sábado, 20 de marzo de 2021

LA ESPAÑA BOBA (2)

 

LA ESPAÑA BOBA (2)

POR TEÓFILO LAPPOT ROBLES

Tal y como indiqué en la entrega anterior, se conoce como La España Boba el difícil período en la historia del pueblo dominicano que comenzó en julio de 1809 y terminó el primero de diciembre del 1821, fecha en que se proclamó por primera vez la independencia nacional, la cual prácticamente murió en su cuna.

Lo que fue nombrado como La España Boba surgió en el gobierno de Juan Sánchez Ramírez, el caudillo cotuisano victorioso en la Batalla de Palo Hincado,  un cerro situado al oeste de la ciudad de El Seibo, en la región oriental del país.

Nunca fue el propósito de ese importante dirigente de los primeros años del siglo XIX llevar al pueblo dominicano hacia la obtención de su soberanía.

La Reconquista, que así se llamó el movimiento armado que él encabezaba, tenía como objetivo central mantener el estado colonial, esa vez bajo la bandera del imperio español, del cual él era devoto.

Los generales Ferrand, Dubarquier y los demás jerarcas civiles y militares franceses mantenían en condiciones deplorables a la población, pero los males económicos y sociales se fueron acrecentando en proyección geométrica descendente en las diferentes gobernaciones españolas que les sucedieron, desde Sánchez Ramírez hasta Pascual Real.

A menos de dos años de la salida del país de los colonialistas galos, según se comprueba en papeles del Archivo General de Indias, los combatientes que los vencieron y expulsaron del territorio nacional sufrían grandes calamidades, presentando las tropas que sustentaban el gobierno de Sánchez Ramírez el tétrico panorama siguiente:

“Casi desnudos, descalzos y reducidos a la triste ración de carne y pan, único socorro con que se les puede asistir porque la Real Hacienda está enteramente exhausta de caudales y sin poder valerse de recursos en un país tan lastimosamente arruinado.”1

Al morir Sánchez Ramírez el 12 de febrero de 1811, José Núñez de Cáceres ostentaba los cargos de teniente gobernador (el segundo puesto) y auditor de de guerra. Entonces se creó una suerte de gobierno bicéfalo con él en la rama civil y el coronel español Manuel Caballero Massot encargado de los asuntos militares de la agonizante colonia.

Al poco tiempo de co- dirigir los destinos de la colonia (bajo la denominación de provincia de ultramar de España), Núñez de Cáceres, autor de la reveladora denuncia indicada más arriba, publicó otro documento en el cual ampliaba su queja diciendo que a su “ingreso en el mando interino político y de intendencia, no había en cajas un medio real; el soldado estaba materialmente descalzo, y no vestido, sino cubierto de trapos, pues los más hacían la centinela enseñando la espalda en carnes vivas…”2

Los papeles que se han publicado sobre el período de La España Boba permiten afirmar que el desorden era tan grande que las altas autoridades de la metrópoli ni siquiera tenían un conocimiento elemental sobre la geografía de lo que se dio en llamar Santo Domingo español.

Prueba de lo anterior es que desde España (con el famoso pliego de Cádiz) estaban enviando para acá directrices sobre poblaciones que hacía siglos habían desaparecido de la toponimia, entre las cuales  estaban Puerto Real, Salvatierra y Buenaventura.

La ridiculez en eso fue tan acentuada que altos funcionarios de la corona española dictaban disposiciones para ser aplicadas aquí sobre poblaciones que nunca existieron en el territorio dominicano, como Santa María del Puerto y Guanaba.

 

El Situado

 

Lo que se conoció en la época de La España Boba como el situado fue el resultado de la reiterada comprobación de que Santo Domingo no tenía fondos públicos para sostener las oficinas gubernamentales, los recintos militares y los burócratas civiles y militares.

Menos había dinero en las arcas de la gobernación colonial para emprender obras de interés colectivo ni para socorrer a los pobres de solemnidad, quienes existían aquí en un número cada vez mayor, aunque dicha expresión fue incorporada como figura legal en España más de una década después de quedar aniquilada La España Boba.  Pasó a formar parte del lenguaje jurídico español en el reinado de Isabel II, a partir del 1833.

De una de tantas alabanzas y defensas del manejo de las finanzas coloniales españolas extraigo el siguiente párrafo, cuya fuente única es el ensayo titulado El Secreto del Imperio Español: Los situados coloniales en el siglo XVIII:

“El Situado fue una herramienta financiera que permitió mantener activos y operacionales los elementos defensivos y administrativos del imperio español en todo el mundo…”Y explican que “el primer situado del que se tiene constancia fue el ordenado a la hacienda mexicana por el rey Carlos I en 1529 por el que tenían que pagar el salario del tesorero de la isla de Cuba, Gonzalo de Guzmán.”3

La verdad monda y lironda es que el llamado situado más que una asistencia económica fue una lastimosa castración a la autonomía moral de la población dominicana.

Amén de lo anterior debo decir que en el período de la España Boba el famoso situado prometido no llegó ni al 10% de lo que se había proyectado. Sólo hubo desembolsos muy esparcidos por un monto total de 343,354 pesos. Hubo mucho humo de paja en eso.

Una proyección de las entregas mensuales ofrecidas por orden de la metrópoli permite estimar que los desembolsos de dicho situado debieron ser de 3,600,000 pesos, con los cuales se iba a suplir parcialmente el déficit que tenían las finanzas de la provincia de ultramar, con anclaje de colonia, que había brotado con la derrota y expulsión de los franceses.

 

Interludio cultural

 

En medio de la desesperanza que se vivía en La España Boba intelectuales encabezados por José Núñez de Cáceres, Bernardo Correa y Cidrón, el arzobispo Pedro Valera Jiménez y Juan Vicente Moscoso se esforzaron para evitar que un manto de oscuridad arropara por completo las letras, las artes y las actividades académicas del país.

Dicho lo anterior a pesar de que la anomia que tenían las escasas instituciones oficiales que languidecían durante la España Boba no permitía que esos objetivos avanzaran al ritmo deseado por sus auspiciadores.

Ese rayo cultural fue como un interludio en medio de una crisis generalizada, la cual se arrastraba en crecimiento desde el año 1801, para poner un punto de partida, sin que antes de esa fecha aquí hubiera, para utilizar el pretérito imperfecto, miel sobre hojuelas, como reza un dicho popular.

Como fruto de ese esfuerzo cabe decir que el 6 de enero del 1815 se reaperturó, bajo la rectoría de José Núñez de Cáceres, la Universidad Santo Tomás de Aquino, que había sido creado el 28 de octubre de 1538, por mandato del Papa Paulo III, mediante la bula In Apostulatus Culmine.

El 5 de abril de 1821, en los últimos meses de La España Boba, se puso a circular el primer periódico dominicano, llamado El Telégrafo Constitucional de Santo Domingo. Por las mismas circunstancias prevalecientes entonces ese medio de comunicación fue tresmesino.

Su director fue el periodista y médico canario Antonio María Pineda Ayala, a quien muchos cronistas del pasado le atribuyen ser el pionero en utilizar el vocablo dominicano.

Una semana después de estar aquel periódico circulando por las callejuelas de la vetusta ciudad de Santo Domingo apareció El Duende, un tabloide bajo la orientación editorial de José Núñez de Cáceres.

