sábado, 24 de octubre de 2020

MÉXICO (II),MAGNICIDIOS

 

MAGNICIDIOS EN MÉXICO (II)

  

POR TEÓFILO LAPPOT ROBLES

En las jornadas bélicas independentistas de México se produjeron los magnicidios de los curas Hidalgo y Morelos, quienes por su proceridad adquirieron la estatura de padres de la patria.

Sin embargo, un análisis detallado de los crímenes contra personalidades sobresalientes de ese país permite afirmar que la mayor parte de los magnicidios ocurridos en México se registraron en el marco de la revolución que comenzó allí el 20 de noviembre de 1910, cuando el pueblo en armas, acicateado por figuras destacadas de su historia, se rebeló contra la larga dictadura de Porfirio Díaz.

Lo que se produjo entonces en ciudades, pueblos, aldeas, caseríos y campos de México fue una especie de Armagedón en términos sociales y políticos; sin los matices que contiene dicho vocablo en el Apocalipsis.

Cuando comenzó la revolución mexicana hacía apenas 10 años que las masas populares francesas, con sus convulsiones en las calles, habían dado origen en términos sociológicos a la frase "acción directa."Así actuaron los grupos populares franceses para defender sus derechos machaconamente violentados por un poder obstinado en perpetuar las injusticias.

Aunque con un dejo de lamento por el uso de la violencia, el gran pensador español José Ortega y Gasset sostuvo muchos años después, en su esclarecedor ensayo titulado Por qué las masas intervienen en todo, y por qué sólo intervienen violentamente, que "es innegable que ella significa el mayor homenaje a la razón y la justicia."De inmediato agregó: "...en todo tiempo, cuando la masa, por uno u otro motivo, ha actuado en la vida pública, lo ha hecho en forma de "acción directa". Fue, pues, siempre el modo de operar natural de las masas."1

Lo que en México se conoce como la llamada Decena Trágica se abrió cuando en febrero de 1913 Victoriano Huerta y otros traidores derrocaron y asesinaron al presidente Francisco I. Madero y al vicepresidente José María Pino Suárez.

Detrás de ese doble magnicidio ocurrieron otros clasificados con igual magnitud por la historia del país latinoamericano situado más al norte del continente llamado América.

La revolución mexicana no estuvo, y no podía estarlo, exenta de las tensiones con su poderoso vecino del Norte. La geopolítica permite comprobar que hubo en el pasado despojos territoriales y violaciones constantes de la soberanía de México por parte de los Estados Unidos de Norteamérica.

Es válida la digresión para decir que en la novela titulada Gringo Viejo el gran escritor, diplomático y académico mexicano Carlos Fuentes señala con gran realismo los conflictos fronterizos de EE.UU y México; incómoda situación que tal vez fue lo que motivó que Gringo Viejo escribiera como nota premonitoria que "ser un gringo en México; eso es eutanasia." Lo hizo antes de aventurarse a penetrar a la tierra vecina, acompañado con "su vieja amiga la muerte."

Esa importante obra está basada en la misteriosa presencia en las montañas y valles revueltos del norte de México, en la segunda década del siglo pasado, del septuagenario periodista y escritor estadounidense Ambrose Bierce, así como su misteriosa desaparición, tal vez en Zacatecas o en Chihuahua.

Esa convulsa etapa de la historia de México, que copó las dos primeras décadas del siglo pasado, también llevó a Fuentes a describir el escenario interior de los campos de batalla en que se convirtió una amplia franja de ese inmenso país; donde interactuaban "un viejo senador perfumado", como Carranza; y caciques rurales que éste odiaba por ser campesinos descalzos, iletrados y mascadores de tacos..."2

José María Morelos Pavón

José María Morelos Pavón nació el 30 de septiembre de 1765 en la tierra que luego fue bautizada en su honor con el nombre de Morelia. Por sus venas corría un torrente de rebeldía que lo llevó a ser una figura fundamental en la historia mexicana.

Fue Presidente del Supremo Gobierno mexicano durante un año y 12 días (22-octubre 1814-5-noviembre-1815).El día que se produjo su magnicidio desayunó con pan y café. Eran las 4 de la tarde del 22 de diciembre de 1815 cuando dos descargas de fusiles pusieron fin a su vida terrenal.

Morelos previamente pudo rezar el significativo salmo 51, tan invocado en el cristianismo en momentos de tribulaciones. Tenía 50 años de edad y un lustro de intensa lucha por la libertad de su país.

Días antes había sido capturado junto con doscientos combatientes que le seguían por la Sierra Madre del Sur, con rumbo hacia la costa del Pacífico Mexicano.

Morelos Pavón cayó por la superioridad numérica y armamentística que en la zona tenían las tropas españolas al mando del virrey y primer Conde de Calderón, Brigadier Félix María Calleja. Amén de que en esa ocasión no fue efectiva su famosa táctica de descarga ciega de infantería, por diversos factores que incluían aspectos particulares de la orografía del lugar.

En los papeles amarillentos que recogen su historia hay dos caricaturas de procesos judiciales en su contra. En un juicio militar las autoridades coloniales españolas lo acusaron de todo lo que quisieron para culminar declarándolo traidor e imponerle la pena de muerte.

En plena concordancia con lo anterior, al evacuar una sentencia de degradación contra el patriótico sacerdote Morelos, el Tribunal del Santo Oficio de la Inquisición (tal y como figura en la obra Cuadro Histórico de la Revolución Mexicana) apostilló lo siguiente: "Como a hijo ingrato, te echamos de la herencia del señor."3

La realidad de la vida de José María Morelos se puede resumir diciendo que fue un sacerdote católico que nunca abandonó su creencia religiosa; a pesar de las decisiones que en su contra tomaron ciertos superiores eclesiásticos al servicio del poder imperial, y de la abominable condena que le impuso la Inquisición. También fue un patriota integérrimo que usó su poder para proteger a los desvalidos y un ingenioso militar forjado en el fragor de los combates, a los que acudía en persona, en pro de las buenas causas para el pueblo mexicano.

El nivel de eficacia del cura Morelos Pavón en la distribución de tropas y armas en los escenarios de guerra fue tan sobresaliente que Napoleón Bonaparte, al conocer sus hazañas bélicas, dijo este elogio clamoroso: "Con cinco generales como Morelos, conquistaría el mundo." Así lo consigna el historiador Carlos Herrejón Peredo en su libro titulado Morelos. Revelaciones y Enigmas.4

La de Napoleón no fue una opinión antojadiza, pues Morelos participó en cinco campañas militares sucesivas y sin pausas que lo convirtieron en un experto en tácticas de combate, pero también ha sido valorado por la posteridad como un formidable estratega; que es una categoría superior en el arte de la guerra.

El 14 de septiembre de 1813, casi en el ecuador de su agitado lustro de lucha por la independencia de su tierra, en el escenario de un congrego celebrado en la colorida y folclórica ciudad de Chilpancingo, el patriota José María Morelos y Pavón publicó un documento que sintetiza en 23 párrafos su pensamiento sobre diferentes situaciones que entonces prevalecían como un lastre en la vida de los pueblos de la América situada desde México hacia abajo, incluyendo muchas islas.

Él tituló el referido documento como Sentimientos de la Nación. A partir de su publicación se convirtió en un libro fundamental para conocer no sólo la parte más sustantiva de su pensamiento político, sino también detalles esenciales de su vida guerrera en la manigua.

En el referido texto el ilustre patriota mexicano señala, en resumen apretado, su voluntad de liberar a la América bajo el yugo español, eliminando cualquier expresión monárquica; conceptualiza sobre la soberanía como atributo del pueblo, el cual delega el ejercicio de las funciones públicas mediante los poderes ejecutivo, legislativo y judicial. Apuntala la igualdad humana, y por ende la erradicación de la esclavitud. Aboga por cerrar la brecha de desigualdad entre ricos y pobres y así otras opiniones de elevado nivel en la escala de la dignidad humana.5

Ese padre de la patria mexicana, víctima de magnicidio, nació en una familia depauperada que muy temprano en su edad lo introdujo en la rupestre cotidianidad de la agricultura de subsistencia. También fue arriero por los andurriales de la antigua Valladolid mexicana donde nació.

