viernes, 8 de octubre de 2021

LUPERÓN EN LA RESTAURACIÓN ( Y II)

 

LUPERÓN EN LA RESTAURACIÓN ( Y II)

 

POR TEÓFILO LAPPOT ROBLES

 

Mientras se encontraba fomentando la lucha armada en los campos de La Vega, con principal punto operativo en la sección La Jagua, llegó a oídos de Luperón la noticia de que la cercana ciudad de Santiago de los Caballeros estaba sitiada por los anexionistas.

Sin pérdida de tiempo se presentó allí con decenas de acompañantes en pie de guerra. Fue recibido con beneplácito por los oficiales y soldados restauradores que resistían los feroces ataques de los enemigos. En pocas horas fue designado jefe de un cantón y por sus condiciones excepcionales de intrépido guerrero adquirió el rango de general.

En una obra autobiográfica dictada por él se relata la forma en que se dio inicio a la gran batalla septembrina en aquella histórica urbe dominicana.

En horas de la noche del 5 de septiembre del 1863, ante la inminente llegada a Santiago de miles de anexionistas encabezados por el renegado general criollo Juan Suero (llamado el Cid Negro) y el coronel español Mariano Cappa para reforzar a sus conmilitones que estaban atrincherados en puntos claves de esa ciudad, el general restaurador Gaspar Polanco ordenó que se atacara la Fortaleza San Luis.

Luperón señaló, en resumen, que esa noche los patriotas dominicanos portaban lanzas, fusiles antiguos, trabucos, pistolas, machetes y garrotes.

Abunda al decir que una columna dirigida por el General Gregorio de Lora marchó por la calle San Luis; el coronel Benito Monción dirigió la artillería emplazada en el Castillo de Santiago contra la citada fortaleza que controlaban los españoles; el mismo Luperón iba al frente de una columna que se desplazaba por la calle Juan Francisco García y el general Polanco, “con dos piezas de artillería, marchó por la calle de la Barranca o de la Iglesia.”1

Un repaso de los hechos en que participó Luperón, enfrentando y venciendo una y otra vez a los anexionistas, permite decir que el 6 de septiembre de 1863, en la ciudad de Santiago, fue como una especie de parteaguas en la Guerra de Restauración.

A partir de esa fecha un espontáneo coro nacional resaltaba que Luperón estaba dotado de un “valor fabuloso”. Ese calificativo fue desde entonces parte esencial en la corona de elogios que rodea su firme figura militar y su calidad superior en defensa de los valores supremos de la República Dominicana.

Pertinente es decir que aunque el jefe supremo de las operaciones militares de los restauradores en esa, la segunda ciudad del país, era el general Gaspar Polanco, seguido de los también generales Pimentel y Monción, la determinación y bravura de Luperón  fue de gran importancia para la victoria de los restauradores en ese día glorioso. No se trata de un malentendido sobre el protagonismo real de esa contienda. Los hechos avalan esa afirmación.

Los anexionistas estaban dirigidos allí por los vendepatria generales José Hungría y Abad Alfau, quienes estaban reforzados por numerosos altos oficiales españoles.

Desde su puesto de mando en el sitio histórico conocido como El Meadero, Gregorio Luperón planificaba las acometidas contra los anexionistas y encabezaba en cada ocasión los combates.

Cuando observó alguna desesperanza entre generales y coroneles restauradores utilizó un ardid propio de toda guerra, haciendo propalar noticias no confirmadas, pero que provocaron un efecto demoledor en la moral de los intrusos.

Luperón tenía un carisma para iluminar a los combatientes con sus arengas sobre la seguridad del triunfo. Cuando algunos parecían desfallecer él se llenaba de energía redentora y convertía el desánimo en entusiasmo patriótico.

Un oficio dirigido por Luperón al coronel Pepillo Salcedo, de fecha 9 de septiembre de 1863, permite tener una idea clara sobre el impacto de su participación en la Guerra Restauradora.

Con la contundencia de un adalid se expresaba en dicha correspondencia un jovencísimo Gregorio Luperón, quien el día anterior había cumplido 24 años de edad: “Venga, compañero, pues estando herido Benito, me veo forzado a atender a los campamentos del Meadero y Marilópez, a las guerrillas, a la artillería del fuerte, y hasta el Cuartel General de Polanco…”2

Dicha descripción es una estampa de ese aguerrido general veinteañero. El texto anterior confirma que en gran parte por su iniciativa de lucha sin tregua y su coraje los españoles tuvieron que desistir 7 días después de aquel luminoso 6 septembrino (el 13 de septiembre de 1863) de sus macabros propósitos de ocupar la segunda ciudad dominicana.

Los ibéricos y sus secuaces criollos, al frente de los cuales estaban el brigadier  Manuel Buceta del Villar y el coronel Mariano Cappa, salieron en desbandada desde Gurabito y otros lugares santiagueros hacia Puerto Plata, por tortuosos trillos de Las Lavas, Altamira y caseríos dispersos en esa ruta de la Cordillera Septentrional.

En esa misma zona, dos días antes, vale decir el día 11 de septiembre de 1863, también fue derrotado el brigadier Rafael Primo de Rivera, que en vísperas había llegado desde Cuba a Puerto Plata, entonces el más importante puerto marítimo de la República Dominicana y uno de los puntos claves de su mercado de exportación e importación.