A propósito de ese brillante personaje de la historia dominicana hay que señalar que a él se le atribuye ser el iniciador en las letras nacionales del didáctico género de la fábula.

Valga la digresión para expresar que se ha considerado, por deducciones de la intra historia de La España Boba, que en la fábula de Núñez de Cáceres titulada El Abejorrón y La Abeja,  el referido médico y periodista Pineda Ayala representa al primero de esos himenópteros.

Bibliografía:

1-Relato de José Núñez de Cáceres. Inserto en una publicación de la Secretaría de Relaciones Exteriores de la R.D. Tipografía Luis Sánchez, 1928.

2-Proclama de Núñez de Cáceres, inserta en Obras Completas de José Gabriel García. Volumen I.P304.Impresora Amigo del Hogar, 2016.

3-El Secreto del Imperio Español: Los situados coloniales en el siglo XVIII. Auspiciado por el Instituto de investigaciones del Colegio de México.

sábado, 13 de marzo de 2021

LA REVOLUCIÓN DE LOS ITALIANOS

 

LA REVOLUCIÓN DE LOS ITALIANOS

 

POR TEÓFILO LAPPOT ROBLES

 

En lo que desde el 27 de febrero de 1844 es la República Dominicana se produjo, 36 años antes de su independencia, un movimiento armado llamado La Reconquista, encabezado por un dueño de hatos de ganado vacuno y haciendas agropecuarias llamado Juan Sánchez Ramírez.

El objetivo de los insurgentes era doble: expulsar a los franceses que mediante el Tratado de Basilea, firmado en el año1795, ocupaban a título de colonia la parte oriental de la isla de Santo Domingo y devolverle a España el control sobre esta tierra ubicada en un punto central del mar Caribe.

El derrocamiento de las autoridades francesas, que avasallaban al pueblo dominicano en proceso de formación, no significó ningún alivio para la población, que al contrario veía como su miseria y se incrementaba por la mala administración de los nuevos dueños.

Esa etapa de la historia del pueblo dominicano, que se extendió desde julio de 1810 hasta diciembre de 1821, fue bautizada como La España Boba.

Como era de esperarse la precariedad económica y la sofocación social trajo como resultado un enorme disgusto en el grueso de la población que sufría una disminución progresiva en su de por sí ya difícil situación.

Ese panorama era el mejor caldo de cultivo para que espíritus inquietos comenzaran a vislumbrar alguna posibilidad de rebelarse contra los causantes de la agudización de los males que les afectaban.

El primer conato de rebelión que se produjo en el llamado período de La España Boba fue en el 1810.

Se le denominó conspiración de los italianos, porque el principal acusado había nacido en Italia y tenía vínculos de amistad y de negocios con otras personas de su misma procedencia.

Los participantes reales, y otros que eran inocentes pero fueron implicados en la conjura contra el capitán general de la colonia, brigadier Juan Sánchez Ramírez, sufrieron los rigores de un seudo proceso judicial que tuvo para ellos consecuencias fatales.

Los oficiales militares Emilio Pezzi, Galo y Gazotti, italianos residentes aquí desde hacía varios lustros, fueron encarcelados y se les consideraba como los principales promotores de acciones conspirativas.

Posteriormente se comprobó que los dos últimos no estaban implicados en el intento de asonada. Sus nombres no figuran en el expediente acusatorio sobre el caso, aunque la historia no registra su destino posterior.

Junto con el capitán Emilio Pezzi fueron sometidos a un proceso judicial el teniente de la Séptima compañía de morenos Santiago Foló y los señores José Ricardo Castaños, Juan José Ramírez y Cristóbal Huber.

Los cuatro primeros acusados arriba mencionados fueron condenados a muerte, con mandato de profanar sus cadáveres. El procesado Huber fue penado a diez años de presidio y trabajos públicos. A todos se les confiscaron sus bienes. 

La sentencia draconiana sobre ellos, que en gran medida simbolizó lo que fue La España Boba en materia judicial, fue dictada el 25 de septiembre de 1810. Al pie de la misma aparecen las firmas de Juan Sánchez Ramírez, Leonardo y José Joaquín del Monte y Domingo Díaz Páez.

Esa decisión judicial decía en parte lo siguiente:

“Fallo que, haciendo justicia, debo condenar y condeno a la pena de muerte en la horca pública a los referidos Santiago Foló, José Ricardo Castaños y Juan José Ramírez, y a Emilio Pezzi a ser pasado por las armas…que se les ponga a los cadáveres una inscripción en el pecho en letras grandes que diga: Así castiga la justicia al que es traidor a la Patria; y que sus cabezas, separadas de los cuerpos por el ministro ejecutor después de estar seis horas pendientes en el patíbulo a vista de todo el pueblo, se pongan para condigno castigo y ejemplar escarmiento de todos en picotas elevadas.”1 

Los condenados a muerte Foló, Castaños y Ramírez fueron ahorcados y Pezzi fue fusilado. Los verdugos ejecutaron a los presidiarios el mediodía del domingo 28 de septiembre de 1810.

Las notas del legajo de dicho expediente revelan que ese fue un día de mucha lluvia en la ciudad de Santo Domingo. Eso determinó que aunque los castigados a la pena capital fueron sacados de la celda a las diez de la mañana tuvieron que esperar dos horas para que el público pudiera presenciar el macabro hecho de su muerte.

Así fue porque el escarmiento para la población formaba parte del ius puniendi, o potestad punitiva que se arrogaron Sánchez Ramírez y los demás firmantes de la sentencia mencionada.

Relatos del pasado dicen que ese amago de rebelión protagonizada por el italiano Pezzi, y otras que también fracasaron, fueron minando la salud del capitán general colonial Juan Sánchez Ramírez.

Lo que ese hecho no afectó fue su enfermiza adhesión al imperio español, tal y como se desprende de sus últimas comunicaciones.

Bajo los rigores que provocaron el sobrenombre de La España Boba, y luego de haber dominado  con terror escalofriante la denominada rebelión de los italianos, Sánchez Ramírez, ya en la antesala de su muerte, (así dijo: “desde el lecho en que estoy postrado y sufriendo los rigores de una grave y penosa enfermedad…”) seguía aferrado a su sampiterna creencia de que España era la salvación del pueblo dominicano. 

Buscando, entre otras cosas, sacar a la colonia de la postración económica en que estaba, y que le valió el susodicho mote de La España Boba, el capitán general Sánchez Ramírez le dirigió al rey Fernando VII, el 13 de enero de 1811, una comunicación cargada de zalemas en la cual resaltaba el supuesto aprecio y la digna confianza que a su decir le había prodigado a él dicho soberano por “la Reconquista de esta vuestra Isla, en unión de mis amados compatriotas.”

Luego de exponer un largo relato de todo lo que hizo, “pasando de villa en villa y de lugar en lugar”, conquistando combatientes y exponiéndose a todos los peligros para la Reconquista, Sánchez Ramírez concluyó recordándole al Borbón que apodaban “el rey Felón”, que: “Por último, tremoló el Real Pabellón de España en esta capital y sonó el augusto y respetable nombre de Fernando VII entre festivas aclamaciones.”2

La conocida como rebelión de los italianos, al margen de su fracaso, dejó un mensaje de insumisión que siempre ha acompañado al pueblo dominicano, víctima casi permanente de gobiernos indolentes unos y abiertamente abusivos otros.  