En esos menesteres el horizonte para su desarrollo como ser humano era muy angosto. Un día cualquier decidió echar a un lado la azada y las bestias de carga y trillar otros caminos, primero en los estudios y el ejercicio sacerdotal y posteriormente en la ruta de la liberación de su país.

José María Morelos fue ordenado sacerdote en el 1795 y pocos años después se le asignó la parroquia del pueblo de Carácuaro, en la región conocida como Tierra Caliente, desde donde se acrecentó su interés por las reivindicaciones sociales, económicas y políticas del pueblo llano.

El personaje que más lo marcó en su lucha por la independencia de los mexicanos fue el cura Hidalgo, con quien se reunió el 20 de octubre de 1810 en una aldea llamada Charo, donde recibió el largo título de "General de los ejércitos americanos para la conquista y nuevo gobierno de las provincias del sur, con autoridad bastante."

Luego del referido nombramiento Morelos nunca cesó de combatir contra los colonialistas españoles. Según iba conquistando territorios tomaba decisiones de envergadura social como ocurrió el 13 de julio de 1811, en el pueblo Tixtla, en el hoy estado de Guerrero: "A partir de hoy se entregarán las tierras a los pueblos para su cultivo, sin que puedan arrendarse..." O cuando el 4 de septiembre de 1812 ordenó en Chilapa que "los indios no deben pagar diezmos ni primicias de los frutos propios de este reino."6

Morelos prefería que lo identificaran como Siervo de la Nación. Ese calificativo era en sí la antítesis de lo que era un siervo en el feudalismo de la Edad Media. Por eso en más de una ocasión lanzaba escribió este apotegma de hondo impacto: "La nación lo larga las armas, hasta concluir la obra..."7

León Trotsky

Uno de los magnicidios de más impacto a nivel mundial ocurrió en la ciudad de México. Ni la víctima ni el victimario eran mexicanos, pero el hecho quedó marcado con huellas indelebles en su historia.

Se trata del asesinato de León Trotsky, una trascendental figura histórica que fue el primer presidente del denominado Soviet Militar Revolucionario, órgano que acumulaba todo el poder en la inmensa Rusia y varios de los países cercanos que absorbió, al triunfo de la revolución de octubre de 1917.

Trotsky fue el principal creador del poderoso Ejército Rojo; pero como este trabajo no es para hacer apología de su vida paso a señalar que las contradicciones con Stalin llegaron a su culmen en el 1929. Ese año, luego de muchas vejaciones, fue expulsado de la Unión Soviética.

En su largo y amargo exilio tuvo que soportar con impotencia el suicidio de una hija, así como el asesinato de dos hijos y de su hermana. Su primera esposa sometida a una larga agonía, en un campo de concentración siberiano donde ni siquiera podía ver los bosques achaparrados ni la taiga típica de la zona.

Después de mucha peripecia por países europeos, en todos los cuales recibió el hostigamiento por orden de Stalin, Trotsky llegó a México el 9 de enero de 1937.

Fue invitado a vivir allí por el presidente Lázaro Cárdenas, quien envió el tren presidencial con una exquisita delegación encabezada por la famosa pintora Frida Kahlo (de origen judío como Trotsky) a buscarlo al puerto de Tampico, en tierra de Tamaulipas.

Trotsky fue asesinado (tenía 60 años de edad) el 20 de agosto de 1940.La orden fue impartida directamente por el terrible Stalin, con la supervisión del tenebroso Lavrenti Beria, jefe de todos los servicios policiales soviéticos. Ambos, juntos con otros que integraban la camarilla moscovita, fueron responsables de la muerte de millones de personas.

El magnicida de Trotsky fue un siniestro sujeto catalán de vida accidentada llamado Ramón Mercader del Río, agente del servicio de seguridad soviético, quien logró ganarse su confianza, pudiendo penetrar a su casa, situada en la demarcación territorial de Coyoacán, el perímetro central de ciudad México.

Mercader llegó hasta allí sin violencia previa, con la fría calma de un asesino profesional. Logró la cercanía con el dirigente nacido en tierra ucraniana, en el Este de Europa, gracias al noviazgo que tuvo con Sylvia Ageloff, una filósofa y políglota estadounidense, del círculo íntimo del más grande líder del exilio soviético, ajena ella a la intención criminal de su amante.

Tal vez se repetía por enésima vez aquello en que algunos filósofos fatalistas coinciden con una dosis de machismo: "la mujer y el oro lo pueden todo."

El matador de Trotsky le clavó un piolet que le destrozó la nuca. El frío hierro penetró hasta el cerebro del pensador, escritor y político, quien murió al día siguiente, luego de 12 horas de horrible agonía.

Cientos de libros se han escrito sobre Trotsky, y unos cuantos sobre su asesino. Algunos son francamente panfletos, otros libelos y pocos abordan esa tragedia con la objetividad requerida.

Considero oportuno referirme a una formidable investigación histórica sobre el magnicidio de Trotsky, convertida en la novela titulada El hombre que amaba los perros, autoría del prolífico y varias veces premiado escritor cubano Leonardo Padura. Esa obra abarca con profusión de detalles las biografías de la víctima y al victimario.

En efecto, Padura, el creador del detective de novelas policíacas Mario Conde, pone en boca de Ramón Mercader la siguiente reflexión que contiene en resumen su creada existencia paralela para alejar de sí el fantasma del abatimiento espiritual que le causaba la cárcel de Lecumberri, donde pasó 20 años de encierro, a pesar de los intentos soviéticos por lograr su escape:

"Si cumplía con la promesa de mantener la boca cerrada, pensó, sus jefes, y con ellos la Historia, lo recompensarían como lo que era; un hombre capaz de sacrificar su vida por la gran causa."8

Después de cumplir 20 años de prisión, Mercader vivió entre la URSS y Cuba, donde falleció el 18 de octubre de 1978, a los 65 años de edad. Tenía entre sus pertenencias más preciadas la Orden de Lenin y el título de Héroe de la Unión Soviética. Han circulado versiones de que los mismos soviéticos le provocaron una muerte lenta con polonio radioactivo.

Venustiano Carranza

Venustiano Carranza nació en una familia del estado de Coahuila, en el noreste de México. Su padre gozaba del aprecio de Benito Juárez, uno de los líderes fundamentales de ese país, bajo el cual sirvió como militar y funcionario municipal.

Carranza fue presidente de México en dos ocasiones. La primera vez, siendo jefe del Ejército Constitucionalista, del 14 de agosto de 1914 al 30 de abril de 1917.

La segunda vez que llegó al solio presidencial fue bajo el abrigo de la Constitución Política de los Estados Unidos Mexicanos, promulgada el 5 de febrero de 1917. En esa oportunidad ejerció el mandato desde el primero de mayo del referido año hasta su magnicidio ocurrido tres años después.

En su segunda etapa presidencial ganó con el 97.18% de los votos, en las elecciones federales celebradas el 31 de marzo de 1917.

Antes Carranza había desempeñado diferentes funciones como jefe municipal en Cuatro Ciénegas, su ciudad natal. También había sido gobernador y congresista a nivel nacional en representación de su estado Coahuila.

El presidente Carranza, también llamado el Barón de Cuatro Ciénegas, fue asesinado en la madrugada del 21 de mayo de 1920, mientras se protegía de un aguacero en un rancho rural de la parte montañosa del estado de Puebla, en la aldea de Tlaxcalantongo, por donde andaba con un grupo de sus funcionarios y seguidores, en ruta a Veracruz, luego de que un mes antes sus poderosos adversarios habían lanzado una proclama denominada el Plan de Agua Prieta, desconociendo su autoridad presidencial.