Su presencia, al frente de dos batallones con tropas curtidas en guerra de ultramar, era para reforzar a los anexionistas que cada día se encontraban en mayores dificultades. La aplastante derrota de Primo de Rivera y sus soldados se produjo en  el lugar conocido como Cuesta de los Balazos, en Altamira, donde los restauradores, bajo el mando del bizarro coronel Latour pusieron en el alto la dignidad del pueblo dominicano.

Cuando los restauradores crearon un primer gobierno en armas, instalado en la ciudad de Santiago de los Caballeros, Luperón fue designado Jefe Superior de Operaciones en  la  provincia Santo Domingo. Ese territorio abarcaba un vasto teatro de guerra, desde la orilla del mar Caribe, en la desembocadura del río Ozama, hasta más al norte de la zona de mogotes, cuevas y una gran red hídrica  llamada Los Haitises.

Ese era el puesto militar de mayor responsabilidad que en ese momento tenía el país. Es oportuno decir aquí, para poner en perspectiva la elevada encomienda dada a Luperón, que en la capital de la República Dominicana y su amplio contorno se concentraban los más poderosos contingentes de soldados españoles y criollos anexionistas encabezados por el general Santana. En busca de ellos fue el gran jefe restaurador Gregorio Luperón.

Le correspondió hacer trizas los propósitos de Santana, quien pretendía entonces invadir con miles de tropas el Cibao. En la batalla de Arroyo Bermejo, el primero de octubre de 1863, quedó sellado el triunfo de Gregorio Luperón sobre Pedro Santana, derrumbándose así el anexionismo como doctrina política.

Como antecedentes inmediatos de dicho encuentro bélico vale decir que Luperón y sus tropas sacaron de combate a los anexionistas que encontraron en la ruta de La Vega, Cevicos, El Sillón de la Viuda y varios lugares de la sierra de Yamasá.

Luego de la derrota de los anexionistas en Arroyo Bermejo, el nombrado marqués de Las Carreras, símbolo mayor de la traición a la patria, se replegó por la ruta de Guanuma; pero Luperón no le dio tregua, tal y como bien lo describe Pedro Archambault en su obra Historia de la Restauración:

“Mandó detrás de Santana una fuerte guerrilla en persecución de los realistas, dejó una guardia en Bermejo, situó otra en el camino a Monte Plata y recorrió todas las cercanías de San Pedro para el mejor conocimiento de sus operaciones…”3

 Las cuencas de los ríos Yabacao, Casuí, Congo y Soco, parte de los llanos costeros del mar Caribe y diversos promontorios de la Cordillera Oriental se convirtieron en tumbas abiertas para cientos de anexionistas.

Aquellas derrotas en cadena fueron el principio del fin de Santana, a quien el principal jefe de lo que quedaba del gobierno anexionista terminó quitándole lo poco de mando que le quedaba. Ocho meses después el llamado Chacal de Guabatico moría envuelto en el lodazal de sus acciones.

La probada autoridad moral de Luperón en la guerra restauradora surgió porque él prefería la gloria (en el más patriótico sentido de la expresión) al poder en sí, amén de que rechazaba cualquier sugerencia que se saliera de sus lineamientos de intransigencia en la lucha por recuperar la libertad de los dominicanos.

Por sus altos méritos en los campos de batalla la figura de Luperón fue creciendo en admiración no sólo entre sus tropas sino en todo el pueblo. Al mismo tiempo hay que señalar que la sola mención de su nombre causaba terror entre los anexionistas criollos y extranjeros.

Su biógrafo Hugo Tolentino Dipp resumió muy bien el papel estelar de ese prócer dominicano:

“Toda esta campaña hizo de Luperón un héroe popular de las libertades nacionales. Su prestigio como primera espada de la Restauración era indiscutible…Por encima de las mezquinas pasiones, Luperón se encumbraba como una figura cuyo valor y temeridad iban a la par con el patriotismo intransigente que le caracterizaba.”4

En la próxima crónica abordaré la significación política de su figura luego de la epopeya restauradora.

Bibliografía:

1-Notas autobiográficas. Tomo I.Pp133 y 134. Reimpresión facsimilar. Editora de Santo domingo, 1974. Gregorio Luperón.

2-Carta de Luperón a Pepillo Salcedo.9-septiembre-1863.Ibídem.Pp141 y 142. Gregorio Luperón.

3-Historia de la Restauración. Editora Taller 1987.P139.Pedro M. Archambault.

4-Gregorio Luperón. Biografía Política. Editora Alfa y Omega. Tercera edición.P113. Hugo Tolentino Dipp.

sábado, 25 de septiembre de 2021

LUPERÓN EN LA RESTAURACIÓN (I)

 

LUPERÓN EN LA RESTAURACIÓN (I)

POR TEÓFILO LAPPOT ROBLES

La Guerra de la Restauración puede considerarse como la más alta cumbre donde se asentó el patriotismo dominicano.

Frente a la miseria material y la escasez de todo tipo de medios para combatir a fuerzas muy superiores brotó el coraje del pueblo llano para derrotar a los enemigos de la soberanía nacional.

Era el mismo pueblo que más de 100 años después de la hazaña restauradora Fidel Castro definió así: “República Dominicana: país legendario, David del Caribe y veterano de la historia.”

Desde antes de que se formalizara la desgraciada anexión a España muchos patriotas dominicanos comenzaron a prepararse, aquí y en el exterior, para enfrentar ese hecho que eclipsó la libertad.

El martirologio de Sánchez y sus compañeros, a menos de 4 meses de aquel hecho, es la prueba más elocuente de la voluntad indeclinable de los dominicanos de buena voluntad para rechazar aquella grosera intervención extranjera.