Bibliografía:

1-Sentencia dictada el 25 de septiembre de 1810. Referencia: Conspiración de los italianos.

2-Carta de Juan Sánchez Ramírez al rey Fernando VII. 13 de enero de 1811.

Publicado el 13-marzo-2021.

 

LA ESPAÑA BOBA (I)

 

LA ESPAÑA BOBA (I)

POR TEÓFILO LAPPOT ROBLES

El pueblo dominicano, desde antes de aparecer ante la faz del mundo formando una nación  libre, el 27 de febrero de 1844, ha tenido hechos que han marcado sus ciclos históricos.

Una de esas épocas es conocida como La España Boba, nombre que surgió de manera espontánea, sin un creador en particular, sino como una interpretación popular para destacar la miseria, el descuido y el manejo al desgaire de los asuntos que por ser oficiales atañían a toda la colectividad de entonces.

Permitida sea la digresión para decir que los dominicanos, entonces formando su idiosincrasia, no vivían “a la sopa boba”, como aquellos que en las puertas de los conventos europeos de la Edad Media encontraban el alivio a sus estómagos vacíos. La indigencia aquí no tenía refugio de mitigación.

La  España Boba comenzó en realidad cuando Juan Sánchez Ramírez, el caudillo victorioso en la Batalla de Palo Hincado, decidió a partir de julio de 1809 poner en práctica sus designios de mantener esta tierra como una colonia, solo que cambiando de amo, sustituyendo a Francia por España.

En esa etapa de la historia nacional, que se extendió hasta el  primero de diciembre de 1821, no hubo mejoría para la población, en comparación con la gobernación del general francés Jean-Louis Ferrand, la cual como todo ejercicio de gobierno colonial era intrínsecamente mala.

Incluso algunos males económicos y sociales se profundizaron luego de la derrota y el suicidio de Ferrand y la salida del territorio dominicano, en el referido julio de 1809, del gobernador interino francés Dubarquier.

Es pertinente recordar que Dubarquier no quiso ningún trato directo con Sánchez Ramírez, prefiriendo entenderse con el general inglés Hugh Lyle Carmichael, quien representaba en la ocasión el poderoso apoyo que ofrecían a la llamada Reconquista nutridos batallones de combatientes ingleses y de seis fragatas en misión de guerra naval que habían llegado desde Jamaica.

Durante la capitanía general de Sánchez Ramírez, al servicio del imperio español, y las líneas de mando de sus sucesores, la desesperación abatió a los moradores de la principal ciudad dominicana.

La confusión, el nepotismo, la incompetencia de la burocracia neocolonial, la crisis económica, política y social, con la consiguiente miseria colectiva, también se extendió a partir de 1809 hacia todos los pueblos, aldeas y campos del país.

Dicho lo anterior a pesar de que muchos años después del triunfo en el cerro de Palo Hincado el ex presidente de la República y reconocido periodista y académico Manuel de Jesús Troncoso de la Concha, aferrado a sus inclinaciones hispanistas, en un ensayo sobre Sánchez Ramírez y la Reconquista, señala que:

“Ninguno de los movimientos armados que nuestra historia registra iguala en significación y trascendencia al operado entre los años de 1808 y 1809 y que, con mucha propiedad, se ha llamado de la Reconquista.”1 

Troncoso de la Concha, quien también fue editorialista del periódico Listín Diario, ministro de varias carteras y rector de la Universidad de Santo Domingo, tilda además, en el referido ensayo, de críticos superficiales a los que opinaban que Juan Sánchez Ramírez debió proclamar la independencia de Santo Domingo en el 1809 y no reincorporarlo a España. Hay material de sobra para discutir su apreciación al respecto, pero no es el tema de esta crónica.

El erudito Domingo Muñoz del Monte, dotado de una formación cultural excepcional, fue escogido por el caudillo cotuisano para que se dirigiera a España a informar de manera oficial a sus autoridades lo que había ocurrido aquí con la expulsión de los franceses.

La misión principal de Muñoz del Monte consistía en ofrecerle a España esta tierra caribeña (como si fuera un cortijo andaluz entre el río Guadalquivir y la Sierra Morena) para que la convirtiera de nuevo su colonia, a pesar de que ya se sabía que el imperio español no tenía el vigor que lo había caracterizado años atrás.

Las convulsiones que entonces sufría España causaron un desinterés a lo que parecía un jugoso ofrecimiento. La propuesta de que era portavoz Muñoz del Monte fue recibida con un desdén inesperado.

Hay que recordar que España sufría los embates de las guerras napoleónicas, en medio de las cuales ese país produjo la francesada. Así se le llamó a un alzamiento  popular de gran envergadura que enfrentó al régimen de Napoleón Bonaparte, quien desde el 1808 tenía ocupada militarmente una parte considerable del territorio español.

Es oportuno señalar que esa sangrienta lucha inspiró al gran pintor zaragozano Francisco de Goya para hacer el famoso cuadro titulado El dos de mayo de 1808 en Madrid. Ese momento histórico fue a su vez descrito por el sabio bilbaíno Miguel de Unamuno así: “El Dos de Mayo es en todos los sentidos la fecha simbólica de nuestra regeneración.”

En su obra Historia de la cultura dominicana el polímata dominicano Mariano Lebrón Saviñón, al referirse a La España Boba,  y explicar por qué se produjo, resume así: “Pero España ya no es la poderosa de otrora; la que anchaba el mundo con sus proas majestuosas…España no le ofrecía a su colonia más que sosiego, gobernadores abúlicos y un gran silencio cultural. Este período fue llamado de La España Boba.”2

La gran masa de papeles que se recopilaron sobre la Junta Central de Sevilla, en su sección referente a las colonias de América, revelan que con una alta dosis de desgano los que a la sazón dirigían una parte de España desde la capital de Andalucía enviaron para acá a Francisco Javier Caro, a fin de que en calidad de Comisario Regio evaluara la situación imperante en su antigua colonia, luego de la administración de gobernadores franceses.

Dicho enviado especial en realidad en lo que más se empeñó fue en recomponer  en  gran medida el sistema de abusos colectivos que a cargo de la burocracia civil y militar colonial española había aquí antes de la firma del tratado de Basilea en el 1795.

Pero lo que definitivamente hizo que surgiera la expresión de La España Boba, además de la apatía de la metrópoli, fue la cerrazón de Caro al negarse a entender que algo había cambiado en el pueblo dominicano después del abandono que en el referido año 1795 hizo España del entonces llamado Santo Domingo español.

Hay que añadir, además, como ingredientes importantes de lo anterior, el absurdo comportamiento que a partir de julio de 1809 tuvo Sánchez Ramírez, así como la conchupancia creada para el reparto de los pocos cargos públicos entre amigos y familiares, en detrimento de otros que tenían méritos de guerra para escalar posiciones en el funcionarismo concentrado en la ciudad de Santo Domingo.

El asunto discriminatorio llegó a un nivel de desmadre tal que prácticamente todos los combatientes que participaron en la defenestración del gobierno colonial francés quedaron sin ser reconocidos.