Tal vez para entender lo ocurrido en la vida política de Carranza habrá que ahondar más en ciertos detalles de su personalidad y escudriñar en qué quiso decir el historiador Fernando Benítez quien fue embajador de México en la República Dominicana, cuando escribió desde nuestro país lo siguiente: "No es fácil entender las mentalidades de los caudillos de la Revolución Mexicana: el pensamiento occidental de Carranza u Obregón, y no las mentalidades primitivas de Villa y Zapata."9

Lo cierto es que Carranza fue víctima de una celada tendida por el general José Rodolfo Herrero Hernández, quien había fingido ser un partidario suyo hasta pocas horas antes del trágico hecho en que perdió la vida el presidente mexicano.

El jacal donde se cubría Carranza fue agujereado por el impacto de decenas de balas disparadas por un pelotón de fusileros que encabezaba el citado magnicida Herrero Hernández.

Los tejemanejes de la confabulación cívico-militar envuelta en ese magnicidio permitieron que el principal asesino de Carranza quedara impune.

El primero de diciembre de 1934, con la llegada al poder del mítico general Lázaro Cárdenas, dejó de brillar la estrella de aquel militar indigno por traidor.

Los restos mortales de Venustiano Carranza reposan desde el 1942 en el monumento a la Revolución, no muy lejos del centro histórico de la capital mexicana.

Bibliografía:

1-La rebelión de las masas. Decimoctava edición. Editorial Espasa-Calpe, Madrid, España,1969.Pp76,80 y 81.José Ortega y Gasset.

2-Gringo Viejo. Pp 6,7,74,76 y 86. Editorial Fondo de Cultura Económica. México, 1986. Carlos Fuentes.

3-Sentencia contra Morelos, Tribunal del Santo Oficio de la Inquisición,1815. Cuadro Histórico de la Revolución Mexicana. Instituto Cultural Helénico,1985. Reproducción facsimilar de 1843.Carlos María Bustamante.

4- Morelos. Revelaciones y Enigmas. Editorial Debate,2019. Carlos Herrejón Peredo.

5-Sentimientos de la Nación. Chilpancingo,14 de septiembre de 1813. José María Morelos Pavón.

6-Decretos del 13 de julio de 1811 y 4 de septiembre de 1812, en los pueblos de Tixtla y Chilapa, respectivamente. José María Morelos Pavón.

7-Carta a un obispo.Cuautla,1812. José María Morelos Pavón.

8-El hombre que amaba los perros. Editorial Tusquets, Barcelona, España. Octava edición,2012. P520. Leonardo Padura.

9-1992. ¿Qué celebramos, qué lamentamos? Editora Taller.1992.P14. Fernando Benítez.

Publicado el 22 de agosto del 2020.Diario Libre.

 

 

MÉXICO (I),MAGNICIDIOS

 

MAGNICIDIOS EN MÉXICO (I)

POR TEÓFILO LAPPOT ROBLES

Francisco I. Madero

Francisco Ignacio Madero González fue el principal ideólogo de la revolución mexicana. Se propuso y logró poner fin a la larga tiranía de Porfirio Díaz.

Fue un hombre de pensamiento, con fuertes inclinaciones hacia el misticismo, pero al mismo tiempo paradógicamente se caracterizaba por un espíritu intrépido que lo llevaba a la acción constante para materializar sus ideas.

Madero ganó las elecciones presidenciales celebradas en México en el 1911, al poco tiempo de salir del escenario el referido dictador. Tomó posesión del más elevado cargo de la nación azteca el 6 de noviembre de dicho año.

 El recuento histórico de su gobierno, que apenas duró un año, 3 meses y 13 días, demuestra que fue un gobernante cuyas ejecutorias se centraron en el cumplimiento de las reglas usuales de la democracia, con un marcado énfasis en aliviar las injusticias sociales ancestrales de los sectores más vulnerables de la población mexicana.

El plan orquestado para provocar el magnicidio del presidente Madero comenzó a tomar cuerpo el 17 de febrero de 1913, cuando este se dejó entrampar en un documento denominado El Pacto de la Embajada, cuyos principales promotores fueron el a la sazón embajador de los EE.UU. en México y varios personeros vinculados estrechamente al Porfiriato.

Antes de 24 horas de haberse firmado ese malhadado acuerdo los enemigos del presidente Madero secuestraron a un hermano suyo que era su colaborador más cercano. Lo torturaron con tal nivel de sevicia que siendo tuerto le sacaron con un filoso puñal el ojo que le permitía medianamente ver. Finalmente lo mataron el 19 de aquel mes, como una ominosa señal de lo que ocurriría en las horas y días siguientes.

Tal vez sea pertinente anotar, como un recuerdo de la mitología griega, que ese desafortunado diputado por Coahuila Gustavo Adolfo Madero no tenía las fuerzas ni los colmillos de sables ni la barba del cíclope Polifemo, el gigante de un solo ojo descrito con su energía descomunal en la clásica obra la Odisea, del poeta Homero.1

El 19 de febrero de dicho año, casi concomitantemente con la muerte a mansalva de su  referido hermano congresista, el presidente Madero y el vicepresidente José

Pino Suárez fueron acorralados, sometidos a suplicios corporales y obligados a firmar un documento redactado por sus verdugos que contenía la renuncia de ambos a los más elevados cargos de la administración pública.

Luego de ser encarcelados, vejados y denigrados en su condición humana, el presidente Madero y el vicepresidente Pino fueron fusilados el 22 de febrero de 1913.

A la hora de su asesinato el presidente Madero tenía 39 años de edad. El patíbulo donde se produjo ese magnicidio fue una tapia de la entonces tristemente célebre cárcel de Lecumberri. Los matarifes cumplían órdenes del gobernante impostor Victoriano Huertas.

Para poner en perspectiva la significación que en la historia mexicana de comienzos del siglo pasado tuvo el político, empresario y revolucionario Francisco Ignacio Madero González, en su calidad de líder de la revolución de México, es oportuno decir que él publicó el 5 de octubre del año 1910 un manifiesto a la Nación, con los subtítulos Sufragio Efectivo y No-Reelección. Ese documento  pasó a conocerse como el plan de San Luis, por haber sido lanzado desde la ciudad de San Luis Potosí.

Uno de los objetivos de dicha proclama era desconocer la presidencia fraudulenta del dictador Porfirio Díaz Mori, poniéndole término a la larga y sangrienta dictadura que éste encabezaba de manera ininterrumpida desde el 1884, aunque antes había ejercido el mando presidencial tres veces para un total de más de 30 años montado sobre el poderoso símbolo del Águila Azteca.

En junio y julio del referido 1910 el dictador Díaz había celebrado, una vez más, una pantomima de elecciones para asegurar su continuidad en el poder, junto con su vicepresidente, senadores, diputados y jueces de la Suprema Corte de Justicia, adheridos a ese régimen despótico como la hiedra a la pared.

Dicho plan también tenía como puntos programáticos realizar nuevas elecciones, devolver a los campesinos las tierras que les habían quitado bajo el escudo de la llamada ley de terrenos baldíos, así como establecer con rango constitucional el principio de la no reelección en México.

El punto 7 del referido plan establecía textualmente que: “El día 20 del mes de Noviembre, de las seis de la tarde en adelante, todos los ciudadanos de la República tomarán las armas para arrojar del poder a las autoridades que actualmente la gobiernan. (Los pueblos que estén retirados de las vías de comunicación lo harán desde la víspera)”.2

Lo cierto es que Porfirio Díaz se fue impune al exilio dorado de París, Francia, donde murió plácidamente, varios años después de su defenestración disfrazada de renuncia ante el parlamento.

El ambicioso tirano salió de México con mucho dinero y un río de sangre detrás, cuyo caudal volumétrico nunca dejó de aumentar, especialmente por su macabra

consigna repetida como un ritornello a gobernadores estatales y jefes militares para que fueran implacables contra los opositores irreductibles: “mátalos en caliente y después averiguas.”