Una vez consumado el crimen de lesa patria, con la proclamación el 18 de marzo de 1861 de la anexión de la República Dominicana al reino de España, comenzaron diversas comunidades de diferentes lugares del país a expresar su oposición.

La primera manifestación en contra de aquella barbaridad se produjo en San Francisco de Macorís, el 23 de marzo de 1861, cuando allí se presentaron los ocupantes a tomar posesión de la plaza. Hacía 5 días que se había hecho pública la declaración de entrega de la soberanía nacional.

El segundo acto de rebeldía ocurrió en Moca, al filo de la media noche del jueves 2 de mayo de referido año. Más de 800 patriotas dominicanos encabezados por José Contreras y Cayetano Germosén (fusilados por Santana 18 días después junto a otros participantes de esa gesta) asaltaron el cuartel de los anexionistas, arriaron la insignia española e izaron el estandarte tricolor dominicano.

El entonces cónsul inglés en el país Martin J. Hood, en comunicación fechada en Santo Domingo el 20 de mayo de 1861, dirigida a John Russell, jefe de la diplomacia de su país, señalaba, entre otras cosas, que “en Moca…echaron abajo la bandera española y reenarbolaron la bandera dominicana…El 10 de corriente el general Santana dejó esta ciudad para ir a Santiago acompañado de un cuerpo de lanceros españoles, lo que revela la gran importancia atribuida a los recientes sucesos en Moca.”1

Así se fueron tejiendo los eslabones que formaron la cadena de combatientes que devolvieron al pueblo dominicano la libertad que Duarte encarnó 17 años antes, cuando fue proclamada, en su ausencia forzosa, la Independencia Nacional.

Al analizar los hechos concernidos a la Guerra de la Restauración se comprueba que esa formidable gesta del pueblo dominicano tuvo dos componentes claves: la parte militar y el elemento político. Sin desdeñar otros aspectos, que también los tuvo.

En la crónica anterior abordé la figura de Gregorio Luperón antes de la Guerra de Restauración. Sus primeros 20 años fueron esencialmente de formación autodidacta en diferentes facetas de su vibrante vida. Eso le sirvió de zapata resistente para con el paso del tiempo convertirse en uno de los hombres fundamentales del país.

Sobresalió en el manejo de armas, tanto de fuego como blanca. Fue un excelente conductor de hombres en guerra, guiando regimientos de infantería de línea y también empleando tácticas de caballería ligera con escuadrones que se hicieron célebres en el transcurso de las confrontaciones con los anexionistas.

Pocos, sólo por ruindad, han negado que en la guerra restauradora Luperón fue un experto en la elaboración y puesta en práctica de muy variados métodos marciales  que resultaron ser eficaces para el triunfo de la causa nacional.

En la política fue astuto, desplegando entre sus contemporáneos unos modos y unas habilidades que le permitieron encabezar las fuerzas liberales que se disputaban la hegemonía con los conservadores. Mantuvo siempre una postura invariable en materia de patriotismo.

Al hacer acto de presencia  en ese escenario que llenó de gloria la historia nacional Gregorio Luperón, con su enérgico carácter, participó con altos perfiles protagónicos, y con interés apasionante, en los enfrentamientos armados así como en las turbulencias de la actividad política.

Es importante señalar que a pesar de ser entonces un joven veinteañero Gregorio Luperón ya tenía un halo de gloria y que sobresalió como jefe de armas en el fragor de una guerra en contra de una potencia de ocupación que pretendía doblegar el espíritu del pueblo.

El reino de España creía que su presencia de nuevo en esta tierra sería un paseo militar, pues también contaba con la ayuda de malos criollos que utilizaban el negacionismo como parapeto para no reconocer la verdad de que los dominicanos jamás permitirían de manera pasiva que su soberanía desapareciera.

La realidad fue bien distinta. Los  guerreros restauradores, con Luperón como uno de sus más prominentes jefes, vencieron todas las artimañas de los 4 capitanes generales que tuvo la anexión: Pedro Santana Familias, Felipe Ribero Lemoine, Carlos de Vargas Cerveto y José de la Gándara Navarro.

Se cifra en más de 20 mil los españoles muertos o heridos. Es válido decir en ese aspecto que la fiebre amarilla ayudó mucho a la causa de liberación del pueblo dominicano.

En su estudio sobre la composición social dominicana Juan Bosch reflexionó con una mezcla de criterios sociológicos e históricos sobre las características de esa lucha patriótica en la cual Luperón rápidamente se convirtió en un titán.

Así lo escribió el político, cuentista y ensayista Bosch Gaviño: “La Revolución Restauradora fue, en verdad, la heredera legítima de los trinitarios. Si alguien encarnaba en el país las mejores ideas de la época, eran los jefes restauradores; y además, eran los que se habían sacrificado por la patria…”2

En esta entrega reseño algunos de los hechos bélicos con categoría histórica en los que participó Gregorio Luperón desde antes de que sonara en todo el territorio dominicano el grito de Capotillo.

El estudio de la historia militar de la Guerra de Restauración permite resaltar que Luperón pronto estuvo colocado en la cúspide de su dirigencia armada. Más tarde, por motivos variopinto, entró de lleno en la fase política de aquella época.

A poco tiempo de comenzar la dicha ocupación, cuando desembarcaron en tierra dominicana los primeros contingentes de tropas del batallón Valladolid, Luperón fue objeto de una tenaz persecución.