Se culpaba de eso al mencionado Francisco Javier Caro, así como también a los individuos del más rancio conservadurismo que él instaló en los puestos claves de la burocracia neocolonial, quienes también lograron recuperar sus bienes confiscados por los franceses y apoderarse de grandes propiedades cuyos dueños habían salido del país desde que en enero del año 1801 Toussaint Louverture ocupó a título de gobernador la ciudad de Santo Domingo. 

Sobre la discriminación (más allá de sus alcances en la filosofía moral) de que fueron objeto en La España Boba los combatientes triunfantes de lo que se dio en llamar La Reconquista, el historiador José Gabriel García, en su obra Rasgos Biográficos de Dominicanos Célebres, plantea así lo que sucedía entonces: “…de los grados militares ganados en los campos de batalla, sólo fueron revalidados el de brigadier conferido por la Junta de Bondillo a don Juan Sánchez Ramírez y el de capitán de ejército hecho por éste en don José de Sosa.”3

 

 

La revolución de los italianos

 

El primer conato de rebelión que se produjo en el llamado período de La España Boba fue en el 1810. Se le denominó conspiración de los italianos, porque el principal acusado había nacido en Italia y tenía vínculos de amistad y de negocios con otras personas de su misma procedencia.

Los participantes reales, y otros que eran inocentes pero fueron implicados en la conjura contra el capitán general de la colonia, brigadier Juan Sánchez Ramírez, sufrieron los rigores de un seudo proceso judicial que tuvo para ellos consecuencias fatales.

Los oficiales militares Emilio Pezzi, Galo y Gazotti, italianos residentes aquí desde hacía varios lustros, fueron encarcelados y se les consideraba como los principales promotores de acciones conspirativas.

Posteriormente se comprobó que los dos últimos no estaban implicados en el intento de asonada. Sus nombres no figuran en el expediente acusatorio sobre el caso, aunque la historia no registra su destino posterior.

Junto con el capitán Emilio Pezzi fueron sometidos a un proceso judicial el teniente de la Séptima compañía de morenos Santiago Foló y los señores José Ricardo Castaños, Juan José Ramírez y Cristóbal Huber.

Los cuatro primeros acusados arriba mencionados fueron condenados a muerte, con mandato de profanar sus cadáveres. El procesado Huber fue penado a diez años de presidio y trabajos públicos. A todos se les confiscaron sus bienes. 

La sentencia draconiana sobre ellos, que en gran medida simbolizó lo que fue La España Boba en materia judicial, fue dictada el 25 de septiembre de 1810. Al pie de la misma aparecen las firmas de Juan Sánchez Ramírez, Leonardo y José Joaquín del Monte y Domingo Díaz Páez.

Esa decisión judicial decía en parte lo siguiente:

“Fallo que, haciendo justicia, debo condenar y condeno a la pena de muerte en la horca pública a los referidos Santiago Foló, José Ricardo Castaños y Juan José Ramírez, y a Emilio Pezzi a ser pasado por las armas…que se les ponga a los cadáveres una inscripción en el pecho en letras grandes que diga: Así castiga la justicia al que es traidor a la Patria; y que sus cabezas, separadas de los cuerpos por el ministro ejecutor después de estar seis horas pendientes en el patíbulo a vista de todo el pueblo, se pongan para condigno castigo y ejemplar escarmiento de todos en picotas elevadas.”4  

Los condenados a muerte Foló, Castaños y Ramírez fueron ahorcados y Pezzi fue fusilado. Los verdugos ejecutaron a los presidiarios el mediodía del domingo 28 de septiembre de 1810.

Las notas del legajo de dicho expediente revelan que ese fue un día de mucha lluvia en la ciudad de Santo Domingo. Eso determinó que aunque los castigados a la pena capital fueron sacados de la celda a las diez de la mañana tuvieron que esperar dos horas para que el público pudiera presenciar el macabro hecho de su muerte.

Así fue porque el escarmiento para la población formaba parte del ius puniendi, o potestad punitiva que se arrogaron Sánchez Ramírez y los demás firmantes de la sentencia mencionada.

Relatos del pasado dicen que ese amago de rebelión, y otras que también fracasaron, fueron minando la salud del capitán general colonial Juan Sánchez Ramírez. No así su enfermiza adhesión al imperio español, tal y como se desprende de sus últimas comunicaciones.

Bajo los rigores que provocaron el sobrenombre de La España Boba Sánchez Ramírez, ya en la antesala de su muerte, (dijo:“desde el lecho en que estoy postrado y sufriendo los rigores de una grave y penosa enfermedad…”) seguía aferrado a su sampiterna creencia de que España era la salvación del pueblo dominicano. 

Buscando, entre otras cosas, sacar a la colonia de la postración económica en que estaba, y que le valió el susodicho mote de La España Boba, el capitán general Sánchez Ramírez le dirigió al rey Fernando VII, el 13 de enero de 1811, una comunicación cargada de zalemas en la cual resaltaba el supuesto aprecio y la digna confianza que a su decir le había prodigado a él dicho soberano por “la Reconquista de esta vuestra Isla, en unión de mis amados compatriotas.”

Luego de exponer un largo relato de todo lo que hizo, “pasando de villa en villa y de lugar en lugar”, conquistando combatientes y exponiéndose a todos los peligros para la Reconquista, Sánchez Ramírez concluyó recordándole al Borbón que apodaban “el rey Felón”, que: “Por último, tremoló el Real Pabellón de España en esta capital y sonó el augusto y respetable nombre de Fernando VII entre festivas aclamaciones.”5  

Bibliografía:

1-Narraciones Dominicanas.SDB. Séptima edición facsimilar. Editora Cenapec,1998.P221. Manuel de Jesús Troncoso de la Concha.

2-Historia de la cultura dominicana. Impresora Amigo del Hogar,2016. P20. Mariano Lebrón Saviñón.

3- Rasgos Biográficos de Dominicanos Célebres. Editora del Caribe, 1971.P102. José Gabriel García.

4-Sentencia dictada el 25 de septiembre de 1810. Referencia: Conspiración de los italianos.

5-Carta de Juan Sánchez Ramírez al rey Fernando VII. 13 de enero de 1811.

Publicado el 14-marzo-2021.

AZUA EN MARZO DE 1844 (1)

 

AZUA EN MARZO DE 1844 (1)

                                                          

POR TEÓFILO LAPPOT ROBLES

En los próximos días se cumplirán 177 años de la importante Batalla del 19 de marzo de 1844, desarrollada en la ardiente ciudad de Azua y en campos que la circundan.

Azua es tierra donde “achicharra el Sol”, y sus radiaciones hacen pensar que allí siempre está el perihelio dominicano.

Esa fue una clásica batalla defensiva, del tipo que bien definió el gran estratega militar y eminente teórico de temas guerreros Carl von Clausewitz como “la más débil, con objetivo positivo.”

Como nada es absoluto y en todo caben los matices se puede decir, con el aval de los hechos, que en el teatro de las operaciones bélicas azuanas el 19 de marzo de 1844 los dominicanos hicieron una defensa activa, transformando la debilidad conceptual en fuerza real, y salieron victoriosos.

