonar analizó las acciones de guerra de esta figura de nuestro ayer fue el historiador Sócrates Nolasco, quien en su ensayo titulado El General Pedro Florentino y un Momento de la Restauración aclaró muchos de los infundios lanzados en su contra por los santanistas y por otros. Nolasco incluso señala en dicha obra, refiriéndose a Florentino, que “se extiende sobre su nombre una laguna en la cual soplaron vendavales de destrucción”.
Por fortuna, la malicia y mezquindad de unos historiadores, cronistas y publicistas y la inercia de otros va quedando sepultada por la acción reivindicadora de la verdad.  
Comienza a florecer la veracidad de los hechos factuales y  en esa virtud se va comprobando que el General de División Pedro Florentino jugó un papel sobresaliente en el cumplimiento de los objetivos militares que permitieron el triunfo de los restauradores, tal y como también lo hizo en las duras batallas libradas para apuntalar la independencia nacional.
Para juzgar correctamente lo que pasó en el curso de la hazaña restauradora siempre hay que tener  presente que los patriotas dominicanos no podían llegar regando flores ante poderosos enemigos integrados por una soldadesca experimentada en guerras de ultramar, compuesta por miles de hombres traslados desde Cuba y Puerto Rico, así como por  mercenarios de todos los pelajes y no pocos criollos que con el merecido sambenito de vendepatria seguían a los corifeos ibéricos.
La realidad no puede ocultarse por siempre y es por ello que pese a los peñascos lanzados en el hoyo del Cerro de Las Bóvedas, en Las Matas de Farfán, donde se presume lanzaron el cadáver del General de División Florentino, y a contrapelo de las toneladas de baldosa y granito conque han querido enterrar con ignominia su memoria, ella va emergiendo con el auténtico perfil de un héroe dominicano.