Se refugió, disfrazado de curandero, utilizando el sobrenombre de Eugenio el Médico, en distintos parajes de la Línea Noroeste, para allí continuar su labor de reclutamiento de combatientes.

Participó en el tercer levantamiento armado que contra la anexión tuvo lugar en el país en febrero de 1863.

Esa malograda proeza, encabezada por los generales Santiago Rodríguez, Pedro Antonio Pimentel y José Cabrera, ocurrió el día 22 del referido mes en el pueblo de Sabaneta, hoy capital de la provincia Santiago Rodríguez.  

Ese mes de febrero se abrió con la sublevación que el día 3 dirigió en Neiba el general Cayetano Velásquez. El 17 se produjo el alzamiento de Guayubín, teniendo al frente al general Juan Antonio Polanco y a los corones Benito Monción, Lucas de Peña y Norberto Torres.

En el recuento histórico de la gran gesta de la Restauración se observa que Luperón, con categoría de paladín, aparece siempre enérgico e intransigente en su propósito de recuperar la soberanía dominicana.

Fue uno de los más brillantes jefes militares del pueblo en armas. Participó de manera directa en los principales combates de la guerra restauradora. Sus huellas de proceridad quedaron marcadas para siempre en el Cibao oriental, central y occidental, así como en el este y el sur del país.

Donde quiera que Luperón hizo acto de presencia, en el teatro de la guerra restauradora, demostró poseer cualidades excepciones como líder militar. Siempre desafió con denuedo al enemigo; enfrentó con valentía y aplomo cualquier adversidad y dejó para la posteridad su impronta de contendiente bizarro.

Bibliografía:

1-Correspondencia consular inglesa sobre la anexión de Santo Domingo a España.AGN. Editora Búho 2012.P78.Roberto Marte.

2-Composición social dominicana. Impresora Soto Castillo, 2013.P268. Juan Bosch.

sábado, 18 de septiembre de 2021

LUPERÓN ANTES DE LA RESTAURACIÓN

 

LUPERÓN ANTES DE LA RESTAURACIÓN

POR TEÓFILO LAPPOT ROBLES

La parábola vital del prócer Gregorio Luperón  fue el resultado de la unión de la laboriosa Nicolasa Luperón (Duperron) y del comerciante Pedro Castellanos, quien le negó su filiación paterna.

Nació el cálido domingo 8 de septiembre del 1839 en la ciudad de Puerto Plata. Su muerte se produjo el viernes 21 de mayo de 1897, en esa misma ciudad. Vivió, en consecuencia, 57 años, 8 meses y 13 días. En su niñez y adolescencia era más conocido por el alias de Goyito.

En ese espacio de tiempo (definido como “una encrucijada histórico-social”) ocurrieron acontecimientos importantes en la individualidad de Luperón y también hechos extraordinarios  en la colectividad dominicana.

A golpes de acciones heroicas se convirtió en uno de los más formidables ejemplos de superación personal de su época, con proyección hasta la actualidad.

Su vida estuvo marcada por un itinerario preñado de sucesos trascendentales que hicieron de él una figura cimera en la historia nacional.

Vino al mundo dotado de condiciones fuera de lo común, tal y como pudo demostrar a lo largo de su existencia muy movida.

Su origen más que humilde no fue retranca para que venciera los obstáculos que abundaban en la sociedad dominicana de su época.

En sus notas autobiográficas hay descripciones impresionantes sobre la escasez de recursos que padeció junto a su familia monoparental.

En efecto, el gran prócer restaurador narró que siendo niño tuvo que trabajar duro para contribuir al sustento familiar. Pescaba de noche, hacía pan de madrugada y antes de salir los primeros rayos del sol ya estaba en las calles de su pueblo natal “vendiendo frutas en el mercado, dulces en los cuarteles y agua en un burro el resto del día.”1

Lo anterior significa que las calles puertoplateñas, con todos sus peligros y desventajas para un niño, más allá de cualquier análisis sociológico, fueron su primera escuela. Coplas de antaño recogieron su pregón al mercadear como buhonero frutas tropicales y una bandeja repleta de piñonates.

Pasó casi de manera fugaz por las aulas de una pequeña escuela que tenía instalada en Puerto Plata un educador inglés. De aquel aprendizaje escribió después su primer biógrafo, el poeta y patriota Manuel Rodríguez Objío, que se trató de: “…algunas ligerísimas  indicaciones para aprender a leer, escribir y contar, tan imperfectamente como debe presumirse.”2

 

Antes de convertirse en el formidable líder militar y político que fue pudo controlar muchos instintos anexos a la mocedad. Lo logró a base de disciplina personal y profundas cavilaciones en la floresta de la cordillera septentrional, en el área de Jamao.

Muchos de sus contemporáneos con inquietudes políticas o vocación por las armas actuaban sólo con la fuerza propia de esos toros de lidia que llaman morlacos, pero en Luperón primaba más el estudio minucioso de los pasos que daba.

Ese puertoplateño nacido en cuna humilde llegó a ser un gran jefe militar y un caracterizado político que pensaba sus acciones, como lo haría un consumado estratega que analiza los pros y los contras de cada movimiento táctico.

Accionaba de esa manera en virtud de su viva inteligencia (esa misma facultad mental que magistralmente ha analizado en nuestro tiempo Howard Gardner, el eminente académico de la Universidad de Harvard); por su disciplina y, además, por su formación buscada por él al margen de tutores o profesores. Dicho sea que en realidad fue autodidacta.