Fueron los haitianos los que iniciaron las hostilidades con el objetivo negativo de aniquilar  al pueblo dominicano. Lo hicieron de manera intrusa, apoyados con un impresionante equipaje militar de artillería, caballería e infantería, así como con miles de granaderos, dragones y cazadores de la Guardia Nacional de Haití.

A través del tiempo se han dado varias versiones sobre la duración de los combates llevados a cabo en la Batalla del 19 de marzo de 1844; pero al parecer duraron unas tres horas, tanto por lo que se asentó en un boletín de las comunicaciones del cuerpo colegiado del gobierno de entonces, como por opiniones emitidas por algunos de los participantes de aquella epopeya de las armas dominicanas, además de lo que apuntaron cronistas de la época.

En efecto, en una proclama dirigida al pueblo y al ejército, fechada el día 21 de marzo de 1844, la Junta Central Gubernativa detalló las tempraneras agresiones de los haitianos y los combates desarrollados hasta ese momento en Neiba y Azua, puntualizando sobre los dichos invasores que:

“…en la jornada del 19 en que ha sido considerable el número de muertos y heridos de su parte habiéndose visto en la precisión de abandonar el campo después de tres horas de combate.”1 

Antes de la lucha armada en Azua escuadrones y pelotones de los agresores fueron derrotados en la Fuente del Rodeo, no muy lejos del pueblo de Neiba.

Ese choque se produjo el 13 de marzo de 1844.Fue calificado por el historiador José Gabriel García como el bautismo de sangre del pueblo dominicano en armas.

Días después de aquel hecho heroico, en el paraje Las Hicoteas, las avanzadas dominicanas paralizaron el galopante avance de batallones de soldados haitianos.

El coronel Vicente Noble, antes de dirigir a cientos de fusileros en el gran acontecimiento de guerra del 19 de marzo de 1844 en Azua, tuvo una destacada participación en el referido combate de la Fuente del Rodeo, donde sustituyó a Fernando Tavera, gravemente herido en combate. Tavera era el comandante de los aguerridos y victoriosos dominicanos.

La Batalla del 19 de marzo de 1844 fue muy significativa, por la cantidad de combatientes involucrados, así como por el armamento utilizado por los ejércitos en contienda, pero especialmente por el resonante triunfo del pueblo dominicano.

Los haitianos eran más de 15 mil soldados bien artillados y con experiencia de guerra, mientras que los dominicanos no llegaban a los 3 mil hombres, sin hábitos de conflictos armados.

En la cartografía militar dominicana hay un mapa que detalla en forma didáctica el posicionamiento de las tropas nacionales en el lado occidental de la entonces pequeña ciudad de Azua.

En los trillos del flanco noroeste, en la zona conocida como Camino de El Barro, se emplazaron combatientes dominicanos con fusiles y armas blancas, al igual que en dirección al área de los lugares llamados Camino de la Conquista y Los Conucos, en el costado sur.

Una importante retaguardia fue ubicada en el Fuerte Resolí, con el oficial Nicolás Mañón a la cabeza, cuyo nombre fue reivindicado 40 años después, en la voz del héroe azuano Rudescindo Ramírez, cuando dijo que: “el bravo Nicolás Mañón disparó el primer tiro en estas comarcas en la Fuente del Rodeo.”2 

 

                           LOS CAÑONES AZUANOS

 

Francisco Soñé comandaba un potente cañón que causó muchas bajas a los haitianos, fulminando a muchos de ellos que encabezados por el general Thomas Héctor se desplazaban en columna cerrada en el área donde estaba emplazada esa importante pieza de artillería.

Soñé, que escribió sus memorias sobre la gran Batalla de Azua, era un francés avecindado allí; hábil artillero con experiencia en combates en Italia y Egipto, a las órdenes de Napoleón Bonaparte.

Estaba asistido por aguerridos oficiales como Lucas Díaz, quien horas antes, en su calidad de jefe de la avanzada dominicana estacionada en una orilla del río Jura, fue el primero que abrió fuego contra los atacantes, dirigiéndose luego a la ciudad de Azua para informar la aproximación de los invasores, (tal y como consta en los partes oficiales).También estaban al pie de ese cañón Juan Ceara y Luis Álvarez, entre otros.

Otra pieza de la modesta artillería dominicana, la cual se puede calificar como casi una bombarda por su pequeñez, entró en acción entre los lugares conocidos como Los Conucos y Las Clavellinas.

Ese cañoncito estaba emplazado en la parte trasera de un camposanto que entonces existía allí. Su vómito de fuego hizo que cayeran entre otros los coroneles haitianos Vincent y Giles, quienes dirigían sendos regimientos de los invasores.

Alrededor de ese canuto de hierro forjado y base de duelas estaban expertos fusileros y combatientes con armas blancas que eran constantemente arengados por el genio militar que fue Antonio Duvergé.

Los dos cañones referidos causaron grandes bajas a los invasores, quienes perdieron en Azua generales, coroneles y numerosos otros oficiales superiores y subalternos, amén de decenas de dragones y granaderos de la vanguardia haitiana.

Seis días después de esa sangrienta batalla el cónsul francés en el país, el inquieto y perspicaz Eustache Juchereau de Saint Denys, despachó un oficio al señor Francois Guizot, Ministro de Negocios Extranjeros de Francia, quien en realidad actuaba como jefe de facto del entonces imperio francés. Aunque ese gobierno lo encabezaba nominalmente el Mariscal Nicolás Soult, duque de Dalmacia.

Le informó Saint Denys a Guizot en esa ocasión que el presidente haitiano Charles Hérard había caído abatido en Azua por la metralla dominicana.

Era obvio que dicha comunicación contenía una suerte de juego semántico, con claros matices ajustados al marco de eso que los latinos llamaban en la época medieval la excusatio non petita, de la cual se derivaba una auto acusación que en el caso de la especie era palpable en las tareas diplomáticas que Saint-Denys llevaba a cabo en la naciente República Dominicana.

Aunque en el referido informe el habilidoso cónsul oscilaba entre la duda y la certidumbre de dicho fallecimiento, precisaba con lenguaje sagaz lo siguiente: “La muerte del Presidente Hérard y la derrota de la columna expedicionaria que él comandaba en persona, de día en día toma mayor consistencia.”3

Luego se supo que se trataba de una noticia falsa (como los famosos “fake news” tan en boga ahora, aunque con antecedentes que se remontan muchos siglos atrás).

Sin embargo, en los días siguientes ese bulo consular tendría repercusiones en otros acontecimientos armados del país. Podría decirse que puso el clavo en el ataúd de la primera oleada de invasiones haitianas luego de la independencia de la República Dominicana.

El culto historiador haitiano Thomas Madiou, en su libro Historia de Haití, con una visión sesgada sobre muchos de los acontecimientos políticos y militares que involucraron en el pasado a las dos naciones que se reparten la isla de Santo Domingo, aborda el tema de la batalla del 19 de marzo de 1844 y aun cuando plantea que los dominicanos no podían resistir la superioridad numérica y armamentística de los haitianos, concluye, en desvío de lo anterior, admitiendo que en Azua sus compatriotas fueron derrotados y el pavor cundió en ellos. Cifra en más 50 los oficiales haitianos abatidos en la ocasión. Específicamente señala que los haitianos al mando del presidente Hérard: “Fueron recibidos a cañonazos con metralla y obligados a replegarse, batiéndose en retirada un poco desordenadamente.”4

Luego del choque bélico de Azua vendrían largas e incesantes luchas para repeler las continuas agresiones que durante 11 años hicieron los haitianos al territorio dominicano.