jueves, 6 de julio de 2017

PRESENTACIÓN DE LOS LIBROS GÉNESIS DE LOS ACOSTA NACIONALES Y TÚ TAMBIÉN PUEDES

POR TEÓFILO LAPPOT ROBLES

He sido premiado de nuevo por la generosidad sin límite del Dr. Ariel Acosta Cuevas para presentar en esta ocasión sus dos más recientes libros: Uno es un profundo ensayo genealógico sobre la familia Acosta dominicana, que incluye sus muy diversas ramificaciones a lo largo y ancho de la geografía nacional, titulado GÉNESIS DE LOS ACOSTA NACIONALES¸ y el otro, que lleva por nombre TÚ TAMBIÉN PUEDES, es un relato escrito en prosa, pero en el cual se destila pura poesía, tanto por su contenido como por el derroche de espiritualidad condensada en poco más de cien páginas. GÉNESIS DE LOS ACOSTA NACIONALES es una obra minuciosa, de gran calado histórico, y con vocación para convertirse en fuente de consulta permanente, pues la misma ha sido hecha por su autor utilizando certeros métodos de investigación histórica, hurgando en archivos nacionales y extranjeros, revisando hojas amarillentas guardadas por largas décadas en baúles familiares, recopilando versiones orales de otoñales memoriosos y en fin tocando puertas no siempre fáciles de abrir. Ese afanoso trabajo le ha permitido al Dr. Ariel Acosta Cuevas rescatar nombres de figuras ilustres que por siglos se mantuvieron en el anonimato, así como establecer las correspondientes coordenadas para comprobar que existen, desde hace siglos, grupos familiares de los Acosta en el valle de Neyba, en la fértil tierra de San Juan, incluyendo sus múltiples comunidades, en Duvergé, en La Descubierta, en Barahona y pueblos aledaños, en los llanos del Este, especialmente en Higüey y La Romana, en el mismo corazón del Cibao, incluyendo La Vega, Santiago y Moca, en la península de Samaná, en los litorales de la costa atlántica que cubren desde Cabrera y Río San Juan hasta Estero Hondo y Villa Vázquez, también en el entronque de caminos del Cruce de Guayacanes, Laguna Salada y sus entornos, así como en muchos otros lugares de la geografía nacional, en algunos de los cuales por ser tan numerosos y notorios incluso hay sectores y comunidades que se llaman Acosta, enriqueciendo de esa manera la toponimia criolla. Uno de los puntos luminosos de este libro es que se proyecta más allá de su título, pues en sus páginas los lectores se encontrarán con la historia genealógica de decenas de familias dominicanas cuyas vinculaciones entre sí han permanecido desconocidas incluso para muchos de sus propios integrantes. Pero el Dr. Ariel Acosta Cuevas ha aprovechado bien sus investigaciones rigurosas sobre la llegada a esta tierra caribeña de los Acosta y su variado accionar, desde antes de que se formara el concepto de dominicanidad. El resalta especialmente la destacada participación de muchos Acosta en las luchas independentistas y restauradoras, así como en otras jornadas patrióticas y de reivindicaciones colectivas que pueblan las páginas de la historia nacional. En el glorioso pasado dominicano se destaca una figura emblemática en los afanes soberanistas. Se trata de Juan Alejandro Acosta, personaje clave en la fundación de la Marina de Guerra Dominicana. Participó, como oficial de mando, junto con Juan Bautista Maggiolo, Juan Bautista Cambiazo y otros valientes dominicanos, en el célebre combate escenificado en el lugar denominado Tortuguero, en la bahía de Ocoa, provincia de Azua, donde los incipientes marinos dominicanos se vistieron de gloria al derrotar a invasores haitianos que pretendían imponer de nuevo su dominio sobre los pueblos ubicados al Este de los límites fronterizos que dividen y dividirán para siempre la isla en que nos tocó nacer. Pero al escribir GÉNESIS DE LOS ACOSTA NACIONALES su autor también se esmeró en escudriñar todo cuanto pudo sobre hombres y mujeres de esa estirpe que han actuado de manera destacada en otras esferas de la vida pública dominicana. Es por ello que los lectores de este libro se encontrarán con informaciones sorprendentes en el ámbito religioso, desde las actividades del pro común de humildes párrocos de aldeas apartadas de los centros urbanos hasta las resonantes actividades de figuras señeras del catolicismo criollo, incluyendo aportes al pensamiento nacional de teólogos de gran envergadura intelectual, así como acciones bienhechoras de prominentes predicadores y pastores de diferentes denominaciones religiosas que portan en sus documentos de identidad el apellido Acosta o que poseen en su estructura genética este patronímico afincado en tierra dominicana desde hace centenares de años. En el campo de las letras los Acosta han contribuido significativamente al ensanchamiento de la literatura del país, con decenas de reconocidos poetas, cuentistas, novelistas, ensayistas y literatos en sentido general, siendo el mismo doctor Ariel Acosta Cuevas uno de los más destacados, con varias obras publicadas que enriquecen el acervo cultural dominicano. En todas las profesiones de las que se ejercen en el país, y en los diferentes segmentos del pensamiento nacional, hay una importante representación de los Acosta, lo cual es una demostración elocuente de los aportes de esta familia a la sociedad dominicana, desde que el canario Blas Acosta pisó en el lejano 1685 este país, que como bien lo definió el poeta nacional Pedro Mir en su más recordado poema está “colocado en el mismo trayecto del Sol, oriundo de la noche…. Colocado en un inverosímil archipiélago de azúcar y de alcohol….sencillamente liviano, como un ala de murciélago apoyado en la brisa…” Pero también en la esencia redentora del gran poeta Mir: “ Sencillamente Frutal. Fluvial. Y material…este fluvial país en que la tierra brota, y se derrama y cruje como una vena rota, donde el día tiene su triunfo verdadero…” En el desarrollo de esta obra las mujeres Acosta tienen un espacio de gran importancia, pues sus aportes son inmensos, con tono y fuerza de raigambre a nivel de imprescindible. Así también se observa al leer este libro que su autor no escatimó esfuerzos para recuperar del olvido a emprendedores que en muchos lugares del país han fomentado actividades productivas, tanto en el estratégico sector de la agropecuaria como en las áreas empresariales y comerciales, publicitando incluso ejemplos de los tiempos coloniales en que varios Acosta sobresalieron en esos renglones de la economía. El Dr. Ariel Acosta Cuevas, como un intelectual dotado de grandes luces, aprovechó muy bien la oportunidad para insertar en GÉNESIS DE LOS ACOSTA NACIONALES verdaderas cátedras de historia, de sociología, de antropología y de derecho. En este último aspecto es bueno decir que ha resaltado detalladamente, gracias a un esfuerzo descomunal, el curso que ha tenido en la legislación dominicana el registro de algunos de los principales acontecimientos en la vida de las personas, desde el nacimiento hasta el cese de la existencia terrenal. Parece algo sencillo, pero no lo es, especialmente si se toma en cuenta la ancestral desorganización que caracteriza el aparato gubernamental criollo. En síntesis, GÉNESIS DE LOS ACOSTA NACIONALES se constituirá en una obra de gran impacto en la bibliografía de la República Dominicana, porque a través de su lectura no solo los Acosta podrán sorprenderse y alegrarse al descubrir ancestros y vinculaciones con otras familias, sino que los demás que tengan la oportunidad y el entusiasmo de transitar por sus páginas aprenderán de su lectura muchas cosas del ayer y del presente de nuestro país. TÚ TAMBIÉN PUEDES es un libro-advertencia, en el cual cada frase tiene un significado particular enfocado a alentar, especialmente a los jóvenes, para que no se dejen atrapar por la apatía y el desánimo. Detrás de lo que aparenta ser un simple relato de la vida de Juan, desde su niñez hasta su noviazgo con Cecilia y todo lo que luego ocurrió en ellos y en su entorno, hay una honda expresión de amor que rompe los moldes tradicionales de este tipo de literatura, pues en las páginas de este libro está proyectado en todas sus vertientes lo que debe ser el norte de cada ser humano: una fuente de amor, de esfuerzo, de lucha, de sacrificio y de ejemplaridad ciudadana. Cecilia sólo es ficción en el recurso literario del nombre, pues en todo lo demás se traduce en una conjugación verbal de un presente permanente de esa dama extraordinaria que en vida fue doña Shirley Josefina Luciano Mejía de Acosta, inolvidable esposa del Dr. Ariel Acosta Cuevas, quien a pesar de su fallecimiento sigue brillando en la constelación de la rama femenina de la sociedad dominicana, a través del recuerdo esplendoroso de sus hechos. En el personaje Juan se captan los perfiles que definen al autor de esta obra, partiendo desde su niñez, allá en su Neyba querida, hasta hoy. Los personajes María y Alejandra se traducen en la realidad en sus dos hijas, la Lic. Shirley Acosta Luciano y la Ing. Radys Acosta Luciano, ambas brillantes y distinguidas profesionales, dignas continuadoras del legado de bien que en surco fértil cultivaron sus padres. Pero como no podía ser de otra manera, el autor reconoce en esta obra el papel fundamental que jugaron en su vida sus progenitores, enmarcados literariamente como José y Cristobalina, pero que traducido a la realidad fueron doña Blasina Cuevas Pérez y don Julio Emilio Acosta Sierra, dos recios y amorosos neyberos que le inculcaron los más elevados valores de que es susceptible la condición humana. TÚ TAMBIÉN PUEDES es un libro que debe leerse como una especie de guía que va sugiriendo al lector muchos comportamientos de ética, rectitud, amor y bondad necesarios para vencer obstáculos y triunfar en buena lid en la vida, transitando los senderos del buen hacer y del buen decir. En este nuevo aporte a las letras del país, a través de GÉNESIS DE LOS ACOSTA NACIONALES y de TÚ TAMBIÉN PUEDES, el Dr. Ariel Acosta Cuevas ha lanzado un aldabonazo, en tiempos borrascosos, en los cuales muchos, no sin razones para ello, piensan que el péndulo de la dominicanidad se mueve hacia destinos inciertos. Recibamos, pues, estos dos formidables libros como una demostración de fe en el porvenir. Como una prueba de que a pesar de dificultades y obstáculos la sociedad dominicana cuenta con valiosos elementos para mantenerse vibrante en el concierto de los pueblos que integran el mundo.