Luperón surgió a la palestra pública con una clara valoración de la importancia de la libertad y de la soberanía. Su aprendizaje en la biblioteca del señor Pedro Eduardo Dubocq, a partir de los 12 años de edad, le permitió afincar en su pensamiento criterios sólidos que sobrepasaban las simples nociones del deber patrio.

Sus energías interiores, que no eran pocas, encontraron en las páginas de los libros que allí leyó con avidez el camino que lo condujo en pocos años a ser un guerrero y político con disciplina, formación, destreza y don de mando.

Uno de los libros que más hondo caló en el pensamiento del jovencísimo Luperón fue la colección de biografías de decenas de famosos personajes griegos y romanos que el filósofo e historiador griego Plutarco agrupó en su obra siempre vigente titulada Vidas paralelas.

El referido hacendado maderero de origen francés, llegado aquí desde Guadalupe, la Mariposa del sur del mar Caribe, observó que Gregorio Luperón, entonces con solo catorce años de edad, tenía condiciones tan extraordinarias que decidió nombrarlo capataz de su negocio de corte de caoba en Jamao.

Hay que hacer destacar que particularmente para esa época era muy difícil que un hombre rico decidiera poner en parte los destinos de su fortuna en un imberbe que no era su pariente y que provenía de un hogar carenciado. Por demás sin ningún vínculo con las élites de la zona.

La perspicacia del señor Dubocq, afincado en esa área del Atlántico dominicano,  le permitió comprender que Luperón era un ser fuera de serie llamado traspasar los linderos de una vida rural rutinaria.

Le facilitó inicialmente los medios para que fuera desarrollando su potencial humano, lo cual le permitió lograr el insospechado éxito que en unos pocos años tendría.

Mientras Luperón ejercía niveles de jefatura con la peonada que cortaba árboles en la serranía de Jamao y sus colindancias comenzó en la ciudad de Santiago de los Caballeros, contra el segundo gobierno de Buenaventura Báez, la revolución del 7 de julio 1857, encabezada entre otros por José Desiderio Valverde y Benigno Filomeno de Rojas.

Cuando se produjo la referida sublevación, el que luego sería adalid de la Restauración tenía apenas 18 años de edad. Ese acontecimiento lo precipitó a participar por primera vez  en la vida pública del país.

En la cronología de su vida está que a esa edad fue designado por los alzados en armas como Comandante Auxiliar del Puesto Cantonal de Rincón.

Desde esa posición Luperón participó en los hechos que provocaron casi un año después, el 12 de junio del 1858, la salida forzosa del poder de Báez. Muchos pensaron entonces que el país se enrumbaría por caminos de paz, libertad y prosperidad, pero la realidad fue otra.

El resultado final de aquello, por la atomización de los cabecillas de la mencionada revolución, fue la fatal toma del poder por quien poco tiempo después se convirtió en el parricida de la República Dominicana. Ese fue el general Pedro Santana Familias, el jefe de los anexionistas criollos.

Al concluir por su propia voluntad sus vínculos laborales en Jamao con los señores Dubocq y Ginebra, Luperón abrió un negocio propio para vender mercancías nacionales y extranjeras en un cruce de caminos de la zona, específicamente en el pueblo de Sabaneta de Yásica, situado entre las estribaciones del lado norte de la cordillera septentrional y el océano Atlántico.

El 18 de marzo de 1861, cuando llevaba 3 años ejerciendo el comercio de manera independiente, ocurrió en el país un trágico hecho que definiría el rumbo definitivo hacia la proceridad de Gregorio Luperón.

Ese fatídico día la nación fue anexada a España. La soberanía se eclipsó, pero de ahí surgiría la llamarada de luz que permitió que el mundo mirara con respeto y admiración al pueblo dominicano.

A pesar de su juventud ya el nombre de Gregorio Luperón resonaba en los pueblos costeros situados desde Río San Juan hasta la Bahía de la Isabela, así como en las comarcas cercanas emplazadas tierra adentro.

Tan evidente era que los pobladores de esa región tenían conocimiento de las condiciones que adornaban al joven Gregorio Luperón que dos prestantes ciudadanos lo urgieron, mediante carta del 25 de marzo de 1861, para que retornara a Puerto Plata a fin de desafiar la afrenta de la anexión.

Así le escribieron: “Al fin se ha quitado la máscara el general Santana, y verifica la traición de entregar la República a la Monarquía española. Puerto Plata se opone y resistirá hasta la muerte. Tú haces falta en tu pueblo; jamás habíamos visto este pueblo más decidido por la defensa de su independencia.”3

Tres días después de leer esa impactante invitación, y luego de vadear cañadas crecidas, evitar tramos pantanosos y caminar fatigosamente por trillos y atajos intransitables por árboles caídos (una de las usuales tormentas tropicales había afectado días antes esa parte del país) llegó a la ciudad de Puerto Plata para iniciar un largo camino lleno de abrojos. Venció todos los obstáculos y se convirtió en uno de los dominicanos más ilustres de todos los tiempos.

Gregorio Luperón quedó conmovido al ver la bandera del reino de España izada en el lugar donde antes estaba la dominicana, la cual había sido lanzada  con soberbia e irrespeto por los anexionistas en quién sabe qué rincón, como si de un trapo sucio se tratara.

En la fría mañana del 28 de marzo de 1861 ese paladín de la libertad juró luchar hasta la muerte para devolver la soberanía al pueblo dominicano.