Ya extasiado en una zona paradisíaca, con vista al Río Sena, y pretendiendo vender la falsa idea de que el pueblo mexicano estaba en deuda con él, el dictador de marras le confesó a Federico Gamboa (quien primero fue uno de los alias “ese gallo quiere maíz”), diplomático y escritor, ferviente seguidor suyo, lo siguiente: “Me siento herido. Una parte del país se alzó en armas para derribarme, y la otra se cruzó de brazos para verme caer.”3

Retomando la figura del asesinado presidente Francisco Ignacio Madero es válido decir que el historiador y escritor Francisco Urquizo Benavides (un prominente representante de la corriente narrativa que abordó como eje central la revolución mexicana de las dos primeras décadas del siglo pasado), en su novela titulada Viva Madero, recrea en términos literarios el tenso ambiente en que se movían quien fuera la primera bujía inspiradora de la revolución mexicana, iniciada en el 1910, así como sus seguidores y la contraparte que se oponía rabiosamente a cualquier cambio que significara reducir los exorbitantes beneficios de las castas privilegiadas y facilitar un nivel de vida menos dramático a las masas depauperadas de pueblos y campos mexicanos.

En la aludida novela histórica Urquizo, quien además tuvo un papel destacado en las huestes rebeldes, como general del Ejército Libertador del Sur, describe la real fisonomía moral del hombre que creó el marco teórico de la referida revolución mexicana y que, además, impulsó las acciones armadas para ponerle fin a la larga tiranía que se conoce como el Porfiriato.

Dicho autor, apodado el novelista del soldado, se interna complementariamente, además, en lo que los especialistas denominan la morfopsicología. Por esa vía presenta una mezcla de destellos espirituales y acciones concretas del personaje que protagoniza la obra, es decir, el presidente Francisco I. Madero.

 El gran guerrero Urquizo, nacido en San Pedro de las Colonias, en el noroestano estado de Coahuila, con su facilidad para la escritura y su espíritu escudriñador de los hechos históricos, también delinea en Viva Madero los hechos ocurridos durante varios lustros de la historia de México, en la etapa previa, durante y posterior al protagonismo del torturado y asesinado primer mandatario.

Esa obra aporta, en resumen, una importante visión  de los hechos entorno a Madero, desde el ángulo de la ficción. Su lectura permite entender los motivos que cada bando en lucha esgrimía en las duras y sangrientas jornadas bélicas que mantuvieron en zozobra por largo tiempo a México.4

Madero no sólo fue un jurista de elevadas reflexiones en el campo de las leyes y un empresario visionario, con una depurada formación académica obtenida en aulas universitarias de México, Francia y Estados Unidos, sino que además tenía en la doctrina espiritista una fuente de inspiración para sus más íntimas y personales actividades.

Sus creencias espiritistas eran algo así como el recodo donde su mente debatía los dilemas existenciales de sí mismo y de su pueblo, por el cual sentía una genuina devoción y a favor del cual luchó para revertir una larga cadena de injusticias sociales que afectaban a la inmensa mayoría de los mexicanos.

Por sus amplios conocimientos del misticismo algunos comentaristas de la vida de Madero lo ubican en un plano etéreo, y lo proyectan moviéndose mentalmente en sinuosos corredizos espirituales. Hay quienes hasta llegan a situarlo, obviamente con intenciones peyorativas, como un duende que saltaba de manera intermitente del palenque público a los claustros de conventos franciscanos, benedictinos y jesuitas y viceversa.  

Alguien hasta dijo que Madero era “un loco que se comunica con los muertos.” Muchos de sus críticos carecían de la objetividad necesaria para captar que en él el espiritismo no era una excentricidad, sino una obviedad fundada en la solidez de sus creencias, las cuales adquirió en abundantes lecturas de los libros publicados por el creador de la referida doctrina, el filósofo francés Allan Kardec.

Al margen de esas críticas, lo cierto es que la obra Escritos sobre espiritismo, de la autoría de Madero, contiene profundas reflexiones sobre la amplia e insondable parte espiritual de los seres humanos.

Una breve y simple exégesis del contenido de esa colección de meditaciones permite decir que Madero supo extrapolar sus reflexiones de carácter místico al plano de la convulsa realidad política que vivía México en la época en que a él le tocó ser protagonista.5

Sacerdote Miguel Hidalgo Costilla

El guanajuatense Miguel Gregorio Hidalgo Costilla tiene la categoría de Padre de la Patria de los Estados Unidos Mexicanos. Su magnicidio se produjo por fusilamiento el 30 de julio de 1811, en Chihuahua, luego de dos juicios amañados, uno eclesiástico y otro militar.

Después de dos descargas de fusilería y varios tiros de gracia los magnicidas le cortaron la cabeza, para obtener una recompensa económica de los grupos que ordenaron su eliminación. El resto del cuerpo lo enterraron con imprecaciones en una capilla cercana a donde se produjo su asesinato.

En la ilustrada persona del cura Hidalgo se conjugaban cuatro condiciones, en todas las cuales sobresalió: patriota, sacerdote, educador y militar.

Hidalgo nació en la mañana del martes 8 de mayo de 1753, un poquito más arriba del meridiano del siglo18, en el seno de una familia del centro de México, en una casa con arquitectura colonial de la minera ciudad de Guanajuato.

Teniendo la categoría de prócer fue víctima de una interminable lista de intrigas auspiciadas por sus superiores religiosos, que actuaban en contubernio con los funcionarios coloniales y con los grandes comerciantes y hacendados que se aprovecharon de las perturbaciones internas que en las filas de los independentistas se crearon por rivalidades entre indios y mestizos.

Se utilizó a la Inquisición (nefasta institución de persecución que en el México entonces llamado Nueva España llegó a su fin el 10 de junio de 1820) para acusar falsamente a Hidalgo Costilla de apostasía, para lo cual se invocó que dirigía  grupos de personas insurgentes que supuestamente tenían como divisa de lucha “las impías máximas de que no hay Infierno, ni Purgatorio, ni Gloria…” Ese alegato carente de sindéresis fue la base para que lo acusaran de “sedicioso, cismático, y hereje formal.”6 

Luego de que la jurisdicción eclesiástica despojara a Hidalgo Costilla de su condición de sacerdote, utilizando para ello todo tipo de añagazas y artilugios seudo legales, se remató la infamia en su contra con otra caricatura de juicio en un tribunal militar de Chihuahua.

 En el dispositivo de su espuria sentencia el tribunal de marras indicó que el cura Hidalgo había cometido alta traición. También se le atribuyó una miríada de hechos para cargar a su vida un amplio prontuario criminal, pretendiendo así justificar su muerte.  

El patriota Hidalgo Costilla fue el impulsor de lo que se conoce en la historia de México como el Grito de Dolores, que se considera el punto de arranque para la guerra de independencia de ese gran país de América Latina, colindante con la América anglosajona situada más al norte del continente.

El 16 de septiembre de 1810, momento en que España, la metrópoli imperial, estaba derrumbada por la invasión napoleónica, Hidalgo ordenó que tocaran a rebato las campanas del templo de la comarca de Dolores para congregar al pueblo llano integrado por pequeños artesanos, dependientes, indígenas y campesinos, y anunciarle que era necesario rebelarse de inmediato, con armas en las manos, contra las autoridades coloniales.

 Unos dicen que su llamamiento a la rebelión fue desde el púlpito de la pequeña iglesia de ese pequeño pueblo y otros afirman que lo hizo desde un balcón de su casa. Lo mismo daba para el objetivo que se buscaba.

Aunque hay muchas versiones que se contradicen en los detalles, mas no en la sustancia, el resultado de los hechos posteriores que se desencadenaron luego del Grito de Dolores permite decir que las enérgicas y convincentes palabras del cura Hidalgo surtieron en la población el mismo efecto que cuando en una guarnición militar se escucha el toque de la generala para participar en una acción bélica.