Es de rigor indicar que forman un caleidoscopio de opiniones profundamente divergentes los relatos, memorias, crónicas y comentarios construidos en torno a ese acontecimiento histórico, y sobre el rol de varios de los principales personajes militares vinculados con el mismo.

Hay un mar de versiones contradictorias, lo cual ha impedido que las generaciones posteriores de dominicanos se hayan podido formar un juicio claro en relación a lo que allí ocurrió, en esa fecha.

Si los argumentos y/o alegatos escritos sobre esa batalla se colocan en líneas paralelas se podrá observar una mezcla extraña y abigarrada del complejo de Guacanagarix y del bovarismo que algunos atribuyen injustamente a una parte amplia del pueblo dominicano.

Dicho lo anterior porque mientras unos colocan esa batalla en un carril decisivo para reforzar la independencia nacional, otros infravaloran su impacto y la califican como una simple escaramuza, sin ningún impacto en las glorias de las armas dominicanas.

El escritor, diplomático y periodista santiaguero Enrique Deschamps, en su obra titulada La República Dominicana, habla sobre ese encuentro bélico así: “Los heroicos azuanos abrillantaron los fastos nacionales con la gloriosa acción del 19 de marzo de 1844, fecha que integra un luminoso jalón de la gloria en historia de la independencia dominicana.”5

Pero lo cierto es que algunos de los más prolíficos historiadores dominicanos, al referirse a las principales batallas libradas en el largo proceso de consolidación de la independencia nacional, han ignorado el impacto, incluso en el concepto  meramente militar, de la contienda del 19 de marzo de 1844, y ni siquiera la mencionan.

Otros no desechan en sus notas a ese formidable choque armado, pero le han restado importancia. Roberto Cassá, al referirse a Charles Hérard y sus 20,000 soldados desplegados en el Sur, proyecta esa gesta como una especie de simple refriega al presentarla así: “El 19 de marzo, las avanzadas haitianas fueron rechazadas, tal vez porque no esperaban una resistencia enconada. Este triunfo, aunque de poca monta, elevó la moral de los dominicanos…”6

 

Bibliografía:

1-Junta Central Gubernativa. Proclama pública, 21 de marzo de 1844.

2-Periódico El Nacional, Azua, No.59, 8 de marzo de 1884.

3-Comunicación del 25 de marzo de 1844 del cónsul Saint Denys al ministro Guizot. Bloque de correspondencias del cónsul de Francia en Santo Domingo, 1844-1846.

4-Historia de Haití. Editorial Forgotten Books, 2018.Volumen III.P135.Thomas Madiou.

5-La República Dominicana.Directorio y Guía.SDB.Edición facsimilar.Editora Búho,2003. Segunda parte.P202. Enrique Deschamps.

6-Personajes Dominicanos.Tomo I.Editora Alfa y Omega,2013.P184.Roberto Cassá.

 Publicado 10-marzo-2021.

 

 

sábado, 6 de marzo de 2021

LA FRANCIA IMPERIAL EN TERRITORIO DOMINICANO (y V)

 

LA FRANCIA IMPERIAL EN TERRITORIO DOMINICANO (y V)

POR TEÓFILO LAPPOT ROBLES

La llamada Era de Francia en Santo Domingo comenzó teóricamente el 18 de octubre de 1795, en medio de tensiones y curiosidades, en un acto escenificado con “redobles de tambores y estridentes llamadas de clarines” en la esquina de las Cuatro Calles, en la Ciudad Primada de América, donde un pregonero leyó la cesión que hizo España en favor de Francia del territorio dominicano.

En medio de esa ceremonia, que dejó perplejos a no pocos en quienes ya latía un sentimiento de apego a la patria que todavía se mantenía bajo el yugo español, se produjo la inesperada muerte de una mujer cuyo corazón quedó infartado al escuchar al divulgador. Ha sido considerada como la primera víctima del Tratado de Basilea.

Fray Cipriano de Utrera, con su típico galimatías, en el largo proemio (56 páginas) del libro Diario de la Reconquista, describe así lo ocurrido allí ese día:

“…el día de la publicación cayó muerta en medio de la calle una mujer, exclamando: Isla mía, Patria mía”. “El nombre de aquella mujer era Tomasa de la Cruz, que por sí solo es símbolo de quien no cree sino cuando siente en sí todo el peso de la adversidad…”1

Gobernador  Kerverseau

 

En el general francés Francois Marie de Kerverseau recayó la encomienda del general Leclerc de ponerle término al gobierno de Louverture en la parte oriental de la isla de Santo Domingo. Eso fue el 30 de enero de 1802.

A partir de entonces, y por  unos cuantos meses (entre el 1802 y 1803), Kerverseau fue el gobernador francés en lo que luego sería la República Dominicana.

Muchos meses antes de la derrota que en la ciudad portuaria de Cabo Haitiano  sufrió, el 28 de noviembre de 1804, el general francés Rochambeau, por parte del líder independentista haitiano Jean-Jacques Dessalines y sus huestes, ya imperaba el caos y la indisciplina entre los oficiales y tropas francesas esparcidas en toda la geografía de la isla.

Esa situación fue aprovechada por el general Jean- Louis Ferrand para dirigirse desde Montecristi a la ciudad de Santo Domingo y darle un golpe de Estado (dicho eso en el concepto definido en la Francia del siglo XVII) a Kerverseau.

A partir de ese hecho de fuerza, y en abierta violación del artículo 12 del decreto que emitió Napoleón Bonaparte el 4 de noviembre de 1801, el general Ferrand se  convirtió en el hombre fuerte de la colonia francesa en el lado oriental de la isla de Santo Domingo, hasta su muerte en el 1808.

En los papeles de Kerverseau hay una nota informativa firmada por él en Puerto Rico, el 25 de febrero de 1804, en la cual acusa de traición al general Ferrand, quien fuera su subalterno, y señala que su salida de Santo Domingo “ha sido un lance de intriga, del que su autor tendrá motivo de arrepentirse. Púsome en la necesidad de derramar sangre o de ceder, y preferí este último partido.”2

 

Gobernador Ferrand

 

El general Jean-Louis Ferrand fue el gobernador colonial francés en territorio dominicano que más tiempo se mantuvo en el poder. Desde 1803 hasta 1808, cuando designó de manera interina al general Dubarquier para dirigirse al este del país a combatir a Juan Sánchez Ramírez y sus guerreros que finalmente lo derrotaron.

Su gobernación de la colonia fue un desastre económico, político y social. Los negros esclavos fueron sometidos a los mayores maltratos y la población en general fue sumida en un espantoso estado de miseria que sirvió como caldo de cultivo para ponerle término a la presencia del imperio francés en tierra dominicana.

La opinión más socorrida sobre la muerte del general Ferrand es que sintiéndose  derrotado en la Batalla de Palo Hincado él mismo se quitó la vida dándose un balazo en la cabeza, en una quebrada, cerca del Río Guaiquía. 