En ese momento de tribulación, con la profanación de que era víctima el sagrado lienzo tricolor que define la dominicanidad, bien pudo Luperón haber pensado algo similar a lo que en el 1911 escribió el poeta seibano Emilio A. Morel:

“El sacro pabellón dominicano/es la condensación del patriotismo, /y no puede morir porque en sí mismo/lleva el alma de un pueblo soberano.”4

Fue tal su determinación que en no mucho tiempo ya no sería conocido por Goyito, sino como El General de la Restauración.

Para una persona como Luperón la pérdida de la libertad era una afrenta inaceptable, que merecía una respuesta vigorosa de todos los dominicanos de buena voluntad. A recuperar la soberanía nacional se dedicó desde entonces.

Una de las primeras expresiones públicas que demostró el talante de valiente combatiente de Luperón fue cuando hizo lo que correspondía con un español anexionista que con arrogancia lanzó en su presencia improperios contra los dominicanos.

Fue apresado por el hecho de dejar bien aleccionado al forastero aludido. Pronto se fugó de la cárcel y emprendió por primera vez el camino del exilio.

En poco tiempo, sin importar riesgos, volvió a la patria mancillada. Entró por Monte Cristi, dando inicio así a una épica jornada de lucha restauradora que no terminaría hasta lograr, junto a  miles de otros intrépidos patriotas dominicanos, la derrota de los anexionistas españoles y criollos.

Lo precedente sirvió de argamasa para crear uno de los personajes más impactantes de la historia dominicana.

Otras glosas más extensas constituyen el acervo probatorio de las condiciones excepcionales con las cuales se presentó al palenque de la vida pública dominicana  la esplendente personalidad de Gregorio Luperón.

Bibliografía:

1-Notas autobiográficas y apuntes históricos. Editora Santo Domingo, 1974.Tomo I.P89. Gregorio Luperón.

2-Gregorio Luperón e historia de la Restauración. Editorial El Diario, 1939.Tomo I.P27. Manuel Rodríguez Objío.

3- Carta a Luperón. Puerto Plata, 25-marzo-1861.Federico Sheffemberg y Baldomero Regalado.

4- 16 de Agosto. Cancionero de la Restauración. Editora del Caribe,1963.P 156.Fabio A. Mota y Emilio Rodríguez Demorizi.

 

 

 

BATALLÓN DE HIGÜEY (y II)

 

BATALLÓN DE HIGÜEY (y II)

 

POR TEÓFILO LAPPOT ROBLES

 

                                      Después de la Independencia

El Batallón de Higüey puso en práctica diferentes estilos de combate, al socaire de lo que conviniera a los intereses del pueblo dominicano en cada ocasión. Ello se desprende al analizar los resultados de su accionar en el terreno bélico.

Realizó múltiples jornadas épicas durante los 11 años que el pueblo dominicano tuvo que luchar contra invasores haitianos que luego de proclamarse la independencia nacional, el 27 de febrero de 1844, pretendían eliminar la naciente República Dominicana.

Esa organización de aguerridos combatientes era sui géneris. Dependiendo de las circunstancias se desdoblaba en escuadradas, escuadrones o pelotones, pero en todo momento manteniendo su nombre original en cualquier lugar. Así fue en los enfrentamientos contra haitianos, y también frente a españoles, franceses, ingleses y antipatriotas criollos.

Siempre le correspondió luchar en guerras de invasión, adaptándose con una asombrosa rapidez a terrenos de batallas tan diferentes como Sabana Larga, en Dajabón; Jácuba, en Puerto Plata o en diversos puntos de la sabana de Guabatico y áreas adyacentes.

El Batallón de Higüey se fue consolidando con el paso del tiempo en su objetivo de defender la soberanía dominicana. A sus integrantes no les importaba que en el teatro de operaciones tuvieran que actuar como frente o como retaguardia.

Así también, tal vez sin ninguno de ellos haber leído ni una cartilla de tácticas militares, sabían cómo combatir cuando eran encuentros de frente y lo hacían diferente cuando, en clave de guerrillas, tenían que tirarse al monte para atacar de manera sigilosa al enemigo.

En la batalla del 19 de marzo de 1844, en Azua de Compostela, acompañando al general Antonio Duvergé, estuvieron presentes los higüeyanos, quienes con su vozarrón colectivo como santo y seña decían, antes de cada acometida al enemigo, ¡Batallón de Higüey!

A la batalla del 6 de diciembre de 1844, para recuperar el estratégico cerro de Cachimán, en la periferia del río Artibonito, los miembros de esa unidad bélica llegaron con su merecida fama de bravura y su gran habilidad en el uso del arma blanca.

Los jefes militares haitianos himplaban como panteras, tanto en Cachimán como en otros lugares, pero comoquiera se impusieron los fusiles y los machetes de los dominicanos.

El 17 de junio de 1845 miembros destacados de ese cuerpo armado también combatieron en la zona de amortiguamiento del lomerío que circunda el área de Cachimán. Con ellos estaba el bravo coronel Elías Piña, quien luego murió por heridas recibidas en combates en los zarzales cercanos al poblado de Bánica. Así también pelearon fieramente allí muchos otros héroes del glorioso pasado dominicano.

La infantería y la sencilla artillería del Batallón de Higüey llenaron en los hechos páginas de gloria en el proceso de consolidación de la soberanía dominicana.