En pocos días los luchadores por la independencia de México, a la cabeza de los cuales iban Miguel Hidalgo, Ignacio Allende, José Mariano Abasolo y Juan Aldama, dominaron a las autoridades coloniales de muchos pueblos, entre ellos Celaya, Irapuato, Guanajuato y Valladolid; este último luego se designó con su actual nombre de Morelia, en honor al héroe José María Morelos, nacido en esa tierra michoacana.

En el ámbito religioso se puede decir, sin márgenes de dudas, que los sermones cargados con su cultura literaria que iba pronunciando el padre Hidalgo en los lugares por donde pasaba en su peregrinar por la independencia mexicana fueron precursores, a modo de germen, de lo que en la segunda mitad del siglo pasado fue la teología de la liberación, que se esparció por una buena parte de la iglesia de base de muchos países de América Latina, principalmente bajo la inspiración de las prédicas del sacerdote, filósofo y teólogo peruano Gustavo Gutiérrez Merino y del teólogo, escritor y poeta brasileño Rubem Alves.

Pancho Villa

El nombre de pila de quien fue Gobernador de Chihuahua era José Doroteo Arango, pero pasó a la historia con el sonoro apodo de Pancho Villa, que es como se le honra copiosamente en la toponimia mexicana.

Pancho Villa nació el 5 de junio de 1878 en la aldea La Coyotada del municipio San Juan del Río, en el Estado Durango, situado en el Noroeste de México.

El crimen contra Pancho Villa fue una conjura entre el entonces primer mandatario de México Álvaro Obregón y el futuro presidente Plutarco Elías Calles. Entre ambos prepararon los detalles para que un tal coronel Lara dirigiera el comando de sicarios que en un pequeño pueblo de Chihuahua llamado Hidalgo del Parral terminaran con la vida del intrépido combatiente. Cuando se produjo su magnicidio tenía 45 años de edad.

El ataque mortal se produjo en la mañana del 20 de julio de 1923.Le hicieron una emboscada en un camino curvo. Se desplazaba en un automóvil hacia la aldea de Río Florido, a participar en una especie de sarao, con motivo del bautizo de un niño de una familia allegada a él.

En las biografías sobre él siempre se resalta que era muy aficionado a ese tipo de fiesta. Era la cantera donde conquistó gran parte de las más de 80 mujeres con las cuales de manera pública y abierta se le vinculó.

Luego de matar a Pancho Villa decapitaron su cadáver frente a una amplia milpa de maíz, por donde se oía el aletear de los zopilotes en busca de carroña.

 Siempre se ha sostenido, sin reporte de desmentido, que la cabeza de ese guerrero mexicano fue vendida por miles de dólares al multimillonario estadounidense William Randolph Hearst, pionero de la prensa sensacionalista, también llamada amarilla; dueño de un imperio editorial que incluía 28 periódicos, 2 canales de televisión y 8 emisoras de radio. Como esa parte del cuerpo de Pancho Villa no podía ser un tótem para Hearst, hay que pensar que él se dedicaba a extraños rituales fetichistas. Tal vez detrás de la fachada de ese opulento californiano había perturbaciones mentales.

Según una de las tantas versiones difundidas sobre Pancho Villa, ese apodo lo usó en honor a quien lo protegió y lo hizo parte de su grupo de asaltantes cuando se llamaba José Doroteo Arango Arámbula y andaba fugitivo por umbrías y cañadas de las estribaciones  del norte mexicano, huyéndole a una especie de exhorto que disponía su captura por un crimen que cometió en venganza contra un potentado que abusó de una de sus hermanas.

Sus principales acciones de armas, a partir del 1910, fueron en la llamada División de Norte, compuesta mayormente por escuadrones de caballería que bajo su férrea dirección se hicieron fuerte en lugares como Saltillo, Ciudad de Juárez, Zacatecas, Ojinagas, Chihuahua, Santa Ana del Conde, San Pedro de las Lagunas,  Aguascalientes y otros lugares de la geografía del Norte de México.

Pancho Villa fue uno de los hombres fundamentales de la revolución mexicana de principios del siglo pasado; tanto en el plano de la realidad como en el marco de la amplia y fabulosa leyenda que de él se tejió desde el principio. Quedó comprobado que él ordenó la captura de trenes y distribuyó a los campesinos tierra y ganado de los hacendados de los lugares donde ejercía su mando revolucionario.

Sin importar que lo que se ha proyectado de él sea una mezcla de verdades, mentiras y medias verdades, pocas veces libres de tintes fantasiosos, lo cierto es que un examen de las actividades guerreras del hombre a quien también apodaban El Centauro del Norte demuestra que nunca estuvo maniatado por el miedo.

Válido es decir que sus restos mortales forman parte de la selecta lista de los héroes nacionales de México; ello en contraposición a la leyenda negra que algunos fabricaron en su contra agregándole crímenes y robos que no eran de su contabilidad.

Es de rigor señalar que la controversial hoja de vida de Pancho Villa, envuelta en un torbellino de violencia, no está libre de hechos de sangre injustificables, como la matanza del 2 de diciembre del 1915 cuando fueron asesinados el sacerdote Avelino Flores y decenas de campesinos, que no eran combatientes, en el montañoso poblado San Pedro de la Cueva, en el Estado Sonora.

El historiador mexicano Reidezel Mendoza Soriano, en su libro titulado Crímenes de Francisco Villa: testimonios, hace un amplio recuento de centenares de personas que perdieron sus vidas a su decir por voluntad del caudillo Pancho Villa.

Según el referido autor, además de los enemigos ya capturados y reducidos a la obediencia, en la larga lista de crímenes atribuidos a Pancho Villa se incluyeron hombres, mujeres, niños, ancianos y  sacerdotes no beligerantes, en una espantosa orgía de sangre, si así hubiesen ocurrido los hechos que le atribuye.

Se trata de una obra que choca frontalmente con el grueso de las biografías divulgadas sobre esa figura de la historia mexicana. Está basada esencialmente, según se comprueba desde el inicio de sus páginas, en un escrutinio de testimonios orales que se han mantenido con el paso del tiempo en los lugares por donde hizo presencia ese legendario combatiente que fue uno de los principales líderes en la lucha fratricida que vivió México en las primeras décadas del siglo pasado.7

En dicho libro se captan juicios de valores del mencionado autor que son altamente radicales. En sus páginas se detectan, además, notorias contradicciones en detrimento de la memoria de Pancho Villa.

Lo que no admite dudas es que El Centauro del Norte fue uno de los más temidos jefes militares de los que combatieron al gobierno de Victoriano Huertas, del cual primero fue partidario, y quien lo mandó a fusilar, habiendo salvado la vida por la eficaz intervención del jurista Francisco I. Madero González.

Su temeridad en los combates iba a la par con esa oscura vertiente que le atribuyen algunos de tener instintos criminales que pulsaba para ordenar asesinatos contra personas indefensas.

El intelectual mexicano Enrique Krauze, en su obra Francisco Villa, entre el ángel y el fierro. Caudillos de la Revolución mexicana (1910-1940), hace una radiografía exhaustiva sobre las actividades de Pancho Villa en campos y poblados mexicanos, ora como un líder revolucionario, cargado de un espíritu de rebeldía, ora como un forajido dedicado al bandolerismo.8

Pienso que la agitada vida de Pancho Villa puede compararse con esas minas de cielo abierto, cargadas con vetas de diferentes minerales, pero con taludes finales de bermas quebradizas. 

Bibliografía:

1-La Odisea. Canto IX. Homero.

2-Plan de San Luis.5 de octubre 1910.Francisco I. Madero.

3-Mi Diario, mucho de mi vida y algo de la de otros.1939.Federico Gamboa Iglesias.

4- Viva Madero. Publicado en el 1954. Francisco Urquizo Benavides.