Dicen que horas después de expirar Ferrand el señor Pedro Santana (el papá de los célebres hermanos Santana Familias) le desprendió la cabeza y la empaló para exhibirla por las calles onduladas de la ciudad de El Seibo.

 

Juan Sánchez Ramírez

 

Juan Sánchez Ramírez y Ciriaco Ramírez fueron al principio las principales figuras opositoras a la presencia de los franceses en la gobernación colonial. El primero nació en el año 1762 en la villa de Cotuí, en el oriente cibaeño.

La biografía de Juan Sánchez Ramírez se ha difundido bastante, sabiéndose que capitalizó el gran descontento que había por las estrecheces económicas derivadas de un sistema de plantación sustentado en la esclavitud y por otras muchas motivaciones.

En medio de una etapa histórica donde ocurrían muchas cosas negativas él surgió, por sus condiciones económicas, políticas, sociales y militares, como el individuo más idóneo para aglutinar a todas las fuerzas internas y externas que adversaban a los franceses aquí y allende las fronteras, marina y terrestre, del país.

Pero está comprobado, y el mismo Sánchez Ramírez lo pregonaba, que su objetivo central no era la Independencia, sino volver al pasado colonial español, y así actuó en todos los actos de su vida como adulto.

 

Ciriaco Ramírez

 

Ciriaco Ramírez nació en el 1772 en Cádiz, en el sur de España, pero en tiempos de la Reconquista tenía más de dos décadas domiciliado en Azua, tierra ardiente y llena de historia.

Ese personaje tratado con ciertos niveles de marginación por la historiografía tradicional dominicana fue un gran productor agrícola y se le conocían múltiples habilidades como comerciante.

Parte de la abundante documentación correspondiente a los primeros años del siglo XIX demuestra que en realidad Ciriaco Ramírez fue el primer jefe de la revuelta anti francesa, la cual comenzó en el sur del país.

Fue, en consecuencia, una figura central en la lucha contra los franceses. Uno de sus puestos de mando lo estableció en el lugar conocido como Sabana Mula, hoy parte del  municipio de Bánica, en el territorio de la provincia Elías Piña.

Aunque en Sabana Mula no le fue bien en términos militares, es válido decir que el coraje y las habilidades de Ciriaco Ramírez fueron claves para derrotar en otros lugares bajo su incumbencia a las tropas dirigidas por el coronel Aussenac, un hombre ducho en combates en medio del boscaje y brillante estratega militar quien dirigía de manera simultánea las compañías de dragones franceses de San Juan y de Baní, a quienes hizo huir en desbandada. Aunque algunos lo niegan los hechos están ahí como testigos elocuentes.

Ciriaco Ramírez fue un aliado de Juan Sánchez Ramírez, pero terminó siendo víctima de una feroz campaña desatada en su contra por el triunfador de Palo Hincado, que no cesó con su apresamiento el 7 de junio de 1809, en uno de sus cafetales situado en la parte montañosa de Azua.

En septiembre de 1810 se le abrió un expediente acusatorio por, entre otros motivos, una supuesta “negligencia e inacción”, causa por la cual según sus acusadores “lograron los franceses que salieron de Azua entrar sin tropiezo en la Capital de Santo Domingo, y que de esto resultó la prolongación del sitio.”3

 

Junta de Bondillo

 

La Batalla de Palo Hincado (que comentaré más abajo) eclipsó los actos de guerra de Ciriaco Ramírez. La Junta de Bondillo, celebrada el 12 de diciembre de 1808, en ese lugar en las cercanías de los poblados de Bayona y Manoguayabo, terminó otorgándole poderes elevados a Sánchez Ramírez.

El historiador José Gabriel García, en su obra Compendio de la Historia de Santo Domingo, describe que entre las resoluciones más importantes tomadas por la Junta de Bondillo estuvieron las siguientes:

“Reconocer como tenían reconocido, a don Fernando VII por legítimo rey y señor natural….nombrar por gobernador político y militar e intendente a don Juan Sánchez Ramírez, comandante general del ejército…en atención al mérito que había adquirido siendo el caudillo y autor de la gloriosa empresa de librar al pueblo dominicano del yugo de Napoleón, emperador de los franceses.”4

 

Dubarquier luego de la derrota en Palo Hincado

 

El general Joseph-David Dubarquier fue designado por Ferrand como gobernador interino de la colonia mientras él marchaba a combatir a los insurrectos que desde la zona oriental del país amenazaban con aniquilar su gobierno, y así poner fin a la Era de Francia en Santo Domingo.

El general Jean-Louis Ferrand creía que pronto retornaría a la Ciudad Primada de América con los caireles del triunfo en su atuendo militar, pero la realidad fue otra muy distinta.

Al enterarse el gobernador provisional de la derrota de Ferrand en Palo Hincado tomó las medidas militares de rigor en situaciones como esa.

Al mismo tiempo que desde el 10 de noviembre del 1808 la gobernación francesa se apertrechaba de armas y alimentos, en la zona intramuros de la ciudad de Santo Domingo; los combatientes de La Reconquista, con la fanfarria de los victoriosos, marcharon (con el apoyo de tropas inglesas y españolas) desde Palo Hincado hacia la capital colonial.

La principal ciudad del país fue cercada por los seguidores de Sánchez Ramírez  durante 9 meses, provocando una catástrofe alimentaria en su población, lo cual  finalmente obligó al mencionado gobernador interino a rendirse. Así terminó la llamada Era de Francia en Santo Domingo.

 

Batalla de Palo Hincado

 

Desde la lectura del arriba referido bando, el 18 de octubre de 1795, hasta la rendición bajo acoso del gobernador colonial interino Joseph-David Dubarquier, ocurrieron aquí muchos hechos relacionados con el Tratado de Basilea, tal y como he descrito en esta corta serie de comentarios.

Antes de que el hatero cotuisano Juan Sánchez Ramírez llevara a cabo su exitosa campaña de la Reconquista, que culminó con la expulsión de los franceses del territorio nacional, hubo varios intentos fallidos para ponerle fin al gobierno colonial surgido del Tratado de Basilea.

Al margen de los objetivos finales  que marcaban el pensamiento pro hispánico del principal caudillo de la Reconquista, lo cierto es que la lucha del pueblo dominicano para zafarse del yugo de los franceses estaba abroquelada de una especie de fondo histórico cargado de antecedentes de luchas por su autodeterminación.

Desde que los primeros grupos de criollos comenzaron a sentir lo que con el tiempo se ha ido definiendo como la dominicanidad ha existido el deseo de ser libre. Otra cosa pensaban Sánchez Ramírez y otros que formaban parte de su camarilla o que tenían intereses parecidos a los suyos.

Desde la ciudad de Higüey, después de oír una misa, en la primera hora de la mañana del 4 de noviembre de 1808, Juan Sánchez Ramírez salió, acompañado por decenas de higüeyanos, hacia El Seibo.

En aquel pueblo vecino de Higüey obtuvo una resonante victoria militar frente a las tropas francesas encabezadas por el general Ferrand. Fue la famosa Batalla de Palo Hincado.

En Diario de la Reconquista Juan Sánchez Ramírez describe con parquedad los pormenores de dicho encuentro armado; sin embargo es más abundante en los detalles de lo que ocurrió previamente.