Una prueba más de lo anterior se verifica con su presencia en los intensos combates librados en septiembre de 1845 en el llamado “sur profundo”, específicamente en lugares como Las Matas de Farfán, Los Jobos, Estrelleta, Matayaya, Sabana Mula, Las Cañitas y otros parajes y poblados vecinos, donde fueron derrotados los generales extranjeros Morisset, Toussaint y Telémaque juntos con miles de soldados bajo sus órdenes.

Así lo describe José Gabriel García, considerado como padre de la historiografía dominicana: “…reservándose el general Puello el mando de la retaguardia, que formó con el Batallón de Higüey y dos piezas de artillería, mandadas por los sargentos Juan Andrés Gatón e Hilario Sánchez…se generalizó el combate…durante dos horas consecutivas, al cabo de las cuales principió a perder terreno el haitiano…”1

La bizarra actuación de Cleto Villavicencio, sobresaliente componente de dicha unidad de combate, ha sido resaltada por algunos cronistas que han desmenuzado los hechos ocurridos en la batalla de Las Carreras, desarrollada el 21 de abril de 1849 en el poblado de ese nombre (situado entre Ocoa, Baní y Azua), el cual figura en la topocetea del país como uno de los más importantes lugares históricos.    

El Batallón de Higüey, con el acicate de su valiente abanderado León Concepción, (quien sin miedo a la muerte penetraba a las filas enemigas con el lienzo tricolor en alto) sirvió de gran auxilio al general José María Cabral, en la célebre Batalla de Santomé, librada el 22 de diciembre de 1855, al oeste de la ciudad de San Juan de la Maguana.

Es pertinente decir, para poner en mejor perspectiva lo que allí ocurrió, (juicio con el que estoy de acuerdo) que esa batalla fue definida por el acucioso historiador César A. Herrera Cabral como la acción “… donde Cabral rubricó definitivamente la Independencia Nacional. Bajo el filo de los machetes vengadores, el ejército haitiano se desbandó impotente.”2

                                      En la Restauración

La Restauración fue una guerra de carácter popular, en la cual los patriotas que luchaban por revertir la anexión eran campesinos, trabajadores, artesanos, comerciantes y pequeños burgueses.

El Batallón de Higüey, que al calor de los combates llegó a especializarse en tácticas de guerrilla, no se andaba “con poesía” a la hora de entablar combate con el enemigo.

Sus miembros se caracterizaban por la determinación de siempre ganar, como se impone en el arte de la guerra, tal y como enseñan muchos manuales militares desde el gran estratega Sun Tzu hasta el gran teórico de la ciencia militar moderna  el sabio prusiano Carl von Clausewitz, para sólo citar dos autores eminentes.

Tal vez a esos combatientes criollos les cabría aquella impactante frase del cuento semi-teatral de José Ramón López titulado De la Restauración, cuyo escenario lo sitúa su autor montecristeño en Puerto Plata, 3 años antes de él nacer:

“¡Poeta…Don Gonzalo! Aquí somos guerreros o comerciantes. Para la poesía, la Naturaleza.”

El Batallón de Higüey estuvo disponible desde la primera hora para enfrentar con las armas la execrable anexión del país al reino de España. Eso se comprueba de una y mil maneras. Y no sólo por el protagónico papel de su jefe de avanzada, el coronel Dionisio Troncoso.

Por ejemplo, cuando ya era más que evidente que los anexionistas tenían sazonado el plato de la traición para entregar el país a la susodicha potencia colonial, patriotas dominicanos exiliados en Curazao le enviaron al patricio Francisco del Rosario Sánchez una reveladora misiva.

Dicha comunicación estaba fechada el 6 de febrero de 1861.Fue enviada a Haití, donde estaba el mártir Sánchez ultimando los detalles de una expedición armada para impedir que se consumara la entrega de la patria de Duarte a la referida potencia colonial ibérica.

 Comprobado quedó, por los hechos siempre tozudos, que no era tal el apoyo ofrecido a los héroes dominicanos por el presidente Fabre Geffrard. En poco tiempo ese gobernante haitiano, que todavía algunos confundidos creen que fue solidario con la República Dominicana, abandonó el compromiso que había asumido y en parte fue responsable de la hecatombe que tuvo a Sánchez como su víctima más prominente.

En la aludida comunicación, firmada por figuras tan conocida en las páginas amarillas de la historia dominicana como José María Cabral, Pedro Alejandrino Pina, Manuel María Gautier, Franco Saviñón, Valentín Ramírez y otros le informan a Sánchez la disponibilidad que para la lucha contra el proyecto anexionista tenía el “comandante Manuel de Luna en Higüey.”3

En esa misma carta hacen saber que han constatado al general Contreras para que, por su conocida capacidad de organizador militar, pudiera “utilizar sus influencias desde el Ozama hasta Higüey.” En ese caso fallaron en sus propósitos.

En ese Juan Contreras pesó más sus vínculos de subordinación ciega a Santana que su deber patriótico. Aunque sin mucho entusiasmo se inclinó por la anexión, fatídica decisión que le costó la vida y colocó una gruesa e indeleble mancha en su memoria.

Nadie mejor que el historiador y narrador Sócrates Nolasco para describir el drama de Contreras: “Luchó a regañadientes por causa que no creía la mejor, hasta caer en Maluco abatido por Olegario Tenares, que entró  en la Guerra de Restauración con ímpetu de huracán y, quizás, con similar discernimiento al que un huracán…”4 

Era tal la confianza, bien correspondida, que se tenía sobre el Batallón de Higüey, para causas patrióticas, que 16 días después de la misiva citada más arriba los indicados ciudadanos, en clara referencia a esa aguerrida unidad de combate, le enviaron otra al mismo Sánchez sugiriéndole la posibilidad de que ellos salieran de Curazao en una “expedición que deba movilizar a Higüey y Samaná, siquiera para llamar la atención de Santana.”