5-Diarios Espiritistas. Consulta a la publicación correspondiente al  2015. Francisco I. Madero.

6-La Inquisición contra Hidalgo, publicado el 10 de abril del 2016, en la revista Relatos e historias en México. Número 25. Editorial Raíces. Gabriel Torres Puga y Carlos Gustavo Mejía Chávez.

7-Crímenes de Francisco Villa: Testimonios. Editado por Create Space Independent, 2017. Reidezel Mendoza Soriano.

8-Francisco Villa. Entre el ángel y el fierro. Biografía del Poder. Tusquets, México. VolumXXV  en IV. Décima reimpresión 2012. Enrique Krauze.

Publicado el 15-agosto-2020.Diario Dominicano.

 

 

IMPERIO INCA, MAGNICIDIOS

 

MAGNICIDIOS EN EL IMPERIO INCA

POR TEÓFILO LAPPOT ROBLES

Imperio Inca

 

Para poner en perspectiva todo lo concerniente a los magnicidios que ocurrieron en el Imperio Inca, coincidiendo con la llegada a sus dominios de los conquistadores españoles entrada la segunda década del siglo XVI, es pertinente reseñar detalles importantes del mismo.

No hay un criterio único sobre la fecha en que surgió el Imperio de los Incas. Las versiones más verosímiles aproximan ese hecho al siglo XII, tomando en cuenta pruebas encontradas en yacimientos arqueológicos y en asentamientos antropológicos.

Muchos de los estudios científicos realizados en diferentes lugares de ese que fue un amplio territorio han seguido las pautas trazadas en materia etnográfica por el antropólogo, abogado y etnólogo estadounidense Lewis Henry Morgan, considerado desde la centuria antepasada como una eminencia en los temas de su especialidad.

Algunos cronistas y narradores coinciden en señalar al místico Manco Cápac como el iniciador de ese imperio, aunque al penetrar en su biografía lo que de él se indica se va diluyendo en meras conjeturas y leyendas orales.

Otros, en cambio, atribuyen dirigir la fundación formal del Imperio Inca al gran jefe indígena Pachacútec. En realidad éste fue el noveno gobernante de los incas y gran impulsor de su esplendor y poderío.

El ejercicio de poder imperial de Pachacútec es parte del imaginario social que crearon los pueblos originarios que habitaban en su época gran parte de la cordillera de los Andes.

Lo que sí está fuera de duda es que sus fundadores fueron etnias andinas de lengua quechua, que se desplazaron en oleadas migratorias desde la gran franja que hoy forman los departamentos colombianos de Huila, Tolima, Caquetá, Putumayo, Nariño y otros,  hasta la Argentina, especialmente en la zona de Catamarca, Salta, Santiago del Estero, Jujuy, etc.

Para conectar esos lugares tan distantes los ancestros incas y de otras tribus hicieron  movimientos y estancias en gran parte de Perú, Chile, Ecuador, Bolivia y otros países de Sudamérica.

 En una imponente y llamativa ciudad de Perú llamada Cusco estaba el centro del poder del Imperio Inca. En otro lugar de ese mismo país, llamado Cajamarca, fue capturado el emperador Atahualpa.

En el Imperio Inca el Sol y la Luna constituían el centro de las creencias religiosas de sus habitantes. A eso se añadía el fervor sagrado que tenían por los fenómenos de la naturaleza.

Los incas eran un pueblo cultivador de la poesía y la danza, teniendo también la música y la creación pictórica en cerámicas como bases esenciales de sus expresiones artísticas.

El desaparecido Imperio Inca tenía una amplia red vial. Algunos tramos han sido rescatados y se utilizan para excursiones de turistas. Eso es prueba elocuente de la trashumancia humana que hubo desde el referido siglo XII por cimas, cerros y altozanos cordilleranos de esa amplia zona del continente americano.

Es pertinente decir que allí se cultivaban productos que todavía son predominantes en la agricultura de América del Sur, tales como maíz,  papas, ajíes, algodón, coca, tomate, maní y decenas de otros vegetales.

La ciudad de Cusco, en su condición de capital del Imperio Inca, era la sede del emperador, un señor que tenía un poder absoluto, extensivo a su muerte al descendiente o colateral designado para sucederlo.

El Imperio Inca tenía una estructura socio-económica caracterizada por tres grupos humanos bien diferenciados. Así era mucho antes de que llegaran los españoles a esta parte del mundo, donde los vikingos siberianos habían pisado tierra miles de años atrás, cuando penetraron por el estrecho de Bering, por el área de Alaska, en América del Norte.

El prominente etnohistoriador y sociólogo de origen ucraniano John Victor Murra realizó un interesante análisis sobre el Imperio Inca, explicando los diferentes roles que allí desempeñaban  el grupo clasificado como la nobleza; el pueblo-in centro- del tejido socioeconómico y los servidores, también llamados yanaconas, que en sí eran más bien esclavos de las élites gobernantes.

La aludida investigación de Murra, titulada La organización económica del Estado Inca, contiene luminosos puntos propios de la antropología social y de la etnografía, que permiten al lector adentrarse en el conocimiento de cómo era el manejo económico, político y comunitario de ese sistema de gobierno con características peculiares, el cual duró cuatro siglos, desde Pachacútec hasta Atahualpa.1

En un gran tramo de los Andes, desde la cúspide del Aconcagua hasta el valle intramontano más nivelado con el nivel del mar, donde el Imperio Inca estaba establecido; y sus gobernantes ejercían un férreo control sobre las riquezas naturales y las vidas de sus súbditos, los conquistadores españoles se encontraron con una historia cargada de conflictos ancestrales entre los diversos grupos indígenas.

Al pisar el territorio donde reinaban los incas una de las primeras cosas que hicieron los antedichos conquistadores fue proyectar la idea de que eran seres sobrenaturales y dotados de poderes divinos.

Utilizaron también algunas de las enfermedades epidémicas que ellos mismos propagaron entre los indígenas, que tenían un sistema inmunológico débil, para hacerles creer que eran castigos enviados del más allá para que fueran sumisos. Así lo dejaron escrito cronistas de la época y otros que luego los siguieron.

En los dibujos y pinturas que han sobrevivido al paso del tiempo en diferentes lugares del vasto territorio del Imperio Inca, y especialmente en cerámicas, se observan escenas que reflejan perplejidad de indígenas que veían a los españoles como seres superiores a ellos; algo así como encarnaciones de deidades desconocidas, pero que consideraban con un poder tan avasallante como para  dejarlos absortos.

Esas imágenes de aborígenes paralizados por la sorpresa, debido a una suerte de sugestión sicológica,  se pueden comparar con la dramática narración que hizo el actor y guionista Orson Welles en la estadounidense ciudad de New York, el 30 de octubre de 1938, cuando adaptó para un programa radial el material de ficción contenido en la novela La guerra de los mundos de H. G. Wells, pivotada sobre una supuesta invasión alienígena aplastante sobre la tierra.

Así como los nativos andinos quedaban asombrados por el atavío y el armamento de los europeos, así también, 400 años después, la sorpresa radial de Welles causó un indescriptible pánico entre millares de personas residentes en los estados de New York y New Jersey.2 

Los conquistadores españoles llevaban más de 30 años en América, pero el Imperio Inca no había sido vencido por ellos. Para entonces el monarca era Huayna Cápac, quien mantuvo el trono hasta el 1525, fecha en que falleció. Dejó el sistema de gobierno mejor organizado y poderoso de toda Sudamérica, luego de haber aplastado a etnias rivales aguerridas como los cañaris, tallanes, cayambis, etc.

El referido emperador,  y sus antecesores, fueron fortaleciendo por cientos de años una formidable unidad política entre la nobleza que ellos personificaban, lo cual les permitió mantener el control económico, social, religioso y militar sobre un extenso territorio, y encima de cientos de miles de súbditos.