Muchas gracias. Paraninfo de la Facultad de Ciencias Jurídicas y Políticas de la Universidad Autónoma de Santo Domingo (UASD). Santo Domingo, D.N.,R.D., 30 de Junio del 2017. TLR.-

domingo, 18 de mayo de 2014

PROYECTO LEY SOBRE MIGRACION

POR TEÓFILO LAPPOT ROBLES Hoy, 15 de Mayo del 2014, en horas tempranas de la tarde, leí con el debido detenimiento los Considerando y los 13 artículos que integran el proyecto de ley enviado en horas de la mañana por el Presidente de la Repùblica al Congreso Nacional, vìa el Presidente de la Cámara de Diputados (así como la exposición de motivos que lo acompaña) mediante el cual se busca establecer en la Repùblica Dominicana un estatuto legal especial para aquellas personas nacidas en el territorio nacional y que fueron inscritas irregularmente en el registro civil dominicano así con afianzar legalmente el procedimiento pre existente sobre naturalización. De la lectura del referido material histórico (que esa es la categoría que tiene para el devenir del pueblo dominicano) puedo decir que, aparte de algunos corregibles detalles de forma y pequeñas concesiones de tipo fáctico, no tiene entrelíneas ni aspectos anfibológicos que pudieran dar pie a las consabidas e interesadas opiniones sesgadas e interpretaciones capciosas. Además, en su contenido se evidencia un expreso y firme deseo del primer mandatario dominicano de resolver de manera legal y justa un tema que ha polarizado la atención de muchos sectores nacionales y hasta de extranjeros que (estos últimos) en clave de mequetrefes han metido baza en este asunto de exclusiva incumbencia dominicana. El presidente Medina ha captado en su justa dimensión el peliagudo problema de los inmigrantes de otros países que conviven con nosotros. El que quiera ser objetivo y realista bien puede proclamar que en este tema se han respetado esencialmente la Constitución de la República, las leyes adjetivas (de manera especial la Ley 659, sobre actos del estado civil y las leyes que le precedieron sobre el tenor que ella versa), así como también, en su núcleo sustancial, la famosa y bien ponderada sentencia 168/13, del 23 de septiembre del 2013, del Tribunal Constitucional y otra anterior de la Suprema Corte de Justicia. Pero algo que no se puede soslayar en este caso es que se han tomado en cuenta los aspectos humanos que siempre acompañan a los procesos migratorios masivos, y que en el caso dominicano tienen décadas en estado larvario. Ahora es de esperarse que senadores y diputados se pongan a la altura correspondiente y dejen de lado su conocido enanismo moral y le den curso, sin festinación pero tampoco sin las consabidas tácticas dilatorias, a tan importante pieza legislativa. De igual modo se debe actuar con el reglamento de aplicación de la ley en germinación, haciéndolo con apego a lo que en ella se busca y evitando que el mismo adultere la esencia de la misma (como ha ocurrido en muchas ocasiones con otras leyes).