El siguiente párrafo de dichas notas sirve para sintetizar los aprestos bélicos que culminaron con la debacle de los franceses. Así escribió el caudillo cotuisano:

“…marché a las tres de la madrugada del día tres con el resto del armamento y municiones a estar a la cabeza de mi gente: por la tarde llegué a Higüey, empleando allí toda la noche en reunir paisanos, formar compañías y dar las disposiciones convenientes; supliqué al Padre Cura de aquel famoso Santuario que celebrase bien temprano el santo Sacrificio de la Misa, a que asistí con la tropa…”5

La Batalla de  Palo Hincado se desarrolló el 10 de noviembre de 1808, en un cerro  así llamado, situado a unos pocos kilómetros al oeste de la ciudad de El Seibo.

Fue en esa batalla de los anales dominicanos donde Juan Sánchez Ramírez, después de decir con voz estentórea un “¡Viva el rey Fernando VII!, pronunció ante oficiales y tropas una frase que ha quedado fija como lección de guerra:

“Pena de la vida al que volviese la cara atrás; pena de la vida al tambor que tocare retirada, y pena de la vida al oficial que lo mandare, aunque sea yo mismo.”

El triunfador de Palo Hincado contaba en el plano interno con el apoyo abierto y directo de hateros, sacerdotes, comerciantes y medianos propietarios urbanos y rurales, quienes habían sido afectados en sus intereses económicos, políticos y sociales por Ferrand y su planilla de funcionarios.

El general Ferrand, que era el gobernador de la colonia desde el 1803, fue el jefe derrotado. Había partido desde la ciudad de Santo Domingo 7 días antes.

Los registros históricos demuestran de manera elocuente que antes y después de la derrota de los franceses Juan Sánchez Ramírez y sus asesores lograron también, por diferentes razones, el apoyo de los ingleses, así como del presidente de la parte sur de Haití, Alexandre Sabés Pétion, y del gobernador de la entonces colonia española de Puerto Rico, Toribio Montes.

Prueba de lo anterior lo dejó escrito para la posteridad el mismo Juan Sánchez Ramírez, al señalar que el 31 de octubre de 1808 recibió en el puerto de Yuma, en la jurisdicción de Higüey, provenientes de Puerto Rico, por órdenes del mencionado Toribio Montes: “quatrocientos fusiles con cierto número de cartuchos…”

Más aún, de ese gobernador Toribio Montes se conserva un oficio de fecha 5 de febrero de 1809  enviado a Juan Sánchez Ramírez, en el cual le informa, entre otras cosas, lo siguiente:

“Envío a usted el bote Altagracia…don Francisco Espino sale hoy con tres lanchas cañoneras, escoltando una saetía que conduce dos morteros y dos cañones de bronce de a 32, con todas las municiones y demás necesario para su servicio.”6

Los partes militares de la batalla de Palo Hincado contienen una rica y variada información sobre lo que ocurrió en aquel histórico altozano seibano, desde el tipo de armas, hasta la cantidad de combatientes y las bajas que tuvieron los dos bandos enfrentados.

El teniente dominicano Francisco Díaz dirigió más de 200 fusileros que pecho en tierra esperaban el paso de los franceses que cayeron en una emboscada preparada con gran sigilo y no poca pericia por el oficial Pedro Vega, un brillante estratega nativo de la ciudad de La Vega.

También hubo combatientes con lanzas y sables que formaron un escuadrón de caballería bajo el mando del capitán seibano Vicente Mercedes.

Otros combatientes con armas blancas de diferentes tipos y fusiles, comandados por el llanero Antonio Sosa, causaron grandes estragos a los franceses. 

José de la Rosa, que formaba parte del contingente de refuerzos enviados por el gobernador de la colonia de Puerto Rico, fue puesto a la cabeza de una nutrida infantería que desde una posición de retaguardia provocó muchas bajas a los franceses.

La versión francesa sobre la Batalla de Palo Hincado salió a la luz pública varias décadas después, por vía de Jean-Baptiste Lemonier-Delafosse, un alto oficial de infantería ligera quien acompañó durante 7 días de viaje al general Ferrand desde la ciudad Santo Domingo hasta la tierra del este dominicano donde murió por suicidio.

En su obra titulada Segunda Campaña de Santo Domingo del primero de diciembre  de 1803 al 15 de julio de 1809 Lemonier-Delafosse dedica muchas páginas a los hechos que a su decir ocurrieron en aquella colina seibana.

Relata la participación de un español de nombre Tomás Ramírez Carvajal, quien acompañado por cientos de luchadores fingió, en la ribera oeste del río Ozama, apoyar a los franceses.

La dicha oferta de colaboración fue aceptada por Ferrand, y ese extraño personaje de huesos cántabros se incorporó con sus tropas a las unidades de combate que marchaban con el gobernador colonial hacia el este dominicano, en el que sería su periplo final.

Aquello resultó ser lo que en la mitología griega se conoció, muchos siglos atrás, como el caballo de Troya usado por los aqueos.

Ese Ramírez Carvajal, sin un claro itinerario en las páginas de la historia dominicana, fue para los franceses en Palo Hincado lo que más de un siglo después el general español Emilio Mola incorporó al lenguaje militar bajo el concepto de  un quinta columna.

Por los alrededores de Palo Hincado el habilidoso español utilizó artimañas para desempotrarse de los franceses y asestarles de inmediato grandes daños. Eso afectó incluso anímicamente al general Ferrand.

Sobre la compañía dirigida por el susodicho Ramírez Carvajal en el lado oeste de la ciudad de El Seibo Lemonier-Delafosse relata que: “los 200 españoles que tenían el ramo verde se pusieron en movimiento para sostenernos….Ramírez dejó a Ferrand, se dirigió a su gente y un grito repercutió en los aires…”

Más adelante señala dicho autor que: “Tan pronto como aquellos doscientos ginetes se reunieron con los suyos empezó un combate obstinado, una refriega espantosa, y nuestros seiscientos hombres no pudieron hacer otra cosa que vender caras sus vidas!”7

Con la Batalla de Palo Hincado comenzó el principio del fin de la Era de Francia en Santo Domingo. Luego de ese encuentro bélico todo lo demás fueron flequillos derivados de ese significativo hecho de armas en la historia dominicana.

Bibliografía:

1-Proemio de Fray Cipriano de Utrera al Diario de La Reconquista, de Juan Sánchez Ramírez. Editora Montalvo,1957.Pp 8 y 9.

2-Comunicación de Kerverseau. Puerto Rico, 25 de febrero de 1804.

3-Proceso a Ciriaco Ramírez. Conspiración de los italianos. Septiembre de 1810.

4-Obras Completas. Volumen I, tomos I y II. P279. José Gabriel García.

5-Diario de La Reconquista. Juan Sánchez Ramírez. Editora Montalvo, 1957. Pp45 y 46.

6-Oficio del gobernador Toribio Montes al general Juan Sánchez Ramírez. Puerto Rico. 5 de febrero de 1809.

7-Segunda campaña de Santo Domingo del primero de diciembre  de 1803 al 15 de julio de 1809.Editorial El Diario, Santiago, 1946.Pp158 y siguientes. Jean-Baptiste Lemonier-Delafosse.