Esa unidad monolítica que tuvieron durante siglos los emperadores incas les permitía tener grupos representativos de sus intereses en diversos lugares. Eran los llamados panacas, quienes actuaban por delegación suya para mantener la cohesión imperial.

Con el fallecimiento de Huayna Cápac se desataron los demonios de la ambición entre sus hijos Huáscar y Atahualpa, lo cual facilitó la desintegración sangrienta del Imperio Inca, aunque la ambición entre los Pizarro y los Almagro prolongaría por más de tres décadas la desaparición total de ese sistema de gobierno andino.

 

Emperador Huáscar

 

Huáscar era uno de los tantos hijos que engendró el citado emperador inca Huayna Cápac. Por voluntad de su padre ejercía como segundo en la gobernación de Cusco, la capital imperial. A la muerte de éste, en el año 1525, siguiendo una antiquísima tradición, ascendió al trono imperial hasta el 1532.

No le fue fácil a Huáscar controlar el poder. Tenía  contrincantes tan fuertes como su hermano paterno Atahualpa, quien lo hostilizaba desde Quito, hoy capital del Ecuador. Su antagonista principal contaba con el apoyo de muchos de los jefes religiosos que habían crecido bajo la sombra del fallecido monarca, así como de la mayoría de los jefes militares.

En términos fácticos el imperio se dividió, con claras ventajas para Atahualpa, aunque Huáscar conservaba la formalidad del mando nominal de gran parte de los inmensos territorios dejados por su progenitor.

El emperador Huáscar pudo mantenerse en el poder imperial durante 7 años, pero no tuvo un momento de paz. Cometió varias degollinas, incluso entre clanes familiares suyos. Terminó recelando hasta de aquellos que le apoyaban en su disputa con Atahualpa.

Finalmente Atahualpa venció a Huáscar, ordenando su ejecución, junto a su núcleo familiar más cerrado, en la ciudad andina de Andamarca. El asesinato de Huáscar  se puede considerar como el primer y penúltimo magnicidio de un monarca inca auténtico. El próximo y último sería el mismo Atahualpa.

Esa lucha intrafamiliar provocó, entre otras cosas, la masacre de miles de indígenas de ambos bandos en disputa.

Las acciones emprendidas por los emperadores Huáscar y Atahualpa entre los años 1525 y  1532 permiten señalar que ambos jefes del Imperio Inca (en ese tramo histórico transformado en bicéfalo) carecían de los atributos de grandeza que adornaron a varios de sus antepasados.

Esos hermanos en discordia mortífera, al igual que los jefes religiosos y los generales alineados en ambas facciones, sólo estaban animados por el poder y la codicia que les generaba la riqueza  material y el ejercicio del poder, prescindiendo de la suerte de sus seguidores.

Analizando esta historia, por el parecido que tiene, me llega al recuerdo Bertolt Brecht, el famoso dramaturgo alemán quien en una novela póstuma, titulada Los negocios del señor Julio César, con una sorprendente mezcolanza de cosas que tocan incluso temas propios de una sociedad imperial, ambientada en un tiempo histórico anterior a la Era Cristiana, pero con elementos clasificables en el siglo pasado, señala que:  “Se sabe que no hay indumentaria con más bolsillos que la túnica de un general; pero, evidentemente, los vestidos de los gobernadores estaban constituidos únicamente por bolsillos.” Más adelante, en el pasaje del monstruo de las tres cabezas (capítulo cuarto), Brecht puntualiza así: “Los panaderos, los matarifes, los talabarteros, los cardadores, no reciben más beneficios de la guerra que el desfile triunfal.”3

Es oportuno reafirmar que las rivalidades entre los dos poderosos hermanos hijos del difunto Huayna Cápac, que guerreaban por la exclusividad del mando supremo del Imperio Inca, debilitaron grandemente a ese poderoso señorío; lo cual facilitó el trabajo de destrucción que ya bullía en la mente de los capitostes españoles que exploraron, conquistaron y colonización una parte de lo que ahora es América Latina.

 

                                               Emperador Atahualpa

 

Cuando en el año1529 el conquistador español Francisco Pizarro  llegó a la ciudad de Tumbes, situada en el noroeste de lo que ahora es Perú, y tuvo el primer contacto con indígenas, se empapó de la profunda división que había entre el norte y el sur del Imperio Inca.

 En ese momento estaba en auge la lucha encarnizada que libraban los hermanos Huáscar y Atahualpa. Ese conflicto fratricida le permitió a Pizarro planificar la captura de ambos jefes, aplastar sus fuerzas y ponerle fin al sistema de gobierno que por varios siglos había predominado allí.

Al producirse el magnicidio de Huáscar, por orden de su hermano Atahualpa, los enfrentamientos entre los seguidores de ambos no cesaron, lo cual aprovechó tácticamente Pizarro para atraer a su lado a los combatientes que seguían fieles a la memoria del primero, entre ellos sus hijos, así como también logró que lo siguieran miles de miembros de otras etnias que siempre fueron rivales de los incas.

En su designio de aniquilar el Imperio Inca el conquistador Francisco Pizarro rompió estructuras del mando y fue eficaz en su indicada táctica de atizar la división entre grupos indígenas.

Pizarro logró poner en práctica la famosa máxima griega de “divide para que reine.” Fue lo mismo que aplicó antes de Cristo el emperador romano Julio César, venciendo así a varios senadores conservadores muy influyentes en Roma, quienes eran renuentes a aceptar su mando, porque consideraban que su ambición provocaría la pérdida del poder que ellos ejercían.

Con el asesinato de su hermano Huáscar, Atahualpa se convirtió en monarca absoluto del Imperio Inca, pero su reinado fue efímero, puesto que  en la noche del 16 de noviembre de 1532 fue apresado en Cajamarca, Perú. A esa ciudad llegó Francisco Pizarro en la mañana del día anterior, con el ardid de sostener con él una conversación amistosa.

 Atahualpa, aunque recelaba un poco de la sinceridad del referido conquistador, aceptó el desarme de los más de 25,000 hombres que formaban parte de su cortejo imperial.  A Cajamarca llegó con unos 6,000 de ellos, incluyendo consejeros, bailarines, intérpretes musicales y ejecutantes de instrumentos musicales típicos de los incas. Creer en los españoles fue su gran error.

La historia registra que a cambio de su libertad el emperador Atahualpa ofreció a los conquistadores españoles, entre otras cosas, una inmensa cantidad de oro y plata, lo cual fue aceptado por éstos.

Después de varios meses de encierro el indígena cumplió lo que le correspondía del trato, entregando tanto oro y plata que se considera que al precio en que hoy se vende la tonelada de esos metales serían miles de millones de dólares norteamericanos.

Los conquistadores no cumplieron su parte del compromiso. Al contrario, querían obligar al emperador a que borrara sus creencias religiosas y se convirtiera al cristianismo, con obediencia a los poderes asentados en Madrid y Roma y, además, decidieron juzgarlo por múltiples ilícitos, algunos incluso inexistentes en el rudimentario sistema de justicia del Imperio Inca. Eso sí, le dejaron escoger cómo quería morir, si ahorcado o quemado vivo.

El magnicidio de Atahualpa se produjo el 26 de julio de 1533, en la plaza pública de la mencionada ciudad de Cajamarca. El método utilizado fue muerte por el garrote, rompiéndole el cuello.

En el Museo de Arte de Lima, Perú, estratégicamente situado en el Paseo de Colón, hay varias expresiones artísticas de diversos pintores que recrean la prisión, la muerte y los actos fúnebres de Atahualpa, el último emperador inca.

La entronización que luego del magnicidio de que fue víctima Atahualpa hizo Pizarro del llamado primer inca de la conquista, el monigote Tápac Huallpa, alias Toparpa, no fue más que una parodia.  Lo envenenaron a los tres meses, cuando  intentó rebelarse por no poder soportar las tantas exigencias de más oro y plata que le hacían permanentemente los españoles.