Más adelante le indicaban que: “Si no es así y los higüeyanos deben irse de esta isla a hacer el desembarque sería muy importante el vapor, porque ya a estas horas Santana debe tener armada una fuerte escuadrilla.”5

Es pertinente señalar que el mencionado comandante Manuel de Luna fue un miembro distinguido del Batallón de Higüey, quien había combatido con gran gallardía en las luchas libradas durante 11 años para consolidar la independencia nacional, con motivo de los reiterados ataques del invasor haitiano.

Entre los patriotas restauradores que formaban parte del círculo más cercano del patricio Francisco Del Rosario Sánchez, y que cayeron fusilados el 4 de julio de 1861 en San Juan de la Maguana, por órdenes de Santana, estaban los  capitanes del Batallón de Higüey Pedro Zorrilla y Luciano Solís.6

 

En el este

El célebre Batallón de Higüey se vistió una vez más de gloria en los campos y pueblos del oriente del país. Fue parte importante en la derrota que tuvieron los españoles y malos dominicanos que eran sus compinches.

En septiembre de 1863 los anexionistas pensaban que en las praderas, lomas, mogotes y collados del este dominicano iban a derrotar a los restauradores.

Al frente de esos aprestos bélicos estaba Pedro Santana Familias, quien desde el 28 de marzo de 1862 ostentaba sin ningún pudor el título nobiliario español de marqués de Las Carreras, una de las gratificaciones que recibió de parte de la reina Isabel II de España.

No fue un chovinista dominicano, sino el capitán del ejército de ocupación español Ramón González Tablas quien, en su densa y muchas veces parcializada obra titulada La dominación y última guerra de España en Santo Domingo, reseñó sobre el poderío de fuego, el numeroso personal de combate, el gran avituallamiento y en fin el fuerte apoyo logístico que tenían los anexionistas para intentar avasallar a los patriotas dominicanos que provenientes de diferentes lugares del territorio nacional se movían desde la ribera del Río Ozama, a su paso por la ciudad de Santo Domingo, hasta los campos más al oriente de Higüey.

Así lo escribió el antedicho González Tablas: “El martes, 15 de septiembre de 1863, salió de Santo Domingo el general Santana, con una columna compuesta del batallón de cazadores de Bailén, del batallón de San Marcial, parte del de Vitoria, una compañía de ingenieros, dos piezas de montaña, sesenta caballos del escuadrón de cazadores de Santo Domingo y cuatrocientos voluntarios de infantería y caballería de las reservas de San Cristóbal.”7

En los meses siguientes las tropas anexionistas que se desplazaban por diversos puntos de la región oriental recibieron importantes refuerzos, entre ellos el batallón del Rey, el regimiento de La Habana, etc.

Era la parte visible de una frenética  campaña tratando de prolongar la ocupación del territorio dominicano. Muy diferente fue la realidad. Se produjo una debacle para los usurpadores de la soberanía dominicana.

La cartografía bélica de dicha época permite comprobar que hubo constantes movimientos de tropas desde Mojarra hasta el desembarcadero de Gato, en la zona de Higüey; así como desde los sitios llamados el Sillón de la Viuda y Guanuma hasta Los Yagrumos, pasando por Pulgarín, Manchado y El Jovero.

No valieron las maniobras directas o indirectas de altos oficiales anexionistas,  como Carlos de Vargas Cerveto, La Gándara, Santana (marqués de Las Carreras), Deogracias Hevia, Juan Suero, Báez (mariscal de campo del ejército español), Antonio Abad Alfau, José María Pérez, Mariano Goicoechea, Ramón Fajardo y otros.

A esos jerarcas militares anexionistas les resultó fallida la consigna que predicaban a sus soldados para que en los combates contra los restauradores fueran exactos “como en un ejercicio doctrinal.”

Cerrando esta serie de dos entregas es válido decir que en la región oriental, y en todos los escenarios de guerra del país, el resultado final de la Guerra de Restauración fue el triunfo resonante del pueblo dominicano.

La restauración de la independencia dominicana fue una de las más altas demostraciones del coraje del pueblo dominicano. Allí donde fuere que la pólvora se vistiera de gloria restauradora estaba el Batallón de Higüey.

Bibliografía:                                                        

1-Obras completas.Vol. I.Tomos I y II. Editora Amigo del Hogar, 2016.P490.José Gabriel García.

2-Divulgaciones históricas. Editora Taller,1989.P118. César A. Herrera Cabral.

3-Carta a Sánchez. Curazao, 6-febrero-1861.Franco Saviñón, J.M. Cabral, P.A. Pina, Valentín Ramírez. J.M. González, M.M. Gautier.

4- Dos Juan Contreras. Obras completas.2-Ensayos Históricos. Editora Corripio,1994.P283.Sócrates Nolasco.

5-Acerca de Francisco del R. Sánchez. Editora Taller, 1976.P101. Emilio Rodríguez Demorizi.

6-La hecatombe de San Juan o los mártires del 4 de julio de 1861.Editado por el AGN, 2013. Manuel de Jesús Rodríguez.

7-La dominación y última guerra de España en Santo Domingo. Editora de Santo Domingo, 1974.P176. Ramón González Tablas.