 

Conquistador Francisco Pizarro

 

El conquistador del Imperio Inca Francisco Pizarro nació el 16 de marzo de 1478 en el municipio Trujillo, en la región de Extremadura, en el oeste de España, donde todavía lo consideran el personaje principal de su historia.

En su ciudad natal, perteneciente a la provincia de Cáceres, exhiben una estatua ecuestre de él, así como un museo con informaciones, pinturas y objetos vinculados con sus actividades primero en Italia, como miembro de los tercios, una unidad armada considerada por  historiadores y expertos en las ciencias militares como el primer ejército moderno de Europa.

El grueso de lo que se expone en ese museo sobre la vida de Pizarro es su  impactante trayectoria en América, desde que en el 1502 llegó a esta tierra acompañando a Vasco Núñez de Balboa y participó el 25 de septiembre de 1513 en el “descubrimiento” del Océano Pacífico, antes llamado Mar del Sur.

Los dos primeros intentos de Francisco Pizarro por conquistar el Imperio Inca fueron fallidos. En ambas ocasiones contó con el apoyo armado de Diego de Almagro y el financiamiento del sacerdote y explorador Hernando de Luque.

De Hernando de Luque hay que decir, por respeto a la historia, que tenía más alma de conquistador y auspiciador de matanzas de indígenas que de cura.

Ese clérigo extraviado fue uno de los más cercanos cúmbilas del gobernador de Castilla de Oro, el tristemente célebre Pedro Arias Dávila, más conocido por su apodo de Pedrarias, y a quien Juan Bosch calificó como “anciano tenaz y ambicioso…temido, terrible y suspicaz.”4

Frente a sus fracasos iniciales Francisco Pizarro decidió volver a España, donde consiguió un fuerte apoyo económico y militar del rey Carlos I. En su segundo y último viaje a América se hizo acompañar por sus hermanos Gonzalo, Hernando y Juan, quienes tendrían una sangrienta participación en la derrota del Imperio Inca y en las luchas posteriores llevadas a cabo entre los mismos españoles.

Luego del magnicidio en Cajamarca del emperador Atahualpa, el conquistador Francisco Pizarro se trasladó a Cusco, la capital imperial, donde instaló como monarca a un títere suyo, el arriba mencionado jefe indígena Toparga. Luego hizo lo mismo con Manco Inca, también llamado Manco Cápac II, quien terminó sublevándose y atrincherándose en un caserío llamado Vilcabamba, en el denominado Valle de la Longevidad, en el sur de lo que ahora es la República del Ecuador.

Fue en esa misma ciudad de Cusco donde ordenó la captura y el asesinato de su antiguo socio Diego de Almagro, a quien él y los suyos consideraban un traidor, bajo múltiples alegatos.

Francisco Pizarro fue el fundador, en la costa del Pacífico, de la Ciudad de los Reyes, luego llamada Lima, actual capital de la República del Perú.

El magnicidio del conquistador Francisco Pizarro ocurrió dentro del palacio donde vivía, en la mencionada ciudad. Su muerte fue con vesania, a juzgar por las informaciones divulgadas por los historiadores de la época.

A media mañana del 26 de junio de 1541 unos 20 españoles fuertemente armados, cumpliendo instrucciones de Diego de Almagro hijo, apodado el Mozo, entraron como una tromba marina a la residencia de Pizarro y convirtieron su cuerpo en una masa sanguinolenta, con decenas de heridas, incluyendo en los ojos.

Uno de los partes informativos sobre el magnicidio de Francisco Pizarro (quien a sus 65 años creía estar ya disfrutando del reposo del guerrero) dice que le infirieron “tantas lanzadas, puñaladas y estocadas que lo acabaron de matar con una de ellas en la garganta.”

 

Conquistador Diego de Almagro

 

El conquistador Diego de Almagro llegó a ostentar el título de adelantado, por mandato de la Monarquía Española. Ejerció funciones propias de un virrey en una gran parte del territorio del Imperio Inca, en el cual fundó varias ciudades.

Ese personaje de gran resonancia en la conquista y colonización de España en América nació un día cualquiera de 1475 en la villa de Almagro, un recodo de la localidad llamada Ciudad Real, dentro del territorio que entonces se llamaba Castilla La Nueva, lo que ahora es en gran parte la comunidad de Castilla-La Mancha.

Los más fervorosos biógrafos de Almagro lo señalan como el descubridor de Chile, en el 1536, aunque en realidad está documentado que a ese país llegó mucho antes, en el 1520, el explorador Fernando de Magallanes.

Después de sus muchas, y no siempre efectivas andanzas por tierras chilenas, retornó al Perú. Quería seguir  allí su gloria individual. Ya  estaba en conflicto con su antiguo socio Francisco Pizarro.

El 12 de julio de 1537 tomó por la fuerza la ciudad de Cusco y apresó a los hermanos Gonzalo y Hernando Pizarro, marcando así el principio del fin de su propia existencia.

En poco tiempo la suerte cambió para Almagro, pues los referidos hermanos Pizarro aplastaron a sus fuerzas el 6 de abril del año 1538, en la conocida como Batalla de las Salinas, a unos cinco kilómetros de la ciudad de Cusco, con lo cual tomaron el control de la guerra entre los conquistadores españoles.

Esa debacle militar de los almagristas motivó el apresamiento y juicio rápido y sin apelación del conquistador Diego de Almagro.

Frente a las súplicas de Almagro para que le perdonaran la vida, la historia recoge que  Hernando Pizarro le reprochó su comportamiento, impropio de un jefe militar curtido en muchas batallas, y le lanzó esta proclama condenatoria:

“Sois caballero y tenéis un nombre ilustre; no mostréis flaqueza; me maravillo de que un hombre de vuestro ánimo tema tanto a la muerte. Confesaos, porque vuestra muerte no tiene remedio.”

El conquistador Diego de Almagro tenía 63 años de edad cuando Hernando Pizarro, en segura comunicación con su hermano mayor Francisco, ordenó su magnicidio por estrangulamiento, aplicándosele en la plaza pública de la ciudad Cusco, antigua capital del Imperio Inca, la infernal máquina denominada el garrote. Luego fue decapitado.

Hay consenso entre los historiadores al decir que la lucha a muerte entre Francisco Pizarro y sus hermanos con  Diego de Almagro y sus hijos fue el origen de las guerras civiles que por centurias afectaron a gran parte de lo que fue el territorio del Imperio Inca, del cual surgieron varios países en la América del Sur.

En su obra Comentarios Reales de los Incas el  gran escritor e historiador Gómez Suárez de Figueroa, mejor conocido como Inca Garcilaso de la Vega, hace una amplia descripción del surgimiento y los avatares del Imperio Inca, resaltando los acontecimientos producidos con la llegada de los conquistadores españoles y haciendo interesantes reseñas de las actuaciones que allí tuvieron Pizarro, Almagro y otros jefes militares. Sus observaciones son muy importantes, especialmente porque nació en la ciudad de Cusco, hijo de un español que llegó a ser funcionario judicial y recaudador fiscal de la referida ciudad y de una indígena inca y, además, porque sus dos herencias culturales la supo utilizar con una “prosa bella y elegante.”5

 Bibliografía:

1-La organización económica del Estado Inca. Editorial Siglo Veintiuno, México, 1978. John Victor Murra.

2-La guerra de los mundos. Ediciones Libres,2007. Ecuador. H. G. Wells.

3- Los negocios del señor Julio César. Ediciones Olimpia, México,1985.Pp16 y 194. Bertolt Brecht.

4-De Cristóbal Colón a Fidel Castro. Editora Alfa y Omega,1983. Pp 99,112 y 113. Juan Bosch.

5-Comentarios reales de los incas, 1609. Biblioteca virtual Miguel de Cervantes. Inca Garcilaso de la Vega.

Publicado el 5-Septiembre-2020.Diario Dominicano.